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sábado, 7 de abril de 2018

TARDE, MAL Y NUNCA. (Carlos Zanón)

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TARDE, MAL Y NUNCA
Carlos Zanón
RBA LIBROS, S.A.
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En «Tarde, mal y nunca», su segunda novela, Zanón hace gala de uno de sus mejores recursos: su habilidad para narrar historias de perdedores, de gente acabada, de gente gris, de gente que habita esos barrios populosos y marginales que pueblan su Barcelona natal, allí donde la estrechez se abre paso a empujones. En este caso le tocó el turno a Epi, un ser inestable y olvidado que no encontró mejor manera de darse a conocer que reventándole la cabeza a martillazos a su colega Tanveer Hussein, un marroquí de ojos turbios aficionado a las putas. Epi no quiso escandalizar al mundo con su gesta, ni siquiera llamar la atención de nadie. Es más, se diría que lo hizo todo con reservada delicadeza. Sólo que lo hizo, ¡y vaya si lo hizo! Le dio con todas sus fuerzas, con los ojos cerrados. De refilón en la clavícula en un primer momento y de lleno en plena cabeza para rematarlo. Su objetivo, el objetivo de Epi, ese que siempre  parece justificarlo todo, fue tan sencillo como la vida misma. Su objetivo no fue otro que el de recuperar a la mujer que se le escapaba entre las manos. Recuperar a Tiffany Brissette, la mujer de su vida.

Esta es, pues, la historia de Epi Dalmau y su hermano Alex, hijos ambos de un padre profesor de instituto, quien, un mal  día, aburrido de la vida, terminó por mandarse a mudar, y de una madre que, por pena o angustia o vaya usted a saber por qué, anegó sus días mucho antes de morir. También es la historia de una chica peruana, Tiffany Brissette, una mujer fatal de cejas tatuadas de azul, que tuvo la desgracia de cruzar su vida con la de un esquizofrénico sin diagnosticar. Es la historia de su hijo de soltera, Percy, Percy José, un colegial inocente con un nombre extravagante. En definitiva es la historia de un barrio de gente pobre, de un barrio con un bar, un bar de barrio, un bar de los de toda la vida, regentado por un viejo que mata las horas atizando el plasma con el mando a distancia. Un bar de esos en que «las ensaladillas rusas, los pulpos y los huevos languidecen bajo una superficie de cristal como cadáveres en su nicho». Un bar que frecuenta un africano que arregla todos los males. Y un paquistaní sonriente y medio borracho a quien Alá, Yavhé o vaya usted a saber quién situó en el lugar inadecuado en el momento menos oportuno y al que, por el simple hecho de existir, le endilgan un asesinato sin comerlo ni beberlo.

Despiadada, irracional e impactante, «Tarde, mal y nunca» se adentra en los ambientes marginales y recónditos de la Barcelona de los barrios para mostrarnos unos personajes con pocas luces y al límite de su existencia. Unos personajes acantonados en lugares ignotos donde se relacionan con lo más oscuro de la sociedad, allí donde privan las drogas, la violencia y la prostitución. Zanón no pone nombres reales a estos escenarios supuestos... porque, como él mismo dice, «da igual dónde, aunque tenía en mente la zona de Collblanc, limítrofe con Hospitalet, donde vivía uno de mis mejores amigos a los veinte años. Tenía en la cabeza aquella calle, Ventura Plaja, y un bar que llevaba un tal Ayala, un ex boxeador loco por el ajedrez. Él siempre me decía que tenía que probar el boxeo. Un trozo de su cráneo se hundía...» Lo cierto es que mientras se lee a Zanón uno se imagina vecino de ese barrio, vive los fracasos de los demás y es que... «Si uno pasa mucho tiempo en la selva conoce y distingue el silencio que siempre hace presagiar lo peor. En el barrio pasa lo mismo. En las tiendas y entre la gente se respira cuándo la calle está nerviosa o dormida. Es la pulsión que recuerda que debajo del asfalto y de los paneles de cemento, bajo los aparcamientos subterráneos y las mil y una historias encerradas tras cada puerta, permanece la esencia viva de la tierra, el fuego y el agua. Como un ángel negro de la memoria, casi todas las cosas que se cuentan o pasan tienen un eco en las paredes del barrio. Historias viejas, mitos, refranes, mandamientos, amenazas coléricas, consejos publicitarios».  

