Saludo de bienvenida

Bienvenido a "L.B.Confidential". Espero que tus expectativas se vean cubiertas. Gracias por tu visita !!!
gadgets para blogger

jueves, 15 de febrero de 2018

PROBARÉIS EL FRÍO ACERO DE MI VENGANZA. (Pascual Ulpiano)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
PROBARÉIS EL FRÍO ACERO DE MI VENGANZA
Pascual Ulpiano
EDICIONES 66rpm
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
En esta nueva aventura de Palop –Florentino, por obra y gracia de su cachondo padre- éste es contratado por La Agencia, en la que trabajó y de la que salió a su manera hace ya muchos años, para cargarse –así literalmente- a un tal Micalizzi (Darío, para más señas), un espagueti de lengua floja. Para ello se traslada a Milán acompañado de Salvador Cortázar, un antiguo pistolero vinculado a grupúsculos de extrema derecha como los Guerrilleros de Cristo Rey, quien parece conocer bien el paradero del italiano. Una vez en Milán, alguien que responde al nombre de Genaro se las juega. Acompañados de unos tales Massimo y Diego acuden a un pueblo industrial perdido en el corazón de la Lombardía, a unos veinte kilómetros de la capital. Allí, en un edificio que se cae patéticamente a trozos, los espera Micalizzi acompañado por otros cuatro. Llevan gorras que impiden que se les reconozca, pero también fusiles ametralladores. Cuando los supuestos italianos huyen, Palop logra alcanzar a uno en el antebrazo y éste grita: ¡¡Josdeputaaaa!! Palop se acuclilla a su lado y le saca la gorra: «¿Palop?». Y como no puede ser de otra forma la reflexión de Palop es de auténtica sorpresa: «Ahora ya puedo decir con todas las letras del puto abecedario que no entiendo nada, pero absolutamente nada de lo que está pasando».

«Probaréis el frío acero de mi venganza» es la historia de una huida, una huida que se genera al darse cuenta Palop de que alguien se la ha jugado en Italia. Este hecho le obliga a reencontrarse con su pasado familiar, un pasado del que lleva años huyendo. Un pasado que recoge la muerte de su madre, Pili, inquilina del cementerio de Pueblo Nuevo desde hace ocho meses y a la que ha tenido la «deferencia» de visitar solamente una vez. Su repentina muerte –un cáncer se la llevó en cuestión de semanas- le produjo una profunda tristeza pero al mismo tiempo el alivio de encontrarse solo en el mundo. Un pasado que demanda la presencia del imbécil de su hijo Simón, ahora en Madrid estudiando arquitectura. Unos estudios financiados por el pichafloja de su padrastro, algo que a Palop le duele en el alma. Y un pasado, en fin, ligado al fantasma de su excompañero Ruypérez, ese «traidor cabrón con pinta de galán de segunda y cara de Carlos Larrañaga de mierda» que no duda en visitarlo no se sabe bien si para incordiar por haber sido él quien le mandó a la tumba o como forma de decirle cosas que no le gustaría oír: «Llevas mucho odio dentro, Palop. ¿Estás seguro de que no te estás consumiendo?»

Florent..., digo, Palop («Llámame Palop a secas») es un contumaz hijo de puta al que La Agencia, muy cercana a las Fuerzas de Seguridad del Estado, contrata para aquellas ocasiones en que debe realizarse un trabajo sucio, o en otras palabras cuando hay que quitar a alguien de en medio sin mucho escándalo. Un sicario que recibe sobres más o menos abultados de los fondos reservados del Estado para, según palabras del propio escritor, «llevar a cabo toda aquella mierda cuya tifa no debe impregnar las páginas del BOE ni, mucho menos, las de los medios de desinformación». Un personaje que carece en absoluto de glamour, un  personaje que se odia a sí mismo con todas sus entrañas. «-No has entendido nada de esta película ¿verdad Ruypérez?... -¿Qué es lo que tendría que entender, Palop?... -Que es precisamente toda la ceguera de este odio, toda esta sed que nunca acaba, toda esta bilis que bulle en mi estómago, toda esta corrosiva saliva en mi boca, lo que me mantiene con vida». Todo un gentleman este Palop.

Pascual Ulpiano es el alter ego utilizado por el periodista Alberto Valle exclusivamente para este proyecto en memoria y como homenaje a toda una generación de escritores que afirmaron la literatura popular de este país. Todos ellos dados a conocer con tornasolados pseudónimos tales como Curtis Garlan o lo que es lo mismo Juan Gallardo Muñoz, fallecido en el 2013 y muy estrechamente ligado a Bruguera; Silkver Kane, nada menos que Francisco González Ledesma, quien bajo este nombre publicó más de 1000 novelas, la mayoría de ellas del oeste; Frank Caudett o Francisco Caudet Yarza, un catalán de dilatada y exitosa trayectoria en el sector de la novela de evasión y Lem Ryan, otro catalán, que vino al mundo bajo el nombre de Francisco Javier Miguel Gómez, que se inició en las novelas «de a duro» a temprana edad y que ahí sigue dando guerra. Todos ellos escritores que en un momento de sus vidas se ganaron el pan con el que alimentar a sus familias con aventuras imaginarias concebidas a velocidad de vértigo con un ingenio y una imaginación extraordinarios. Toda una generación olvidada y nunca bien entendida.

Así, con esta justificación, es como el periodista Alberto Valle decidió reivindicar hace tres años el género pulp y los clásicos bolsilibros de antaño. Un producto popular, éste, de acción trepidante, rico en adjetivos, de portadas coloridas y a un precio asequible a cualquier bolsillo. Aquellos de entonces eran superventas de verdad. Libros que se podían encontrar en cualquier quiosco de cualquier lugar perdido de la España rural.  Valle, que bebe en las mejores fuentes de la novela negra, actualiza y da un impulso al género. Si detrás del pseudónimo de Pascual Ulpiano se encuentra la firma del escritor Alberto Valle, tras la ilustración de las portadas se encuentra Berto Martínez un ilustrador barcelonés de estilo desenfadado que destaca por su gran talento para el dibujo y especialmente para los retratos. Valle no tuvo duda alguna a la hora de apostar por Martínez: «Berto Martínez es el hombre. Desde que coincidimos en Ràdio Ciutat Vella tuve clarísimo que era él y no otro quien debía firmar las portadas de Palop. Su trazo, su talento, su infinita cultura gráfica, le convertían en el único candidato posible y que sea él el portadista es condición sine qua non a la hora de encarar la publicación de una aventura del hijoputa de la HK Mark 23. Creo que no me equivoqué, porque los libros han gustado a unos más y a otros menos, pero las portadas han encantado a todo el mundo.»

