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viernes, 8 de septiembre de 2017

EL LADO OSCURO. (Andreu Martín)

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EL LADO OSCURO
Andreu Martín
MENOSCUARTO EDICIONES
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A finales del pasado año, Menoscuarto Ediciones desarrolló y dio a luz una interesante idea literaria, la colección de novelas policíacas «Seis Doble», para narrar las aventuras de la atractiva detective Sonia Ruiz. «Seis doble» se integra en la línea de la frecuentada y célebre serie francesa «Le Poulpe» (El pulpo), la última gran ofensiva del neopolar, un proyecto colectivo surgido en los años noventa en el que en cada entrega un autor diferente se hace cargo del mismo detective. Cada tomo recoge, más que la continuación de una historia, los casos y peripecias que distintos autores van ideando para el detective protagonista. La idea es un intento de recuperar el carácter popular de la novela negra, con unos relatos contundentes y sin pretensiones, un mensaje político inequívoco y unos precios al alcance de las masas más populares. Los sucesivos narradores, autores de primera fila en el género, van ideando nuevos casos para sus protagonistas comunes, al tiempo que enriquecen el perfil de los personajes.

Los protagonistas de «Seis Doble» son la treintañera Sonia Ruiz y su amigo Pau Soria. Sonia es quince años mayor que Pau, ejerció de canguro cuando él era pequeño, adquiriendo ahora su relación la categoría de «amigos sin derecho a roce». Sin embargo, Pau siente una atracción fatal por Sonia. «Qué hermosa era, la madre que la parió. Era su modelo de belleza femenina desde que aquellos ojos y aquella sonrisa se inclinaban sobre él, le deseaban buenas noches y le daban un beso después de leerle un cuento.» Sin embargo, para gusto colores, las relaciones laborales de Sonia con Pau no son del agrado de la madre de este, Cristina. En una ocasión, cuando Sonia salía de pasar una noche en el calabozo, liberada sin fianza por un juez, Cristina le mete una soberana bronca por tarambana y golfa y a su hijo Pau por estar conviviendo con ella.  

Abrieron el fuego en este novedoso propósito Lorenzo Silva y Noemí Trujillo con una trama relacionada con el acoso laboral. «Nada sucio», que así se llamaba la historia, nos regaló a una investigadora a la que costaba creerse del todo. Treintañera, recién separada y sin trabajo, Sonia Ruiz se embarcó en la carrera de detective con el afán de sobrevivir. Tampoco llegó a convencer su desinteresado ayudante, un Pau Soria joven que mantiene con la heroína una relación de amistad que por momentos parece ir más allá. En «Nada sucio» nos quedamos con la inexcusable y molesta impresión de que Soria acaba tomando más protagonismo que la propia detective.

Apoyado en este material, Andreu Martín consigue con «El lado oscuro» una novela sin fisuras, que engancha al lector desde la primera línea, y que lo obliga a seguir a Sonia Ruiz por los senderos de una historia en la que se conjugan personajes nada recomendables que campan a sus anchas en un mundo sin leyes. Su excesivo e incómodo realismo así como su adscripción sin reservas al género policíaco y la maldad que desprende alguno de sus personajes hacen de «El lado oscuro» un producto redondo. Hay en él humor e ironía, escenas de riesgo físico y de sexo explícito. Es ésta una novela que convence.

Andreu Martín se las arregla para hacer confluir con solvencia los dos relatos que dan pie a esta novela, historias que permanecen aisladas hasta el final y que recogen, por un lado, las investigaciones de Sonia Ruiz para demostrar la infidelidad del marido de una clienta que responde al nombre de Diana Martínez, personaje éste que en el momento del encuentro con la detective luce en el ojo izquierdo los restos de un hematoma de intenso color morado, síntoma de haber recibido malos tratos. Y, por otro, las de Pau Soria, quien se topa con un turbio asunto en el servicio secreto español. A Soria lo habían captado años atrás como experto informático para que colaborase en una alucinante misión internacional para el gobierno de Panamá. Un veterano del CNI, que tenía ganas de desplazarse a Centroamérica, le quitó el sitio. Ahora se encuentra a las órdenes de un experimentado agente, un tal Verdugo, un personaje nada cuerdo que se mantiene en guerra con el mundo. ¡Soy la alcantarilla del estado!, suele proclamar a destajo.

El problema es que Verdugo es un mal bicho, un mal enemigo. Su nombre define a la perfección su personalidad. Tras robar en casa del fiscal general del estado una miniatura del siglo XIV valorada en trescientos mil euros y verse descubierto, pasaporta al otro barrio a un joven compañero y se las ingenia para que la culpabilidad del robo recaiga sobre éste. Soria no tarda en comprender que el viaje que le proponen a Afganistán es una forma de quitarlo de en medio: «Se me están quitando de encima. Saben que he copiado la chorizada de Verdugo en el pendrive y me quieren callar la boca.»

Andreu Martín nació en Barcelona el 9 de Mayo de 1946. Estudió psicología en la Universidad de Barcelona y entre 1971 y 1979 trabajó como guionista de cómic para la desaparecida editorial Bruguera, al tiempo que colaboró en revistas como Destino, Cambio 16, Tiempo, El jueves, Gimlet, etc. En el 79 se embarcó en la aventura de escribir su primera novela, «Aprende y calla», iniciando así el largo camino de narraciones de género negro que lo han caracterizado, entre las que se encuentran «Prótesis» que ganó el premio «Círculo del crimen» en 1980, «El hombre de la navaja» que se hizo con el Hammett en el 89 y «Si es no es» con el «Deutsche Krimi Freis International» en el 92, entre otros.

Ojalá, esta iniciativa de Menoscuarto continúe con el mismo éxito porque fundamentos para ello tiene. Esperemos tener Sonia Ruiz para rato.
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viernes, 1 de septiembre de 2017

UN MES CON MONTALBANO. (Andrea Camilleri)

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UN MES CON MONTALBANO (Un mese con Montalbano)
Andrea Camilleri
TRADUCCIÓN: Elena de Grau Aznar
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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«Un mes con Montalbano» es un recuento de treinta historias cortas que coadyuvan a conocer el universo de Camilleri y su personaje y que ponen a prueba la capacidad psicológica y deductiva del comisario así como su conocimiento y comprensión de las debilidades humanas. El nombre de Montalbano es un guiño a la figura del escritor Manuel Vázquez Momtalbán, y su primera característica es una radical diferencia social y cultural con Carvalho. Montalbano presume de una cultura sorprendente, especialmente dieciochesca, mientras que Carvalho posee una cínica afición a condenar a la hoguera los libros de su bien nutrida biblioteca. Ya en el 68 el futuro comisario Montalbano, que tenía por entonces 18 años, dio pruebas de sus inquietudes formativas e ideológicas: «se manifestó, ocupó, proclamó, arrasó, protestó y peleó.» Contra la policía, naturalmente.