Epi y su hermano Alex, los dos Dalmau, uno loco y asesino y otro un esquizofrénico que oye voces dentro de su cabeza e imagina la silueta del Pato Donald en la puerta del vecino, algo así como «Cristo sobre las aguas» que diría su madre. Ambos criados en un barrio popular de Barcelona y dejados de la mano de Dios tras la muerte de la vieja, subsistiendo de la pensión y la ayuda familiar que les proporciona la falsificación de la fe de vida de esta. Dos criaturas abocadas al fracaso en una novela corta e intensa, llena de pequeños detalles, descripciones y frases de barrio. «La cabeza se llena de imágenes. De ellos con su padre a cambiar cromos en el Mercat de San Antoni, o aquella vez en la escuela que Epi se partió la cara en su defensa y también aquella otra en la que él no lo hizo y permaneció escondido en la clase, a oscuras, esperando a que pasara la pelea. Recordó las peleas que le había hecho a su madre con respecto a su hermano pequeño y a ésta, joven y bonita, yendo a buscarles al colegio o secándoles el pelo con una toalla rosa que olía a jabón. Aquellas películas que veían los cuatro juntos los sábados por la noche riéndose hasta morir.»

Crítica social, retrato costumbrista, violencia física, delito, muerto, investigación, acción a raudales y un contundente estilo narrativo, para bordar una dura historia, una historia fatalista  en la que todos pierden. Y todo ello con la marca «Zanón», una marca de calidad indudable.    
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lunes, 19 de marzo de 2018

EL MÉTODO 15/33. (Shannon Kirk)

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EL MÉTODO 15/33 (Method 15/33)
Shannon Kirk
TRADUCCIÓN: María José Díez
EDICIONES B, S. A.
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En esta angustiosa primera novela de Shannon Kirk una víctima de secuestro, Lisa Yyland, de dieciséis años y embarazada, trama meticulosamente su fuga. Aunque está encerrada en una habitación escasamente amueblada, en un tercer piso de lo que ella cree una casa de campo, la narradora confía ciegamente en su liberación. Sus visitantes esporádicos incluyen un Médico y una pareja, a la que ella llama Matrimonio Obvio, una pareja adinerada que anhela un bebé rubio de ojos azules y que está dispuesta a pagarlo bien, independientemente de las posibles consecuencias que ello le acarree. Con lo que no cuenta este matrimonio postulante de lo ajeno es con que su víctima, Lisa, desea aún más que ellos a ese adolescente que está por llegar. Lisa es astuta y ha aprendido a desenvolverse en el mundo en lugar de tratar de conquistarlo. Posee un instinto maternal feroz, instinto que se convierte en el principio rector de todos sus esfuerzos por sobrevivir y escapar de su cautiverio.

Lisa ha sido bendecida por la genética con una mente prodigiosa y calculadora y se ha criado en un hogar que la ha dotado de todo lo que necesita para lograr su objetivo. Pero, es humana. Su embarazo, su edad y, consecuentemente, un cerebro aún en desarrollo, disminuyen su capacidad para planear hasta el último detalle de su fuga. A fin de cuentas estos son inconvenientes humanos y poco efectivos. Pero Lisa sabe cómo sustituirlos por un plan organizado de manera casi científica en el que nada queda librado al azar y no tiene reparos en recurrir a cualquier medio que la lleve a encontrar la libertad.

Mientras esto sucede, el agente especial del FBI Roger Liu, un mestizo neoyorkino de ascendencia vietnamita, investiga el caso de la desaparición de Dorothy Salucci, otra adolescente embarazada a quien han raptado cerca de su instituto. Liu no trabaja solo, tiene una compañera a la que llama Lola para proteger su identidad por razones que nunca han quedado nada claras. Sus métodos, los métodos de Liu y Lola, son tan poco  usuales y ortodoxos como el de Lisa para huir de sus captores. Con pocos recursos y sometidos a la obligatoriedad de tener que hacer uso de su propio ingenio, lo que llevan a cabo sorprenderá a los lectores.

