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miércoles, 28 de julio de 2021

LA HORA DE LOS HIPÓCRITAS (Petros Márkaris)

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La vida sonríe a Jaritos, ha sido abuelo. El esperadísimo nacimiento de Lambros conlleva un significativo cambio en el quehacer diario de toda la familia. Todo comienza con el sonido de un móvil.
- ¿Dónde está señor comisario?
- Visitando a mi nieto.
- Lamento interrumpir la reunión familiar, pero han asesinado a Paris Fokidis.
¿Quién rayos es Paris Fokidis se preguntarán ustedes? Fokidis es un reconocido y respetado empresario hotelero, un destacado filántropo, que apoya las causas solidarias. Su cuerpo, hecho papilla, es hallado dentro de su BMW a la entrada del garaje del hotel Nenúfar. La explosión de la dinamita pone todo el establecimiento patas arriba a primera hora de la mañana. La reivindicación del atentado no tarda en llegar bajo la firma del Ejército Nacional de Idiotas, un grupo desconocido que exige a la policía la averiguación de los motivos del crimen.
 
Es un mensaje escrito con caligrafía antigua, un mensaje a la vieja usanza, de aquellos de pluma y tintero. La investigación policial se centra en primera instancia en los negocios, la fundación, las amistades y la familia de Fokidis.
 
…”Era generoso y no solo con sus empleados. Su generosidad no se limitaba a las bonificaciones que ofrecía al personal administrativo con cada nuevo éxito. Había dispuesto un capital para becar a jóvenes sin recursos que quisieran cursar estudios de administración hotelera”. Fokidis es, así lo parece a simple vista, un hombre irreprochable, al igual que las siguientes víctimas. La pregunta que todos se hacen es ¿qué loco, o locos, se encuentra detrás de todo esto?
 
La historia que aquí se cuenta descifra no solo la trama criminal, sino la realidad social de Grecia, el cansancio de sus ciudadanos, la corrupción imperante y el enorme desequilibrio existente en la población. Pero, como no hay daño que no tenga apaño, no todo es desesperanza y frustración en el mundo de Márkaris. Mientras esto ocurre, el abuelo Jaritos recibe una buena noticia, va a ser ascendido. Como al Iznogud del cómic le llega la hora de ser califa en lugar del califa.
 
Màrkaris afirmó en una entrevista reciente que “la hipocresía afecta a todos, no solo a los políticos”. Y en esto tiene su cuota de razón. Su personaje de ficción Kostas Jaritos viaja por la Atenas destrozada por la crisis a la búsqueda del ejército de los perdedores. Desempleados, jóvenes mal pagados e indigentes. Todos ellos culpan de sus males a los políticos y a los empresarios, viven su falsa realidad. En esta, como en otras crisis, pedimos explicaciones al sistema financiero, a los gobernantes, pero nos olvidamos que la decisión de pedir prestado es nuestra, por vivir por encima de las posibilidades reales que tenemos.
 
La hora de los hipócritas no es precisamente la mejor novela de Petros Màrkaris, pero en ella se dan cita todos y cada uno de los ingredientes que le han llevado a ser un referente en el mundo de la novela negra. Hemos sido testigos en entregas anteriores de cómo el protagonista dejó de usar el coche patrulla porque se había agotado la gasolina y como su esposa, la reflexiva Adrianí, combatía la zozobra de todos con sus primorosos  tomates rellenos. El día a día del trabajo policial, las tensiones con el poder, la relación con los compañeros, las manías del personaje, los interminables atascos en la ciudad, los gélidos despachos oficiales, el inefable Dimitrakos y la propaganda comunista en forma de Clásicos Ilustrados. Todo ello en paralelo con la cotidianidad de la vida familiar, el choque entre aquellos que viven en las afueras, arraigados a sus tradiciones, y la apertura de miras de los atenienses, el impacto de una nueva vida en el proceder de todos... Esto es Márkaris. Una lectura que merece la pena.   
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martes, 11 de mayo de 2021

UNA RADIANTE MAÑANA ESTIVAL (James Hadley Chase)

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Big Jim Kramer se ha retirado intacto del delito organizado sin que la policía le haya podido atrapar jamás. Big Jim Kramer vive un retiro dorado y respetable sustentado por los cuatro millones de dólares que le ha reportado toda una vida de dedicación a eso de trincar sin ser trincado. Y por último, Big Jim Kramer, decidido a evitar cualquier tipo de preocupación, ha puesto sus ahorros en manos de su asesor financiero Solly Lucas. Hasta aquí, todo perfecto. El problema surge cuando Lucas -acuciado por las deudas-, se pega un tiro y los cuatro millones saltan por los aires, los cuatro millones desaparecen por arte de ensalmo.