En «Probaréis el frío acero de mi venganza» hay tiros a tutiplén, situaciones rocambolescas, cadáveres, jodiendas y también acción, mucha acción. Trepidante, diría yo. Con descripciones (las justas) y metáforas acertadísimas y todo ello para disfrutar a tope y de una sentada. 
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

jueves, 8 de febrero de 2018

LAS FLORES NO SANGRAN. (Alexis Ravelo)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
LAS FLORES NO SANGRAN
Alexis Ravelo
EDITORIAL ALREVÉS
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Es muy complicado encontrar un plan más absurdo que el de secuestrar a la hija de un poderoso empresario en una isla tan pequeña como Gran Canaria, una isla, como toda aquella que se precie, rodeada de agua por todas partes. Un secuestro exprés en Gran Canaria: el plan criminal más estúpido del mundo. Sin embargo esa es la movida que propone Eusebio el Zurdo a sus colegas. El Zurdo ejerce de chófer particular para Isidro Padrón Afonso, el gran hombre, el Yunque de Tafira, el que se puso las botas con la importación de carne, el que fundó Islocasa y ahora, junto a su amigo Marcos Perera, el Martillo de Tejeda, mete las narices en todo aquello que huela a negocio, sobre todo a negocio «podrido». Ese que deja dinero. El Zurdo tiene conocimiento de primera mano (no en vano ejerce como su chófer particular) de los trapos sucios que se trae entre manos Padrón con un ruso que se pasea por ahí sin nombre. Unos cambalaches que cada tres meses le reportan al tal Padrón una pasta calentita que entra sin esfuerzo alguno y de la que se llevan (el Yunque y el Martillo) una nada despreciable comisión. Un dinero que proviene de la compra de drogas, sexo, armas o cualquier otra inmundicia y que ellos no tienen más que lavar. 
  
Una licenciatura, un máster, tres idiomas, alta capacidad en relaciones Internacionales e hija del todopoderoso empresario y mafioso local Isidro Padrón. Ésa es Diana Padrón Castellano. Una fruta muy apetecible. Sobre todo para quien no tiene nada que perder y sí mucho que ganar. Una fruta que pretenden el Marqués y su compañera Lola, el Salvaje y el Flipao, unos pobres diablos acostumbrados a timos cortos y a trabajos rápidos que no dan mucho beneficio y para quienes la proposición del Zurdo de raptar a Diana y pedir como rescate la pasta que Padrón recibe cada tres meses por blanquear el dinero del Ruso colma todas sus aspiraciones.

No es mi propósito arruinarles la lectura de esta novela pero no descubro nada nuevo si les digo que la empresa no termina bien. Cuando los planes nacen torcidos... Y es que ya desde la página de apertura Ravelo nos suelta así de pronto y sin anestesia lo siguiente: «Ahora que las cosas se van aclarando, ahora que todos los muertos tienen nombre y él comienza a entender cómo, por qué y, sobre todo, quién mató a quién, Serrano se pregunta algo que nadie le ha pedido que averigüe y que no acabará constando en los expedientes... ¿cuándo se había iniciado realmente la cadena de hechos que había finalizado con todas aquellas muertes absurdas?» Pues bien, eso es lo que ustedes van a descubrir si deciden meter sus narices en una aventura que respira coraje, compasión y hasta violencia pero que también es capaz de arrancarles una sonrisa, aunque sólo sea de conmiseración por este grupo de fracasados con un plan estúpido y a los que todo les viene grande.

«Las flores no sangran» es un relato rico en expresiones que alterna con eficiencia la narración de los hechos con el interrogatorio policial a Marcos Perera dos semanas después de que aquellos estallen. Ravelo ha conseguido aquí compilar lo mejor de su mundo en una novela que es una geografía literaria del señorío, la miseria, la ambición y las bajas pasiones.

La empatía hacia sus personajes, la tensión derivada de un  ritmo impecable, la concurrencia con su sentido de la justicia social y la zozobra derivada del modo en que el autor refleja como la realidad puede auparse a lomos de la existencia de un grupo de individuos derrotados son algunos de los secretos que sostienen el éxito de Ravelo. Tales virtudes reinciden en «Las flores no sangran», una novela que remonta la memoria hacia «La estrategia del pequinés», aquella con la que el escritor alcanzó el Hammett, y que al igual que todas sus obras es singular e irrepetible. Y es que los relatos de Ravelo están presentados con una sencillez no exenta de estilo, algo a lo que aspira todo escritor. Ya señalaba al respecto  Chandler con gran acierto que «lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo».

La novela negra posee como ningún otro género literario el inmenso poder y la prodigiosa capacidad de describir con gran realismo los males de nuestro tiempo. No es, por supuesto, el único camino para acercarse a esa realidad, pero tiene sus ventajas. Y esas ventajas las sabe explotar eficientemente Alexis Ravelo. Ravelo debió de pensar cuando decidió inmiscuirse en estos menesteres que no hay que trasladarse muy lejos para retratar la inmundicia que nos rodea y así no para en mientes a la hora de situar a sus golfos y perdedores en su Gran Canaria natal. Una Gran Canaria que él conoce en profundidad, no en vano, como digo, nació aquí. Y no solo nació aquí sino que maneja como nadie el lenguaje de la calle, un lenguaje que redunda en unos diálogos impecables que recuerdan a los clásicos del hard boiled americano, aquellos que pueblan las novelas de Hammett y Chandler, de Thompson y Woolrich.

Pienso que el camino recorrido por Alexis Ravelo no ha debido de resultarle nada fácil. Lo cierto es que dedicarse a esto sabiendo que la literatura canaria es la gran marginada dentro del contexto cultural del estado español tiene sus riesgos. Si por un lado el mar ya aísla, el escritor canario es víctima del desconocimiento y de un injusto menosprecio, un desconocimiento y un menosprecio que se palpan tanto dentro como fuera del archipiélago. Sin embargo, lo cierto es que en los últimos años los escritores canarios se han decantado por situar la acción de sus relatos aquí, en las islas, pese a la adversidad geográfica y al silencio de algunos medios de comunicación. Así, pues, lo logrado por Alexis Ravelo tiene un mérito añadido, y de justicia es reconocérselo.

Querría terminar con las palabras que se recogen en la contraportada del libro y que rezan así: «Mézclese este meollo con ron canario (y si es de Arucas, mejor), agítese bien y el lector tendrá como resultado un bebedizo torrencial, explosivo y tronchante de efectos balsámicos». Así pues, amigos, pasen, lean y disfruten.  
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

lunes, 22 de enero de 2018

MALAS NOTICIAS, ES PALOP. (Pascual Ulpiano)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
MALAS NOTICIAS, ES PALOP
PASCUAL ULPIANO (ALBERTO VALLE)
EDITORIAL BASE 

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Malas noticias, es Palop. Sí. Y no se ha movido ni un ápice de donde lo dejamos en su anterior aventura, ante la tumba de un compañero de fatigas que tuvo el detalle de cascarla sin previo aviso y que ahora tiene la mala costumbre de aparecérsele en los momentos más inoportunos, cual conciencia reprobatoria, para recriminarle sus ignominiosas relaciones familiares. Ante la tumba de ese compañero lo dejamos y ante su tumba lo encontramos, charlando amistosamente con el difundo, y consumido por la ansiedad de seguir trasegando combustible y largando lágrimas. Y es que Ruypérez, su amigo, quien con «su cara de Carlos Larrañaga de mierda» le ventiló en vida a Laura, su mujer, se ha propuesto convertirse en su conciencia. Una conciencia que, al tiempo que le felicita por sus avances con su hijo, no tiene reparos en vanagloriarse por haberse beneficiado a Laura a sus espaldas: «He venido a felicitarte por varias cosas. La primera por el valiente paso que has dado con tu hijo y con lo que le has dicho a Laura. -¡Ah, Laura!-. Para Palop no importa lo que está bien o está mal. Lo único que le importa es que «simplemente está». Y por estar él está en tierra firme y Ruypérez anida un trocito de terreno que precede a su lugar de reposo eterno. «La vida es cruel, ¿verdad Ruypérez? Tú, comido por los gusanos. Yo, ingiriendo octanos de alcohol».   