Su parentesco, el parentesco de Montalbano, está muy cercano al Maigret de Simenon por su sagacidad deductiva y su conocimiento y comprensión de las debilidades humanas, siendo un escéptico en todos los órdenes, excepto quizás  en la búsqueda de la verdad por la que siente auténtica pasión. Es aquí, en los relatos de novela corta, en la descripción de toda esta galería de personajes típicos y en la voluntad de crear su propio microcosmos literario, donde Camilleri expone su deseo de sobrevolar la novela de intriga y detectives para asentarse en los terrenos de la ficción filosófica y moral.

Las referencias literarias en la creación de Camilleri son constantes, inverosímiles en cualquier comisario de la vida real, sin duda, pero perfectamente creíbles en un personaje fruto de la palabra. Las novelas de este escritor siciliano simbolizan un recorrido por los gustos culturales del propio narrador. No es, pues, una casualidad que Montalbano sea tan buen lector como el propio Camilleri. Sciascia, Pavese, Victorini y Borges, Dante, Kafka, Leopardi y Pirandello, Prust, Musil y Melville, Dürrenmatt, Poe y Cazotte, todos, sin excepción, tienen cabida en «Un mes con Montalbano».

En el mercado de masas en que nos movemos, la literatura corre el riesgo de generar éxitos multitudinarios allí donde menos se espera. Fue éste el caso de Andrea Camilleri quien, allá por 1998, con 73 años encima, emergió de la nada y se convirtió en realidad informativa. Camilleri publicaba por entonces sus novelas policíacas en una pequeña editorial, Selleiro (en referencia a su propietaria Elvina Sellerio), una editorial ésta con pocas expectativas de rivalizar con las grandes empresas del medio. La primera novela de la serie protagonizada por el Comisario Montalbano salió en 1994 bajo el título de «La forma del agua» (La forma dell´acqua), y ya en 1998, fecha de publicación de «Un mes con Montalbano», siete de sus novelas ocupaban los primeros lugares en las listas de los libros más vendidos en Italia. No es Camilleri un producto al uso de la mercadotecnia mediática, un engendro de la producción publicitaria, antes al contrario, es la más viva constatación de cómo la literatura más artesanal puede ser avalada por la mayoría. El propio Camilleri ya lo adelantó en su momento: «Soy un escritor lanzado por el tam tam del público, no he ganado premios de resonancia». Y es que, en un país que no se caracteriza precisamente por su amor a la lectura (según la Federación de Gremios de Editores de España el 39% de los españoles no leyó ni un libro en el 2015 y en una década se han cerrado el 25% de los puntos de venta de prensa), el poder del lector a la hora de elegir un libro es hoy más concluyente que el poder de la crítica, por más que pese a algunos críticos hermanados con ciertas posturas editorialistas más que dudosas.  

Por estas microhistorias de corte rural desfila todo un abanico de delitos. Premeditados, pasionales, financieros, mafiosos y políticos, cometidos por todo tipo de sujetos, jóvenes, adultos, hombres, mujeres, ignorantes y cultos. El pueblo de Vigàta es un espacio vital repleto de fisgones, de gente dura, terca y de pocas palabras, entre las que destaca con luz propia Calòrio, uno de esos vagabundos que pide limosna con discreción, sin molestar, sin asustar a mujeres y pequeños. Calòrio es un personaje al que, como al santo patrono de la ciudad, siempre se le conoció con un libro en la mano. Pirandello y Monzoni, Dostoievski y Maupassant fueron su eterna compañía. En Vigàta el orden social está dominado por dos familias mafiosas, los Cuffaro y los Sinagra, familias que al más puro estilo tradicional resuelven sus disputas a tiros. Cuando Montalbano recaló en Vigàta, unos buenos años atrás, el partido se había cobrado ya ocho muertos por bando.

Toda una galería de personajes ultraconservadores, anclados en una mentalidad semiurbana, anárquica, tan cándida como perversa, desfila por las páginas de «Un mes con Montalbano». Por amor entrega su vida Michela Prestia, cuyos devaneos con el contable Moscata trascienden los límites de lo imaginable. Por amor, un amor mal entendido, Mario Urso, otro contable cincuentón, mata a su esposa al sorprenderla en actitud inequívoca con su amante. Asimismo y por amor, a los cincuenta cumplidos, el doctor Landolina, un ginecólogo serio y apreciado en Vigàta, pierde la cabeza por la veinteañera Mariuccia Coglitore, viéndose obligado a salir por patas del pueblo.

«Un mese con Montalbano» llegó al castellano en 1998 de la  mano de Elena de Grau Aznar quien publicó su traducción, gracias a la editorial Salamandra, bajo el  título de «Un mes con Montalbano» en 1999. Dentro de su colección Narrativa, la misma editorial publicaría dos ediciones nuevas de la novela, una en 2002 y otra en 2012.

La aparición de «Un mes con Montalbano» provocó en la prensa española una ola de artículos. Vázquez Montalbán, con quien Camilleri compartió una provechosa amistad, se encargó de confeccionar el prólogo del libro, y el periodista Enric Juliana regaló a los lectores de La Vanguardia, bajo el título de «Montalbano contra Montalbán», una breve biografía del escritor. Montalbano ha pasado a formar parte del panorama siciliano. Camilleri apuesta por un idioma que refleja el habla de las gentes, un lenguaje repleto de circunloquios e hipérboles brutales, un reflejo de la idiosincrasia de los isleños, que «sólo con ironía pueden sobrevivir». 
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lunes, 21 de agosto de 2017

EL NIÑO 44. (Tom Rob Smith)

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EL NIÑO 44 (Child 44)
Tom Rob Smith
TRADUCCIÓN: Mónica Rubio
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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La acción de «El niño 44» se sitúa en la Unión Soviética en los meses anteriores e inmediatamente posteriores a la muerte del dictador Iósif Stalin. La trama gira en torno a un asesino que posee impunidad para matar porque el sistema soviético no es capaz de admitir problemas sociales propios del capitalismo tales como el asesinato o la prostitución. A pesar de poseer una omnipresente policía secreta que sabe todo de todos, los soviéticos no están preparados para manejar a un asesino en serie. Un rosario de niños son asesinados y mutilados en todo el país, pero las autoridades locales no se atreven a reconocer los hechos como asesinatos, por lo que no hay forma de que las autoridades centrales tomen consciencia de lo que está ocurriendo. Los asesinatos son tratados como actos propios de desviados, homosexuales o personas mentalmente retrasadas, nunca de ciudadanos soviéticos de a pie.

