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sábado, 8 de agosto de 2020

EL MAPA RAYMOND CHANDLER DE LOS ÁNGELES

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EL MAPA RAYMOND CHANDLER DE LOS ÁNGELES

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El mapa Raymond Chandler de los Ángeles es una serie de guías de la ciudad propuestas por Herb Lester Associates que recomienda cincuenta puntos de interés en la ciudad y sus alrededores, lugares relacionados con los libros y películas del autor. La cobertura se extiende desde Malibú y Bay City a través de Beberly Hills y Hollywood hasta el centro de la ciudad y Pasadena. También están marcadas quince residencias del área de Los Ángeles que son protagonistas en las novelas de Chandler.

Los mapas de esta serie hacen referencia a una selección ecléptica de títulos diseñada para iluminar aspectos particulares de la ciudad. Cada título enumera las recomendaciones de los editores, que van desde atraciones ya famosas hasta pequeñas joyas conocidas solo por los lugareños bien informados, todas ellas con breves descripciones y, cuando corresponda, detalles de contacto.

Los mapas adjuntos están diseñados para resaltar las ubicaciones de los lugares recomendados en lugar de proporcionar una presentación precisa de la red de calles.

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viernes, 7 de agosto de 2020

LOS ÁNGELES EN LA ÉPOCA DE RAYMOND CHANDLER

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Spring Street

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El sol se desliza tranquilo hacia el mar, dejando atrás una neblina de espliego, y una brisa tardía se agita en la copa de las palmeras. El anochecer surge repentino. Una profunda sombra cae sobre el valle, y la ciudad se redefine en una vasta y sobrenatural cortina de luces. Una enorme alfombra dorada, jaspeada con pinceladas brillantes de rojo, verde y azul morado bizquea plácidamente en la distancia. Un atardecer en Los Ángeles. Un atardecer en el paraíso.

Raymond Chandler, un alma inocente y sensiblera, debió sentir nostalgia del paraíso cuando llegó por primera vez a esta costa del Pacífico, allá por 1912. En aquellos tiempos la ciudad era un lugar grato y apacible. Chandler tenía por entonces 24 años y era un ex empleado del Almirantazgo británico, un refugiado de los tétricos suburbios del sur de Londres, un poeta emotivo y un crítico de libros sin reconocimiento. Al igual que muchos peregrinos que llegaron a California por ese entonces, esperaba que el estigma del lugar le cambiara la vida.

Pero los lectores de las novelas de detectives saben de primera mano que la ciudad de Los Ángeles en la época de Chandler no era precisamente un paraíso. Era un lugar pobre, inmoral, un refugio de tunantes, un espejismo de lo prosopopéyico. Cuando Chandler comenzó a escribir en la década de los treinta, su encuentro con la ciudad le produjo un mal sabor de boca. Y esa mala sensación la reflejó en todas sus novelas. Fue precisamente en la corrupción y banalidad con la que se topó en la que halló el germen de su poder distintivo como escritor.

No hay que adentrarse mucho en los renglones de "The Big Sleep", para trabar contacto con ese mal acerbo que Chandler atribuyó a su entorno. Un millonario consumido y enfermizo, el general Sternwood, convoca a Marlowe a su mansión en Hollywood Hills, y allí coinciden en un sofocante invernadero: “El aire era denso, húmedo, lleno de vapor y perfumado con el empalagoso olor de orquídeas tropicales en plena floración. Las paredes y el techo de cristal estaban muy empañados, y grandes gotas de humedad caían ruidosamente sobre las plantas. La luz tenía un color verdoso irreal, como luz filtrada a través de un acuario. Las plantas lo llenaban todo, un verdadero bosque, con desagradables hojas carnosas y tallos como dedos muertos recién lavados. Y olían de manera tan agobiante como alcohol en ebullición debajo de una manta.”

