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domingo, 21 de febrero de 2016

EL ARTE DE MATAR. (Jonathan Santlofer)

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EL ARTE DE MATAR. (The Killing Art)
Jonathan Santlofer
TRADUCCIÓN: Francisco Rodríguez de Lecea
Ediciones B. S. A., 2015
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Kate McKinnon, ex policía reconvertida en historiadora de arte, se encuentra escribiendo un libro sobre la «Escuela de Pintores Expresionistas Abstractos de Nueva York», una congregación ésta que incluye, entre otras, figuras de la talla de Pollock, Krasner, Rothko, De Kooning, Motherwell, Gorki, Kline y Reinhardt. Todos ellos comenzaron su labor durante la década de 1930 y la desarrollaron hasta más allá de 1950. Para los integrantes de esta Escuela, la pintura fue su vida, su alma, su razón de ser.

Hace un año apenas que Kate padeció la muerte de su compañero, el rico abogado Richard Rothstein, algo que transformó su vida y fragmentó sus recuerdos. Desde ese fatídico momento el sueño ha sido –en el mejor de los casos- un visitante intermitente que bosteza frente a ella de día y de noche. Constantemente los recuerdos se enredan en su pensamiento y resulta imposible fijarlos. Kate no ha logrado tener hijos. Cuando al final perdió las esperanzas se dedicó a obras de caridad y a cuidar docenas de chiquillos a través de una fundación educativa. Ahora, sin embargo, la destrucción alocada de un cuadro, otrora de su propiedad, la lleva a solicitar su incorporación a la policía, donde es alojada en la conocida «Brigada Artística», encargada de los delitos relacionados con el robo, la falsificación  y el tráfico de obras de arte.

El Museo Modernista, comúnmente conocido como «El Guggenheim», edificio cilíndrico diseñado por el arquitecto Frank Lloyd Wright, situado en la Quinta Avenida, es objeto de un acto vandálico. Un lienzo de tamaño casi natural, uno de los de la serie «Mujeres», una asociación de figura y abstracción, obra del pintor neerlandés nacionalizado estadounidense Willem de Kooning, es rasgado de tal modo que, en el momento de su descubrimiento, jirones de tela cuelgan melancólicos fuera del bastidor. El cuadro fue en su día cedido al museo por el fallecido marido de Kate. Las pruebas son irrefutables, no dejan lugar a la duda, un lunático ha emprendido una demencial tarea de destrucción. Sin embargo, ésto es solo el principio. La situación no tarda mucho en empeorar. El demente comienza a asesinar a los propietarios y admiradores de estas obras, quienes han recibido en los momentos postreros de su existencia, y como «carta de despedida», una pintura en blanco y negro.

El desarrollo de la novela se reduce a la constante persecución de un asesino esquivo que permanece oculto hasta el final. Aunque el lector caiga en la provocación de la sinopsis editorial incluida en la contraportada, es muy difícil que sea capaz de fijar su atención en la persona adecuada, pues su identificación, junto con la información pertinente sobre sus motivos, no aparece hasta el final, en una conversación -quizás demasiado larga- pero sin la cual no hay forma de enterarse de qué va toda esta historia.

Tres aspectos interesantes destacan en “El arte de matar”. Por un lado, Jonathan Santlofer acompaña de nuevo la trama de su novela con el resultado de sus habilidades pictóricas e incluye un buen puñado de dibujos crípticos que invitan a los investigadores a descifrar los pasos del asesino. También mantiene al personaje principal de sus novelas anteriores, Kate McKinnon, una historiadora de arte y ex policía, que aquí tiene como objetivo la investigación de los actos vandálicos sufridos por los cuadros. Y otra peculiaridad no menos sugestiva es la que deriva de reunir dentro de la misma trama a pintores famosos que cultivaron el “expresionismo abstracto”, y que formaron parte de la que se denominó “Escuela de Nueva York”, junto con otros pintores ficticios. No es que Santlofer deje en buen lugar a ninguno de ellos, pero claro está que sin eso no habría una historia que contar.

Una vez más, al fusionar el mundo urbano del arte de Nueva York con los bajos fondos de la sociedad, Santlofer –nadie mejor que él, pintor en la vida real, para llevarlo a cabo- da vida a un cuadro humano sobrecogedor colmado de suficientes detalles espeluznantes como para satisfacer a los aficionados del suspense más ardientes. El fuego destructor que aparece dentro de la historia podría tener algo que ver con el cambio en la trayectoria vital del propio autor, cuyas pinturas -resultado del trabajo de los diez años anteriores- fueron destruidas en 1990 en el incendio de una galería de Chicago donde se encontraba expuesta su obra.
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domingo, 14 de febrero de 2016

«LA CIUDAD EN NOIR»

