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domingo, 14 de junio de 2015

UN ÁNGEL NEGRO VOLÓ SOBRE HARLEM

CHESTER HIMES BOMAR
Jefferson City (Missouri),  29 de julio de 1909 /
 Moraira (Alicante) España, 12 de noviembre de 1984
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Vida y obra de Chester Himes

A diferencia de los escritores más sublimes del relato criminal –Chandler, Hammett, Highsmith- que fabularon en pos de una visión tremendista del hampa de su tiempo, Chester Himes, delincuente antes que escritor, se limitó a reproducir una realidad que conocía perfectamente. Himes nunca olvidó nada, y mucho menos su orgullo y su ira. En ningún momento de su vida dejó que la pobreza y la indiferencia del mundo se apartasen de su lado. Chester Himes nunca fue un hombre libre.

Hijo de una familia de clase media, Chester Himes Bomar nació el 29 de julio de 1909 en Jefferson City –Missouri- y creció en la propia Missouri y Ohio. Sus padres fueron Joseph Sandy Himes y Estelle Bomar Himes. Chester se educó en una familia no ajena a los libros y la escritura. Su padre fue profesor de  metalurgia en el Lincoln Institute. Sin embargo, la dominación de su padre de piel oscura por su madre de piel clara fue una fuente de profundo resentimiento que dio forma a la perspectiva racial de Himes. Su padre también enseñó en Alcorn State  de Mississippi y en el Instituto Branch de Arkansas. Los traslados frecuentes de la familia, así como el cegamiento accidental de su hermano, afectaron aún más su infancia. Estudió en el instituto de Cleveland (Ohio) y en la Universidad de Columbus, de donde fue expulsado en 1926, tras su detención, por participar en un robo. Por aquel entonces ya se desenvolvía en ambientes delictivos y relacionados con el juego. La adolescencia de Himes transcurrió en Ohio en la década de los años 20 y trazó una trayectoria punteada de bebidas, prostitutas y crímenes. Fue ayudante de camarero en un hotel elegante al este de Cleveland y perdió su virginidad con “una fea puta grasa y vieja”. Se inscribió en la Universidad Estatal de Ohio y fue expulsado bajo presión después de que llevó a un grupo de lo él denominó “estudiantes jóvenes negros apropiados” a una danza de fraternidad en un burdel. Himes conoció a su primera esposa, Jean Johnson, en una fiesta relacionada con el mundillo del opio. Fue detenido por un robo de armas en Ohio, por utilizar cheques sin fondos en tiendas de ropa y, finalmente, por el robo a mano armada a una pareja de ancianos de Cleveland Heights. En diciembre de 1928, Himes recibió una pena de prisión de 20 a 25 años de trabajos forzados.

Himes escribió «Yo llegué a la edad adulta en la Penitenciaría del Estado de Ohio». Contaba tan sólo 19 años de edad cuando ingresó en ella y fue entonces cuando empezó a escribir historias cortas. Publicó sus relatos por primera vez en los periódicos y revistas para gente de color y en 1934, en la revista Esquire.

Dos años más tarde salió en libertad condicional y emigró con Jean a California, el escenario de su primera novela, «If He Hollers Let Him Go» (Si grita, déjalo ir), 1945. Ya en California redacta un primer borrador de su experiencia penitenciaria, que con posterioridad dará lugar a una de sus obras más escalofriantes, la autobiográfica «Por el pasado, llorarás» (Muchnik Editores, 1998). Corre por aquellos días el año 1941 y Himes se emplea en industrias de guerra alrededor de Los Ángeles y San Francisco.

En 1945, tras la aparición de “If He Hollers Let Him Go”, se traslada a Harlem. Será el gueto neoyorquino el que inspirará las páginas que le procurarán la celebridad, pero lo hará en la distancia ya con Himes instalado en París. Resentido por la pobre acogida de «The Lonely Crusade» (Una cruzada en solitario), 1947 y «Cast the First Stone» (Tirar la primera piedra), 1953, Himes se traslada a París el mimo año de la publicación de esta última obra. Antes de embarcarse, se deshace de Jean -posiblemente Chester pensó que una esposa negra sería una desventaja en Europa-. Tres años más tarde, Marcel Duhamel, el editor de la editorial Gallimard de novela negra, -“La Série Noire”-, y el traductor francés de “Si grita dejarlo ir”, le convencen para que escriba una novela de detectives sobre Harlem. Nace así «For Love of Imabelle» (Por amor a Imabelle), 1957, primera obra de la serie Harlem. Al igual que tantos músicos de jazz, el escritor descubre que, en la capital francesa, su raza no le criminaliza inexorablemente como sucede en su país. La publicación francesa de sus obras, convenientemente aligerada de los fragmentos más violentos –podríamos decir que «escabrosos» para la crítica de la época- llama la atención del mundillo literario galo.

Las novelas publicadas por Himes durante su estancia en la capital francesa pueden parecer una mezcla idiosincrásica de mensaje y locura. Las armonías proletarias raciales de «If He Hollers Let Him Go» (Si grita, déjalo ir), 1945, le llevan a expresarse con las siguientes palabras: «Eso es todo lo que quería -sólo ser aceptado como un hombre- y sin ambición, sin distinción, ya sea de raza, credo o color». Así Chester Himes creó, casi sin darse cuenta a la edad de 47 años, una obra incisiva, radical y duradera. La  hipersaturación de detalle en las novelas de Harlem -resaltando primeros planos de rostros, calles, nombres de tiendas, callejones secretos y la violencia del acto delictivo- le inclinan hacia la desorientación y el surrealismo. Pero es el foco vigoroso de los detectives Ataúd Ed Johnson y Grave Digger Jones quien proporciona coherencia a sus relatos. Es en él donde confluyen sus personajes imperecederos: la monja travesti, Goldy, en «For Love of Imabelle» (Por amor a Imabelle), 1957, o el motociclista decapitado en «All Shot up» (Todos muertos), 1960.

Himes -un escritor noir notable- vivió para ver su trabajo reconocido y revivió, no sólo en Europa como Goodis y Thompson, sino que fue el primer escritor negro estadounidense en recibir el prestigioso Grand Prix de la «Littérature policière» francesa. Su notoriedad alcanzó incluso a su país de origen, los Estados Unidos, donde fue aclamado durante un par de retornos triunfales en los años anteriores a su muerte, acaecida en España en 1984. Sus libros entran y salen en la actualidad de forma natural y continuada de la imprenta. Pero sus novelas de Harlem –engendradas y consignadas inicialmente a través de la puerta trasera de la novela negra- lo han hecho mundialmente famoso y lo han situado a la altura de otros reconocidos autores del género.
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sábado, 5 de septiembre de 2015

EL GRAN SUEÑO DE ORO. (Chester Himes)