Kramer recurre entonces a lo único que sabe hacer para salir del atolladero y prepara el secuestro de la hija de un magnate del petróleo. Todo ello con premeditación y alevosía, todo ello antes de que su esposa y vecinos se den cuenta de que está en cueros. Contrata a uno de sus viejos compinches, Moe Zegetti, aquel que había sido su mano derecha durante quince años. Pero lo que no sabe Kramer es que Zegetti ya no es lo que era. Después de una estancia de dos años en la cárcel su ánimo toca fondo.

La operación que prepara Big Jim Kramer, el infalible Kramer,  está viciada de antemano. Zegetti es un buen artesano del crimen, pero de ahí a preparar un asunto de la envergadura de un secuestro, en un estado donde tamaño estropicio está penado con la pena capital, va un abismo. Cuando Moe recluta a un par de chorizos (Riff y Chita) como mano de obra, está firmando la sentencia de muerte de un plan que no tiene futuro. Y es que “Una radiante mañana estival” es una de esas novelas en las que el lector tiene el convencimiento de que, ya desde su su origen, en la trama que se monta está incluida la semilla del fracaso.   

James Hadley Chase es uno de esos autores cuyo nombre ha quedado grabado entre los asiduos al género principalmente por su novela “No hay orquídeas para Miss Blandish”. Es un artesano del género, un autor cuyas novelas han dado lugar a más de cincuenta películas y cuyo nombre figura, por méritos propios, entre los destacados del género.

Chase consigue montar aquí una novela que entretiene, una novela de evasión hecha con tacto y dignidad, una novela que mantiene la tensión hasta el final, con unos personajes bien trazados y con un impecable planteamiento y una correcta resolución. El entretenimiento, amigo lector, no es poca cosa en esto de la escritura. Sobre todo cuando se consigue con profesionalidad y Chase, no lo duden, es un genio en ello.  

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martes, 16 de febrero de 2021

ANTE EL CENTENARIO DE PATRICIA HIGHSMITH

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Patricia Highsmith, autora de clásicos de la novela negra del calibre de “Extraños en un tren” y “El talento de Mr. Ripley” habría cumplido 100 años el pasado 19 de enero. Nació en Fort Worth (Texas) en 1921 y se crio en Nueva York, adonde se mudó siendo aún una niña y donde se forjó como escritora, a caballo entre la Universidad Bernard College, la comunidad artística de escritores Yadoo y el barrio bohemio del Greenwich Village. 

Highsmith sigue aún hoy fascinando por la profundidad de su carácter: lesbiana pero homófoba y misógina además de racista y antisemita, más allá del contexto histórico que le tocó vivir. 

Patricia Highsmith hizo de la novela negra todo un arte, a través de personajes sombríos, ambigüedad moral y atmósferas enrarecidas. En “Extraños en un tren” nos topamos con Bruno y Guy, dos desconocidos que coinciden en un tren y deciden asesinar cada uno al enemigo del otro. Un crimen perfecto sin móvil ni lógica aparente, una radiografía del bien y el mal y de    los más oscuros instintos del ser humano. 

Ningún personaje se identifica tan profundamente con la literatura de Highsmith como Tom Ripley. Ripley vio la luz en Europa tras un viaje de la escritora al viejo continente. Nació malvado, psicópata, corrompido y amoral. Desde la primera novela, publicada en 1955, “El talento de Mr. Ripley, hasta la quinta “Ripley en peligro”, Highsmith construye un personaje que debería resultar odioso, pero que es imposible no encontrar atractivo. 

Highsmith murió finalmente en el hospital de Locarno (Suiza) en febrero de 1995 a causa de dos enfermedades simultáneas, anemia aplásica y cáncer.

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lunes, 15 de febrero de 2021

UN TÍO CON UNA BOLSA EN LA CABEZA (Alexis Ravelo)

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Gabriel Sánchez Santana –Gabrielo para los amigos-, hijo de Juan el albañil y alcalde de San Expósito por la gracia de los votos y de su habilidad para perpetuarse en el cargo, está en un aprieto. Su vida se consume al tiempo que el aire de una bolsa de basura –una de esas azules y perfumadas- en la que malvive  por prescripción de dos matones enviados por vaya usted a saber quién con la voluntad homicida de pasaportarlo al más allá. Y es que Gabrielo se ha convertido en un problema, un problema de los gordos. Gabrielo tiene documentada toda su carrera delictiva en tal cantidad de papeles, audios y videos que si tal información saliera a la luz su vida y la de los que lo rodean no valdría un pimiento. Es por ello que necesita averiguar quién está detrás de todo esto...Y el tiempo no es precisamente su mejor aliado.