Malas noticias, es Palop. Sí. Y en esta ocasión sus pesquisas derivan hacia la pornografía infantil y su misión es la de ayudar a un compañero de La Agencia (una organización parapolicial encargada de eliminar a individuos sucios que forman parte de la sociedad sin que ésta se entere de sus repugnantes actividades) a vengar los abusos que ha recibido su hijo adolescente de diez años. Unos descerebrados lo raptaron a la salida del colegio, lo metieron en un coche y... y el pequeño no recuerda gran cosa más, aunque tiene conciencia de que algo horrible le ha pasado. Palop tiene sed, sed de sangre, de dolor y de reventarle la cabeza a hostias a esos malnacidos que abusan   de menores. La Agencia no le ha vuelto a encargar nada serio desde la muerte de Ruypérez. El Chimpancé, el mandamás de La Agencia, un cretino con cráneo de monosabio, le tiene cariño y lo contrata cuando la organización necesita un trabajo realizado con discreción. Y éste es el caso.

Malas noticias, es Palop es la segunda entrega que Editorial Base hace de la saga Palop, una serie escrita por Pascual Ulpiano, nombre que esconde tras de sí al periodista barcelonés Alberto Valle. Este libro, con poco más de ciento cincuenta páginas y una magnífica portada de Beto Martínez, recrea una pavorosa historia que discurre entre Barcelona, Oporto y México Distrito Federal. Es la historia del «almacén de los niños», algo así como un centro de provisión por el que pasa todo el material audiovisual relacionado con la pedofilia que se genera en la ciudad. A partir de que Palop mete las narices dentro de sus cuatro paredes, los cadáveres se suceden sin interrupción y la sangre fluye a mansalva.

Malas noticias, es Palop, el relato, es un pretendido pulp a la española que va más allá de lo que propone este género y que roza los límites de la novela negra. Con ella, su autor, Alberto Valle, pretende rendir homenaje a toda una forma de hacer literatura sin pretensiones, una literatura de entretenimiento, violenta y ruda, heredera en línea directa del cómic, el cine y el relato testosterónico. «Pero además de reivindicar algo menos de pretenciosidad, Palop es también mi manera de echar de menos a gritos un concepto de libro a buen precio, accesible para todo el mundo, que se pueda leer en cualquier lugar y que entretenga». No es esta, sin embargo, una historia sencilla de esas que nos atrapan desde las primeras páginas y se limita a hacernos pasar un rato agradable. Malas noticias, es Palop, va algo más allá y nos propone una reflexión que nos ayude a comprender la horrible realidad de la infame miseria a la que, de forma incomprensible, se ve sometida a veces y sin motivo aparente la condición humana.

Malas noticias, es Palop, un Palop sediento de sangre, que no escatima esfuerzos a la hora de enfrentarse a «aquellos bastardos que mejor están criando malvas».  «Tenemos un plan y tenemos el alma lo suficientemente sufrida y corrompida para llevarlo a cabo sin pestañear. Por nuestras venas, una corriente de oído ácido ardiente e imparable que termina martilleando en nuestras cabezas. En nuestras bocas, saliva que quema y afila nuestros dientes para masticar la carne muerta de nuestros enemigos, tragarnos sus almas, sus sueños, sus porvenires, sentir el aterciopelado tacto de la sangre correr gloriosamente por nuestros victoriosos gaznates y engordar nuestras entrañas con sus gritos y sufrimientos. Y satisfacer la sed. Nuestra sed. Mi sed. Ésa que no se apaga nunca. Que cuanto más bebes, más se intensifica». Párrafos como este, de un realismo escalofriante acompañan escenas de una acción descarnada y cruel. La lectura resulta confortable y, pese a tratar un tema tan comprometido   como el abuso de menores, su exposición es tolerante. Palop surgió, según palabras de su creador, doce años atrás, cuando Valle vivía en Milán. En esos momentos escribió parte de la primera entrega, «Palop juega sucio», unos folios que quedaron olvidados en su ordenador hasta que años después fueron recuperados con la decisión de darle vida al personaje. Un personaje al que acompaña todo un elenco de individuos secundarios que no tienen desperdicio alguno y que van desde Ignacio Galvao y Pere Sunyent quienes fueron los cachorros de Palop cuando este trabajaba en La Agencia, hasta Eusebio Muñoz, el Chimpancé, su exjefe, un tocapelotas que le tiene un cariño especial, pasando por la señora Paquita, a quien le quedan pocos años para jubilarse, que le hace las veces de secretaria y que le sirve de consuelo en sus momentos más depresivos. 
   
¡Ah!, y si Malas noticias es Palop comenzó con un saludo de bienvenida de Palop a su amigo Ruypérez, termina con otro de despedida, no menos afectuoso y en la misma guisa: «Me bajo  la bragueta, luego el calzoncillo y con los dedos índice, medio y corazón de mi mano derecha me la saco. Apunto bien, y un cálido y reconfortante chorro de olorosa y amarillenta orina centra su retrato mohoso de Carlos Larrañaga de mierda. Bingo y que te aproveche, hijo de perra». 
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

martes, 16 de enero de 2018

MUERTE EN ABRIL. (José Luis Correa)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
MUERTE EN ABRIL
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL, S. L. U.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
A Mario Bermúdez, un tipo pusilánime y de pocas palabras, nadie lo conocía bien, así que nadie lo echó de menos cuando desapareció un viernes florido de abril. Tras tres días descomponiéndose en la tina de su cuarto de baño, dio «señales de vida» un lunes santo, muerto y bien muerto, envuelto en olores putrefactos y engalanado con un sostén de encaje color teja y bragas y liguero a juego, lo que hacía pensar que había tenido un final movidito, ¡una muerte bien dulce, vamos! Pero la cosa no terminó ahí, el problema cobró dimensiones escandalosas cuando el viernes siguiente -Viernes Santo para más señas- apareció otro cuerpo, el de un enfermero de El Perpetuo Socorro, un tal Carlos Ventura, con síntomas de asfixia y engalanado de la misma guisa, esta vez con un canesú, una especie de camisón azul añil que le confería al cadáver un aspecto burlesco. No es preciso apuntar que la prensa comenzó a correr el bulo de la existencia de un psicópata que atacaba a solteros de mediana edad, y que el terror arraigó rápido entre la gente. La clave de todo este misterio parecía radicar en una joven que requirió los servicios de Blanco para que este demostrase su inocencia. Pero, ¿la inocencia de qué?, se preguntarán ustedes. Su nombre era Lola y estudiaba en la Escuela de Comercio Exterior. Y, ¡cómo no!, cuando Lola apareció en escena estaba muy, pero que muy asustada. Conoció a Bermúdez en una cafetería de León y Castillo y aceptó hacerse cargo del adecentamiento de su casa un par de veces a la semana para costearse los estudios. Por eso, casi le dio un yuyo cuando encontró el cadáver doblado en la bañera con la mirada puesta en ella.
   