EL GRAN SUEÑO DE ORO (The Big Gold Dream)
Chester Himes
TRADUCCIÓN : Axel Alonso Valle
EDICIONES AKAL, S. A., 2010
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¡La fe es una roca! ¡Es como un sueño de oro macizo! Así se expresaba Sweet Prophet Brown, un predicador local, ante el reluciente mar blanco que formaban sus seguidores congregados sobre el asfalto, frente a las deterioradas fachadas de ladrillo de la calle 117, a la espera del multitudinario bautizo de masas que allí se iba a llevar a cabo. Gente de piel negra, café y mulata abarrotaba las aceras, se apiñaba en las ventanas de los edificios, se apretujaba en los malolientes portales, se agarraba a los postes de las farolas y se subía a los cubos de la basura para ver la actuación de tan fabuloso personaje. Entre los conversos, Alberta Wright, vestida con su ceñido uniforme blanco de empleada doméstica, miraba con adoración el rostro negro de Sweet Prophet. Alberta se sentía en éxtasis, y tal delirio resultaba contagioso. Había depositado su confianza en el Señor y Éste le había correspondido con un sueño millonario de 36.000 dólares. Cuando los fieles diáconos que sujetaban las mangueras antiincendios abrieron las espitas para dar comienzo al bautizo, los conversos entraron en un arrebato incontrolable. Bailaban, chillaban, gritaban y gemían, llevados por la emoción. Cantaban, rezaban y jadeaban y se ahogaban en un exultante frenesí. Las lágrimas bajaban a chorros por el estoico rostro de una anciana desdentada. «Aprisa, Dios, llévame mientras soy pura –rogó.»

Cuando Alberta dio enérgicos y largos tragos al agua de la botella bendecida por el profeta, se apoderó de ella un alborozado ardor. « ¡Le tengo dentro de mí! Tengo a Dios dentro de mí. Puedo sentirle en mi tripa.» De pronto las caras en su campo de visión se volvieron borrosas; los ojos comenzaron a salírsele de las órbitas y se le formaron perlas de sudor en toda la cara. Después se bamboleó y cayó al suelo, quedando tendida sobre la calzada mojada, de la que había comenzado a emanar vapor.

Durante el período de tiempo que Alberta Wright permanece oficialmente muerta, varios buscavidas se sitúan tras la pista de sus 36.000 dólares: Sugar Stonewall, el «hombre» actual de Alberta; un navajero llamado Susie, y Dummy, un ex-peso pesado sordomudo, «soplón» de la policía y aspirante a chulo de poca monta. El judío Abie Finkelstein, especulador mobiliario, primero, y Rufus Wright, marido de Alberta -a quién ésta no ha visto en casi un año- después, son asesinados. Los problemas no hacen sino comenzar para los maleantes y el trabajo se acumula para Coffin Ed y Grave Digger.

Himes fue un profesional tenaz, un hombre que siempre hizo su trabajo y que siempre tuvo una perspectiva aguda de la sociedad. Todo lo que escribió tiene un sello indiscutible, y sus novelas sobre Harlem son un género literario en sí mismas. Su voz singular, la exacta economía de imágenes y descripciones, la correcta adecuación de sus caracterizaciones y la velocidad que imprimía a sus relatos son constantes en su narrativa.

En «El gran sueño de oro» Chester Himes se reitera en su imagen de Harlem –más bien, de su respuesta a Harlem- como un lugar mísero, sombrío, condenado a la violencia y al crimen, donde la gente más honrada debe ir provista de una navaja para protegerse de los maleantes. Cuchillos y pistolas son objetos corrientes, en un lugar donde el asesinato es un acto frecuente y muchas veces llevado a cabo sin justificación alguna. Harlem es un paraíso para los drogadictos, chivatos, putas, chulos, timadores y estafadores, que se valen de la inocencia y la ignorancia de sus semejantes para su provecho personal. El «Profeta» encarna una figura recurrente en la novelística de Himes, la figura del embaucador, aquél cuyo negocio es «pescar a los pecadores», y que se aprovecha de la devoción religiosa de los demás para amasar una fortuna personal considerable. El caso de Sweet Prophet es aún más ofensivo si se tiene en cuenta que recurre incluso al hipnotismo para sablear a sus fieles. 

Aunque las novelas de Harlem se desarrollan claramente en la línea de la novela policíaca moderna establecida por Hammett y Chandler, nunca fueron auténticas obras de género. Cumplían muy pocos de los requisitos tradicionales y se fueron alejando cada vez más de las ideas preconcebidas sobre la novela negra. En las primeras entregas se resolvían algunos crímenes, pero hay un movimiento progresivo hacia el disfrute de la propia escena -de Harlem- como vehículo para retratar a los personajes y a la sociedad. Así, en «El gran sueño de oro», Chester Himes sorprende por su profundo conocimiento de los bajos fondos y de los negocios clandestinos, tráfico éste que abarca las loterías ilegales -de cuyo funcionamiento ofrece una detallada descripción- y las diversas técnicas de los carteristas y otros rateros, amén de la viva estampa, explícita y realista, que desarrolla del mundo de la droga -opio, marihuana y alcohol-.

Las novelas de Chester Bomar Himes sobre «Harlem» poseen una fuerza obvia. Emocionan enormemente al tiempo que envuelven por completo. Se significan por su gran contenido social, personal y simbólico. Ocultan en sus páginas una tragedia humana desoladora plagada de un fuerte humor popular. Cierto es que, a lo largo de los años, la narración ha sido acusada de carecer de orden, pero es en ese desorden precisamente donde radica su punto fuerte. 
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martes, 21 de diciembre de 2021

CHESTER HIMES, SIMPLEMENTE POR AMOR A IMABELLE

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CHESTER HIMES, EL ESCRITOR NEGRO DE NOVELA NEGRA

La escritora Ana Ballabriga nos habla en este vídeo de Himes, de Chester Himes, el escritor americano que fue condenado a veinte años de cárcel cuando apenas contaba 19 abriles y cuya vida estuvo marcada por la cuestión racial. Himes desarrolló diversos oficios hasta que en 1945 llegó a publicar su primera novela, “Si grita déjalo ir”, con la que consiguió un cierto renombre social y que le sirvió para convencerse de que lo suyo era la escritura. Huyendo del racismo pasó largas temporadas en Europa, hasta el punto que allá por 1956 decidió establecerse en París.

Sus mejores libros son aquellos que sitúa en Harlem, libros que le llevaron a postularse como uno de los grandes de la novela negra, heredero de Chandler y Hammett. Murió en Morerira, en Alicante, a donde había llegado en busca de un clima propicio a su salud.

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POR AMOR A IMABELLE
(Chester Himes)
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viernes, 23 de octubre de 2015

EMPIEZA EL CALOR. (Chester Himes)

EMPIEZA EL CALOR (The Heat´s On)
Chester Himes
TRADUCCIÓN: Facundo Piperno
R. B. A. Libros, S. A., 2012
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Hay algunas cosas que usted puede confiar encontrar en las novelas de Chester Himes, sobre todo en aquellas que cuentan con «Coffin» Ed Johnson y «Grave Digger» Jones como figuras centrales: unos personajes coloridos, un dialecto distintivo, una sensibilidad racial feroz y un montón de caos. Un caos bestial. Las historias, por su parte, son gratamente aceptadas y carecen de cualquier clase de auto-análisis. EMPIEZA EL CALOR no es una excepción. Hay caos más que suficiente, un gigante drogadicto albino, un enano jorobado, un perro de ataque del tamaño de un pony, una curandera y varios y diversos personajes que giran a su alrededor y que le confieren a la novela, sin duda, un colorido local adecuado. Incluso puede usted disfrutar con la voladura accidental de una casa de estilo señorial antiguo, hecha añicos con una dosis excesiva de nitroglicerina; una explosión motivada por la ambición de un criado negro heroinómano poco experto en tales menesteres, quien cuenta para estas funciones con la presencia de una cabra. Y como ya es bien sabido, quien se asocia con seres tan estúpidos, quien como dice el dicho popular está más loco que la propia cabra, suele salir desintegrado por los aires. Hecho que usted «contemplará» con todo lujo de detalles.