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En la actualidad es aceptada la idea que aquello que mide el rédito, el verdadero valor de una novela es la forma que el escritor adopta a la hora de usurpar la realidad que lo rodea. Ante una declaración tan sutil y anfibológica como ésta cabe preguntarse cuáles son los ingredientes necesarios para confeccionar una historia criminal exitosa y convincente. Es ésta una cuestión que ha abrumado durante años la mente de todas aquellas voces literarias que han derramado su mirada sombría sobre la realidad y el desorden moral del novelesco noir. Dar respuesta categórica a una pregunta así no es, en absoluto, una cuestión fácil, ni baladí. No son pocos aquellos  que argumentan que toda obra que ambicione pertenecer a la flor y nata de la literatura criminal debe contar con un delito, a ser posible sorprendentemente original. Otros, en cambio, abogan por la presencia de un villano, que permanezca oculto hasta el desenlace final de la historia o, ¿por qué no?, la de un héroe que nos conmueva con su ingenio y su valor. Es indudable que todos estos ingredientes son preciados a la hora de dar formato a un relato noir, pero yo tengo por seguro que el componente esencial de toda novela negra original, positivista y concluyente es el espacio en que ésta se desarrolla, la localización que da cobijo a los hechos y que toma forma corpórea en la figura de «la ciudad».

Los asiduos lectores de las novelas policiales no necesitan grandes descripciones para reconocer el ambiente urbano asociado a esta categoría literaria, ambiente que sin la menor duda son capaces de vincular a las imágenes cinematográficas de las películas del mismo género. Tanto Times Square, el corazón de neón de la mitificada Nueva York, como la mirada diferente que propone el Empire State o la alternativa a la selva de cemento que nos brinda Central Park, son instantáneas inconfundibles en toda mente soñadora, mil veces representadas en nuestra imaginación por su provocador embrujo.

La literatura criminal, traviesa y juguetona y no por ello menos despiadada, nunca ha dejado de establecer firmes vínculos entre sus lectores y los lugares narrados. Siempre ha intentado situar en un estado de cotidianidad monótona a sus personajes, al tiempo que ha trasladado a los lectores a los sitios que le son ya familiares para posteriormente y, sin la menor compasión, arrojarlos a ambos al cieno de la ignominia.

La ciudad, escenario conveniente donde solazar nuestra remozada imaginación, lugar simbólico de nuestras aprensiones y desasosiegos más profundos, es el instrumento que ha servido de candileja con que alumbrar la historia narrada y que con el transcurrir de los años se ha transformado en condicionante para que los sucesos germinen y se perfeccionen. Sus calles sombrías, sus estrechos callejones y sus edificios dotados de poliédricas geometrías son escondrijos perfectos para los ladrones que succionan nuestras miserias, los predadores que roban la inocencia de nuestros hijos, y los psicópatas que torturan y asesinan por razones que sólo ellos comprenden.

En el ideario del «noir» la ciudad no comparece como un mero estereotipo, antes al contrario, adopta formas caprichosas e inquietantes, formas que le confieren una apariencia inhumana tras la que, como manifestaba Chandler, «late un corazón de piedra». La ciudad es un ente dinámico, imbuido de su propia identidad y provisto de proteicas intenciones. En esta «jungla de asfalto», como la bautizó W. R. Burnett, el sino de cada individuo se fusiona con el de la propia ciudad, y alma y  espacio se amalgaman para crear una sola entidad, un inmanente diformismo, un tenaz acomodamiento que responde como nadie a las singularidades de la dimensión urbana y la dimensión humana y que interpreta de forma declarada la ontología de la propia ciudad. Es en este amasijo de hormigón donde trajinan los humanos; aquí donde surgen nuevas versiones de los laberintos, las cavernas y los antros. Una exégesis  que retoma para si la escritura negra, la escritura urbana por excelencia.

Seres y lugares, tiempos y miradas. Torbellino desordenado de voces y ruidos inarmónicos. Desesperación singular extirpada de un sueño amargo. Duplicidad oculta tras la belleza... Calles henchidas de tinieblas, confusión y vacío; aceras saciadas de masas humanas irreconocibles; grafitis tornasolados que acicalan solares con rejuvenecidas pinturas rupestres; hogares anónimos y parques entoldados de verde; bosques umbríos y malaventurados rincones; olas que va a morir a playas de arena de azúcar, donde el mar ronronea como gata en celo. Ésto es la ciudad, «la ciudad en noir».
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viernes, 5 de febrero de 2016

LA TERCERA VIRGEN. (Fred Vargas)

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LA TERCERA VIRGEN (Dans les bois éternels)
Fred Vargas
TRADUCCIÓN: Anne-Hélène Suárez Girard
PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL, S. A U. 2015
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«El ángel de la muerte»