Todo comienza cuando el cadáver de un niño de cuatro años, atropellado por un tren, es hallado en las vías a las afueras de Moscú. El padre del fallecido, miembro de la Policía de Seguridad del Estado, aventura la posibilidad de que la muerte de su hijo pueda no haber sido tan accidental como sugiere el informe oficial. Leo Stepánovich Demídov, héroe de guerra y prometedor  miembro del Departamento de Seguridad del Estado,  sostiene ante la familia del fallecido la imposibilidad de tal situación porque en la Rusia comunista, simple y llanamente, este tipo de crimen no existe. Sólo se conciben ataques por parte del corrupto mundo exterior. Las cosas se complican para Demídov cuando un rival despiadado afirma que su esposa, de  quien el propio marido sospecha que le es infiel, ha sido mencionada como contacto en la confesión de un sospechoso de espionaje. En el clima paranoico de la época, ésto significa la muerte. Y por ese camino parecen conducirse los hechos cuando Demídov se ve obligado a espiar a su esposa por supuesta traición a la patria. Demídov rechaza la evidencia de que un asesino tenga derecho a la libertad. Sólo cuando él mismo se convierte en víctima de una lucha burocrática intensa comienza a caérsele la venda de los ojos y su esposa y sus padres se ven atrapados en una pesadilla. Ni sus condecoraciones ni su excelente hoja de servicios le sirven para evitar ser degradado y expulsado de Moscú.

Desafortunadamente el héroe de Smith, Leo Demídov, no es un espía glamuroso sino un espía secreto stalinista. Miembro del Departamento de Seguridad del Estado, como ya se ha dicho, Leo Demídov cree ciegamente en la propaganda oficial de su país, según la cual la Unión Soviética es el paraíso de la igualdad y la fraternidad sobre la Tierra, una alianza de ciudadanos libres y trabajadores prósperos a los que hay que defender de sus enemigos con todos los medios imaginables, incluyendo la delación, la represión, la tortura y la muerte. El trabajo de este personaje consiste en detener, interrogar y torturar a aquellos que piensan y actúan fuera de la sincronía del estatus establecido.

Smith utiliza su historia de detectives para explorar las realidades de la vida de la Unión Soviética, tanto en el período estalinista como en las décadas posteriores. Queda claro en las páginas de la novela cómo el silencio y el miedo devienen en ignorancia, una ignorancia que genera incapacidad para reconocer  la verdad que corroe la fibra de todo ser humano. El amor queda deslustrado por el miedo. Demídov toma consciencia de que su esposa se casó con él por temor: «Me casé contigo porque tenía miedo. Temía que si rechazaba tus proposiciones me arrestaran, quizás no de manera inmediata, pero sí en algún momento, con cualquier pretexto. Yo era joven, Leo, y tú eras poderoso. Por eso nos casamos.» Y también que su padre, ante el temor de perder sus privilegios con el Estado, le aconseja que entregue a su esposa: «La verdad es que quiero que mi mujer viva. Quiero que mi hijo viva. Y yo quiero vivir. Haría cualquier cosa para que así fuera. Según lo veo, es una vida a cambio de tres. Lo siento.»

«El niño 44» está inspirado en la historia real de Andrei Chikatilo –el carnicero de Rostov- que entre 1978 y 1990 asesinó y mutiló al menos a 52 mujeres y niños en Rusia, Ucrania y Uzbekistán, territorios que formaban parte de la Unión Soviética por aquel entonces. «El niño 44» traslada a ese monstruoso personaje a la Rusia de 1953 y a todo lo que implicaba la dictadura absoluta de Stalin. O sea, las purgas no sólo de los disidentes sino de cualquiera que cayera en desgracia o le tocara la lotería, la censura despiadada de todo aquél que se atreviera a dudar que la Unión Soviética era la encarnación del paraíso en la Tierra, el dogmatismo como norma, la sumisión absoluta como fórmula de supervivencia, la impunidad del sádico y del corrupto si estaban arropados por el sistema. En esos entonces el crimen era atribuido al capitalismo y el asesinato considerado una «enfermedad capitalista». En el estado comunista de la Unión Soviética el crimen no tenía razón de ser, pues todas las personas eran iguales y tenían sus necesidades satisfechas.

La atmósfera, azotada por el viento, que se respira en las páginas de «El niño 44» es visualmente atractiva, con interminables paisajes nevados y aguas heladas reflejo de corazones y mentes congelados por el miedo y la paranoia, en uno de los peores períodos de la historia rusa. Las escenas dramáticas son profusas y tensas. Smith declaró en su momento: «Siempre me han interesado los daños colaterales, por así decirlo; es decir lo que sucede a los márgenes de la narración. Me gustaba la idea de explorar la colisión entre la investigación policial y la cultura del régimen, y el impacto que eso tenía en los protagonistas, más que la propia historia del asesino.» Pero «El niño 44» es algo más que eso. La novela representa con éxito todo lo que puede llegar a ser un régimen represivo. Si podemos cuestionar el cuadro que éste nos pinta, es porque la verdad fue mucho más cruda. Los rusos ordinarios, especialmente los que vivían lejos de Moscú, amaban a Stalin y creían en su paternalismo. Incluso hoy hay muchos que anhelan aquellos tiempos. Pero eso no importa, «El niño 44» no es una lección de historia, solamente es una pieza de ficción. 
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martes, 8 de agosto de 2017

ENTRY ISLAND. (Peter May)

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ENTRY ISLAND (Entry Island)
Peter May
TRADUCCIÓN: Cristina Martín Sanz
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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«Entry Island se divisaba allá a lo lejos en el otro extremo de la bahía, iluminada por un sol que tan sólo en ese momento se elevaba por encima de un puñado de oscuras nubes matinales. Aquel trozo de tierra atrajo su atención, y ya no dejó de contemplarlo, así como si estuviera en trance, mientras el sol le enviaba sus rayos y creaba algo semejante a una aureola alrededor de la isla. Tenía algo mágico. Casi místico.» Así es Entry Island, situada a 1.367 kilómetros de Montreal, en las islas de la Magdalena, en el golfo de San Lorenzo. Las islas de la Magdalena forman un rosario de montículos de tierra unidos por carreteras y bancos de arena, dispuestos sobre un mismo eje. Entry Island  es un lugar en el que hace frío y nieva y que cuando la bahía se congela (cosa que sucede a menudo), el ferry no puede navegar y los isleños quedan aislados durante períodos largos. En la isla los días son oscuros e interminables, el viento eterno y cuando llega la primavera hay que preparar el barco para salir a pescar. La temporada de la langosta en Entry Island es corta, sólo dura dos meses. Las jornadas son largas y duras y también peligrosas. Durante ese tiempo hay que atesorar el dinero suficiente para pasar el invierno.