Cuando los detectives Johnson y Jones son suspendidos por el tratamiento infligido al enano jorobado (éste muere en mientras se encuentra detenido) y posteriormente Digger es disparado y abatido, Ed se abandona a su carácter. Se convierte en una especie de máquina brutal, frenética, apenas contenida. Su cara se deforma por el terror y adquiere el carácter de un maníaco homicida. Y, mientras sobre Harlem se abate un calor humeante,  parte en busca de los responsables de todo este lío. Himes muestra en esta entrega su aversión por el tráfico de drogas que causó la ruina de la ciudad en aquel entonces y alcanzó a las capas más menudas de la sociedad. Su actitud choca con la disposición moderna y permisiva de muchos líderes negros, que desaprueban las duras sentencias de prisión para los traficantes de drogas. 

Todo comienza cuando los detectives «Coffin» Ed Joohnson y «Grave Digger» Jones tienen que atrapar a dos delincuentes. Son  dos fugitivos de aspecto llamativo, un gigantón negro albino de cortas luces y un traficante enano. La operación en principio no parece complicada, sin embargo en el Harlem de los años 50 las cosas nunca son tan sencillas como aparentan. El jorobado resulta detenido pero el albino entra en contacto con una peculiar dama, la «Hermana Celestial», una curandera a la vieja usanza, poseedora de una casona destartalada de arcaico estilo italiano –la «Clínica Celestial»-, conocedora de métodos antiguos de probada eficacia entre los que se encuentra la aplicación de sus «polvos celestiales», y que maneja la cantidad de droga suficiente para ultimar a un ejército de adictos. Sin embargo su único vicio es fumar marihuana en una pipa de espuma de mar, con la caña curva y el hornillo tallado. Eso sí, posee una desmedida ambición por el dinero -no existe nada que no esté dispuesta a hacer por dinero-, una ambición que la lleva a la búsqueda del hipotético plano de un tesoro. Un plano en el que ni ella misma cree. «¡El mapa de un tesoro! –chilló-. ¡Un tesoro perdido! ¿Todavía crees en esas cosas, con lo grande que eres?».

Emigrado del Sur a principios del siglo pasado, hacinado en un gueto del Norte, el pueblo negro es contemplado por el blanco como un colectivo inferior, una sociedad recluida que se ha visto obligada a crear sus propias reglas. El mundo americano, con su actitud mezquina hacia la comunidad de color, ha logrado enfrentar a los negros consigo mismo, abandonándolos a su propia miseria, aislándolos en un universo cerrado y conduciéndolos a su propia autodestrucción. El Harlem que descubrimos a través de las páginas de Himes es duro y amenazador, pero a la vez, seductor y atrayente. La galería de personajes con los que tienen que relacionarse «Coffin» Ed Johnson y «Grave Digger» Jones en EMPIEZA EL CALOR -músicos de jazz, cantantes de blues, mafiosos, jugadores, putas, ladrones y demás escoria de la humanidad; vendedores ambulantes de sueños, el polvo mágico y la caricia del sexo ardiente; hombres furtivos e indignados, mujeres que han estallado en lágrimas, engreídos bufones; tipos a los que les da igual que los pillen y otros que confían en arreglarlo todo con el dinero- hace de Harlem un universo único e irreal, por el que es inevitable sentirse atraído.
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jueves, 11 de junio de 2015

CORRE, HOMBRE, CORRE. (Chester Himes)

CORRE, HOMBRE, CORRE (Run Man Run)
Chester Himes
TRADUCCIÓN: Axel Alonso Valle
EDICIONES AKAL, S. A. 2012
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Transcurre una gélida noche invernal cuando Matt Walker, un amargado y solitario policía, deambulaba por las calles de Nueva York en avanzado estado de ebriedad sin recordar apenas dónde ha abandonado su auto. El alcohol lo ha transformado en un violento salvaje y cuando se tropieza con unos mozos de color, empleados de una cafetería, los acusa de haber participado en el robo del vehículo. La pistola con silenciador que sostiene en su mano es suficiente para poner nervioso a cualquiera, no obstante el gordo Sam intenta hacerle razonar ofreciéndole café y una ración de pollo frito. Walker simplemente se lo quita de en medio sin más disquisiciones ofertándole tres disparos en la barriga hasta que logra expulsar las tripas. La profunda borrachera que soporta Walker se le disipa completamente y comienza a ver claro. La comprensión de lo que ha hecho explota en su interior como una carga de dinamita, y es que lo mató solo porque «estaba allí cuando no debía haberlo estado». Pero esos resquemores de conciencia se transforman en cuanto el policía se deshace del segundo negro y no consigue matar a Jimmy, el tercero y último testigo, por unas pequeñas complicaciones de última hora; no obstante lo deja malherido tras un impacto de bala que no da enteramente en el blanco -¿o quizás debería decir en el negro?-. Jimmy es un joven estudiante de derecho y trabajador nocturno en la cafetería Schmidt & Schindler y acaba de ser testigo del asesinato de sus dos compañeros. Jimmy acusa a Walker de homicidio, sin embargo no encuentra quien le crea. Incluso su persona más allegada -amante, cantante y vecina a un tiempo- Linda Lou Collins, no logra ver la verdad en sus ojos.

«Corre, hombre, corre» ofrece maravillosos ejemplo de la sombría prosa de Himes, a veces un poco macabra. Al principio de la historia cuando Walker liquida a su primera víctima, Fat Sam deja caer los pollos que sostiene en la mano y que resbalan uno a uno por sus flácidos dedos, al tiempo que una densa y fría salsa de pavo baña su cabello al dar contra el suelo. «Maldita sea mi suerte -piensa Walker-. Pobre cabrón. Muerto en la salsa que tanto le gustaba.»

Al igual que su obra, la realidad de Himes está llena de contradicciones e incertidumbres, de giros repentinos, de puñaladas de violencia y centros oscuros en el corazón de la luz. La vida de Himes es tan fascinante como su ficción y a pesar de su aparente diversidad ambas parecen singularmente vinculadas. La imagen que nos ha llegado del escritor es que no fue un hombre fácil de tratar a pesar de que los filtros del tiempo han tamizado algo esa percepción. Hay tantas cosas en su deambular mundano, conoció tantos lugares, a tantas personas, llevó una existencia tan intensa, que su narrativa transmite una estampa de la sociedad demasiado exagerada. De su mano degustamos los espacios del hampa, los bares de jazz y blues llenos de tabaco y alcohol, y la música, sobre todo la música. «Música exclusiva de los cantantes negros, que se encuentra a medio camino entre soprano y contralto, ronca en los graves y quejumbrosa en los agudos y que posee esa manera lastimera de tomar aire entre un golpe de voz y otro».