En Francia, Pierre Magnan y Jean-Christophe Grangé, ambos en uno, son el paradigma del escritor que precipita a su héroe-detective en un mundo imaginario; mundo que conjuga ritos distantes en el tiempo, y que deriva hacia los extremos de la sociedad contemporánea. Su narrativa sondea los rincones más oscuros del alma humana. Por ella deambulan inmorales brigadas de policía, colegas envidiosos y toda clase de problemas relacionados con el sexo y el alcohol, hasta el punto de llegar a crear una escuela de ficción con la complicidad del falso realismo que une a escritores y lectores. El máximo exponente de este estilo es Fred Vargas. Su comisario Adamsberg es un atractivo agente que lleva con suficiencia una rica vida intelectual y sexual, y que es muy apreciado por su equipo. Con él labora una colección barroca y grotesca de personajes que va desde el ascendido comandante Danglard, con su colección de botellas de vino escondidas en el sótano de la comisaría de policía, hasta el recién incorporado teniente Veyrenc, conocido como «el Nuevo», a pesar de sus 11 años de servicio. Y ello sin olvidar a un Lamarre tan cohibido que le cuesta mirar a los demás, a Kernorkian y su miedo a la oscuridad, al genio de los números Mercadet y al vehemente Estelère, quien profesa una auténtica devoción a la escultural teniente Retancourt. 
 
Veyrenc ha heredado de su abuela -una auténtica apasionada de la obra del escritor francés Racine- la costumbre de mascullar parrafadas enteras en versos alejandrinos. Tiene a bien el azar (o quizás sea más apropiado decir todo lo contrario) que el pobre Veyrenc se vea desde hace diecinueve días en la labor de vigilar a Cammille Forestier. Cada vez que la oye llegar a casa, Verynec aprieta los brazos, levanta la mirada hacia el ventanuco del cuartucho donde se  encuentra confinado, escruta el rostro de la chica en el polvo del cristal y murmura:

Mas te veo temblar, y tu alma vacila.
tú, vencedor de Troya que conquistaste un día
de la ciudad los muros y del pueblo el amor,
¿puede tu corazón ceder por una dama?

Veyrenc se enamora perdidamente de Camille Forestier, la adorada de Adamsberg. No en vano ambos provienen de la misma región montañosa de Pau, región llena de rencores antiguos. Veyrenc es gascón, bearnés del valle de Ossau y Adamsberg, pirenaico del valle del Gave, vecinos que nunca se entendieron bien. La gente de aquellos lares podía matar por un pedazo de terreno. Adamsberg, receloso, visita a «el Nuevo» sin más objetivo que extirparlo de la proximidad de Camille.

Oidme, pues, señor. Apenas regresado,
una cólera injusta prepara mi caída.
¿Qué fue, tan alabada, de vuestra compasión?
¿Merezco este castigo tan sólo por mi origen?
¿Es pecado, es un crimen haber visto la luz
cerca de vuestros valles? ¿Es acaso un ultraje
haber puesto mis ojos en esas mismas nubes...?

El equipo tiene que resolver varios misterios. El enterramiento de una mujer joven es perturbado; los profanadores reciben mucho dinero por abrir la tumba y su silencio les cuesta la vida. Resultan ser dos hombres degollados en Porte de la Chapelle, a pocos cientos de metros uno de otro. Dos pringados, dos bandidos de poca monta que trapicheaban en el Mercado de las Pulgas. La brigada de Estupefacientes y la de Homicidios se disputan el caso. Por otra parte, una enfermera -«El ángel de la muerte»-, que ha asesinado en serie a treinta y tres de sus pacientes, se escapa de su encierro. Es una asesina disociada, un individuo compuesto de dos partes no encajadas, una que mata y otra que vive con normalidad, ignorándose ambas de forma más o menos perfecta. Una forma peligrosa de psicopatía. En Normandía, dos ciervos han muerto y sus corazones han sido extirpados. Mientras tanto, Danglard ha encontrado una poción del siglo XVII que asegura la vida eterna y que alguien está tratando de volver a crear.

En las novelas de Vargas, no importa lo extravagante que pueda resultar la historia, es la racionalidad en el trabajo lo que cuenta. Ella es una maestra en el arte de no decir aquello que es menester decir. Dispersa las pistas, administra la información y mantiene la tensión hasta el final. La trama gira sobre si misma antes de llegar al desenlace. En su narrativa abundan los diálogos despiertos, descarados y con gran profusión de sentido del humor. «La tercera virgen» es un magnífico ejemplo de ello. Una novela que suma las experiencias recopiladas en relatos anteriores y condensa las cualidades literarias de una escritora brillante, avezada en la creación de diálogos y personajes, pero aún más en la intriga.
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lunes, 25 de enero de 2016

BAJO LOS VIENTOS DE NEPTUNO. (Fred Vargas)

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BAJO LOS VIENTOS DE NEPTUNO (Sous les vents de Neptune)
Fred vargas
TRADUCCIÓN: Aurelia Crespo
PENGUIN RANDOM HOUSE, GRUPO EDITORIAL, S. A. U., 2015
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«El Tridente»

«Bajo los vientos de Neptuno» arranca un frío día de octubre, cuando el comisario de policía Jean-Baptiste Adamsberg, apoyado en el negro muro del sótano de su edificio de oficinas, examina la enorme caldera, inactiva desde varios días atrás, con la esperanza de que el bendito dispositivo se digne reanimar su energía. Adamsberg no se encuentra especialmente perturbado por el frío, antes al contrario éste despierta su imaginación, produciéndole la sensación de encontrarse en los hielos perpetuos del norte, caminando a través de ellos, y cavando un agujero para cazar focas. Pero la realidad es que el frío ha congelado el progreso de su personal de oficina, que necesita calor para realizar sus actividades. Adamsberg permanece en el sótano en busca de sombras y silencio y, sobre todo, para escapar de las quejas de los suyos.