Sin embargo un isleño, un pescador con suerte, el empresario James Cowell, se ha sobrepuesto a todo eso y se ha hecho rico con el comercio de la langosta. Cowell es asesinado al comenzar la historia y el detective Sime Mackenzie y otros siete compañeros se desplazan a la isla para resolver el crimen. La principal sospechosa es Kirsty Cowell, la esposa del magnate, condenada por una obsesión enfermiza a vivir recluida en el pequeño montículo desde su casamiento. Su esposo, era todo lo contario. A Cowell le gustaban los coches de lujo y los aviones, las casas grandes y los restaurantes caros. Y también, las mujeres hermosas y predispuestas. Cowell era un indeseable y los candidatos a asesino son numerosos.
En Entry Island convergen dos historias. Por un lado, Peter May relata la vida solitaria y miserable del inspector de policía Sime Mackenzie, quien se siente un extraño en el equipo investigador y que ha sido reclutado en el último momento debido a su conocimiento del inglés para entrevistar a la principal sospechosa del asesinato. El traslado a Entry Island se le antoja saludable a Mackenzie después del estado depresivo en que ha caído tras su separación matrimonial, una condición que le ha generado un insomnio perenne. Por desgracia, su ilusión se desvanece en cuanto pone los pies en la isla y se da de frente con su ex mujer, una analista forense y miembro de la misión de investigación, que le colma de reproches y le hace responsable del divorcio. Los problemas en la isla comienzan cuando Mackenzie se obsesiona con la señora Cowell y pone en duda su culpabilidad. Defenderla, sin embargo, le planteará un espinoso conflicto moral.
De forma paralela, May nos cuenta la vida de un antepasado de Mackenzie –el Sime Mackenzie del siglo XIX-, un humano marcado por el dolor, la pérdida y la vida miserable. Un individuo explotado en su Escocia natal por los indeseables terratenientes llegados del sur, impuestos por Inglaterra. Embarcado en un proceso de “limpieza”, generado por un cambio en el sistema agrícola del Reino Unido, que llegó a la conclusión que era más rentable tener ovejas que personas, este pobre infeliz, víctima ya del “hambre de la patata”, es separado de su familia y expulsado, sin ninguna protección legal y de manera brutal, de sus tierras, unas tierras que apenas dan para vivir dignamente. Por las páginas de Entry Island desfila la historia de su vida. La historia del nacimiento de su hermana, del rescate de Ciorstaidh –la Kirsty del XIX-, de la muerte de su padre, de la evacuación de Baile Mhanais, del terrorífico viaje a través del Atlántico y de la pesadilla que supuso el encierro en los lazaretos de Grosse Île. Es éste un episodio vergonzoso y frecuentemente pasado por alto en la historia británica.
Las peripecias del antepasado de Mackenzie rememoran las novelas de aventuras, aquellas narraciones de los colonos del Nuevo Mundo y sus inextricables viajes en busca de la tierra prometida. Pero lo más interesante es el papel que esta historia juega en la investigación del asesinato de Entry Island. Mackenzie es consciente que la solución al misterio está en los diarios que su abuela le leía de niño, aquellos que narraban las vicisitudes de su predecesor (en este caso, su tatarabuelo). Y no duda en recurrir a ellos. Llega, pues, el momento de leerlos. Llega, pues, el momento de unir las dos historias, un hecho que May resuelve con acierto gracias a su imaginación y maestría.

Peter May describe en Entry Island unos paisajes vívidos y a menudo poéticos. Así, para el escritor, «el cielo de la isla presenta unos tonos de color añil en el que las estrellas brillan como si fueran joyas engarzadas en ébano». También deja constancia May de la claustrofóbica vida que llevan los habitantes de la isla. Sí, «...esta vida es muy jodida tío. Uno se pasa los inviernos aquí encerrado, meses enteros sin nada mejor que hacer que oír cotorrear a las mujeres hasta que te hacen papilla los oídos. Es para volverse loco. Hace frío y nieva. Siempre está oscuro, y a veces los días se hacen interminables, sobre todo cuando el ferry no viene porque la bahía se ha helado o porque hay temporal.» Y qué decir del estremecedor poder de los elementos: «El viento había alcanzado una intensidad que empezaba a parecerse a la de un temporal. Las contraventanas tableteaban y las tejas de la cubierta del tejado se levantaban sin parar. Había casi tanto ruido dentro como fuera de la casa. Seguía cayendo la lluvia, formando oleadas y remolinos de agua, y aquello no era más que una avanzadilla. El cuerpo principal de la tormenta era visible allá en el mar, se alzaba en una niebla negra que se acercaba implacable hacia la isla.»

Entry Island es una novela negra que transita sin problemas por los territorios de la novela histórica e incluso romántica, un canto a la belleza de los paisajes extremos, una historia de gente que sufre y de gente que le busca sentido a la vida. Se hacen patentes en sus páginas temas ya clásicos como la pérdida, el amor imposible, las raíces perdidas, los odios ancestrales entre familias, el bilingüismo y las injusticias sociales, todo dentro de una atmósfera envolvente y una trama refinada y precisa. Entry Island es, más allá de una novela negra, un canto a la lucha por la vida y la dignidad.
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sábado, 29 de julio de 2017

A QUÉ ESPERAN LOS MONOS... (Yasmina Khadra)

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A QUÉ ESPERAN LOS MONOS... Qu´attendent les singes"
Yasmina Khadra
TRADUCCIÓN: Wenceslao Carlos Lozano
ALIANZA EDITORIAL, S. A.
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Después de una sangrienta guerra de liberación que duró ocho años, el 18 de marzo de 1962 el gobierno francés y el FLN –Frente de Liberación Nacional- firman los acuerdos de Evian por los que se establece un alto el fuego y se fija la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Argelia obtiene su independencia el 5 de julio de ese mismo año.

«¡Ah! Argelia, Argelia... Sus santos patronos se han dado de baja y se ocultan tras sus propias sombras con un dedo en los labios para suplicar a sus fieles que finjan estar muertos; en cuanto a sus estruendosos himnos, los silenció el alboroto de una juventud en dique seco que solo sabe entretener su ociosidad en espera de que un estallido de ira encienda la calle y así poder saquear tiendas e incendiar edificios públicos.» Estas son las desgarradoras palabras con las que Yasmina Khadra describe a la sociedad argelina -«blanca como una mente en blanco»- cincuenta años después de su independencia, una sociedad que se debate  entre unos políticos que elaboran sus propias leyes y un pueblo que ha permanecido somnoliento durante demasiado tiempo.

