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sábado, 7 de abril de 2018

TARDE, MAL Y NUNCA. (Carlos Zanón)

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TARDE, MAL Y NUNCA
Carlos Zanón
RBA LIBROS, S.A.
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En «Tarde, mal y nunca», su segunda novela, Zanón hace gala de uno de sus mejores recursos: su habilidad para narrar historias de perdedores, de gente acabada, de gente gris, de gente que habita esos barrios populosos y marginales que pueblan su Barcelona natal, allí donde la estrechez se abre paso a empujones. En este caso le tocó el turno a Epi, un ser inestable y olvidado que no encontró mejor manera de darse a conocer que reventándole la cabeza a martillazos a su colega Tanveer Hussein, un marroquí de ojos turbios aficionado a las putas. Epi no quiso escandalizar al mundo con su gesta, ni siquiera llamar la atención de nadie. Es más, se diría que lo hizo todo con reservada delicadeza. Sólo que lo hizo, ¡y vaya si lo hizo! Le dio con todas sus fuerzas, con los ojos cerrados. De refilón en la clavícula en un primer momento y de lleno en plena cabeza para rematarlo. Su objetivo, el objetivo de Epi, ese que siempre  parece justificarlo todo, fue tan sencillo como la vida misma. Su objetivo no fue otro que el de recuperar a la mujer que se le escapaba entre las manos. Recuperar a Tiffany Brissette, la mujer de su vida.

Esta es, pues, la historia de Epi Dalmau y su hermano Alex, hijos ambos de un padre profesor de instituto, quien, un mal  día, aburrido de la vida, terminó por mandarse a mudar, y de una madre que, por pena o angustia o vaya usted a saber por qué, anegó sus días mucho antes de morir. También es la historia de una chica peruana, Tiffany Brissette, una mujer fatal de cejas tatuadas de azul, que tuvo la desgracia de cruzar su vida con la de un esquizofrénico sin diagnosticar. Es la historia de su hijo de soltera, Percy, Percy José, un colegial inocente con un nombre extravagante. En definitiva es la historia de un barrio de gente pobre, de un barrio con un bar, un bar de barrio, un bar de los de toda la vida, regentado por un viejo que mata las horas atizando el plasma con el mando a distancia. Un bar de esos en que «las ensaladillas rusas, los pulpos y los huevos languidecen bajo una superficie de cristal como cadáveres en su nicho». Un bar que frecuenta un africano que arregla todos los males. Y un paquistaní sonriente y medio borracho a quien Alá, Yavhé o vaya usted a saber quién situó en el lugar inadecuado en el momento menos oportuno y al que, por el simple hecho de existir, le endilgan un asesinato sin comerlo ni beberlo.

Despiadada, irracional e impactante, «Tarde, mal y nunca» se adentra en los ambientes marginales y recónditos de la Barcelona de los barrios para mostrarnos unos personajes con pocas luces y al límite de su existencia. Unos personajes acantonados en lugares ignotos donde se relacionan con lo más oscuro de la sociedad, allí donde privan las drogas, la violencia y la prostitución. Zanón no pone nombres reales a estos escenarios supuestos... porque, como él mismo dice, «da igual dónde, aunque tenía en mente la zona de Collblanc, limítrofe con Hospitalet, donde vivía uno de mis mejores amigos a los veinte años. Tenía en la cabeza aquella calle, Ventura Plaja, y un bar que llevaba un tal Ayala, un ex boxeador loco por el ajedrez. Él siempre me decía que tenía que probar el boxeo. Un trozo de su cráneo se hundía...» Lo cierto es que mientras se lee a Zanón uno se imagina vecino de ese barrio, vive los fracasos de los demás y es que... «Si uno pasa mucho tiempo en la selva conoce y distingue el silencio que siempre hace presagiar lo peor. En el barrio pasa lo mismo. En las tiendas y entre la gente se respira cuándo la calle está nerviosa o dormida. Es la pulsión que recuerda que debajo del asfalto y de los paneles de cemento, bajo los aparcamientos subterráneos y las mil y una historias encerradas tras cada puerta, permanece la esencia viva de la tierra, el fuego y el agua. Como un ángel negro de la memoria, casi todas las cosas que se cuentan o pasan tienen un eco en las paredes del barrio. Historias viejas, mitos, refranes, mandamientos, amenazas coléricas, consejos publicitarios».  

Epi y su hermano Alex, los dos Dalmau, uno loco y asesino y otro un esquizofrénico que oye voces dentro de su cabeza e imagina la silueta del Pato Donald en la puerta del vecino, algo así como «Cristo sobre las aguas» que diría su madre. Ambos criados en un barrio popular de Barcelona y dejados de la mano de Dios tras la muerte de la vieja, subsistiendo de la pensión y la ayuda familiar que les proporciona la falsificación de la fe de vida de esta. Dos criaturas abocadas al fracaso en una novela corta e intensa, llena de pequeños detalles, descripciones y frases de barrio. «La cabeza se llena de imágenes. De ellos con su padre a cambiar cromos en el Mercat de San Antoni, o aquella vez en la escuela que Epi se partió la cara en su defensa y también aquella otra en la que él no lo hizo y permaneció escondido en la clase, a oscuras, esperando a que pasara la pelea. Recordó las peleas que le había hecho a su madre con respecto a su hermano pequeño y a ésta, joven y bonita, yendo a buscarles al colegio o secándoles el pelo con una toalla rosa que olía a jabón. Aquellas películas que veían los cuatro juntos los sábados por la noche riéndose hasta morir.»

Crítica social, retrato costumbrista, violencia física, delito, muerto, investigación, acción a raudales y un contundente estilo narrativo, para bordar una dura historia, una historia fatalista  en la que todos pierden. Y todo ello con la marca «Zanón», una marca de calidad indudable.    
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