Himes poseía un conocimiento único del lado oscuro de la naturaleza humana y de la influencia corruptora del racismo. Creía en la brutalidad básica del hombre y, sobre todo, en sus primeras obras valoraba en demasía la impotencia del individuo frente a las circunstancias. Himes retuvo esta perspectiva a lo largo de su carrera, tal vez porque evolucionó a partir de su propia experiencia.
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miércoles, 10 de septiembre de 2014

UN CIEGO CON UNA PISTOLA. (Chester Himes)

UN CIEGO CON UNA PISTOLA. (Blind man with a pistol)
Cheter Himes
TRADUCCIÓN: Ana Becciu
RBA, 2008
Harlem on my Mind

Chester Himes nace en Jefferson City (Missouri, EE.UU.) allá por las calendas de 1909. Durante una buena temporada de su pubescencia frecuenta ambientes delictivos lo que proporciona su ingreso en prisión, en esta ocasión, por robo a mano armada. Durante su estancia carcelaria, comienza a escribir relatos cortos y consigue publicarlos en revistas de la época. El propio Himes manifiesta en cierto momento de su vida que escribir le proporciona un status dispar en la prisión, porque “los convictos negros tenían un respeto instintivo, e incluso miedo, por alguien que podía sentarse a escribir a máquina y cuyo nombre aparecía en periódicos y revistas. Los carceleros no podían tocar a quien pensaban era una figura pública”. Transcurre el año 1945 cuando publica su primera novela, “Si grita, déjalo ir”, y en 1953, hastiado y derrotado por el racismo de su país, decide fijar su residencia en París. Allí es donde emergen los detectives Ataúd Johnson y Sepulturero Jones. En 1969, traslada su persona a Moraira (Alicante), donde fallece en 1984. Las novelas de Himes se significan por la crudeza con que el autor describe el problema racial en EE.UU y sus personajes son un reflejo cierto de esa sustantividad.

El auténtico protagonista y el hilo conductor de “Un negro con una pistola” es Harlem, un alfoz dibujado a través de sus habitantes negros, de sus pensamientos sobre los blancos y de su modo de relacionarse con ellos. Ahí, en Harlem, el barrio afroamericano limitado por la calle 96 al sur, la Quinta Avenida y el Hudson River al oeste y la calle 155 al norte, junto con el río Harlem, es donde reside la genuina nobleza del relato. 

"Un ciego con una pistola" es una novela de género. Los papeles principales de la narración los simbolizan Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones o, para ser cumplidos con el idioma, Ataúd Johnson y Sepulturero Jones. Son negros y laborean en Harlem. Johson y Jones son el nexo que une los subsecuentes episodios de la novela. Son maderos en su propia tierra, sondean, indagan, arrestan, presionan a los sospechosos, se enfrentan a los miembros de su propia comunidad, a los sujetos de su propia raza. Son operarios de la calle. Sin embargo en su fuero interno anida la idea de que su filosofía personal consiste en desalentar el negocio del vicio en Harlem y traer alivio a sus ciudadanos. Cada orden que reciben es cuestionada mediante razonamientos, a veces punzantes, pero no por ello menos irrefutables. Su oficio es un choque feroz entre teoría y práctica, entre comunicación y puesta en escena. Para sus congéneres de color son hombres negros vendidos al blanco y cuya ley personifican y tratan de administrar en Harlem. 

“Un ciego con una pistola” es, por su estructura, un compendio de relatos, lo que apellidamos como novela coral. En el transcurso de sus páginas nos topamos de frente con líderes negros; con monjas y mormones, asimismo, negros; con predicadores de la fraternidad universal entre los hombres, no menos negros; con vendedores de la eterna juventud; con prostitutas negras y maricas de su misma raza; con el “Poder negro” (Black Power); con manifestaciones de negros; con reyertas entre negros, donde aflora de manera fácil el cuchillo matador; con asesinatos de negros en el devenir de una reunión ... en definitiva con el más puro y genuino Harlem.
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Harlem on my Mind
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viernes, 10 de julio de 2015

VIDAS DIFÍCILES. (James Sallis)

VIDAS DIFÍCILES (Difficult Lives: Jim Thompson-David Goodis-Chester Himes
James Sallis
TRADUCCIÓN: Alberto de Satrústegui
POLIEDRO
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«La oscuridad y yo»

Este pequeño ensayo de James Sallis –pequeño en extensión y a la vez grande en intenciones y contenido- trata sobre Himes, Goodis y Thompson. No pretende Sallis con ello hacer una reivindicación sobre sus obras como literatura perdurable, su interés se centra tanto en los fracasos o incapacidades de estos personajes como en sus logros.

La novela de Himes, siempre según Sallis, imita la tradición del disimulo mediante el cual generaciones enteras de negros mantuvieron una vida paralela a la de la cultura dominante, la cultura del hombre blanco. Goodis escribió el mismo libro una y otra vez codificando su propia caída de escritor promisorio a recluso y Thompson pobló sus novelas de psicópatas risueños cuyos ojos atraen al lector a un enorme vacío.

La cultura americana tiene la desafortunada costumbre de abandonar todo aquello que tiempo atrás amó profusamente. Y así, los libros de estos tres escritores, pese a los esfuerzos de sus agentes literarios, estuvieron a punto de perderse con el devenir de los tiempos. Sus cubiertas desgarradas enmohecían por la humedad en sótanos y buhardillas y sus páginas amarilleaban en estantes polvorientos. Sólo en Francia donde sus libros siguieron editándose más o menos sin interrupción, y tuvieron una aceptación parecida a la de Hammett, McCoy o Cain, la obra de estos escritores perduró.
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Jim Thompson nació y fue registrado en Anadarko, Oklahoma en 1907. Su padre era sheriff, abogado de facto y buscador de petróleo por cuenta propia. Conoció la riqueza y la pobreza y vivió su juventud sin acomodarse al orden social. Cuando en 1946 publicó su segunda novela comentó: «Desde que tengo memoria nunca he querido hacer otra cosa que escribir, y la mayor parte de mi vida me la he pasado haciendo otras cosas.» Cuando Jim Thompson murió el 7 de abril de 1977, tras más de cincuenta años trabajando como escritor profesional, todas y cada  una de sus veintinueve novelas estaban descatalogadas.