Y aquí, en este presente, comienza la ardua labor de Joaquín Blanco. Blanco tiene una oficina en la que trabaja, la Agencia de Detectives Blanco y Moyano, situada en el número 57 de la calle Triana. Es ahí donde recibe a sus clientes, ahí donde recibe a Lola. Es en este universo donde el detective reflexiona sobre sus casos, donde bucea en su ordenador intentando atar los cabos mal anudados. Comparte esta labor con su secretaria Inés, quien en realidad -y esto que quede entre nosotros- se llama Patricia Inés. «Como se te ocurra contárselo a alguien te doy una tollina de palos que te espabilo», advierte la propia interesada. Esta oficina, la Blanco y Moyano, está descrita en las novelas de Correa de forma adocenada, es pequeña pero con espacio suficiente para un sillón de cuero donde el detective suele echar sus cabezadas de mediodía en aquellos momentos que  se inclina por comer cerca en lugar de hacerlo en casa. La entrada está dividida en dos por un biombo chino y sirve de despacho a Inés y de sala de espera. «Nuestra oficina es un habitáculo que se compone de dos cuartos, un baño y una encimera de mampostería, que, gracias a la cafetera eléctrica  y a una neverita que recibí como pago de mi primer caso, hace las veces de cocina. Con eso (y un balconcillo que da a Triana, en el que Inés ha logrado, de un modo incomprensible, que crezca un hermoso palo del Brasil) se acabó lo que se daba».

Ricardo Blanco vive en un piso de Mesa y López en apariencia tranquilo, aunque en ocasiones se vea trastornado por el ruido exterior y las discusiones de unos vecinos por momentos  bullangueros. A pesar de ello la casa del detective es un territorio apacible, donde Blanco disfruta de sus ratos de soledad y a donde orienta a alguna de sus esporádicas novias. No parece, sin embargo, que Blanco sea un personaje muy ligado a su casa, su labor se desarrolla fundamentalmente en la calle, sin horarios fijos, por lo que es frecuente verlo disfrutar de bares y restaurantes y dormir fuera. La casa es su espacio protector,  aunque en esta novela, «Muerte en abril», la asesina transgreda dos veces su umbral: la primera mientras el detective duerme y la segunda cuando se encuentra presente su novia Malena. Una Malena que tras pasarlas canutas en esta aventura termina, con gran dolor de su corazón, por aceptar que «somos un sueño imposible que amando se muere, y que lo siente y que a partir de allí nada más que eso somos, nada más».

Tanto la oficina en la que trabaja como la casa en la que habita conforman los espacios estables del detective, estabilidad  esta, que se contrapone a la inseguridad de los escenarios donde se desarrollan sus investigaciones. La constante colaboración entre Blanco y el inspector Álvarez permite que la comisaría sea otro de los espacios recurrentes en las novelas de Correa. No obstante Álvarez prefiere reunirse con el detective en bares -como el Café de Vegueta-, donde el policía cita a Ricardo Blanco para poner en hora sus averiguaciones. «Daba gusto ver almorzar al inspector cuando no tenía moscas en la sopa». En espacios como este, Blanco y Álvarez evitan la oficialidad que supone citarse en la comisaría al tiempo que se permiten tomar algunas copas y algo de comer mientras sostiene una conversación coloquial y amistosa. «...por lo que veo, tienes un plan, ¿verdad?, anda, cuéntamelo, y pásame ese plato de bonito si no te lo vas a comer». No es de extrañar, pues, que estos lugares desempeñen un papel importante en la obra de Correa; el propio escritor ha confesado en varias ocasiones que acostumbra a escribir en las terrazas de bares y cafeterías. Según sus propias palabras «Las Palmas tiene terrazas como para una boda».

El restaurante es un espacio conveniente para la realización de hechos criminales. Pablo Ferrera, el amigo del inspector al que este convence para que acuda a una cita con la presunta asesina, está a punto de morir cuando aquella lo envenena en un restaurante vegetariano detrás de la Catedral de Santa Ana y posteriormente intenta estrangularlo en un portal. Y ¿qué decir del bar Deenfrente?, un local situado, pues eso, enfrente de la comisaría y en el que Álvarez suele tomar un plato rápido mientras trabaja. Se trata, más bien, de un bar modesto pero allí Álvarez se siente como en su casa e incluso puede saltarse la dieta a la que le tiene sujeto su mujer, Susana: «Álvarez tenía siempre la misma sensación al entrar allí, la de estar en casa».

«Muerte en abril» se lee de un tirón, y es que José Luis Correa tiene un estilo ágil capaz de provocar la curiosidad del lector. Su lenguaje es directo, plagado de ironías y sutilezas y así nos conduce por los pueblos de la isla y las calles de la capital en un viaje en el que no existen los imposibles. Seguiremos leyendo a Ricardo Blanco, eso seguro.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

martes, 2 de enero de 2018

MUERTE DE UN VIOLINISTA. (José Luis Correa)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
MUERTE DE UN VIOLINISTA
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL, S. L. U.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
«Aaron Shulman se sintió indispuesto. Comenzó a sudar.  Palideció. Dejó caer su instrumento que destrozó el silencio del teatro. Se apagó lentamente. Como una vela, en el último instante, pareció refulgir. Pero fue un espejismo. Una cruel quimera. Lo último que vio el rubio judío de Manhattan fue la preciosa lámpara del techo. La lámpara en forma de araña plateada. La lámpara de lágrimas que, esa noche, lloró sólo por él». Así describe José Luis Correa la muerte del concertino de la Filarmónica de Nueva York durante su visita al Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria. La trascendencia internacional del caso y la necesidad de ser discretos hace que la policía recurra a los servicios de Ricardo Blanco para investigar lo que, en un primer momento, tiene todos los síntomas de ser un asesinato. Las sospechas recaen inmediatamente en Juliette Legrand, viola de origen canadiense que se encuentra sustituyendo a Rebecca Adam, la titular, que ha permanecido en Nueva York aquejada de una extraña dolencia. Treinta días llevan hurgándole el cuerpo con rabia a la Adam sin haber dado con el problema. Lo cierto es que a medida que la acción se desarrolla, Blanco se ve irremediablemente atraído por la canadiense, hecho este que le acarreará no pocos problemas.