En esta narración Fred Vargas organiza una novela que aglutina, no sólo las consecuencias derivadas del «virtuosismo» de un asesino en serie en el manejo de un tridente, sino también el traslado de su escuadra a Canadá. El comisario Jean-Baptiste Adamsberg y siete de sus oficiales se están preparando para recibir un cursillo de formación forense en Quebec. Unos días antes de su partida Adamsberg es conocedor de la noticia del asesinato de una mujer que ha recibido tres puñaladas en el estómago, y sobre el que el presunto asesino no tiene conciencia de culpa. Una serie de crímenes similares, entre ellos uno en el que se acusó en su día al hermano de Adamberg, se produjeron hace 16 años. -«Está muerta, Jean-Baptiste, está muerta, la han matado». Le puse la mano en la boca, le lavé las manos y le arrastré fuera. Lloraba. Le hice preguntas y más preguntas. «¿Qué ha pasado Raphaël? Cuenta, hostia.» «No lo sé», respondió. «Estaba allí, de rodillas, en el depósito de agua, con sangre y un punzón, y ella, Jean-Baptiste, ella estaba muerta, con tres agujeros en el vientre»-.

En Quebec Adamsberg se da de cara con el asesinato de una muchacha a cuchilladas, algo muy parecido a lo que vivió 16 años atrás con su hermano. Y ello le da pie para sacar a la luz ocho carpetas numeradas, ochos expedientes de asesinato, ocho crímenes escalonados de 1949 a 1983, ocho casos cerrados, ocho culpables atrapados casi con el arma en las manos. Toda una cadena de desafueros, cometidos por el misterioso «Tridente», un personaje al que Adamsberg ya ha puesto nombre. «En mi aldea de los Pirineos había un viejo al que nosotros, los mocosos, llamábamos el Señor. Los mayores le llamaban por su cargo y su nombre: el juez Fulgence.» Ello no tendría nada de extraño si no fuera por el hecho de que él asistió al funeral de ese hombre quince años atrás.

Las novelas de Vargas son complejas, sus personajes son asimismo complejos. El propio Adamsberg es fascinante, en el más puro sentido de la acepción, un pensador exasperante, no convencional, a cuyos raros dones y su actitud calmada hay que añadir el calificativo de «inverosímil». Vargas tiene un talento especial para la creación de personajes secundarios, como ocurre con Clementine Courbet, una vieja dama parisina que acoge y asesora a Adamsberg, o su amiga Josette, una anciana burguesa que resulta ser un as en cuestiones informáticas, una hacker, pero no una hacker cualquiera, ¡una hacker de 80 años! Las referencias a cuestiones sobrenaturales no dejan de estar presentes en la narrativa de Vargas: aquí nos damos de cara con un fantasma, pero ella también ha aludido a los hombres lobo y a reliquias religiosas en sus anteriores novelas. Su escritura es compatible con toda esta complejidad.

Vargas utiliza felizmente un lago canadiense, la catedral de Estrasburgo, dragones, peces prehistóricos y el panteón clásico, para tejer una especie de nimbo alrededor de su misterio. Lo cual, por suerte, resulta ser perfectamente eficiente. Escrita en pasado y tercera persona, «Bajo los vientos de Neptuno» es una novela fluida, con un ritmo dinámico y un argumento interesante. Aquí nada tiene que ver con la realidad, ésto es ficción y ficción de la buena. Algunas escenas rozan el surrealismo, pero, en gran medida, ahí radica el encanto de este libro. Vargas es soñadora y enredadora, incluso algo peliculera, pero ante todo es una formidable novelista. Sus toques de humor son novedosos y eso en parte se debe a las extrañas comparaciones utilizadas, que son capaces de asimilar la Catedral de Estrasburgo a un zoo. Una excelente lectura.
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sábado, 16 de enero de 2016

«L.A.CONFIDENTIAL» FOTOGRAMA A FOTOGRAMA.