El mundo de Thompson es incansable, incorregible, más allá de la redención. En todas sus novelas, al margen de la disparidad temporal, de la complejidad de ambientes y de las particularidades de sus protagonistas, nos enfrentamos a un mundo en disolución y sin dios. Todo en él es sinónimo de violencia, a veces implícita, a veces manifiesta; matrimonios grotescos que empiezan con alcoholismo y acaban en asesinato; una madre asesina; un vendedor a puerta fría; un trabajador de un periódico o de un pozo petrolífero; un sheriff de un trozo de tierra atrasado y olvidado de la mano de Dios que se arroga la redención de sus conciudadanos; un psicópata ayudante de sheriff, sardónico y «encantador», que convierte la violencia en una cualidad propia de los reptiles:

   «Y la golpeé en el vientre con toda la fuerza de que fui capaz.
   Mi puño llegó a la espina dorsal, y su carne se cerró sobre él. Di un tirón –tuve que hacerlo- y ella se dobló hacia delante, como si tuviera una bisagra.
   Se  le cayó el sombrero, y su cabeza se venció de pronto hasta tocar el suelo. A continuación, se volcó sobre si misma completamente, como un chaval que diera un salto mortal. Quedó tendida sobre la espalda, con los ojos saltándosele de las órbitas y con la cabeza rodando de un lado a otro.
   Llevaba una blusa blanca y un traje de color beige claro; nuevo, creo, porque no recordaba habérselo visto antes. Metí la mano en la pechera de la blusa y se la arranqué hasta la cintura. De un tirón le saqué la prenda por encima de la cabeza, volvió a sacudirse  y se echó a temblar. Emitía un extraño sonido, como si tratara de reír.
   Y entonces vi el charco que se iba extendiendo debajo de ella.
  Me senté y procuré leer el periódico. Intentaba no apartar los ojos de él. Pero no había mucha luz; no la suficiente para poder leerlo, y ella seguía moviéndose. Daba la impresión de que le era imposible estarse quieta.»
(EL ASESINO DENTRO DE MÍ. Jim Thompson)
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David Goodis nació en 1917 en Filadelfia. Tuvo dos hermanos que murieron de meningitis. Sus primeros escritos datan de su época universitaria, donde comienza a escribir artículos para algún periódico e historias pulp. Pocas vidas son tan extrañas como la suya. En 1950, a la edad de 33 años, después de una prolífica carrera en Nueva York, en la que se incluye un contrato de seis años con la Warner, volvió a Filadelfia para vivir como un prisionero en casa de sus padres, en un voluntario y sigiloso descenso al olvido, hasta su muerte en 1967.

En el mundo de Goodis todo está relacionado, todo se mueve en círculos, todas las calles llevan a un mismo punto sin salida. Ningún escritor, antes o después, ha padecido de forma tan plena una obsesión «por las sombras arrojadas por la víctima, el fracaso, el abandono, el nunca más». Para los personajes de Goodis no hay escapatoria, sólo más trampas inevitables, más prisiones mentales:
  
   «Fellsinger estaba completamente cubierto de sangre; había sangre en el suelo. Charcas y arroyos de sangre, Coágulos, grandes coágulos junto a Fellsinger, y pequeños coágulos, cada vez más pequeños a medida que se alejaban del cuerpo. Había motitas de sangre en todos los muebles y sugerencias de ella por las paredes... era negra cuando se coagulaba en las cavidades del cráneo y luminosa y pálida cuando manchaba la bocina de la trompeta que yacía junto al cuerpo. La bocina estaba ligeramente mellada. Los botones de madreperla de sus válvulas se habían vuelto de color rosa por las salpicaduras de sangre.
   Fellsinger estaba de bruces en el suelo pero tenía la cara vuelta hacia un lado. Tenía los ojos completamente abiertos, con las pupilas vueltas hacia arriba y mucho blanco debajo. Era como si intentara mirar hacia atrás. Tal vez quisiera ver hasta qué punto estaba malherido, o ver quien le golpeaba el cráneo con la trompeta. Tenía la boca entreabierta y la punta de la lengua caía sobre una de las comisuras.
   Sin sonido, Parry dijo:
-Hola, George.
   Sin sonido, Fellsinger dijo:
-Hola, Vince.
-George, ¿estás muerto?
-Sí. Lo estoy.
-¿Por qué estás muerto, George?
-No lo sé, Vince. Me gustaría decírtelo, pero no puedo.
-¿Quién ha sido, George?
-No lo sé, Vince. Mírame. Mira lo que me ha pasado. ¿No te parece horrible?
-No he sido yo, George. Lo sabes.
-Pues claro, Vince. Claro que no has sido tú.
-George, no creerás que lo he hecho yo, ¿no?
-Sé que no lo hiciste.
-Dirán que te he matado yo.
-Sí, Vince. Es lo que dirán.
-Pero no he sido yo, George.
-Lo sé Vince. Sé que no lo hiciste. Sé quién lo hizo, pero no puedo decírtelo porque estoy muerto.
-¿Puedo hacer algo por ti, George?
-No, nada. Estoy muerto. Tu amigo George Fellsinger está muerto.»
(SENDA TENEBROSA. David Goodis)
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Chester Himes nació el 29 de julio de 1909, en Jefferson City, Missouri y creció en esta ciudad y en Cleveland, Ohio. Sus padres pertenecían a la clase media. Himes asistió a la Universidad de Ohio durante algún tiempo hasta que fue expulsado gracias a una pelea en un bar clandestino. Después de dos condenas por supuesto robo y emisión de cheques sin fondo, en 1929 fue sentenciado a una condena de entre 2o y 25 años de trabajos forzados en la Penitenciaría de Ohio. Allí empezó a escribir. Los años que siguieron a su libertad bajo fianza fueron difíciles, y finalmente se unió a la riada de negros que tenían por destino Los Ángeles con objeto de trabajar en la industria bélica.

Sallis admira la voz singular, la exacta economía de imágenes y descripciones, la extravagante adecuación de las caracterizaciones y la velocidad que Himes imprimía a sus relatos. Sin embargo, para Sallis, lo más admirable no es Harlem en si, sino la creación de un mundo propio, la respuesta que Himes da a Harlem. La variedad de violencia infligida por los negros a los negros, representada tanto por los policías Sepulturero Jones y Ataúd Ed Johnson como por los criminales  a quienes persiguen, se convierte en el tema recurrente de las novelas de Harlem:

   «Se celebraba una gran gala en la sala Savoy, y la gente hacía cola alrededor de una manzana de Lenox Avenue para comprar las entradas. El famoso equipo de policías de Harlem, Ataúd Ed Johnson Y Sepulturero Jones, habían sido asignados para mantener el orden.
   Ambos eran altos y como descoyuntados, vestían descuidadamente y sólo parecían dos negros no muy oscuros. Sin embargo, sus armas no eran corrientes. Llevaban unos revólveres niquelados, de cañón largo, del 38, fabricados por encargo, y en aquel momento los tenían en la mano.
   Sepulturero se encontraba en el lado derecho del principio de la cola, a la entrada del Savoy. Ataúd Ed, en el lado izquierdo y al final. Sepulturero apuntaba con su arma hacia el sur, siguiendo la acera en línea recta. Ataúd Ed, al otro lado, apuntaba con la suya hacia el norte, también siguiendo la acera en línea recta. Entre las dos líneas imaginarias trazadas por sus revólveres había suficiente espacio para que dos personas pudieran estar de pie y pegadas una junto a otra. Cada vez que alguien se salía de su línea, Sepulturero gritaba «¡Métase p´a dentro!», y Ataúd Ed le coreaba «¡Empiezo a contar!». Si el infractor no se introducía de forma inmediata en la cola, uno de los policías disparaba al aire. Las parejas que hacían cola se apretaban como si estuvieran comprimidas por dos muros de cemento. La gente de Harlem creía que Sepulturero Jones y Ataúd Ed eran capaces de matar de un tiro a un hombre por no mantenerse dentro de la cola.»
(POR AMOR A IMABELLE. Chester Himes)
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martes, 1 de septiembre de 2015

EL EXTRAÑO ASESINATO. (Chester Himes)

EL EXTRAÑO ASESINATO (The Crazy Kill)
Chester Himes
TRADUCCIÓN: Axel Alonso Valle
EDICIONES AKAL S. A., 2010
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Un robo, un asesinato, una víctima y un testigo. Con estos «simples» ingredientes y el añadido de unos diálogos dirigidos a presentarnos a los personajes y enriquecer la narración, Himes nos sorprende con una historia donde nada es lo que parece...