Tras haberse dedicado a varios oficios y haber iniciado tres carreras universitarias -carreras que, por cierto, nunca llegó a terminar-, Blanco, el atípico y genial investigador de La Isleta creado por Correa, aceptó en su momento la propuesta de su amigo Miguel Moyano y, ambos de la mano, abrieron una agencia de detectives: la Agencia Blanco & Moyano, una agencia que en la actualidad cuenta con un solo investigador, una agencia que económicamente sustenta Moyano y operativamente Blanco. Y es que los ruinosos negocios de Ricardo Blanco no dan para más. Su personaje, el personaje de Correa, no es un arquetipo amañado al marco de la isla de Gran Canaria, sino que los rasgos tópicos  del detective han sido transformados por las exigencias del espacio y las características propias del personaje. Correa crea a Blanco como un narrador en primera persona, lo que le permite a éste justificarse ante sí mismo y defender ante el lector sus gustos cultos: la buena literatura, el jazz (es ferviente devoto de Charlie Parker, Miles Davis y Oscar Peterson) y el cine negro. («¿Qué quieren? Soy así desde chiquillo. Un viejo prematuro. A veces me siento capaz de cualquier cosa con tal de mantener ante el mundo una reputación de tipo duro que me queda grande como chaqueta de payaso. Pero no pienso renegar de Charlie Parker, ¿estamos?, eso ni de coña»).

Las novelas de Correa se caracterizan por un humor socarrón, una ambicionada renovación formal –sobre todo en lo concerniente a los diálogos, diálogos que el escritor incorpora a la narración-, un lenguaje poético y el empleo de formas gramaticales y expresiones propias de las islas. Su obra se encuentra a caballo entre la novela policíaca clásica y la novela negra estadounidense. Correa tiene el honor de ser el autor de la primera saga criminal ambientada en Canarias, por lo que fue pionero a la hora de configurar la capital de Las Palmas como una ciudad concerniente al género, es decir con los espacios propios de la novela criminal y la adecuación de otros nuevos. No obstante, es importante destacar que Las Palmas no es una ciudad insana ni está considerada como una urbe excesivamente violenta, su compromiso con la causa no va más allá de unos cuantos tiros perdidos y unos hechos delictivos inherentes a toda aglomeración humana, y todo ello a pesar del quilombo literario final que plantea aquí Correa, más propio de ciudades con una dosis superior de peligrosidad. Las características del género aportan a Las Palmas, eso sí, una serie de elementos que ayudan a provocar el aumento de la percepción por parte del lector del peligro inherente a la ciudad. Los acontecimientos criminales no convierten a la población en un espacio inseguro con un ambiente irrespirable, son sucesos puntuales, motivados gran parte de ellos por situaciones emocionales.

Los hoteles son un lugar recurrente en las novelas de Blanco. En «Muerte de un violinista» gran parte de la acción transcurre entre el Mencey, el emblemático y lujoso hotel de Santa Cruz de Tenerife, y el Reina Isabel de la capital grancanaria, donde residen los miembros de la Filarmónica de Nueva York durante su estancia en Canarias. Y es que el hotel, en la literatura, es un lugar de tránsito donde nadie conoce a nadie, donde todo el mundo pasa desapercibido. Este espacio pasa por ser un lugar hostil. Es ahí, en el Reina Isabel, donde secuestran a Juliette Legrand, la viola canadiense de la que se enamora el  detective. La violencia asociada al género afecta a lugares como estos, en apariencia tranquilos, pero que llevados por los acontecimientos se vuelven peligrosos. El hotel como el hospital, donde Blanco es ingresado en dos ocasiones, es retratado como un paraje  triste, ajeno y frío, un lugar de tránsito en el que es necesario conservar el anonimato para que no trascienda la labor que el investigador está desarrollando y que otro no entendería.

El mar es otro de los elementos siempre presentes en las novelas de Correa, y es que Las Palmas es una ciudad portuaria que cuenta con importantes playas, siendo el transporte de mercancías y de pasajeros -el turismo a fin de cuentas- el elemento en que basa su desarrollo económico. El mar de La Puntilla simboliza para Blanco la memoria de su abuelo, la costa en la que recompone sus chalanas Colacho y a donde él acude a visitarle cada semana. La relación entre ambos, abuelo y nieto, es tardía pero terriblemente profunda. El anciano y su padre se distanciaron en su día y su madre, claro, eligió a su marido. El viejo, todo sea dicho, no movió un dedo para reconquistar el amor de su hija. Y así pasaron diez años. «Durante esos diez años me nació la afición al jazz, al cine y a la lectura. No es difícil de explicar: si la realidad no te gusta, te inventas una propia. Y yo me refugié en la música negra. En las películas en blanco y negro. Y en cualquier libro sin distinción de color». 

Los lectores que han sido fieles a Ricardo Blanco en las dos  novelas anteriores reconocerán aquí algunos de sus rasgos ya familiares: su desastrosa vida personal, su educación culta y refinada, su tendencia al enamoramiento, su desinterés por el dinero. «Muerte de un violinista» es una buena excusa para descubrir nuevos datos sobre su pasado y preparase preparar el ánimo para lo que viene a continuación. 
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

viernes, 22 de diciembre de 2017

EL PEOR DE LOS TIEMPOS. (Alexis Ravelo)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
EL PEOR DE LOS TIEMPOS
Alexis Ravelo
EDITORIAL ALREVÉS, S. L.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Cinco años después de su última aparición, el antihéroe protagonista de la saga noir de Alexis Ravelo se sumerge de nuevo en las callejuelas más sombrías de la isla, estimulado por una trama criminal de la que va a salir hecho una piltrafa y averiado en exceso. En «El peor de los tiempos», la quinta de Monroy, autor y protagonista, Ravelo y el propio Monroy, regresan más dolidos y menos compasivos que al principio de los tiempos. Después de cuatro entregas, con otros tantos crímenes y muchos laureles a cuesta, la producción de Ravelo no ha perdido un átomo de carácter. Lo cierto es que han transcurrido ya diez años desde aquellos «tres funerales» de los que Monroy escapó milagrosamente, y el exjefe de máquinas «aún sobrevive mirando con sonrisa cínica a los poderosos y metiéndose en asuntos que le vienen grandes».

Y tan grande le vienen estos asuntos que no le convienen, que después de desenredar tramas de corrupción empresarial, blanqueo de capitales y abusos multinacionales se enfrenta ahora, sin ningún recato, a un fenómeno en extremo molesto: la corrupción de menores, la prostitución y la misoginia. Y todo gracias a Pepiño Frades. Frades fue marino de la Mercante en la época en que Monroy hendía los mares, mancillado por el olor a salitre, la marea y el oleaje. Ambos compartieron buques y camarotes, y múltiples y disparatadas borracheras antes de terminar separándose por motivos que solo ellos conocen. Frades terminó afincándose en Fuerteventura donde formó familia con una discreta y rechoncha costurera del barrio de Escaleritas. Allí tuvieron dos hijas, Esther y Elvira, a las que Monroy aún recuerda de chiquillas. Hoy, veinte años después, la persona que se presenta en el Casablanca diciendo llamarse Frades, Pepiño Frades, es solo la sombra del Frades que Monroy conoció. Su rostro cadavérico y macilento no anuncia nada bueno.