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Dividida en cuatro partes, y con la ciudad de Los Ángeles como telón de fondo, L. A. CONFIDENTIAL arranca con la presentación de los tres policías que protagonizan la trama. El violento Bud White (Russell Crowe), obsesionado en castigar a los maltratadores de mujeres; el corrupto Jack Vicennes (Kevin Spacey), agente más preocupado por su trabajo en la televisión que por su carrera como policía, y el inteligente y ambicioso Ed Exley (Guy Pearce), quien no regatea escrúpulos a la hora de ascender en su carrera. El apaleamiento de un grupo de mexicanos la noche de Navidad por parte de las fuerzas policiales pone al descubierto el racismo que anida en el seno de éstas. La detención y posterior «linchamiento» de tres negros, acusados de la masacre de trece personas en un bar de la ciudad no hace más que redundar  en esta idea. La película recoge, en una segunda parte, el éxito de Exley en la resolución de una serie de asesinatos, para en un tercer momento introducirse en el mundo de los negocios turbios, la prostitución de lujo, las drogas y la prensa sensacionalista que invade la ciudad de Los Ángeles. La parte final, dominada por la figura del capitán Dudley Smith (James Cromwell), gira en torno a una espiral de violencia  que degenera en el descubrimiento de los cabecillas de una conspiración criminal y culmina con la apoteosis de Exley. 

No son mejores aquellas películas que reciben más premios, para qué nos vamos a engañar, pero recibirlos tampoco es una cuestión baladí, o al menos eso es lo que hay que dejar claro antes de empezar a hablar de una de las grandes olvidadas de los Oscars de 1997, víctima inocente e injusta del torbellino que generó el Titanic de James Cameron. Y es que, si alguna vez algún film noir ha merecido el Oscar a la mejor película de habla inglesa, ésta ha sido, sin lugar a dudas, esta excelente adaptación cinematográfica.

«L. A. CONFIDENTIAL», dirigida por Curtis Hanson y basada en la novela homónima de James Ellroy, forma parte de la tetralogía de obras conocida como «L. A. Quartet», donde el escritor considera la atmósfera criminal de su ciudad natal en las décadas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. La historia que propone Hanson recupera el ambiente tradicional del cine negro, pero sin caer en el manido procedimiento de la copia de los clásicos; desarrolla la trama con ritmo pausado, sin refrenarse en ningún momento, pero evitando la excesiva desorganización que padecen otras cintas de los noventa. Aunque su argumento se divide y ramifica en tantas tramas y subtramas como personajes aparecen en ellas y la historia se aborda desde diferentes ángulos, la película ata con coherencia todos los hilos de la urdimbre hasta alcanzar un desenlace épico, mítico e inolvidable.

«L. A. CONFIDENTIAL» es ante todo una película de personajes y de ambientes; un trabajo consistente, con una puesta en escena preocupada en elegir el punto de vista más conveniente y más apropiado para la narración, y con un impecable trabajo de ambientación. A todo ello hay que añadir el diseño de unos personajes inmensamente humanos y accesibles, las magníficas interpretaciones de un equipo de actores excepcional y un montaje que consigue imprimir una cadencia constante y adecuada  a la acción. Nos encontramos ante la película más representativa y atractiva del retorno del cine noir de las últimas décadas. Un film que es una demostración palpable de que, al menos en el mundo del cine, no siempre lo pasado fue mejor.
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jueves, 14 de enero de 2016

BALADA DE LA COSTA OESTE. (Jean-Patrick Manchette)

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BALADA DE LA COSTA OESTE (Le petit bleu de la côte Ouest)
Jean-Patrick Manchette
TRADUCCIÓN: Ramón de España
RBA LIBROS, S. A., febrero de 2013
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La trama de «Balada de la costa Oeste» es engañosamente simple, ya que durante la mayor parte del libro no tenemos idea de lo que está sucediendo, puesto que Manchette se limita simplemente a seguir a su personaje principal. La novela comienza con un Georges Gerfaut paseando por las calles en su Mercedes, en medio de la noche, escuchando jazz estilo de la West Coast (de ahí el título del libro). Gerfaut es un hombre de menos de cuarenta años. El interior de Georges, no obstante, es oscuro y confuso y en él se aprecian ciertas ideas izquierdistas. Después de unas pocas páginas, hace aparición la figura de Alonso Emerich y Emerich, un dominicano de ascendencia alemana que solía trabajar para la inteligencia militar. Hemos de reconocer que, en un principio, no alcanzamos a imaginar cuál es el propósito de la inclusión de semejante personaje, porque rápidamente retomamos de nuevo a Georges, que es adelantado por dos coches, uno en persecución del otro. Tras el choque de ambos vehículos, el segundo se da a la fuga, y Georges ayuda al conductor del primero trasladándolo al hospital. Luego regresa a su casa. Unos días más tarde, su familia -su esposa Béa y sus dos hijas- se dirige a las afueras de París de vacaciones. La noche del 29 de junio la familia duerme en su lugar de recreo –Saint-Georges-de-Didonne-. Al día siguiente intentan matar a Georges Gerfaut. 