Son las cuatro en punto de la madrugada del miércoles, 14 de julio, en Harlem, EE.UU. La Séptima Avenida se encuentra oscura y solitaria. Un hombre de color se desliza furtivamente por el lado de la calle colindante a una hilera de coches aparcados al borde de la acera. Sin pensarlo dos veces mete su largo y desnudo brazo por la ventanilla de un sedán negro y se apropia de la bolsa que contiene las monedas que el propietario de la tienda de alimentación A&P utiliza para dar el cambio. Detrás del ladrón, que huye como alma que lleva el diablo, salen en su persecución el encargado de la tienda y un policía de color de servicio en esos momentos. En el mismo edificio donde se ubica el comercio, tres plantas más arriba, el reverendo Short, un pastor evangélico que remedia sus problemas nerviosos empinando el codo para realizar con delicadeza la operación de trasegar combinados de brandy con opio del vaso al estómago, lo observa todo desde la ventana de uno de los dormitorios. Pero - casualidades del destino- tiene la desgracia de inclinarse demasiado y cae al vacío. Parece que ha llegado su hora, sin embargo una cesta de mimbre llena de pan recién hecho, situada delante de la tienda de comestibles que hay debajo, le salva de la muerte. Cuando el reverendo mira hacia arriba la ventana iluminada del dormitorio sigue allí. La espaciosa sala de estar del mismo apartamento del que cayó está abarrotada de amigos de Big Joe Pullen que lloran su muerte. Lo de «llorar» es un decir, pues en realidad lo que allí se celebra es una fiesta en toda regla. La viuda vestida de luto supervisa el servicio de refrigerios y los demás lamentan la pérdida por pura amabilidad y por el alcohol que circula por sus venas, y porque resulta fácil lamentarse con aquel calor asfixiante. Deep South canta a pleno pulmón, con su voz ronca y grave, al tiempo que sus gruesos dedos negros bailan enérgicamente sobre las teclas del gran piano de cola: «Esfúmate, compadre, esfúmate y vete con Jesús...»

De regreso al apartamento el reverendo Short, tiene la visión de un hombre muerto. Se asoma a la ventana y en la misma cesta en la que aterrizó observa el cuerpo de Valentine Haines, con un cuchillo clavado en el pecho. El cuerpo yace cuan largo es sobre el blando colchón de panes de molde envueltos, como si la cesta hubiera sido hecha a medida para él. El cuchillo sobresale de la chaqueta justo por debajo del bolsillo del pecho y la sangre dibuja formas irregulares sobre la camisa y la corbata. La pregunta surge por si sóla: ¿quién cometió el asesinato? ¿Cuál fue el móvil del crimen? ¿Qué papel juega en todo ésto el reverendo?

Himes tiende a mezclar la violencia con el humor. Ésto se hace evidente desde la primera escena en que el reverendo Short, mientras observa un robo desde una ventana, se inclina demasiado, pierde el equilibrio y cae, teniendo la suerte de aterrizar en una cesta de pan. De hecho, este mismo personaje, acapara gran parte del humor que desprende la novela. La diatriba que profiere en el funeral de Big Joe gritando, soltando manotazos a las moscas que tratan de posarse en su cara y escupiendo saliva caliente como un aspersor de jardín mientras apunta con un dedo tembloroso justo en dirección a Dalcy, la hermana de Valentine Haines, al tiempo que exclama como un poseso ¡Asesina!, ¡Adúltera!, es memorable. No se puede negar que la novela es francamente divertida pero no sería justo dejar de reseñar que Himes utiliza esos elementos humorísticos con el fin de aligerar algunas situaciones, como sucede con el interrogatorio de un «supuesto» testigo del asesinato de Haines; testigo de nombre Iron Jaw y de profesión «desplumador de pollos», quien niega haber estado presente en el lugar de autos la noche del crimen: «No sé de qué´stán hablando, jefe. Estuve´n la cama toa la mañá dormío común tronco hasta que me fuí a trabajá», declaración que se produce momentos después que la pareja de policías es atacada por un pollo que comienza a soltar graznidos y a revolverse, aleteando y tratando de salir de la parte baja de la chaqueta en la que Jaw le lleva retenido. Estos elementos humorísticos, no obstante, tienen la consideración de secundarios en una narración un tanto laberíntica.

«El extraño asesinato» es la tercera novela de la serie que Himes dedicó a Harlem. A simple vista el asesinato de Valentine Haines parece desconcertante, un acto realizado al azar y generado por la mezquindad y la locura de las calles. Sin embargo, la reacción que éste genera en las personas más allegadas al fallecido sugiere que es la consecuencia de toda una serie de pasiones encontradas y ocultas. Un hecho que revela que estos acontecimientos forman parte de un sistema con su propio código interno de la justicia y el orden. Cierto es, que al final, el orden se restablece y la justicia prevalece, pero enfáticamente no es un orden impuesto desde fuera por la sociedad oficial y sus agentes negros. Más allá de todo eso, la novela introduce al lector en un mundo denso, poblado de personalidades dramáticas al tiempo que brillante en detalles concretos.

Estamos, sin ningún género de dudas, ante una buena narración. Y si usted, amigo lector, es amante de la novela negra, estoy en condiciones de asegurarle que se encuentra ante un fascinante relato. Una historia propia de un autor en extremo sobresaliente. Y todo ello, a pesar de que éste no sea precisamente su mejor trabajo.
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lunes, 24 de febrero de 2014

CHESTER HIMES (1904 / 1984)

BIOGRAFÍA. Chester Himes nace en Jefferson (Missouri) en el año 1904 en el seno de una familia de clase media, hijo de Joseph Sandy Himes y Estelle Bomar. Su infancia y primera juventud se desarrolla a caballo entre Ohio y Missouri. Realiza los primeros estudios en el Instituto de Cleveland (Ohio) para luego pasar a la Universidad de Columbus. De allí es expulsado en 1926 tras ser detenido por participar en un atraco. Su vida por entonces se desenvuelve en ambientes ludópatas y delictivos. Esta vez logra eludir la cárcel pero dos años después es encerrado, con una condena de 20 años, acusado de robo a mano armada. Cumple 7 años en prisión. Delincuente antes que escritor durante el encierro dedica su tiempo a escribir relatos cortos para su posterior publicación en revistas. El primero de ellos aparece en 1934 en la revista Esquire. 

"Comencé a escribir en prisión. Eso me protegió de los convictos y de los carceleros. Los convictos negros tenían  un respeto instintivo e incluso miedo por alguien que podía sentarse a escribir a máquina y cuyo nombre aparecía en los periódicos y revistas. Los carceleros no podían tocar a quien pensaban era una figura pública".

Es puesto en libertad en 1935. Se gana la vida desempeñando diversos trabajos a la vez que sigue escribiendo. En 1945 publica su primera novela "If He Hollers Let Him Go! (Si grita, déjalo ir). Con ella consigue un gran éxito lo que le permite entregarse por completo a la literatura.