El invernadero es una magnífica alegoría de Los Ángeles en miniatura, un rincón verde obligado a sobrevivir bajo un clima sofocante y trucado y un abono postizo y de importación. Los Ángeles de comienzos de siglo es una ciudad ligada a sus espacios y paisajes pero también a una cultura urbana donde los individuos se pierden en la inmensidad. Un paraíso de gente abandonada entre la abundancia cicatera y la miseria arribista. “Ahora tenemos personajes como este Steelgrave que son dueños de restaurantes. Tenemos tipos como ese gordo que me chilló antes. Hay dinero a espuertas, pistoleros, comisionistas, chicos en busca de dinero fácil, maleantes de Nueva York, Chicago y Detroit… y hasta de Cleveland. Esa gente es dueña de los restaurantes de moda, de los clubes nocturnos, de los hoteles y de las casas de apartamentos. Y en esas casas vive toda clase de timadores, bandidos y aventureras. Putas de superlujo, decoradores mariquitas, diseñadoras lesbianas, toda la chusma de una ciudad grande y despiadada, con menos personalidad que un vaso de papel. En las urbanizaciones elegantes, el querido papá lee la crónica de deportes delante de un ventanal, con los zapatos quitados, convencido de que es un tío con clase porque posee un garaje para tres coches. Mamá está delante de su tocador de princesa, intentando disimular con maquillaje las bolsas que tiene debajo de los ojos. Y el hijo del alma está pegado al teléfono llamando a una serie de colegialas que no saben hablar, pero que llevan la polvera llena de preservativos.”

Philip Marlowe trabajó en el sexto piso de un edificio sito en el cruce de Cahuenga Avenue y Hollywood Boulevard -hoy Raymond Chandler Square-,  tras la puerta desvencijada de una oficina de mala muerte. “Al otro extremo de un pasillo moderadamente cochambroso, en uno de esos edificios que eran nuevos por la época en que los cuartos de baño alicatados se convirtieron en la base de la civilización.”. En el curso de sus investigaciones Marlowe transitó por muchos pasillos como este. Números con nombres y números anónimos. Cubículos deshabitados y otros que deseaban permanecer en el anonimato. Dentistas indoloros, agencias de picapleitos, fotógrafos de lo impostado y hasta un fortuito herborista chino. Toda una serie pequeñas empresas enfermas que se habían arrastrado hasta allí para morir. 

Raymond Chandler y su mujer se mudaron constantemente de una dirección a otra. En cierta ocasión, allá por 1941, Chandler le escribió a Erle Stanley Gardner: ¡Nos mudamos de nuevo! Los Ángeles ha cambiado mucho desde la época de Chandler, cuando era solo un lugar seco y soleado con casas feas y sin estilo, cuando la gente dormía en los porches y los lotes que se ofrecían a mil cien dólares no tenían compradores. Pero aún hoy se puede conducir por Wilshire hasta el océano, aún se puede husmear por los callejones y calles laterales de Hollywood, y aún hoy los eucaliptos desprenden olor a gato cuando hace calor.

Hoy Chandler apenas reconocería el vecindario donde vivió por primera vez porque los edificios han sido demolidos y vueltos a levantar. Pero la casa que habitó con Cissy, su esposa, en Silver Lake todavía está allí. También se mantiene en pie su pequeño bungalow en Pacific Paradises. Ahora, como entonces, estos barrios están bien cuidados y los automóviles se mueven pausadamente de esquina a esquina, los perros aún ladran en la distancia y el carbón aún flamea en los ocultos patios traseros. Aún se respira, especialmente al caer la noche, ese aire de quietud y satisfacción que Chandler encontró tan sugerente.

Los Ángeles...“Era una de esas claras y brillantes mañanas que nos ofrece California al principio de la primavera, antes de que se asiente la niebla alta. Las lluvias ya han cesado. La tierra está aún verde, y desde el valle, al otro lado de las colinas de Hollywood, se ve nieve en los montes más altos. Los peleteros anuncian sus rebajas anuales. Los prostíbulos especializados en vírgenes de dieciséis años están haciendo su agosto. Y en Beverly Hill empiezan a florecer los jacarandas.”

Para cuando escribió esas líneas de reminiscencia, en 1949, Chandler había abandonado ya Los Ángeles por completo. "Una puta vieja y cansada" la llamó, y se mudó a una ciudad costera más agradable y menos interesante, La Jolla. Allí vivió sus últimos días, escribiendo solo dos novelas más antes de morir en 1959. 

La imagen sombría y el eco siniestro de Los Ángeles que describió Chandler aún perdura, mucho tiempo después del momento en que la naturaleza de la ciudad se le manifestó por primera vez.

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Hollywood Boulevard

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lunes, 3 de agosto de 2020

UNIVERSIDAD PARA ASESINOS (Petros Márkaris)

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UNIVERSIDAD PARA ASESINOS
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Petros Márkaris nació en Estambul en 1937, de padre armenio y madre griega. Obtuvo la ciudadanía después de la caída de la Dictadura de los Coroneles, allá por 1974. Márkaris cuenta que la idea de la gestación del comisario Jaritos -un desilusionado  policía ateniense que le sirve de fundamento para hacer crítica de la sociedad griega actual- le surgió después de estar escribiendo durante varios años guiones de la serie televisiva “Anatomía de un crímen”. Para el propio Márkaris la idea de Jaritos fue una sorpresa: «Como fui por largo tiempo un activista de izquierda, no tenía ninguna simpatía por los policías. En Grecia, habían sido sinónimo de fascistas... Pero de pronto, por primera vez, caí en la cuenta que esos pobres policías son pequeños burgueses, que tienen los mismos sueños de que sus hijos puedan estudiar para convertirse en doctores o abogados. Así se comenzó a desarrollar esta construcción: un crimen y una historia familiar contadas paralelamente». 