“Un tío con una bolsa en la cabeza” desgrana la vida y milagros del protagonista, un personaje que ha consumido sus días sirviendo de cortejo a la corrupción -CORRUPCIÓN con mayúsculas-, tanto política, urbanística como económica. Tal lumbrera, -no hace falta recordarlo-, pertenece a esa suerte de chusma que ejerce su poder por encima de todo y de todos. Una camarilla que no respeta a familiares, amigos o leales. Unos indeseables para los que lo único que prima es su afán por sobrevivir.

Ravelo construye un monólogo interior en el que tres generaciones de sinvergüenzas se dan cita con la corrupción. Con gran  austeridad narrativa y a un ritmo vertiginoso, sustentado todo ello en frases cortas –casi taquigráficas-, “Un tío con una bolsa en la cabeza” es todo un repaso a una vida de egoísmos, pretensiones y vilezas a la vez que una elocuente reflexión sobre los entresijos del poder, la avidez humana, los lazos con el pasado, las relaciones de pareja, la importancia de las ataduras familiares, el alcance de la amistad, la naturaleza de la soledad y la angustia que genera la pérdida de un ser querido. Todo ello condensado en un trabajo tan absorbente que troca los minutos en segundos. Otra joyita de este escritor.   

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martes, 22 de diciembre de 2020

CARTHAGE (Joyce Carol Oates)

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En cierta ocasión Joyce Carol Oates describió su novela de 1996, “We Were the Mulvaneys” (Éramos los Mulvaneys), como “una investigación sobre la misteriosa y aparentemente autónoma vida de la familia... las alegrías, las tristezas, las bromas y el humor, el dolor compartido y el anhelo de libertad, simultáneo al anhelo de vida doméstica”. Todo un tratado sobre existencias complejas que se entrelazan entre sí. Casi diez años después, Carthage explora un territorio similar. Zeno Mayfield, conocido abogado y ex acalde de la ciudad de Carthage, en el condado de Beechum, al norte de Nueva York, y su protectora esposa Arlette se enfrentan a una avalancha insoportable de presiones cuando su hija Cressida desaparece después de una noche inusual en una taberna ruidosa frente al lago Wolf´s Head, taberna frecuentada por moteros y matones locales.

El 10 de julio de 2005, Cressida -que al igual que la Criseida de la mitología griega tiene 19 años, es delgada y de talla pequeña-, hija menor de Zeno Mayfield, desaparece en la reserva Forestal Nautauga. Cuando la comunidad de Carthage, en el estado de Nueva York, se une al padre en su frenética búsqueda descubre al sospechoso más inesperado. El cabo Brett Kincaitt, de veintidós años, también de Carthage, es identificado por algunos testigos como el acompañante la noche del 9 de julio de la joven desaparecida. Kincaitt -en realidad un buen tipo- ha regresado   moral y psíquicamente reventado de la contienda de Irak, hecho que deviene en el fin de su compromiso matrimonial con la hermana mayor de la desaparecida.

Sería un error profundizar más en una trama ya de por sí compleja, pero hay que decir que Carthage no es el thriller de suspense que parece a primera vista. No cabe duda que hay suspense: ¿Cressida se perdió en la Reserva -un desierto de bosques y lagos- o fue secuestrada, y de ser así, es Brett Kincaitt responsable de ello? ¿Por qué Kincaitt rompió su compromiso con la encantadora Juliet? Estas preguntas se convierten de inmediato en foco de especulación en una ciudad tan propensa al chismorreo como Carthage, pero quedan otras, aún más exclusivas, sin respuesta. ¿Por qué Cressida, la hija inteligente  y difícil de los Mayfield, recibió el nombre de la pérfida Criseida, la concubina del griego Agamenón, cuyo destino fue que al final de sus días “nadie la amaba ni se preocupaba por ella”, mientras que su hermana Juliet (¿o quizás deberíamos llamarla Briseida?) fue concebida como la más romántica de las heroínas, alta, morena y con una mirada especial que hacía  derretir al más pintado? ¿Y qué trataba de comunicarnos Cressida cuando creó esos dibujos a plumilla, inspirados en los trampantojos del artista neerlandés Maurits Cornelis Escher, en los que figuras humanoides con aspecto de monjes evolucionan a formas abstractas en las que es posible reconocer a los miembros de la familia Mayfield?   