A partir de 1953 comienza a pasar largas temporadas en Francia donde su raza no interfiere su escritura. En 1956 hastiado del racismo que azota a su país de origen se instala definitivamente en París. 

"América me hizo mucho daño. Cuando luché por medio de la literatura decidieron destruirme; nunca sabré si a causa  de ser yo un degenerado ex presidiario que rehusaba llevar el hábito de penitencia, o un negro que no aceptaba el problema de los suyos como propio".

Es en esta época cuando comienza a escribir novelas de género negro protagonizadas por los detectives de Harlem Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones (Coffin Ed Johnson & Grave Digger Jones) que le llevan a alcanzar las más altas cotas de la fama. En 1969 decide residir en Moraira  (Alicante, España), donde fallece en 1984.


OBRA. El conflicto racial es la melodía que acompaña toda su obra. Su forma de abordar los abusos de poder, la hipocrecía del sistema social, el sexo, las violaciones y la miseria de los barrios pobres americanos le vale la condena de la conservadora sociedad estadounidense de posguerra. Para ello Himes utiliza la escritura como una forma de terapia. Su narrativa trasluce un conocimiento único del lado oscuro de la naturaleza humana. 

En su novela "If He Hollers Let Him Go! (Si grita, déjalo ir) el personaje principal es un supervisor negro atormentado por las pesadillas, que son causa tanto de su odio como de su miedo hacia los blancos. Su atracción por una mujer de raza blanca le lleva a ser falsamente acusado de violación por aquella. Tras ser golpeado por la turba acepta la oferta de un juez y decide alistarse en el ejército a cambio de que se retiren los cargos en su contra.

miércoles, 1 de julio de 2015

LA BANDA DE LOS MUSULMANES. (Chester Himes)

LA BANDA DE LOS MUSULMANES (The Real Cool Killers)
Chester Himes
TRADUCCIÓN: Axel Alonso Valle
EDICIONES AKAL, S. A., 2010
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Los clientes de color del Dew Drop Inn de Harlem, entre la calle 129 y Lenox Avenue, se estaban divirtiendo como nunca una fría y despejada noche de octubre. Solo había una nota discordante en este ambiente festivo. Un hombre blanco estaba de pie en mitad de la barra y los miraba con una diversión cargada de cinismo. Cuando la música paró una voz áspera dijo por encima de las jadeantes risas: «M’apetece tajarle’l cuello a algún blanco hijoputa.» Las risas pararon y la sala quedó en silencio. El hombre que había hablado era un peso gallo, bajito y escuálido, que blandía una navaja semiautomática en su mano derecha. Pese a las excusas del hombre blanco el hombrecillo de la navaja le soltó un tajo en el cuello que le cortó limpiamente la corbata roja justo por debajo del nudo. El alboroto trajo consigo la participación del gigantesco barman -Big Smiley-, quien fue obsequiado con un sajo en el brazo, cuyos músculos se abrieron como el mar Rojo al tiempo que la sangre salía a chorros. Big Smiley se echó hacia atrás y metió la mano bajo la barra, de la que extrajo un hacha corta de bombero. El golpe cruzado que recibió el hombre de la navaja le seccionó el brazo justo por debajo del codo. El brazo, con la navaja agarrada, voló por los aires, salpicando de gotas a los espectadores, aterrizó sobre el suelo y se perdió bajo una mesa. El hombrecillo vio a Big Smiley echando hacia atrás el hacha de mango rojo para darle un nuevo hachazo. «¡’Spera, bigardo hijoputa, qu’encuentre mi brazo!. Tié mi navaja´n la mano.»

La acción de “La banda de los musulmanes” se desarrolla en una sola noche, y detalla la investigación del asesinato de un «blanco hijoputa» –evidentemente, no era su noche- perseguido fuera del Dew Drop Inn de Harlem por un asaltante armado con un revólver. Sonny Pickens había estado fumando cigarrillos de marihuana y estaba totalmente colocado cuando salió a la acera del Dew Drop. «¡Eh, tú! –gritó-. Tu eres el tío que ha’stao tirándose a mi mujé.» (Posteriormente, cuando los efluvios de la marihuana comienzan a desaparecer y las cosas se complican para él, reconoce: «Cómo’s posible que perdiera la cabeza por mi mujé, si ni siquiera tengo»). Cuando Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson llegan a la escena del crimen, la resolución del caso parece sencilla...
  
   -¡En fila! –dijo Grave Digger.
   -¡Recuento! –contestó Coffin Ed.

...pero todo se va complicando por momentos. Coffin Ed mata de un disparo en el corazón a un joven miembro de la banda de los Musulmanes Molones por arrojarle agua de colonia a la cara, -«Solo’s perfume», gritó el árabe alarmado- confundido ante la idea de que pudiera ser de nuevo ácido, como ya le sucediera en su anterior aventura. El muerto mantenía relaciones con su hija Sugartit -una negra de piel chocolate y huesos finos- quien también pertenece a la citada banda. Para más inri, el sospechoso, Sonny Pickens, (un negro acharolado a quien el jefe de la banda de los Molones le espeta a la cara sin compasión: «Colega, mira qu’eres negro. Cuando eras un bebé tu madre debía pintarte la boca con tiza pa sabé onde poné la teta»), aprovecha la confusión para escapar. Cuando su arma es encontrada resulta ser de fogueo. La pregunta surge por si sola: ¿quién ha matado al hombre blanco de Harlem?  

Bienvenidos a Harlem. Bienvenidos al gran baile de esta noche. El Apollo Theatre, revestido con el solaz de la nostalgia, ondea sus oriflamas al viento y abre sus añosas puertas para hacerles partícipes del recuerdo de aquella época célebre del guetto negro por antonomasia de la Nueva York del siglo pasado. Harlem baila cada noche en las páginas de las novelas de Chester Himes. Del exotismo de lo prohibido que se desprende de la lectura de sus obras destila la atmósfera decadente, la violencia y el acibarado humor negro que le hicieron famoso. Toda una ristra de personajes estereotipados, desde policías blancos matones y descaradamente racistas, hasta negros entrados en carnes de piel lustrosa de ébano, pasando por mulatos achaparrados de revestimiento claro, le esperan ansiosos para ejecutar ante usted el papel que les ha tocado representar en esta parodia burlesca de la vida que es la ficción negra.

  • «Una mujer saltó de su asiento frente a una mesa como si la música la hubiera pinchado con chinchetas. Era una mujer negra y delgada con un vestido de punto rosa y medias rojas de seda. Se subió la falda y empezó a bailar con ímpetu como si estuviera intentando sacudirse las chinchetas una a una. Su ánimo resultaba contagioso. Otras mujeres bajaron de un salto de sus taburetes y se unieron al baile. Los clientes se rieron y dieron voces y comenzaron también a moverse. El pasillo entre la barra y las mesas se convirtió en una tormenta de cuerpos en movimiento.»