Georges no toma conciencia de que está siendo atacado por dos sicarios al servicio de Alonso Emerich, que ahora se presenta bajo el nombre de Sr. Taylor. Una vez más ignoramos cuál es el motivo por el que se quiere quitar de en medio a Georges (podemos imaginar no obstante que tiene algo que ver con el conductor del coche a quien auxilió, pero desconocemos la causa), aunque ello forma parte de la diversión. Porque con el seguimiento de George en la orilla del mar, la trama se pone realmente en marcha. Es bastante gracioso, pero lo cierto es que los dos sicarios no son capaces de matarlo. «Y entonces, tras  un minuto larguísimo, los dos asesinos se dieron a la fuga. Porque no conseguían acabar con su presa. Porque la presa en cuestión se había convertido en una especie de máquina histérica que removía masas de agua considerables y amenazaba en todo momento con sacarles un ojo con las uñas». Lo cierto es que Georges, con muy poco esfuerzo por su parte, se las arregla para eludir a los dos matones. Este intento de asesinato hace cambiar algo en su interior pues abandona a su esposa y regresa a París. Los asesinos no logran ponerse al día con él, y cuando lo hacen, se escapa de nuevo, matando a uno de ellos casi por accidente. Luego huye al bosque y termina en las estribaciones de los Alpes, donde es encontrado por un leñador un poco excéntrico. Y él simplemente se queda ahí. Se convierte en otra persona completamente diferente, aprende a ser autosuficiente, a desconectarse de su mujer, y a cambiar su aspecto... Pero, y siempre hay un pero, el segundo asesino le sigue la pista, y Georges termina de vuelta al mundo real, listo para averiguar exactamente por qué estos dos hombres fueron enviados a matarlo.

La fascinación de esta historia radica en el personaje de Georges. En realidad, Carlo y Bastien, los dos sicarios, tienen su atractivo, pero Georges se erige por méritos propios en la figura central de la novela. Cierto es que Manchette podría haber manifestado un poco más de querencia hacia su figura y haberla dotado de una dosis algo más apropiada de inteligencia, pero también es verdad que Georges es muy afortunado. Manchette no lo convierte en una especie ridícula, pero sí muestra que  hace cosas que no son propias de un ser equilibrado. Esto produce que su búsqueda sea bastante extraña y plena de humor negro. El libro está lleno de muertes violentas y no es precisamente una comedia, pero sólo el hecho de que estos dos asesinos profesionales pasen momentos tan difíciles en su intento de acabar con este mediocre gerente de ventas, en lugar de convertirlos en ineptos hace que su actuación roce lo surrealista. Tras el intento de asesinato, y sin solución de continuidad, nos tropezamos con un Georges que se ve obligado a vivir en plena naturaleza durante largos meses. George es un tipo complicado, un personaje que se da cuenta de cómo está estructurada la sociedad, pero que anhela para sí otras cosas.

Al final del libro, estamos de vuelta en la autopista, y Manchette nos hace ver que George ha cambiado. «Balada de la costa Oeste» es un producto muy «europeo»; los europeos están más vinculados a la historia, tanto social y personal, que los estadounidenses, por lo que si este libro hubiese sido escrito por un estadounidense, probablemente habría terminado de manera muy, pero que muy diferente. 

Aparte de todo eso, «Balada de la Costa Oeste» es una excelente novela. Posee una sensibilidad ligeramente diferente que la mayoría de la novela negra americana, es altamente refrescante, y el hecho de que Manchette posea un sentido irónico del humor funciona bien. 
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sábado, 9 de enero de 2016

EL CASO N´GUSTRO. (Jean-Patrick Manchette)

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EL CASO N´GUSTRO (L´Affaire N´Gustro)
Jean-Patrick Manchette
TRADUCCIÓN: Ramón de España
RBA Libros, S. A., 2012
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Henri Butron es un mal tipo, como decimos vulgarmente un «cabroncete». Es inmoral, ambicioso y totalmente falto de escrúpulos. Lo codicia todo: dinero, sexo y fama, y ​​se cree un sujeto muy duro. Hostil a toda clase de autoridad. Butron, sin la menor dudad, ha sabido sumarse a la corriente de los nuevos tiempos.

Aprueba sin dificultad la primera parte del bachillerato, a principios del verano de 1960. Adopta entonces la costumbre de robar coches con regularidad, y las dificultades que le plantea tal costumbre le llevan a alistarse en el ejército. Tras un período de instrucción, es enviado a Orán. Durante unos ejercicios de entrenamiento resulta herido en el ojo derecho y es licenciado.