Un viejo profesor universitario, Kléarjos Rapsanis, ministro de Reordenación Administrativa, ha sido envenenado con una tarta. De todos es conocida la bulimia que padecía Rapsanis. De todos es conocida su obesidad, una humanidad que le llevó a hacerse acreedor al sobrenombre de “Oliver”, en memoria de Oliver Hardy, aquél cómico orondo que hizo pareja cinematográfica con Laurel a principios del siglo pasado. El asesinato de este profesor de Derecho es el punto de partida de un enredo policial que va complicándose a medida que avanza la investigación.

Escrita, como ya es costumbre en Márkaris, en primera persona, “Universidad para asesinos” ofrece al lector la oportunidad de conocer la realidad social, política y económica de la Grecia del momento a través de los juicios de valor de Kostas Jaritos, “El escarabajo”, una persona meticulosa en su trabajo y  condescendiente en su vida privada. Un personaje que ha traspasado fronteras y adquirido reconocimiento internacional.

La sensación que queda una vez concluida la lectura de “Universidad para asesinos” se resume en una palabra:  “desconcierto”. Con el transcurrir de los acontecimientos el interés de la narración va decayendo. A mitad de la novela todo se hace predecible. La trama no se sostiene. Jaritos parece no tener idea de nada en lo concerniente al caso y sus pesquisas van adquiriendo forma en base a lo que le cuentan sus ayudantes, incluso a lo que en un momento determinado le comenta una periodista. Aquí no hay complejos procedimientos, ni sesudas cavilaciones. No hay subtramas que deriven hacia la principal ni sospechosos que devienen en inocentes. Los argumentos se hacen poco creíbles. Y así todo desemboca en un final pobre en recursos. Algo que sorprende en un escritor, Márkaris, que ha llevado al género negro griego a sus más altas cotas. 

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viernes, 17 de julio de 2020

ERNEST CHIRIACKA (DARCY), EL REY DEL PULP

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ERNEST CHIRIACKA (DARCY)
11 mayo 1913 - 26 abril 2010
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Anastassios Kyriakakos nació en Nueva York el 11 de mayo de 1913. Sus padres, Portia y Herakles, fueron emigrantes y arribaron a América allá por 1907 desde Spartia, en Grecia. En 1927, siendo un adolescente, Ernest creaba ya letreros para comercios locales y fue contratado para trabajar en una empresa profesional de diseño. En 1932 estudió  dibujo e ilustración en el Mechanics Institute, en el 20 West 44 Streets, la escuela no oficial más antigua de New York.

Chiriacka trabajó durante dos años en una empresa de exhibición y estudió ilustración avanzada con Harvey Dunn en la Grand Central School of Art. En 1937 contrajo matrimonio con Katherine y ambos pasaron a residir en Brooklyn. En 1952 se mudaron a una espléndida mansión en Greact Neck en Long Island, donde criaron a sus dos hijos, Leonard y Athene. En 1939 sus primeras ilustraciones de historias publicadas aparecieron reunidas en la revista pulp Love Story de Street and Smith. Las cubiertas pulp de Chiriacka, que empleaba una variedad de seudónimos como Acka, Darcy y AD, solían aparecer sin firmar.

Ernest Chiriacka llegó a vender cubiertas pulp para revistas tan conocidas como Ace-High Western, Adventure, Big Book Western, Black Book Detective, Detective Fiction Weekly, Dime Western, Exciting Detective, Fifteen Western Tales, 44. Western, G-Men Detective, New Detective, Phantom Detective, Rodeo Romances, Star Western, Sweetheart Stories, Ten Detective Aces, 10-Story Western, Texas Rangers, Thrilling Mystery, West y Western Aces.

Darcy pintó muchas cubiertas para libros de bolsillo hasta 1965, año en que se retiró de la ilustración comercial para centrarse en pintar paisajes del viejo Oeste, paisajes que han seguido atrayendo a los coleccionistas a las galerías de arte de todo el mundo.