«A qué esperan los monos» va más allá de ser una buena novela negra que mantiene el suspense hasta el final. Es un análisis de la Argelia actual, un país no estructurado, sometido al poder de los «rboba», los dinosaurios de la República, los «mandamases en la sombra», unos dioses que nunca duermen, aquellos que perdonan los pecados pero no la insolencia, unos individuos que odian a los desertores y que cuando montan en cólera eclipsan truenos y centellas. Estos personajes encubiertos, estos padres de la patria, conforman un círculo cerrado, un laberinto peligroso para los no iniciados. Son inmortales. «Cualquier lacayo de las altas esferas puede certificar con pruebas que el abrazo de un rboba es tan mortal como la mordedura de diez cobras.»

Una muchacha joven y atractiva, cuidadosamente maquillada y con aspecto de recién casada, es encontrada muerta en el silencio del bosque de Bainem, a las afueras de Argel. Tiene cortaduras y arañazos más o menos superficiales en los hombros, la espalda y los muslos. Su rodilla izquierda se encuentra totalmente desollada. La pierna derecha la tiene partida en dos a la altura de la tibia, con fractura abierta. Y además presenta un seno arrancado. Todo apunta pues a un extraño ritual.

La comisaria Nora Bilal es una mujer de fuertes convicciones, entrada en los cincuenta y que aún sigue siendo guapa y hasta deseable. En la unidad que dirige desde hace más de dos años formada por obsesos sexuales suscita tanta desconfianza como fantasmagoría. En Argelia, una sociedad falocéntrica, ser mujer y dirigir a hombres es un castigo bíblico. ¡Cuántas veces no ha descubierto Nora a un subalterno con el ojo puesto en su trasero! ¡Cuántas su opulento pecho no ha atraído la mirada de sus colegas! No hay quien pueda con la naturaleza. Determinadas patologías no tienen cura. En Argelia el machismo es tan duro como un caparazón y tan apretado como una camisa de fuerza. 

En la actualidad  Nora es lesbiana y vive con una drogadicta marginal a quien trata de reconducir. Este aspecto de la personalidad de la comisaria no fue elegido por casualidad por el autor. Con él trata de resaltar la misoginia de la sociedad  contra la mujer libre en un país que mata impunemente. Un país donde hay gentes que están por encima de la ley, que viven en la iniquidad total siendo consciente de ello, lo cual los vuelve aún más insolentes.

Yasmina Khadra no se contenta con denunciar la corrupción generalizada que afecta a Argelia. Su novela demuestra que la trágica situación del país no es solo culpa de los malvados, ni siquiera de los extranjeros con paranoia postcolonial. Todo se resume en esa frase que cuestiona qué esperan los monos para convertirse en hombres. Unos monos indefensos ante el terror que siembran los «rboba». La gangrena de Argelia no sólo emana de estos personajes en la sombra a quienes se les permite todo, estos mandamases con derecho sobre la vida y la muerte que llegan al extremo de jugar cada año con la carne de una joven virgen para satisfacer así una fiesta de cumpleaños, sino de toda la corrupción y el terror que les acompaña. Es ésta una hermosa novela sobre la lógica de la impotencia.

Como no podía ser menos, llega un momento en que el mono se convierte en hombre y empieza a renunciar a los beneficios de su colaboración con los todopoderosos. «¡Basta! ¡Ya está bien de aplazar indefinidamente lo que se debió hacer hace tiempo!» El desbordamiento, la rabia, la necesidad de venganza, la búsqueda de justificación a una vida sin sentido y sobre todo la obligación de recuperar su dignidad, terminará por abrirle los ojos al pueblo. Y es entonces cuando el «rboba» empieza a comprender que no es tan poderoso como creía. «No entiendo cómo se ha podido colar en el cercado. Creía que mis cuadras, mis establos, mis fortalezas estaban debidamente custodiadas, y ahora resulta que el lobo está dentro de casa. Aparto una cortina, miro bajo la cama, en  mi caja fuerte, y allí está el lobo provocándome. Ignoro cómo ha podido tener acceso a mis códigos, pero ha conseguido sortear mis trampas y forzar mis cerraduras con una audacia y una facilidad desconcertantes.»

Mientras Yasmina Khadra mantiene la tensión en la investigación criminal, dispara impunemente a quemarropa, no contra el mundo de los políticos sombríos, sino contra la prensa argelina y la corrupción que gangrena sus editoriales debido a una relación demasiado larga en el tiempo con los tomadores de decisiones estatales que han olvidado su vulnerabilidad.

El libro tiene una conclusión y un post-end. El colofón es hermoso, tanto como puedan llegar a significarlo las palabras del periodista olvidado: «Lo siento. Te ruego que me perdones. Sé que me vas a echar de menos, pero entiende que estoy cansado de esperar lo que no volverá a ser.» Este desencanto contrasta con la cantidad de gente presente en su funeral, una multitud aparecida como por ensalmo para reavivar juramentos incumplidos, una gente carente de todo pero que en momentos así se entrega sin reservas, una multitud que ha aprendido a solidarizarse sin alcanzar a reconocerse en la oscuridad a la que la ha tenido sometida el poderoso. Es ésta una demostración de que Argelia es una nación admirable, a la que ni los abusos ni las desilusiones han conseguido desalmar.

El duelo final entre los dos personajes sobrevivientes, un hombre legítimo y un gobernante ilegítimo, es una carta de despedida que recuerda a los todopoderosos de Argelia que la evolución del hombre es ineludible y que la naturaleza siempre gana y la muerte también. Todo se reduce a... llegar a ser humanos. 
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martes, 18 de julio de 2017

FANTASMA. (Jo Nesbø)

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FANTASMA (Gjenferd)
Jo Nesbø
TRADUCCIÓN: Carmen Montes Cano y Ada Elizabeth Berntsen
PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORAIL, S. A. U.
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Harry Hole regresa a Oslo en calidad de hijo pródigo. Procede de Hong Kong donde ha pasado los últimos años sobrio y luchando contra sus propios demonios. Baja del tren del aeropuerto en la estación central de Oslo. Lleva una maleta pequeña de lona, casi ridícula, y sale de la estación con pasos rápidos y ágiles. Hole se pasa su dedo protésico de titanio Made in Hong Kong a lo largo de la cicatriz que le recorre la cara desde la boca a la oreja. Han pasado tres años desde la última vez que estuvo allí, tres años desde que lo expulsaron de la policía, tres años desde que dejó la bebida. Nada ha cambiado en la ciudad del hielo. -¿Hachis? -¿Speed? -¿Violin?, le ofertan por las calles de Oslo. Ahora menos que nunca. Sin embargo, al final del libro, Hole se ha hecho acreedor a más cicatrices, tanto físicas como mentales.