La complejidad de la sociedad no es nada comparado con la complejidad del alma humana, defiende en todas y cada una de sus obras Joyce Carol Oates. Y para muestra, un botón. Cuando Zeno conoce por primera vez a su futuro yerno, Brett Kincaitt, queda desconcertado por el deseo ferviente que este sostiene de servir a su país. Prácticamente ningún hijo o hija de los líderes políticos del momento se alista en las fuerzas armadas. Ningún joven con educación universitaria lo hace. Ya en 2002 se podía adivinar que la guerra de Irak sería librada únicamente por la clase baja estadounidense. Mientras tanto Juliet, e incluso Cressida a pesar de su aparente cinismo, desarrollan vínculos ingenuos y a la vez afectivos hacia Kincaitt.

Carthage es una historia de hombres y mujeres cegados por la fe, la injusticia, el dolor, la desubicación, la venganza y el desamor. El perfil psicológico de los protagonistas, sus motivaciones, el rio gélido o abrasador que discurre dentro de cada uno de ellos es descrito admirablemente por Oates. El cambio focal -de víctimas a responsables y de responsables a mártires- es llevado con temple por la escritora. Y es que Oates tiene mucho talento. Son los suyos libros levantados a pulso, con personajes cincelados al detalle, personajes que se ven, se escuchan pero a los que una pantalla interior mantiene aislados. Oates, como artista creador, dispone sus peones con meticulosidad. Al matón y a su víctima. Sus causas y sus efectos. La historia de los acontecimientos y la de los fundamentos y renuncias. Y todo aquello que no logra alcanzar con talento lo suple con oficio. Toda una delicia adentrarse en el universo personal, inquietante y violento de este portento de la narrativa.

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sábado, 8 de agosto de 2020

EL MAPA RAYMOND CHANDLER DE LOS ÁNGELES

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EL MAPA RAYMOND CHANDLER DE LOS ÁNGELES

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El mapa Raymond Chandler de los Ángeles es una serie de guías de la ciudad propuestas por Herb Lester Associates que recomienda cincuenta puntos de interés en la ciudad y sus alrededores, lugares relacionados con los libros y películas del autor. La cobertura se extiende desde Malibú y Bay City a través de Beberly Hills y Hollywood hasta el centro de la ciudad y Pasadena. También están marcadas quince residencias del área de Los Ángeles que son protagonistas en las novelas de Chandler.

Los mapas de esta serie hacen referencia a una selección ecléptica de títulos diseñada para iluminar aspectos particulares de la ciudad. Cada título enumera las recomendaciones de los editores, que van desde atraciones ya famosas hasta pequeñas joyas conocidas solo por los lugareños bien informados, todas ellas con breves descripciones y, cuando corresponda, detalles de contacto.

Los mapas adjuntos están diseñados para resaltar las ubicaciones de los lugares recomendados en lugar de proporcionar una presentación precisa de la red de calles.

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viernes, 7 de agosto de 2020

LOS ÁNGELES EN LA ÉPOCA DE RAYMOND CHANDLER

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Spring Street

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El sol se desliza tranquilo hacia el mar, dejando atrás una neblina de espliego, y una brisa tardía se agita en la copa de las palmeras. El anochecer surge repentino. Una profunda sombra cae sobre el valle, y la ciudad se redefine en una vasta y sobrenatural cortina de luces. Una enorme alfombra dorada, jaspeada con pinceladas brillantes de rojo, verde y azul morado bizquea plácidamente en la distancia. Un atardecer en Los Ángeles. Un atardecer en el paraíso.

Raymond Chandler, un alma inocente y sensiblera, debió sentir nostalgia del paraíso cuando llegó por primera vez a esta costa del Pacífico, allá por 1912. En aquellos tiempos la ciudad era un lugar grato y apacible. Chandler tenía por entonces 24 años y era un ex empleado del Almirantazgo británico, un refugiado de los tétricos suburbios del sur de Londres, un poeta emotivo y un crítico de libros sin reconocimiento. Al igual que muchos peregrinos que llegaron a California por ese entonces, esperaba que el estigma del lugar le cambiara la vida.