Darcy Chiriacka murió en su casa de Long Island el 26 de abril de 2010 a la edad de noventa y seis años. 
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CLASSICS IN PULP COVERS: RAYMOND CHANDLER

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jueves, 16 de julio de 2020

LAS DOS AMELIAS (José Luis Correa)

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LAS DOS AMELIAS
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL
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Amelia Hermoso no era una joven cualquiera. Amelia Hermoso era «influencer», una estrella de Instagram, alguien que se ha dejado notar en las redes sociales. Una persona con más de medio millón de seguidores, medio millón de desconocidos. Hermoso estuvo firmando ejemplares de su libro la tarde anterior en San Telmo. Sí, porque Amelia Hermoso había escrito un libro. ¿Por qué somos infelices pudiendo ser otra cosa? Toda un compendio de lo que fue su vida. Quien a última hora de la noche la vio subir a su habitación en compañía de un músico callejero no pudo nunca llegar a imaginar lo efímero que es el éxito...
 
Amelia Moreno llevaba dos años trabajando de camarera de piso cuando una mañana de finales de abril se dio de bruces con el cadáver de la Hermoso en la 104 del hotel Parque. Desnuda, tumbada a lo largo de la cama  y con los brazos abiertos, Amelia Hermoso parecía dormir plácidamente. Y la realidad es que lo hacía, solo que esta vez el sueño era demasiado profundo y no estaba en su pensamiento despertar jamás.

La influencer filósofa había recalado en la isla hacía una semana con el fin de promocionar su tratado de la infelicidad en la Feria del Libro de Las Palmas. Pero más tardó en llegar que lo que empleó en desaparecer.

La noticia de la muerte de Amelia Hermoso saltó a la luz como un zarpazo. En una hora se hizo viral. Y en una hora Amelia Moreno fue transportada a los infiernos. En una hora vio como su vida se venía abajo. Las redes comenzaron a arder. La Moreno fue despellejada viva por los seguidores de la Hermoso. Los insultos y las amenazas virtuales proliferaron como moscas. Más de uno la culpó del asesinato. «El mundo entero la odiaba  y la lluvia de insultos no escamparía con una sonrisa y una palmada en la espalda» Y todo motivado por la envidia, el pecado más miserable.

Y es ahí cuando la familia Moreno le propone a Blanco investigar el crimen de la influencer... ¡Bonito marrón! Qué sabrá él de redes sociales, de seguidores, fans, me gustas y otras zarandajas. Pero así son los gajes del oficio.

José Luis Correa aprovecha esta undécima entrega de Blanco para hablarnos de soledad. De la conexión causal entre las redes sociales y la soledad. Unas redes sociales muy cercanas al mundo de la inmediatez, al universo de las apariencias, a todo aquello que prima por encima del esfuerzo y de la calidad. A los éxitos momentáneos, las carreras meteóricas, los amigos virtuales a los que nunca se ha tenido la suerte de conocer, a los embaucadores likes, en definitiva a todo un comistrajo moderno que no garantiza la buena digestión de nuestras relaciones sociales, sino que apunta exactamente a todo lo contrario.

No deja de sorprenderme la maestría de este escritor para transmitir tanto en tan pocas páginas y sobre todo para lograr plasmar con tanto detalle los sentimientos. «Cené en la mesa de la cocina con los dos libros a mi alcance, Thelonious Monk en el salón y mi reflejo en el microondas. El reflejo de un viejo dinosaurio con ojeras, sin afeitar y en puro desconcierto. Hasta la cena era de otro tiempo, ¿quién cena ya viandas con Tolstói frente a un microondas? Al fondo de la copa había un cadáver que me miraba cada vez que bebía. El cadáver de una chiquilla de veinticuatro años, con el cuello tronchado, en la cama de un cuarto de hotel.» La violencia, la ternura, el verbo avispado, todo está presente aquí. Y es que las novelas de Correa tienen carácter, son propias de un novelista que goza de un gran dominio de los recursos narrativos. Su lenguaje poético e inmediato a la emoción, su prosa viva y vigorosa, sus personajes solitarios y complicados, el tema recurrente de la muerte y sobre todo el humor, esa manera socarrona y mordaz de mirar el mundo tan propia de la literatura hecha aquí, en Canarias. Todo un lujo.
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domingo, 21 de junio de 2020

FRASES PARA LA HISTORIA (CHESTER HIMES)

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CHESTER BOMAR HIMES 
(Jefferson City (Missouri) 1909 - Moraira (Alicante) 1984
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viernes, 19 de julio de 2019

LA NOCHE EN QUE SE ODIARON DOS COLORES (José Luis Correa)

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LA NOCHE EN QUE SE ODIARON DOS COLORES
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL
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«La noche en que se odiaron dos colores» es la décima novela que el escritor grancanario José Luis Correa dedica a Ricardo Blanco, un personaje del que tuvimos noticias allá por 2003 y que aquí, alcanzadas ya las sesenta y tantas primaveras, nos reconduce por los pueblos de la isla y las calles de la capital en un viaje para el que no existen los imposibles.