Cada centímetro de su cuerpo le duele con el dolor insoportable del inconformista. El caso que se le presenta ahora es peor que cualquiera de los que ha vivido anteriormente. Es una cuestión personal. Oleg Falke, el hijo de Rakel, la que fuera el gran amor de su vida, está en prisión después de haber sido acusado de dar muerte a Gusto Hanssen, un joven de diecinueve años  adicto a la heroína. Hole no está convencido de la culpabilidad de Falke y se propone encontrar al verdadero culpable. Aun siendo advertido por sus antiguos colegas que se mantenga alejado del caso, Hole no se contenta con llevar una actitud ociosa e inicia su propia investigación, investigación que lo lleva a las sombrías profundidades del mundo de la droga y la prostitución.

Un desconocido está inundando la ciudad con un nuevo opiáceo de nombre “violín” (nombre curioso éste para tratarse de un narcótico), un alucinógeno sintético seis veces más potente que la heroína  que causa estragos entre la población de drogadictos de Oslo. Su control y distribución son dirigidos por un misterioso gánster ruso conocido como Dubái. Una figura sombría que se esconde detrás de toda la acción de «Fantasma» y a quien, probablemente, ésta debe el título.

El telón de fondo de «Fantasma» está empapado de diferentes narraciones, algunas de las cuales tienen más consistencia que otras. Los recuerdos en primera persona de Gusto Hanssen, destinados a llenar espacios en blanco, están bien pensados y encajan en la propia historia de Hole. Sin embargo hay dos sujetos que se involucran desde un principio en la trama y que luego desaparecen, sujetos que tratan de aportar sentido a la personalidad de Dubái. Uno responde a un esbirro ruso, un luchador de nombre Serguéi Ivanov y otro a un narcotraficante noruego, piloto de una línea aérea, el comandante Schultz. Lo único que une a ambos personajes son los números de teléfono de unos móviles sin registrar. Sin embargo ambos están a las órdenes del capo Dubái.

Serguéi Ivanov no está convencido de poseer lo que se necesita para ser sicario de Dubái. La misión que le han encargado –eliminar a Hole- no se presenta nada fácil. Cuando Hole nota la presión de la hoja del cuchillo de Ivanov sobre su garganta tantea la barra del bar con su mano libre, derrama su copa y encuentra un sacacorchos. Coge la empuñadura de forma que la punta asome entre los dedos índice y corazón. Es ésta -la punta del sacacorchos- quien perfora la piel a Ivanov y se desliza a través de su carne. Es así como le alcanza la tráquea y cuando el tercer latido de su corazón se desvanece por fin, Serguéi Ivanov está muerto.

Schultz es el encargado de sacar la droga de Oslo por orden de Dubái, envuelta en los oscuros herrajes metálicos que rodean el asa extensible de su maleta de ruedas. A Schultz lo terminan cogiendo, pero lo ponen en libertad después de que un quemador con tarjeta de identificación policial cambie la droga por harina de patata. Y tras su puesta en libertad, lo ejecutan en su casa, por miedo a que largue todo lo que sabe. Como personaje de apertura en un thriller, Schultz es consciente que está condenado a sufrir una muerte lenta y agonizante. No ha cubierto el libro la mitad de su recorrido cuando un ladrillo tachonado de clavos le ha arrancado la mitad de la cara. Hole le descubre con la oreja derecha clavada al parquet de su salón y, en la cara, seis cráteres negros y sanguinolentos. El arma del crimen se balancea a la altura de su cabeza. En el otro extremo de una cuerda que cuelga de una viga del techo hay un ladrillo. Del ladrillo sobresalen seis clavos ensangrentados...

Mientras que Hole es sin discusión la fuerza dominante en la narración, Dubái, el «Fantasma», presente en segundo plano, aporta una profundidad sorprendente a la novela. En tanto trata de limitar su nostalgia por los viejos tiempos, Hole se muestra molesto con los nuevos. La arquitectura moderna, simbolizada en el edificio espléndido de la Ópera y el tráfico de drogas a la nueva usanza, más organizado aunque no por ello menos pernicioso y corruptor, han abierto un muro entre los hijos y unos padres ignorantes y bienintencionados. Algo que embellece, según Hole.

«Fantasma» es una narración convencional en tercera persona que acompaña a Hole en un tortuoso viaje en torno a los demonios mentales que atormentan su vida, una vida ésta en la que se intercalan periódicamente recuerdos en primera persona del adicto Hanssen y observaciones sobre otros narcotraficantes. Las divagaciones de Hanssen  proporcionan un medio a Nesbø para explotar temas antiguos de familias rotas, hijos perdidos y padres abandonados. Por las páginas de «Fantasma» desfilan funcionarios corruptos y venales, pero también una policía tan ansiosa por lograr la paz en las calles y mejorar las estadísticas de delincuencia que involuntariamente hace posible la realización de los planes del capo de la droga Dubái.

«Fantasma» también es una aventura intensamente sombría, aquella que cabría esperar de los adictos a la droga en Oslo que se pasan el día tumbados en un arriate de carretera con los ojos cerrados, sentados en cuclillas buscando una vena que no esté rota o de pie con la flojera del yonqui en las rodillas. La atmósfera que Nesbø crea en «Fantasma» es intensamente oscura, aliviada por momentos, eso sí, con chascarrillos humorísticos que incluyen una herida en el cuello de Hole cosida con cinta americana o aquellos otros que hacen referencia a su único traje de lino, cuyas arrugas combate con el vapor del agua de la ducha. Al mismo tiempo «Fantasma» es una lectura convincente con una segunda parte donde la acción crece y donde la historia se vuelve más intensa, con giros y vueltas imprevisibles y una literatura que mantiene la tensión hasta el último momento. 
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sábado, 8 de julio de 2017

LA ÚLTIMA TUMBA. (Alexis Ravelo)

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LA ÚLTIMA TUMBA
 Alexis Ravelo
EDITORIAL EDAF, S. L. U.
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Ya no es algo novedoso asociar el nombre de Alexis Ravelo al de competencia literaria y «La última tumba» es una prueba asaz elocuente. La novela es un ejercicio de consolidación literaria, una demostración palmaria de que el autor ha alcanzado un grado de madurez notable. Ravelo es un escritor que hace literatura más allá del género, un escritor que ha crecido con el tiempo y con cada obra nueva. Un novelista que no decepciona.