En sus primeros años como estudiante de Derecho en la Ciudad Universitaria de Mont Saint-Aignan se declara como un exaltado político de ultra derecha. Participa en los actos de violencia de la OAS. Traba contacto por entonces con Ana Gouin, militante de izquierdas y a través de ella con su madre Jacquie Gouin, periodista en el semanario «El Nuevo Informador», de tendencia izquierdista. Posteriormente, tras la muerte de su padre, se traslada a París y cambia de bando político.  Butron se mueve en ese ambiente como pez en el agua; al margen de sus ya mencionados trabajos como sicario para la extrema derecha y escritor para la extrema izquierda, ejerce de pornógrafo para millonarios americanos y traficante de armas para las guerrillas centroafricanas. Y es así como acaba siendo utilizado como señuelo para atraer a N’Gustro, -trabaja como su guardaespaldas, e interfiere en la política, por diversión, por dinero y por la fama que ello le reporta-, un notable líder socialista panafricano, hasta las garras de sus enemigos políticos, con la colaboración de la policía francesa y la connivencia de los servicios secretos norteamericanos.

«El caso N'Gustro» bebe de las fuentes del secuestro de Al Medhi Ben Barka, miembro de la oposición marroquí. Ben Barka había luchado por la independencia de su país y fue secuestrado 29 de octubre 1965 en París por los servicios secretos marroquíes, probablemente con la complicidad del gobierno francés, y con posterioridad es torturado y asesinado. Después de la independencia de Marruecos en 1956, el partido de Ben Barka –Istiqlal- se dividió en dos fracciones. Una fracción se mostró de acuerdo en participar en el poder, pero la fracción demócrata, «Unión de Fuerzas Populares de Marruecos», se negó a ocupar cargos ministeriales. Ben Barka pertenecía a la segunda fracción política. Rápidamente se ganó una gran popularidad, por lo que fue acusado de organizar un complot contra el rey Hassan II. Así que fue exiliado. Durante su ausencia, el Gobierno marroquí condenó a los exiliados a muerte. Su asesinato fue orquestado por el ex ministro del Interior, el general Oufkir, que se encontraba en París en 1965. El escándalo fue silenciado por las autoridades y no se ha aclarado completamente hasta hoy.

La estructura de la novela no deja la más mínima evidencia de su  originalidad. Gran parte de la historia tiene lugar en Rouen donde Manchette comenzó a hacer campaña en contra de la guerra de Argelia. Se trata de un monólogo. Henri Butron, pálido y sudoroso, sentado a solas en un oscuro despacho, registra su confesión en una cinta, que será finalmente destruida por la policía. A través de su relato (que comienza en su juventud y acaba con su intervención en el caso N’Gustro) asistimos a los convulsos años cincuenta y sesenta en la Francia de la época; una época marcada por la Guerra de Argel y el proceso de descolonización, por las luchas entre extremismos de todo corte y color, y por un malestar en la cultura que culminará en los acontecimientos de «Mayo del 68». Asistimos a continuación a la muerte de Butron a manos de dos sicarios contratados por los servicios secretos de la hipotética República de Zimbabul. El futuro dictador, el mariscal George Clemenceau Oufiri, actual ministro del interior de la tal República de Zimbabul, mata el tiempo escuchando la grabación en la que Butron ha registrado la historia de su corta vida, a la espera de su traslado a su país. La policía francesa conforma el asesinato en un suicidio y destruye el casete que contiene la confesión, así como las imágenes tomadas por Butron durante el secuestro de N´Gustro.

Los capítulos en los que Butron narra su vida y aquellos en los que Oufiri espera su traslado a Zimbabul se suceden con alternancia, estableciendo un juego emocionante de piezas de rompecabezas que degeneran en un thriller tenso y de ritmo nervioso. Por supuesto, nos es imposible adivinar los entresijos  del secuestro que inspiraron la novela. Sin embargo, podemos reflexionar sobre su impacto y lo que tiempo después se reveló como un verdadero golpe de Estado ejecutado en territorio francés, en el centro de París, en los Campos Elíseos. Un evento en el que no se hizo la luz y que parece aún molestar a algunos.
Con «El caso N´Gustro» Jean-Patrick Manchette inicia una nueva forma de novelar. Politiza -sí, radicaliza- la tradición francesa de hacer novela de una manera áspera y bronca y adopta la violencia y el sexo como recursos estilísticos. Esta nueva forma de narrar se ampara bajo el calificativo de Neo-Polar. "El caso N'Gusto" no es sólo su primera novela en solitario –antes había publicado un trabajo conjunto con Jean-Pierre Bastid bajo la denominación «Laissez bronzer les cadavres!»- sino que supone una ruptura radical con la «Série noire» francesa de los años 1950/60. 
Después de más de 40 años, hay quien considera que «El caso N´Gustro» sobrevive únicamente sobre la base de trucos estilísticos, que ahora dominan muchos otros autores. Sin embargo la novela tiene mucho más que ofrecer que un puro entrenamiento estilístico. En su tiempo supuso una especie de provocación; con un lenguaje que se reveló como escandaloso. Con ese estilo suyo tan rápido y moldeable, tan lleno de humor negro, cuajado de buena literatura, con una jerga cercana a lo coloquial, en la que se desliza constantemente la referencia culta, Manchette nos cuenta una historia de violencia, conspiraciones y preguntas acerca de cómo deberían ser las cosas y cómo son realmente.
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viernes, 1 de enero de 2016