La cultura afroamericana y, sobre todo su música, se puso de moda en Harlem allá por los años cincuenta del pasado siglo. Con el paso del tiempo el barrio fue degenerando hasta que llegó a convertirse en el mítico paraje saturado de incertidumbres y  peligros del que se guarda memoria. En sus calles ruidosas y en sus casas ruinosas, los habitantes de aquél Harlem veían con tono sarcástico y fatalista, como la cruda realidad diaria les aporreaba de frente. Pero una y otra vez, cada noche, trataban de embriagarse de música, alcohol y placeres sexuales para escapar, aunque sólo fuera por un instante, de esa penumbra neblinosa que la América de las oportunidades había creados para ellos.
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miércoles, 24 de junio de 2015

POR AMOR A IMABELLE. (Chester Himes)

POR AMOR A IMABELLE (A Rage in Harlem)
Chester Himes
TRADUCCIÓN: María Dolores Ábalos
EDICIONES AKAL, S. A., 2009
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Jackson es un negro gordinflón, con encías moradas y dientes blancos como perlas, que trabaja para un empresario de pompas fúnebres. Jackson está perdidamente enamorado de  Imabelle, una joven de labios carnosos, cuerpo ardiente y piel canela, de pícaros ojos castaños y amplias caderas, quien le ha presentado a un hombre –Hank- que es capaz de aumentar el valor del dinero; convierte los billetes de un dólar en billetes de diez y, a su vez, éstos en billetes de cien. Jackson invierte los ahorros de toda una vida –mil quinientos dólares, en ciento cincuenta billetes de diez- en el procedimiento de Hank, una fórmula de invención propia para tratar químicamente el papel, que le debe reportar quince de los grandes. La tal fórmula consiste en introducir el dinero en el horno de la cocina de su casera y esperar... sólo que esta vez la espera termina con una explosión de tal potencia que la puerta del horno queda desvencijada. -¡Has sido tú, cabrón! ¿Me has reventado la cocina!-, exclama la casera cuando descubre el entuerto. A partir de ese momento todo va de mal en peor para Jackson. Un policía corrupto se presenta en el lugar de los hechos y le levanta doscientos dólares por evitarle el incómodo “placer”  de pasar la noche en chirona. Los doscientos dólares, como no, salen de la caja fuerte de su jefe, el empleado de pompas fúnebres. La diferencia del robo –que asciende a quinientos dólares- la invierte en un garito de juego y...  y Jackson se encuentra sin trabajo, sin dinero y sin Imabelle. Desesperado por buscar solución a sus males recurre a su hermano Goldy, quien cree poderle ayudar. Goldy, monja de día y mujer respetable de noche,  vive con otros dos colegas en la planta baja de una antigua mansión de piedra. Los tres se disfrazan de mujer y viven de su ingenio.

Jackson, su hermano Goldy, varios matones, ciertos líderes religiosos y madamas de las calles de Harlem pueblan las páginas de esta breve novela. El trazado es hábil, con una fijación perfecta y convincente de las piezas y un ritmo constante. La secuencia descriptiva de lugares y circunstancias refleja vivamente la desesperación y la crueldad de la vida de todos aquellos que se ven atrapados por la injusticia social. La obra está llena de humor, humor tras el que subyace una rabia contenida por la difícil situación de los personajes de color que respiran en la pobreza y la desesperación bajo las diferentes leyes de los blancos. Es por ello que la hilaridad que se  desprende de sus páginas coge desprevenido en multitud de ocasiones al lector. La inocencia de Jackson, en una sociedad de oportunistas avezados y violentos, hace que la conciencia social de la novela se convierta en molesta e incluso, por momentos, en demasiado explícita. Atrapados dentro de los límites asfixiantes de una comunidad caníbal –la sociedad blanca- los hombres y mujeres de Harlem –en general, la colectividad negra- es incapaz de detener un fenómeno, el racismo, que se encuentra tan arraigado y adquiere tan gran alcance, que no tienen más remedio que recurrir a una delincuencia que no puede reportarles un final feliz.

Dos detectives negros, Coffin (Ataúd) Ed Johnson y Grave Digger (Sepulturero) Jones, se involucran en la búsqueda de los autores de la estafa. Aunque el libro es considerado como el primero de la serie sobre Harlem, donde estos detectives desempeñan un papel protagonista, en esta novela su presencia es precaria y hasta cierto punto testimonial. Sin embargo, su alegoría como detectives negros encargados de mantener la delincuencia, el sexo y la violencia bajo control en Harlem, es fundamental, tanto en términos de acción como de la moral subyacente.

La versión que Himes hace de Harlem es la de un lugar donde las pasiones turbulentas -tanto la violencia como los actos sexuales- pueden entrar en erupción con un solo latido del corazón, o con el simple accionamiento de una navaja. En su novela, por momentos, el sexo y la violencia se dan la mano.

  • «El alarido de Goldy se  confundió con el aullido de la locomotora cuando el tren pasó por encima de sus cabezas sacudiendo todo el barrio. Sacudiendo a los negros que dormían en camas  llenas de piojos. Sacudiendo los huesos decrépitos, los músculos doloridos, los pulmones tuberculosos y los fetos inquietos de las chicas solteras. Sacudiendo el yeso de los techos y el mortero de los muros de ladrillo. Estremeciendo a las ratas de los pasadizos y a las cucarachas que se arrastran por los sumideros de las cocinas  y por las sobras de comida y a las moscas dormidas que, formando masas informes como las abejas, hibernan en los marcos de las ventanas. Sacudiendo a las chinches, gordas y saciadas de sangre, que explotan la piel negra. Haciendo saltar a las pulgas. Estremeciendo a los perros y los gatos dormidos sobre mugrientas esteras. Desatascando los retretes obstruidos por las inmundicias.»

Coexisten con los anteriores otros instantes en que Harlem se representa en términos que combinan una huella de realismo con una pizca de surrealismo daliniano:

  • «Mirando hacia el este desde las torres de la iglesia de Riverside, asentada en medio de los edificios universitarios, a orillas del río Hudson, se divisa un valle muy al fondo, en el que las olas de las azoteas falsean la perspectiva como la superficie del mar. Bajo esa superficie, en las turbias aguas de las fétidas viviendas, hay una población de negros convulsos que, en su desesperación por vivir, se asemejan a un voraz hervidero de millones de peces caníbales hambrientos. Ciegas fauces devoran sus propias entrañas. Quien meta ahí la mano saca un muñón.
    Eso es Harlem.»
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jueves, 11 de septiembre de 2014

CÓMIC NEGRO: Corre hombre, corre

CORRE HOMBRE, CORRE
Florenci Calvé, 1985
Glénat, Barcelona
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FLORENCI CLAVÉ
La adaptación figurativa de “Corre hombre, corre”, basada en la novela homónima de Chester Himes, publicada en 1985 por la editorial Glénat de Barcelona, es llevada a cabo por Florenci Clavé, autor que muestra especial querencia por las historias policíacas a las que saca gran partido con su particular diseño gráfico. Un buen ejemplo de ello es “La banda de Bonnot” (1980) y su versión de "El cartero siempre llama dos veces" (1986). Clavé es uno de los grandes ilustradores de la historieta española que desarrolla gran parte de su obra en el extranjero (Francia, Inglaterra, Italia, Suecia...) movido siempre por un deseo de libertad interpretativa. 
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CORRE HOMBRE, CORRE
(Chester Himes)

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