Pero los lectores de las novelas de detectives saben de primera mano que la ciudad de Los Ángeles en la época de Chandler no era precisamente un paraíso. Era un lugar pobre, inmoral, un refugio de tunantes, un espejismo de lo prosopopéyico. Cuando Chandler comenzó a escribir en la década de los treinta, su encuentro con la ciudad le produjo un mal sabor de boca. Y esa mala sensación la reflejó en todas sus novelas. Fue precisamente en la corrupción y banalidad con la que se topó en la que halló el germen de su poder distintivo como escritor.

No hay que adentrarse mucho en los renglones de "The Big Sleep", para trabar contacto con ese mal acerbo que Chandler atribuyó a su entorno. Un millonario consumido y enfermizo, el general Sternwood, convoca a Marlowe a su mansión en Hollywood Hills, y allí coinciden en un sofocante invernadero: “El aire era denso, húmedo, lleno de vapor y perfumado con el empalagoso olor de orquídeas tropicales en plena floración. Las paredes y el techo de cristal estaban muy empañados, y grandes gotas de humedad caían ruidosamente sobre las plantas. La luz tenía un color verdoso irreal, como luz filtrada a través de un acuario. Las plantas lo llenaban todo, un verdadero bosque, con desagradables hojas carnosas y tallos como dedos muertos recién lavados. Y olían de manera tan agobiante como alcohol en ebullición debajo de una manta.”

El invernadero es una magnífica alegoría de Los Ángeles en miniatura, un rincón verde obligado a sobrevivir bajo un clima sofocante y trucado y un abono postizo y de importación. Los Ángeles de comienzos de siglo es una ciudad ligada a sus espacios y paisajes pero también a una cultura urbana donde los individuos se pierden en la inmensidad. Un paraíso de gente abandonada entre la abundancia cicatera y la miseria arribista. “Ahora tenemos personajes como este Steelgrave que son dueños de restaurantes. Tenemos tipos como ese gordo que me chilló antes. Hay dinero a espuertas, pistoleros, comisionistas, chicos en busca de dinero fácil, maleantes de Nueva York, Chicago y Detroit… y hasta de Cleveland. Esa gente es dueña de los restaurantes de moda, de los clubes nocturnos, de los hoteles y de las casas de apartamentos. Y en esas casas vive toda clase de timadores, bandidos y aventureras. Putas de superlujo, decoradores mariquitas, diseñadoras lesbianas, toda la chusma de una ciudad grande y despiadada, con menos personalidad que un vaso de papel. En las urbanizaciones elegantes, el querido papá lee la crónica de deportes delante de un ventanal, con los zapatos quitados, convencido de que es un tío con clase porque posee un garaje para tres coches. Mamá está delante de su tocador de princesa, intentando disimular con maquillaje las bolsas que tiene debajo de los ojos. Y el hijo del alma está pegado al teléfono llamando a una serie de colegialas que no saben hablar, pero que llevan la polvera llena de preservativos.”

Philip Marlowe trabajó en el sexto piso de un edificio sito en el cruce de Cahuenga Avenue y Hollywood Boulevard -hoy Raymond Chandler Square-,  tras la puerta desvencijada de una oficina de mala muerte. “Al otro extremo de un pasillo moderadamente cochambroso, en uno de esos edificios que eran nuevos por la época en que los cuartos de baño alicatados se convirtieron en la base de la civilización.”. En el curso de sus investigaciones Marlowe transitó por muchos pasillos como este. Números con nombres y números anónimos. Cubículos deshabitados y otros que deseaban permanecer en el anonimato. Dentistas indoloros, agencias de picapleitos, fotógrafos de lo impostado y hasta un fortuito herborista chino. Toda una serie pequeñas empresas enfermas que se habían arrastrado hasta allí para morir. 

Raymond Chandler y su mujer se mudaron constantemente de una dirección a otra. En cierta ocasión, allá por 1941, Chandler le escribió a Erle Stanley Gardner: ¡Nos mudamos de nuevo! Los Ángeles ha cambiado mucho desde la época de Chandler, cuando era solo un lugar seco y soleado con casas feas y sin estilo, cuando la gente dormía en los porches y los lotes que se ofrecían a mil cien dólares no tenían compradores. Pero aún hoy se puede conducir por Wilshire hasta el océano, aún se puede husmear por los callejones y calles laterales de Hollywood, y aún hoy los eucaliptos desprenden olor a gato cuando hace calor.