CUIDADO CON ESA MUJER. (David Goodis)

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CUIDADO CON ESA MUJER (Behold this Woman)
David Goodis
TRADUCCIÓN: Carmen Camps
VERSAL, S. A., 1988
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«CUIDADO CON ESA MUJER» (Behold this Woman) es, quizás y sin quizás, la novela más autobiográfica de Goodis; un himno extraño y una liberación catártica de su ex esposa, Elaine Astor. El libro fue un éxito comercial, pero es aún más importante el hecho de que Goodis utiliza esta novela para sentar las bases del tipo de mujer con el que van a codearse los protagonistas masculinos de sus cuentos de aquí en adelante. La narración cuenta la historia de Clara Ervin, una mujer manipuladora, calculadora y despiadada que arruina a su marido, así como a varios otros hombres, antes de encontrarse con una muerte violenta. Hasta cierto punto, ella encarna muchas de las características que Goodis encontró en su esposa Elaine, un personaje central en su vida y la persona que, en última instancia, le asestó un golpe del que no se recuperó durante el resto de sus días. 

Hacía menos de un mes que George Ervin conocía a Clara Reeve cuando decidió que sería una buena esposa para él. Se preguntó por qué tenía que casarse, miró a su alrededor y vio que todo el mundo lo estaba. En sus momentos de soledad Ervin contemplaba la oscuridad recordando a su exesposa Julia. Evocaba como ella le hablaba por la noche, fluyendo su voz, apagándose las palabras a medida que el sueño lo arrastraba. Era una canción de cuna sin melodía. En esos momentos de intimidad ella le preguntaba por la hija que tenían en común, Evelyn, por su salud –la de Ervin-, y le pedía que encontrara una buena mujer y se casara de nuevo. La costumbre del matrimonio era algo para reflexionar, para estudiar desde muchos ángulos dispersos. Aun así George escogió a Clara.

Ambos comienzan una nueva vida, pero ésta no será tan feliz como cabría esperar. Y es que Clara no es lo que aparenta, está dominada por la maldad y por la violencia, algo que sufrirán en sus propias carnes no sólo su esposo sino también Evelyn y los miembros del servicio de la casa. Hasta tal punto se hará insufrible la convivencia con la despiadada mujer, que alguien decidirá acabar con su vida. ¿Quién será el encargado de hacerlo?

Los libros escritos por Goodis son extremadamente raros; sabemos de un puñado de ejemplos que llegaron al mercado cuando Goodis trabajaba para la Warner Brothers, durante los años más felices de su vida. En 1942 Goodis pasó un tiempo en Hollywood, donde firmó un contrato de seis años con la Warner. Allí escribió el guion de la película «The Unfaithful», una reedición de «The Letter» de Somerset Maugham. Algunos de sus guiones nunca llegaron a ser producidos, como «Of Missing Persons» o una adaptación de «The Lady in the Lake» de Raymond Chandler. Su oportunidad, no obstante, le llegó en 1946 cuando su novela «Dark Passage» se publicó por capítulos en la revista The Saturday Evening Post, editada por Julian Messner. Pocos meses después la Warner Bros la adaptó al cine de la mano del director Delmer Davis, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall como actores principales. Es actualmente considerada uno de los clásicos en el género del cine negro.

Los críticos y estudiosos de Goodis ven en Clara, el personaje central de CUIDADO CON ESA MUJER, la figura de Elaine Astor. Messner publicó la novela en 1946, año en que David Goodis obtuvo su divorcio de Astor. En esos momentos el dolor de Goodis está en carne viva. Las heridas de su divorcio no han cicatrizado. La novela rezuma resentimiento por todos sus poros. Clara se burla de los hombres. Manipula a los hombres. Explota a los hombres. ¿Cómo veía Goodis a Elaine Astor? ¿Cómo actuaba ella? ¿Qué hizo que David Goodis la deseara hasta el punto de casarse con ella?

De nuevo, Goodis sobresale por la frescura de su narrativa, por la penetración psicológica, por el dominio del diálogo, la trama y los ambientes. Es ésta una novela absolutamente adictiva. Con el personaje femenino, una verdadera femme fatal, que alcanza unas cotas imposibles de imaginar. Todos los tópicos de Goodis, desde la desgracia hasta la rubia fatal, aparecen en CUIDADO CON ESA MUJER (Behold this Woman), y no dejará de repetirlos. En el fondo, Goodis fue un autor de tragedias –no cabe otra clasificación más adecuada para sus tramas, incluso la del pianista lo era– y éstas se construyen con pocas cosas, un puñado de situaciones básicas. Goodis fue coherente hasta el final. Lo último que dejó, la decimoséptima novela, publicada el año de su muerte, aunque tuvo otros nombres se llamó «The Victim». 
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