Humberto Caballero tendría nueve o diez años cuando fue sacado de la escuela para ir a trabajar a Víveres Caballero, la tienda de aceite y vinagre que su padre Marcial regentaba en la bajada de San Nicolás. Marcial fue un trabajador honrado a carta cabal, uno de esos que ya no se estilan, un ser incansable que laboraba como un burro de sol a sol para obtener la renta justa con que mantener a su progenie. Una noche, sin embargo, lo trincaron solo en la tienda y lo atracaron. Y ahí comenzó la desgracia de la familia Caballero. Años después, tras dejarles el comercio a sus hermanos, Humberto emigró de la isla para terminar regresando y acabar sus días dedicado a la fotografía. Un arte que le sostuvo hasta que los teléfonos móviles vinieron a joderlo todo. A partir de entonces Humberto malvive en El Caracol, una pensión de mala muerte en la calle Diderot, en la zona de las Canteras, donde tiene un cuartito arrendado a precio de saldo. Y es en ese momento, cuando la marea parece calma, cuando se le pierde el rastro...

¿Por qué piensa Niágara Caballero en un secuestro? Pues muy sencillo: porque la alternativa la aterra. La alternativa ya podemos suponer cual es. Niágara, de profesión peluquera  (estilista según los cánones de la época) es vecina de Reyes Católicos y está acostumbrada desde pequeña a la soledad. Una soledad que deriva en ella la necesidad de aferrarse a la memoria de su padre para sobrevivir. Un padre, Humberto, Humberto Caballero, que lleva seis días en paradero desconocido.

Cuando Blanco inicia la búsqueda de Caballero «Nadie ha desaparecido. A nadie han encontrado muerto. En el depósito de cadáveres no espera ningún cuerpo a que vengan a reconocerlo. La vida sigue igual y el paradero de Humberto Caballero continua siendo una incógnita.» Sin embargo (siempre hay un pero) lo que comienza como una simple búsqueda deriva con el paso de las páginas en un lío de enfrentamientos de tres pares de narices entre colombianos y moros. Moros, sí, libios para ser más exactos. Una guerra que amenaza con poner la ciudad de Las Palmas patas arriba. Una guerra que va a tener su punto culminante la Noche de Finados (por si no lo saben ahora la llaman Halloween, ya que los finados no los celebra ni el obispo) con la detonación de un cargamento de explosivos previamente sustraído de una fábrica de voladores de Telde. Y es que en la ciudad del sol todo es posible.

Buena parte de «La noche en que se odiaron dos colores» transcurre en el sur de Gran Canaria, en el pequeño pueblo costero de Melenara. «¿Les gusta el pescado?, porque conozco un sitio donde preparan una lubina a la espalda para chuparse los dedos.» Melenara, presume de ser un lugar de gentes tranquilas, aguas calmas y ambiente generoso, un litoral donde el sol no falta a su cita diaria para alumbrar con su luz cristalina un escenario de encuentros felices. Allí, un Neptuno de cuatro metros lo observa todo desde su privilegiada ubicación. A los rojos cangrejos que pululan por la escollera del muelle, a la gente que degusta sentada en la terraza de una pulpería el pescado del día, al niño curioso que excava juguetón la negra arena a la búsqueda de tesoros olvidados y a Caballero, sí, a Humberto Caballero, quien un mal día cruzó indefenso su destino con abyectos personajes.    

«La noche en que se odiaron dos colores», como no podía ser de otra forma, se lee de un tirón, no en vano José Luis Correa tiene un estilo ágil, un estilo capaz de provocar la curiosidad del lector. Su lenguaje es directo, plagado de ironías y sutilezas. Asperja las páginas de esta novela el ya clásico humor socarrón del escritor así como su ambicionada renovación formal –sobre todo en lo concerniente a los diálogos, diálogos que Correa incorpora a la narración-, su lenguaje poético, consecuencia de su inequívoca habilidad narrativa, y el empleo de formas gramaticales y expresiones propias de las islas. Nada nuevo para quien se sienta próximo a su obra. 
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