Lo que Frades le propone a Monroy es la búsqueda de Elvira –la pequeña Viri-. Viri, que abandonó su domicilio familiar a los dieciocho años, emigró a la Gran Canaria con la idea de estudiar en una escuela de modelos, y no se la ha vuelto a ver más. Hoy, su padre, a las puertas de la muerte, desea despedirse de ella. O al menos, eso es lo que alega. El Mike Hammer de la calle Murga vuelve a tomar el toro por los cuernos, se entrevista con familiares, seguratas de discoteca, proxenetas y viejas prostitutas en un deseo de estrechar el círculo en torno a Elvira -Viri Foxy en internet-, hasta terminar recalando en los ambientes más arrabaleros y prostibularios de la isla.

En «El peor de los tiempos» nos echamos a la cara al Monroy más pesimista de toda la saga. Un halo de desesperanza planea sobre  la narración ya desde la primera página, cuando Casimiro, con el grasiento mando en la mano y los ojos clavados en la televisión, le suelta de sopetón a la cara a Juan el del Pescao que «coño, joder, siempre el mismo guineo, parece que todo el puto país esté apestando». Y es que durante los últimos años, y mientras estuvo ausente, Monroy llegó a pensar que el sistema había tocado fondo y que el país había iniciado una revolución social contra la corrupción y la injusticia. ¡Qué iluso! Fueron tiempos de esperanza y reforma, sí, pero tiempos inútiles a fin de cuentas, que lo fijaron en la convicción de que todo sigue igual. Hoy, escéptico y desengañado, apurando tranquilamente su cortado en el Casablanca y hojeando las informaciones de El País, reconoce que el mundo no ha cambiado, que «los poderosos siguen enfrascados en sus cosas de poderosos y los pobres en las suyas de pobres».

Ravelo siempre ha manifestado que no puede dejar de aprovechar el escaparate que le proporciona la literatura para manifestarse sobre situaciones que considera denunciables. «El peor de los tiempos» es una historia que, por la fluidez de su prosa, puede parecer sencilla de leer, pero no lo es tanto por el contenido que transmite. Es esta una historia dura y, en alguna de sus escenas, hasta desoladora. Dejemos expresarse al autor que, sin quizás, es quien mejor describe el producto: «Mis lectores de  novela negra saben que me interesa hablar de los delitos que dicen mucho de nosotros como sociedad. En esta novela hablo de la doble moral y de la violencia estructural que prevalece hacia la mujer, de las estrategias de corrupción de la juventud y de los mecanismos de coerción que se ejercen sobre las mujeres adolescentes, inmigrantes o en riesgo de exclusión». Y también se cuestiona sobre la prostitución: «Este es un tema que me preocupa mucho. Por un lado están las mujeres que ejercen la prostitución y quieren que se les reconozcan sus derechos y se cumpla con ellos, pero, por otro, también hay mucha violencia y mucha cosificación de la mujer. Es un tema complejísimo sobre el que hay que reflexionar y en el que confluyen muchísimas realidades ante las que no podemos establecer ningún dogma, pero sí que hay ciertas líneas morales que me niego a obviar.»

«El peor de los tiempos» se alimenta del medio social en el que se desarrolla la trama. Estamos, no lo olvidemos, en la época de la superficialidad, del narcisismo y las selfies, aquella en que la imagen se ha banalizado en extremo. La época de la documentación obsesiva, de las redes sociales, los blogs y los grandes repositorios colectivos de archivos compartidos. La época de la desafección política y la regulación del desempeño de la mujer en la sociedad y en el matrimonio. Y esta realidad se manifiesta en las incoherencias de Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad abierta y a la vez oprimida, desordenada y moderna, plagada de estratos sociales. «La ciudad de los ángeles en chándal y las ratas en corbata. La ciudad de la luz y los despojos». Una ciudad con casi cuatrocientas mil almas, que la contemplan y la padecen a un tiempo. Con escenarios tan dispares como el mirador del Atlante, en la carretera del norte, o las terrazas de la avenida de Las Canteras y el vetusto hotel Madrid, allí donde se alojó Franco en julio del 36 antes de pasar a joderle la vida al país durante cuarenta años. Todo un muestrario de contrastes, que se exterioriza en la personalidad del protagonista, en la personalidad de Monroy. Y es que «En los libros de Eladio Monroy, lo que mejor describe la ciudad no es un espacio o una calle, sino el carácter de Eladio, este personaje es la ciudad.»
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

domingo, 3 de diciembre de 2017

MALOS TIEMPOS. (Juan Madrid)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
MALOS TIEMPOS
Juan Madrid
ALIANZA EDITORIAL S. A.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
«Malos tiempos» es una recopilación de crímenes espeluznantes –ocho, en concreto- ambientados en aquella España negra, violenta y atrasada de finales de siglo, recogida en esta obra por Juan Madrid en forma de cuentos. Cuentos que en las manos del escritor son un ingenioso ejercicio literario, una forma voraz de expresión y de denuncia social. Juan Madrid recrea aquí, con agilidad, agudeza e ingenio, un escenario novelado de la realidad que nos distingue.

La familia Izquierdo vivió en Puerto Hurraco -una pequeña aldea extremeña- rodeada de ruidos. Una barahúnda sorda y persistente que habitó sus cabezas desde que su madre muriera convertida en yesca, en carbón retorcido, un aciago verano de 1984. Los cinco hermanos Izquierdo vivieron animados por la idea de la venganza contra los Cabanillas, una venganza gestada a lo largo de los años desde que sus vecinos osaron usurparle las tierras en 1959.  El Amadeo Cabanillas se pasó entonces de sus confines y aró dos metros adentro las tierras de los Izquierdo con las pretensiones de que aquellas lindes no eran justas. A partir de entonces Jerónimo Izquierdo dejó su vida en la cárcel por el asesinato de Amadeo a quien cosió a cuchilladas en 1961, y esto no lo olvidaron nunca sus hermanos. La mañana de un fatídico domingo de agosto los dos hermanos Izquierdo sobrevivientes, Emilio y Antonio, con el cuerpo forrado por trescientos cartuchos del calibre 70 se dispusieron a acabar con una aldea de doscientos habitantes, una aldea que en su errática imaginación siempre estuvo confabulada con los Cabanillas.