Tras bordarlo en «La estrategia del pequinés», una historia callejera ambientada en la isla de Gran Canaria, Ravelo ahora  deslumbra con «La última tumba», una novela que le sirvió en 2013 para hacerse con el XVII Premio Ciudad de Getafe, un galardón más que merecido. Un trofeo que le ha aportado prestigio y que se encuentra muy alejado de cualquier componenda editorial ideada para propiciar la venta posterior del libro.

Adrián Miranda Gil ejerce de drogodependiente y chapero en el momento en que es acusado de la muerte por asesinato de Diego Jiménez Darias -asesor de un importante político regional-, cuyo cadáver es descubierto un lunes de junio de 1988 en el salón, revuelto y desordenado, de su casa de Santa Brígida. Después del juicio celebrado en Las Palmas en 1991, Adrián es condenado a veintinueve años de prisión. En 2011, tras cumplir veinte años entre rejas, Adrián afronta su libertad condicional como un preso modelo, desintoxicado y centrado en la rehabilitación. Cuando lo metieron en el trullo las cosas se compraban con pesetas y se podía fumar en lugares públicos. Hoy hay que calcular en euros y tener en cuenta la prohibición de fumar en cualquier sitio. La ciudad ha cambiado tanto en esos años que algunas cosas le producen miedo. Cuando entró en la prisión de Salto del Negro dejó atrás un mundo y el que se le presenta ante sus ojos ahora no se le parece en nada. Todo es nuevo. Nada ha cambiado.

Cuando Adrián Miranda sale de la cárcel tras cumplir veinte años de condena por un asesinato que no cometió un solo pensamiento  ocupa su mente: la venganza. Adrián busca el quién y el por qué. Lo mejor de la novela -todo sea dicho- es la búsqueda de las respuestas. «Eso sí, antes de cargarme a Felo (porque me lo voy a cargar, eso está claro), hay un por qué importante: por qué me jodió.» Es ésta una búsqueda que Adrián acomete con prudencia. Comienza a trabajar en la tienda de comestibles de su hermano, alquila un piso, no bebe, no se mete en líos, cuida sus pasos y no comete errores. Es meticuloso y calculador. «La cuestión es no apresurarse. Mantener la serenidad. Fingir que me estoy reinsertando, rehabilitando, socializando, estabilizando, equilibrando. Que lo pasado, pasado está, que no quiero volver a meterme en problemas.» Con lo que Adrián no cuenta es con que su acusación y condena no son fruto de un error judicial sino de una conspiración en la que él ha sido elegido como cabeza de turco.

«La última tumba» es, más allá de una deriva sangrienta de los gestos y los pensamientos, una larga confesión, un camino hacia la propia libertad, la de Adrián Miranda Gil, un personaje que, tras pasarse veinte años en la cárcel por un crimen del que es inocente, traslada al papel todo el odio que acumula dentro y la necesidad de llevar a cabo su propia justicia. «Ahora estoy en la calle y puedo ir y venir, pero no soy libre. No lo seré hasta que haga lo que tengo que hacer, que es acabar con ellos.» Surge así una novela, émulo de un diario personal, narrada en primera persona y cargada de pensamientos y monólogos interiores, en la que destaca el pulso narrativo del autor, un pulso que no tiembla a la hora de vivir una muerte o recrear una ejecución.

«La última tumba» palpita en la dualidad errátil entre el bien y el mal, la ficción (lo negro) y la realidad. Ambos mundos tienen mucho en común, la ficción es la cara oculta de la realidad. Así lo reconoce el propio autor cuando declara: «Toda mi obra está dominada por una serie de temas que aparecen, creo, en casi todos mis libros: la diferencia entre realidad y apariencia, la injusticia, la violencia entendida como el Mal absoluto, la presencia de la muerte, la esperanza, la fe. Esos temas aparecen en todas mis novelas y libros de relatos, y se despliegan en diferentes esferas, dependiendo del tipo de texto: la psicológica, la social, la ontológica, la política. Luego hay pequeñas obsesiones, pequeños guiños metaliterarios que aparecen aquí y allá y unen, al azar, unas obras con otras.» Así, el propio Adrián tiene dos caras, encarna dos personalidades: el drogadicto furioso, iracundo y descerebrado que ingresa en la cárcel y el hombre reflexivo que sale de allí veinte años más tarde, desenganchado y estudioso. Los dos se enfrentan interiormente, y los dos exigen venganza. Adrián es un canalla, pero a la vez es inocente. Simula haberse rehabilitado pero en secreto trama su desquite. No sé si Ravelo tuvo en mientes al Lou Ford de Jim Thompson y su tozuda migraña a la hora de crear su personaje pero ambos tienen mucho en común. Ambos, bajo una apariencia afable, esconden un asesino en lactancia.

El ejercicio del autor de contraponer dos mundos, el acaudalado, el rico, el de la prosapia social frente al de los pobres y desprotegidos no hace más que confirmar las palabras del propio autor. Ravelo define a los linajes de manera muy gráfica: «Willy era éso: el puente que prolongaba el maridaje entre los viejos zánganos y los nuevos poderosos; el ejemplo viviente de que las castas de la opresión se prolongan solamente si son capaces de inventar nuevos mecanismos de control del poder, cada vez más sutiles, más ocultos. De vez en cuando, para fingir que el sistema es justo, que funciona, que tiene sus garantías y es democrático, trincan a alguno de ellos con las manos pringadas, normalmente por la denuncia de otro que es de su mismo palo; pero la Ley siempre es más lenta, más torpe y está menos interesada en llevar al talego a estos hijos de la gran puta que a los cuatro miserables que sobreviven a base de vender mandanga o dar tirones.»

«La última tumba» es una novela adictiva y realista, dura y tierna a la vez, que presume de un ritmo trepidante y unos personajes bien construidos y, ¿cómo no?, es fresca, con esa frescura que aporta el empleo del lenguaje canario manejado con gran maestría por el autor. No soy quien para recomendar una novela (cada cual soporta sus gustos con su propio estoicismo) pero, de seguro, los que se aventuren a abrir las puertas de «La última tumba» no se van a arrepentir. Debo confesar que es ésta una «recomendación con truco», no es aleatoria. Estoy convencido que aquellos que se atrevan a introducir la nariz en sus páginas van a disfrutarla tanto como lo he hecho yo.
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sábado, 1 de julio de 2017

TRES FUNERALES PARA ELADIO MONROY. (Alexis Ravelo)

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TRES FUNERALES PARA ELADIO MONROY
Alexis Ravelo
ANROART EDICIONES
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Durante la última década, al tiempo que Eladio Monroy se ha abierto un hueco en el mundo noir, el prestigio de Alexis Ravelo ha crecido en paralelo. Y es que su obra no ha pasado desapercibida para el gran público. No es cuestión baladí el hecho de haber recibido el elogio crítico de autores ya consolidados y ser considerado hoy como uno de los narradores canarios más prometedores de su generación. Sus méritos están ahí: en 2013 se hizo con el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe por «La última tumba» y en 2014 con el XXVII Dashiell Hammett de Gijón por «La estrategia del pequinés», dos de los más afamados galardones del género concedidos en España.