Hoy Chandler apenas reconocería el vecindario donde vivió por primera vez porque los edificios han sido demolidos y vueltos a levantar. Pero la casa que habitó con Cissy, su esposa, en Silver Lake todavía está allí. También se mantiene en pie su pequeño bungalow en Pacific Paradises. Ahora, como entonces, estos barrios están bien cuidados y los automóviles se mueven pausadamente de esquina a esquina, los perros aún ladran en la distancia y el carbón aún flamea en los ocultos patios traseros. Aún se respira, especialmente al caer la noche, ese aire de quietud y satisfacción que Chandler encontró tan sugerente.

Los Ángeles...“Era una de esas claras y brillantes mañanas que nos ofrece California al principio de la primavera, antes de que se asiente la niebla alta. Las lluvias ya han cesado. La tierra está aún verde, y desde el valle, al otro lado de las colinas de Hollywood, se ve nieve en los montes más altos. Los peleteros anuncian sus rebajas anuales. Los prostíbulos especializados en vírgenes de dieciséis años están haciendo su agosto. Y en Beverly Hill empiezan a florecer los jacarandas.”

Para cuando escribió esas líneas de reminiscencia, en 1949, Chandler había abandonado ya Los Ángeles por completo. "Una puta vieja y cansada" la llamó, y se mudó a una ciudad costera más agradable y menos interesante, La Jolla. Allí vivió sus últimos días, escribiendo solo dos novelas más antes de morir en 1959. 

La imagen sombría y el eco siniestro de Los Ángeles que describió Chandler aún perdura, mucho tiempo después del momento en que la naturaleza de la ciudad se le manifestó por primera vez.

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Hollywood Boulevard

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lunes, 3 de agosto de 2020

UNIVERSIDAD PARA ASESINOS (Petros Márkaris)

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UNIVERSIDAD PARA ASESINOS
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Petros Márkaris nació en Estambul en 1937, de padre armenio y madre griega. Obtuvo la ciudadanía después de la caída de la Dictadura de los Coroneles, allá por 1974. Márkaris cuenta que la idea de la gestación del comisario Jaritos -un desilusionado  policía ateniense que le sirve de fundamento para hacer crítica de la sociedad griega actual- le surgió después de estar escribiendo durante varios años guiones de la serie televisiva “Anatomía de un crímen”. Para el propio Márkaris la idea de Jaritos fue una sorpresa: «Como fui por largo tiempo un activista de izquierda, no tenía ninguna simpatía por los policías. En Grecia, habían sido sinónimo de fascistas... Pero de pronto, por primera vez, caí en la cuenta que esos pobres policías son pequeños burgueses, que tienen los mismos sueños de que sus hijos puedan estudiar para convertirse en doctores o abogados. Así se comenzó a desarrollar esta construcción: un crimen y una historia familiar contadas paralelamente». 

Un viejo profesor universitario, Kléarjos Rapsanis, ministro de Reordenación Administrativa, ha sido envenenado con una tarta. De todos es conocida la bulimia que padecía Rapsanis. De todos es conocida su obesidad, una humanidad que le llevó a hacerse acreedor al sobrenombre de “Oliver”, en memoria de Oliver Hardy, aquél cómico orondo que hizo pareja cinematográfica con Laurel a principios del siglo pasado. El asesinato de este profesor de Derecho es el punto de partida de un enredo policial que va complicándose a medida que avanza la investigación.

Escrita, como ya es costumbre en Márkaris, en primera persona, “Universidad para asesinos” ofrece al lector la oportunidad de conocer la realidad social, política y económica de la Grecia del momento a través de los juicios de valor de Kostas Jaritos, “El escarabajo”, una persona meticulosa en su trabajo y  condescendiente en su vida privada. Un personaje que ha traspasado fronteras y adquirido reconocimiento internacional.

La sensación que queda una vez concluida la lectura de “Universidad para asesinos” se resume en una palabra:  “desconcierto”. Con el transcurrir de los acontecimientos el interés de la narración va decayendo. A mitad de la novela todo se hace predecible. La trama no se sostiene. Jaritos parece no tener idea de nada en lo concerniente al caso y sus pesquisas van adquiriendo forma en base a lo que le cuentan sus ayudantes, incluso a lo que en un momento determinado le comenta una periodista. Aquí no hay complejos procedimientos, ni sesudas cavilaciones. No hay subtramas que deriven hacia la principal ni sospechosos que devienen en inocentes. Los argumentos se hacen poco creíbles. Y así todo desemboca en un final pobre en recursos. Algo que sorprende en un escritor, Márkaris, que ha llevado al género negro griego a sus más altas cotas. 

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