La «gordi» vivió en Almansa y cuando murió se la llevaron al cementerio en una caja blanca con muchas coronas, acompañada de una comitiva de gente llorosa. Su madre, doña Rosa, y dos amigas de esta, doña Mariángeles y su hermana doña Mercedes, creyeron que la «gordi» tenía el «malo» en el cuerpo. Y, claro, se lo quisieron sacar con los rezos, el aceite, las estampitas y todas  esas cosas propias de una sociedad atrasada y tremebunda como la nuestra. También intentaron sacárselo con las manos. Y no vea usted la cantidad de tripas que extrajeron. ¡Ocho metros nada menos! Amén del estómago, el hígado, los riñones, el páncreas, el bazo y por último el aparato urinario-reproductor. Todo esto se lo sacaron a la «gordi» por el culo, escarbando con las manos. Pero, ¡ay!, el «malo» es un ser tímido y juguetón y en ningún momento se dejó ver.

A principios de diciembre de un lejano ya 1990, en una alquería ganadera en la localidad murciana de Cieza limítrofe con la provincia de Albacete, tres muchachos decidieron tentar vaquillas. Para ello se dirigieron de madrugada a la propiedad de un tal Sandoval. Aquella noche de luna llena los tres jóvenes fueron sorprendidos por los dos hijos del peón de la finca que la emprendieron a tiros con los furtivos, dándoles muerte. Aquella noche del 1 de diciembre no se encontraron trastos de torear por ningún sitio. ¿A qué fueron entonces aquellos muchachos a la finca Charco Lejano? ¿Por qué los mataron? El caso es que ahora mismo nadie lo sabe, excepto sus protagonistas más directos...

Santiago San Juan García enterró entre agosto del 85 y finales del 87 los cadáveres de dos prostitutas en el sótano del mesón «El Lobo Feroz», sito en la calle Luciente del término municipal de Madrid. San Juan regentaba el local que por entonces era propiedad del subcomisario de policía Eduardo Morales, amante de su madre. Tres años después, los nuevos arrendatarios del establecimiento descubrieron las tumbas al efectuar arreglos en su interior. Los servicios de una tercera prostituta, Araceli Gómez Parra, que ejercía su profesión en la calle de La Cruz, fueron solicitados por Santiago San Juan quince días después de la muerte de su madre, y ya en el mesón la Araceli se lo tropezó encima con el cuchillo del jamón en la mano. Y es que Santiago sentía una aversión errática por las mujeres desde que tuvo conocimiento que su madre llegaba a casa, borracha, una noche sí y otra también después de alternar con golfos y señoritos. Así y todo, lo peor no fue eso. Lo peor fueron las peleas. La madre llamando a su padre maricón, diciéndole que ella necesitaba un macho. Por eso Santiago se aferraba de vez en cuando al cuchillo del jamón y...  

El caso de «la vidente asesinada» ocurrió en Madrid, allá por 1988, y despertó de inmediato la atención de la prensa. La tal vidente se llamaba Blanca Álvarez Rendueles, era viuda de un sargento de infantería y estaba en posesión de una pensión de 30.000 pesetas de las de aquel entonces. A las cinco de la tarde de un 23 de agosto, Blanca fue encontrada despatarrada en la bañera de su modesto apartamento con veinticuatro golpes en la cabeza, golpes asestados por un almirez de bronce de cuarenta centímetros. Sin embargo la muerte no se la causó este artilugio, por extraño que parezca, sino que fue consecuencia de los cortes ocasionados en venas y tendones de ambas muñecas por un cuchillo de cocina de quince centímetros. A mediados de octubre del mismo año fue detenida, como presunta autora de los hechos, Rosario Muñoz Blanco quien había sido identificada por el portero del edificio donde vivía la vidente asesinada y por un taxista que la había transportado a las cercanías de su domicilio. La vista del juicio se celebró dos años después, sin que se pudiera demostrar la culpabilidad de la acusada.

Un caluroso día de verano de 1980, en la localidad sevillana de Dos Hermanas, cinco personas fueron asesinadas en el cortijo los Guindos, a cuatro kilómetros del pueblo, cortijo este propiedad de los marqueses de la Vega. A las cuatro y media de la tarde una columna de humo procedente de un almiar descubrió la matanza. Juana Muñoz, esposa del capataz, apareció con la cabeza destrozada tras haber sido golpeada con una pieza de acero. El tractorista Ramón Padilla alcanzó la muerte de un disparo en el pecho y otro en la espalda, y José Fernández y su esposa Asunción Pedala fueron encontrados quemados en lo alto de un pajar. El capataz, Manuel Cepeda, fue considerado autor de los hechos hasta que su cadáver apareció a los tres días y la autopsia demostró que fue el primero en morir. El crimen de los Guindos fue un asesinato complicado, lleno de matices, que no habría sido difícil de resolver si hubiera ocurrido en una gran ciudad con toda clase de medios para la investigación, pero en Dos Hermanas, un pueblecito despreocupado, con un pequeño cuartel de la Guardia Civil, resultó casi imposible recrear lo ocurrido.

A las tres de la tarde del 4 de diciembre de 1985 la Guardia Civil de la localidad onubense de Punta Umbría procedió a la detención de Julio Sánchez Moreno como presunto autor de la muerte por asfixia de la niña de nueve años Esperanza Rodríguez Gómez, quien fue hallada el 2 de noviembre, maniatada y sin vida, en una vivienda deshabitada propiedad de sus padres. Julio Moreno trabajaba como portero de noche durante la época estival en el hotel El Parador, de Punta Umbría, propiedad de la familia de la pequeña. Esperanza Rodríguez era una niña cuando desapareció pero su cuerpo y su temperamento no se correspondían con su edad. Era seria, arisca, resuelta y fuerte y gustaba de jugar con los niños. Adoraba el colegio y presumía de ser buena estudiante. El día que desapareció faltó sorpresivamente al centro escolar. Esa decisión de ausentarse fue el gran secreto que se llevó a la tumba...

Tres disparos a bocajarro acabaron con la vida de los marqueses de Urquijo la madrugada del 1 de agosto de 1980. Ríos de tinta han corrido desde entonces. Manuel de la Sierra y Torres y su esposa María Lourdes Urquijo Morenés, matrimonio de rancio abolengo, fueron asesinados a sangre fría mientras dormían en su chalé de la zona residencial de Somosaguas, en la localidad madrileña de Pozuelo de Alarcón. Desde el primer momento se descartó el suicidio y tomó fuerza la tesis de una venganza personal, posiblemente a sueldo. Sólo apareció roto un cristal en la planta baja de la residencia, lo que hizo pensar a la policía que los asaltantes conocían la vivienda. La policía cercó a varios sospechosos, entre ellos a Rafael Escobedo, marido de Miriam de la Sierra, hija mayor de los marqueses. En 1983 se inició el juicio para esclarecer el caso, pero los informes y testigos lo hacieron imposible. Las casi cuatro décadas transcurridas desde entonces no han sido suficientes para despejar las dudas, después de que dos de las tres personas involucradas en el crimen hayan muerto y Javier Anastasio –el encubridor de Rafael Escobedo- haya regresado recientemente a Madrid, tras años de paradero desconocido, al prescribir los delitos. En la actualidad la autoría del crimen continúa siendo un misterio.