Cada día, a media mañana, el tuerto Casimiro, ya calvo y entrado en años, abre las puertas de su bar Casablanca en León y Castillo y comienza a recibir a los habituales. Casimiro es un barman para todo: dependiente, cocinero, limpiador y... zapeador compulsivo. Entre esos habituales que frecuentan el Casablanca se encuentran Roquito, Juan el del Pescado, El Chapi y, ¡cómo no!, Eladio Monroy. Monroy traspasa puntualmente la entrada del bar, día tras día, sobre las once y media, con el periódico bajo el brazo y su necesidad de cafeína a cuesta. Monroy fue años atrás jefe de máquinas en la marina mercante y sobrevive gracias a su pensión y a sus trapicheos, unos trapicheos que rozan el límite de la legalidad. En esta ocasión es el Chapi quien le propone uno más, un negocio bien remunerado, un bisnes irrechazable. «Mira, esta tarde llamas a Gerardo a ese teléfono, porque viene un tío de Madrid, que es representante o no sé qué ocho cuartos y viene a hacer un negocio, pero ni conoce ésto ni se fía demasiado... El tipo va a estar aquí un día o así. Tú lo recoges en el aeropuerto, lo llevas en coche a hacer sus gestiones, te pasas el día por ahí con él y lo acompañas otra vez al aeropuerto. Y te ganas veinte billetes.» Solo que la cosa no resulta tan fácil como la propone el Chapi. Monroy tiene que vérselas con dos detectives de poca monta y con un antiguo policía hoy encargado de las tareas de supervisión en una empresa de seguridad privada.

Las desgracias de Monroy no terminan aquí. Como cabía esperar nada le sale bien.  Ana Mari, su exmujer le requiere con premura para hacer efectivo el pago de una extorsión que está recibiendo del encargado de una agencia de servicios de compañía. Los hábitos sexuales de su ex y su actual marido, una especie de «millonario de manual sacado de una novela policíaca de los años treinta», son al parecer un «poco excéntricos». Tan excéntricos que les llevan a contratar a una joven eslovena para recrear sus fantasías sexuales. A pesar del servicio y la vigilancia los de la agencia se cuelan en la casa que el político posee en San José del Álamo y colocan videocámaras que graban las escenas de cama con todo lujo de detalles. Como consecuencia de ello surge un vídeo subidito de tono. Y la extorsión no se hace esperar. «Paco volvió a llamarme. Me dijo que podíamos llegar a un arreglo, por un módico precio. De entrada pidió dos mil euros.»

Monroy parece el hombre perfecto para este tipo de trabajo, pero como suele suceder siempre la cosa se complica y se ve enredado en una oscura y peligrosa trama de sexo que hará peligrar su seguridad y la de quienes le rodean. «Al parecer Roque, había estado pescando y volvía hacia casa, desde la avenida. Al cruzar, un cabrón le echó el coche encima y lo levantó por los aires. Parece que ni siquiera se había parado para ver si estaba vivo o muerto. Seguro que iba borracho, el hijo de puta.»

Es Eladio Monroy uno de esos personajes que dejan huella, de esos que te acompañan durante un buen trecho después de haber cerrado su libro. De esos que te vienen a la memoria cuando paseas por determinadas calles de la ciudad capitalina de Las Palmas de Gran Canaria. Porque es allí, en la calle Murga, donde vive. Allí en el Casablanca donde parlotea su lengua canaria y allí, en la isla, donde lleva a cabo esos trapicheos que rozan el margen de la legalidad. La ciudad es potencialmente subjetiva en la literatura y cualquiera de ellas, (hasta Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad luminosa y amable, quizás la ciudad menos hardboiled del mundo), puede llegar a adaptarse y convertirse en una ciudad negra. Salvo contadas ocasiones Alexis Ravelo siempre ha familiarizado sus escritos con el paisaje de Gran Canaria. En sus descripciones recrea lugares y ambientes reales, y es así como Monroy despierta al tiempo que la ciudad con el ruido de los camiones de la basura, las cubas municipales, los vehículos de desinfección, los taxis vacíos, las guaguas, los camiones de reparto... Es  así como el mediodía ardiente y ruidoso de la calle León y Castillo le cae encima mientras se dirige a la Plaza de la Feria con dirección a su casa de la calle Murga. Así como recorre la Avenida Marítima, la Playa de las Alcaravaneras, el Club Náutico y la Base Naval con dirección al hotel Reina Isabel, en la Playa de las Canteras, mientras responde a las preguntas del visitante que siente curiosidad por todo lo que ve. «Pues tenía usted razón –dijo cuando pasaban por la zona del Muelle Deportivo y el sol chocaba contra la superficie del mar entre los yates y rebotaba hacia sus ojos con su alegría desbordante-: es una ciudad bonita.»  Como cita el autor al final del libro «cualquier ciudad es buena para una novela negra... pero da la casualidad que Eladio Monroy vive en Las Palmas. Que se le va a hacer.»

Ravelo maneja como nadie el lenguaje de la calle, un lenguaje que puebla unos diálogos que evocan a esos clásicos del hardboiled que él tanto admira, un lenguaje que no se deleita en detalles salvo cuando tiene que describir uno de esos parajes donde se desarrolla la acción y donde la estrechez moral y material adquiere su real gravedad.

La reflexión ética y social nunca ha dejado de estar presente en la novela de Ravelo. «No falta aspecto crítico en la novela negra española, pero sí es verdad que los que más venden no están en esa onda. El problema es que a veces tendemos a aburguesarnos por las necesidades del mercado y yo escribo para sacar al lector de la zona de confort.» El autor nunca ha ocultado su intención frente a la literatura: generar preguntas, que la gente se cuestione cómo está organizado el mundo. «Te das cuenta de que un canalla no se diferencia en muchos sentimientos de ti, en muchas sensaciones. Me interesa que el lector se inquiete.»  Viva, pues, esa inquietud que es capaz de generar tan buena literatura.
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