La narrativa de Juan Madrid es rotunda, rica en diálogos y ágil en su desarrollo. Juan Madrid siempre ha tenido un arte especial para atrapar el hedor inmundo de la miseria humana y convertirlo en algo real como nosotros mismos. Madrid es capaz de acercarnos a todo aquello que nos es ajeno por naturaleza, para que lo vivamos en nuestras propias carnes, soportándolo a veces con arcadas de bilis. Sus escritos están llenos de dolor, de finales agónicos e inesperados, de solución sin solución, así como de una negrura indescriptible. La vida misma, la condición humana, en suma.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

domingo, 19 de noviembre de 2017

POLICÍA. (Jo Nesbø)

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
POLICÍA (politi)
Jo Nesbo
TRADUCCIÓN: Carmen Montes Cano
PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL, S.A.U.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
«Policía» es una de las historia más oscuras y perturbadoras de Nesbø, la historia de un asesino en serie con gusto por lo macabro, un asesino que celebra el aniversario de cada uno de sus asesinatos atrayendo a un detective de policía a una horrible muerte en el mismo escenario del crimen que el oficial no pudo resolver en su día. Sus ejecuciones son extremadamente precisas, obras de una mente calculadora. La tensión y los escalofríos se palpan en este thriller desgarrador, pero los elementos narrativos claves provienen de la obra anterior del autor, que evidentemente el lector debe manejar a la hora de abordar la lectura de esta novela.

¿Dónde se encuentra Harry Hole? Ésa es la gran pregunta que los lectores de «Policía» se van a estar formulando, sin la menor duda, durante muchas páginas. Porque lo cierto es que el autor los mantiene a oscuras sobre el paradero de su héroe hasta muy avanzada la novela. Harry Hole, el rebelde detective de Oslo que recibió una bala en «Fantasma» -su anterior aventura-, obviamente debe estar muerto, o en coma, o recuperándose en los brazos de su amada, o quién sabe si su espíritu no estará revoloteando en el presente sobre las cabezas del selecto grupo de policías que están llevando a cabo su propia investigación clandestina sobre los asesinatos de policías. Decir que Nesbø toma riesgos audaces con nuestra paciencia es subestimar el asunto. Por otra parte, sacar a Hole a la luz no va a ser nada fácil, la operación va a requerir un movimiento audaz en extremo. Y es ya avanzada la mitad del libro cuando tiene a bien hacer su aparición el conflictivo alcohólico noruego. Mientras Harry Hole está fuera de combate, un asesino despiadado recorre las calles de Oslo matando a oficiales de policía. El primero en morir se siente atormentado por un caso que no pudo resolver; la segunda víctima no pudo rastrear al hombre que violó y torturó a una niña años atrás. Los sacrificados mueren en circunstancias y lugares muy similares a los de los crímenes en que se vieron involucrados años atrás.

Erlend Vennesla, antiguo polizonte, perteneció durante muchos años a la policía judicial. Ya retirado, dedica las noches a recorrer en bicicleta los campos anejos a Oslo, campos rodeados de granjas, de sembrados y de bosques densos atravesados por senderos que se pierden en la oscuridad. Una de esas noches, Erlend ve una luz que se enciende ante él. Y cegado por ella acude a su encuentro sólo para reconocer que no debería haberlo hecho. Que no debería haberse quitado el casco. Que la mayoría de los casos de muerte de ciclistas... El descubrimiento del segundo cuerpo ocurre durante un viaje nocturno a una cabaña de esquí desierta, un viaje realizado por el empleado de un hotel cuya mente se encuentra en otra parte cuando se da de frente con un descubrimiento horrible.

Cuando finalmente nos tropezamos con Hole, ya traspuesta la mitad de la novela, éste se encuentra realizando labores educativas en la academia policial de Oslo. Su vida y su equilibrio mental se encuentran tan tensos como siempre, y en lo referente al alcoholismo todo parece encontrarse bajo control. Los problemas, sin embargo, le rondan como las moscas. Presa de una estudiante con una estabilidad emocional supina, es acusado de violación. Nesbo aprovecha la circunstancia para  manifestar su preocupación por la justicia y la culpabilidad policial. Y Hole, ¡cómo no!, con su ya consabida carga de autorreproche, es el vehículo perfecto para tal cometido. A partir de entonces, los niveles de violencia en la novela se desarrollan y las situaciones sexuales acaloradas se recrudecen. Es en esos momentos cuando el detective de Nesbø sufre sus encuentros más traumáticos, con sentimientos sexuales desesperados y, a la vez, vergonzosos.

Los restantes compañeros de Hole se encuentran igualmente erráticos: Gunnar Hagen -el cabecilla del equipo-, choca de forma frustrante con el nuevo jefe de policía Mikael Bellman; la inspectora de Delitos Violentos Katrine Bratt, cuyo estado mental ha cambiado con el paso de los años de maníaco-depresivo a bipolar hasta estabilizarse en algo parecido a sano, se mantiene en su sitio gracias a unas pastillitas de color rosa que se ve obligada a tomar con asiduidad; Bjorn Holm, el oficial forense, sigue sin tener nada importante que decir; Ståle Aune, el psicólogo de modales apacibles que echa de menos la adrenalina de ayudar a perseguir a los monstruosos criminales de Hole, se da de frente con un paciente poco recomendable y, Beate Lønn, -la brillante conductora de la policía científica-, poseedora de un giro fusiforme sobrehumano capaz de garantizar un reconocimiento facial instantáneo, incluso si alguien altera su aspecto con cirugía plástica, pues... ¿qué decir de Beate Lønn?   

Nesbø siempre ha tenido una debilidad especial por los locos y sus métodos grotescos de asesinato. A pesar de que aún no ha superado al demonio que trajo a la vida en «El muñeco de nieve», el violador y asesino de esta historia –el Matarife de Policías- se le acerca bastante. En las novelas de Nesbø los asesinatos son horribles, aterradores y sangrientos. Son algo fuera de lo imaginable. No es fácil asumir la cremación de una niña ya difunta a manos de un padre con rasgos de esquizofrenia paranoide. «Es una niña. La han debido empapar en algo, hay botellas vacías de alcohol en la barra... Está carbonizada. Y atada a la tubería del agua... Tiene algo alrededor del cuello. Parece el candado de una bicicleta.» Lo cierto es que en la literatura de Nesbø todo es posible. Desde la atmósfera asfixiante de una guarida de drogas, hasta las reacciones auditivas de un detective que cree haber oído algo o la forma en que dos amigos de la infancia todavía bailan, tanto profesional como personalmente, uno alrededor de otro. Los poderes descriptivos de Nesbo no tienen límite.

Si usted ha tenido la oportunidad y la paciencia de digerir las nueve novelas anteriores del inspector Harry Hole, no debería extrañarle el estilo de escritura pirotécnica de Nesbø. Pero lo cierto es que la lectura de una nueva novela de este antiguo economista y agente de bolsa noruego nunca deja de sorprender. Después de todo, «Policía» le enseñará a ver un electrodoméstico desde un punto de vista que nunca podría haber imaginado...
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------