Lisa Yland es una rareza neurológica. Su lóbulo frontal, el área del cerebro responsable del razonamiento y la planificación, se encuentra más desarrollado de lo normal y como consecuencia de ello nos encontramos ante un genio, un genio que puede activar y desactivar sus dictámenes emocionales a su antojo. Incluso en momentos de crisis extrema, Lisa es capaz de responder con reacciones lineales y con una aparente incapacidad para sentir miedo. No es una sociópata pero... Shannon Kirk ilustra este rasgo del carácter de Lisa con el breve relato de su reacción siendo aún una niña ante el ataque de un hombre armado. Con una frialdad espasmódica, Lisa estudia su histerismo, sus manchas de sudor, sus marcas de viruela, sus pupilas dilatadas, los frenéticos movimientos de sus ojos, las señales de pinchazos en sus brazos y, simplemente grita «¡Ataque aéreo!», lo que motiva que el tirador suelte el arma, caiga al suelo, y se encoja en un charco de su propia orina. No es fácil compartir la idea de una niña de seis años, incluso un prodigio, que posea la frialdad y la sabiduría suficiente para tener una reacción así.

Con el transcurso de la narración Lisa deviene en arrogante y condescendiente, incluso más de lo que puede llegar a ser un adolescente. Un odio insondable hacia sus captores se apodera de ella, según la autora la emoción que necesita para poder planear, maquinar, escapar y buscar venganza. «Vas a sufrir, Ronald. Sí, ahora sé cómo te llamas, hijo de puta». Se hace complicado imaginar a una menor en semejante estado de enajenación. En el momento de proferir estas palabras sus ojos no son azules, sino rojos: rojo carmesí, rojo sangre, rojo ira...
En un intento por recrear una protagonista más agradable, Kirk pone en boca de Lisa palabras que revelan un cambio emocional en lo que respecta a su bebé, un bebé que en un primer momento fue consecuencia del «desafortunado embarazo de una adolescente de familia bien»: «Mi hijo no nacerá aquí. No vendrá al mundo en un sitio frío y húmedo. No me quitarán a mi hijo». En realidad es su amor por su hijo lo que alimenta la ira de Lisa y la impulsa a planear la muerte de sus captores con unos detalles enfermizos y de un mal gusto evidente.
El otro personaje «importante» de la novela, Roger Liu, un ex miembro del grupo de teatro de la Universidad de St. John en Queens reconvertido en agente especial del FBI, es una figura blanda y quejumbrosa: «Ojalá no hubiera obtenido una nota tan puñeteramente alta en los exámenes de ingreso o no hubiese heredado el lastre de una memoria excepcional...». Logró su empleo por el simple motivo de que necesitaba dinero para mantener a su novia de la universidad. Su pareja, Lola, es una marimacho estereotípica de mandíbula cuadrada que se pasa los días mascando tabaco y que se baña a diario en Old Spice, desprendiendo, mañana, tarde y noche, un olor que impregna cada centímetro cuadrado que pisa. Ambos personajes son tan planos como sugieren sus descripciones.
Tanto Lisa como el agente Liu cuentan su historia con una visión retrospectiva de diecisiete años, lo que produce una gran cantidad de voz pasiva en la narración. Por otro lado, Shannon Kirk retiene el nombre de uno de los personajes principales hasta bien entrada la novela. Durante los trece primeros capítulos tuve la certeza de que Lisa era Dorothy, porque el agente Liu se refiere en todo momento a la chica embarazada sin especificar detalle alguno de su identidad. Cuál no sería mi sorpresa cuando llego al convencimiento de que son dos las chicas en secuestro. «-¿Dorothy? ¿Quién es Dorothy?». Puedo aceptar un narrador poco fiable como mecanismo de la trama. Dos es algo ya excesivo.

Aunque «El método 15/33» viene avalada por el Premio National Indie Excellence no es fácil encontrar algo deslumbrante en ella. De hecho, la historia se vuelve menos realista con cada capítulo que pasa. ¿Cómo puede nadie en su sano juicio establecer como sede de su empresa un antiguo caserón en el que ha pasado 33 días secuestrado? Lo cierto es que no he encontrado ninguna razón para emocionarme por alguno de los personajes. Al final, la indiferencia se ha convertido en desacuerdo activo.
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martes, 27 de febrero de 2018

EL LIBRO DE LAS PRUEBAS. (John Banville)

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EL LIBRO DE LAS PRUEBAS (The Book of Evidence)
John Banville
TRADUCCIÓN: Horacio González Trejo
EDITORIAL ALFAGUARA
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«El libro de las pruebas» es una meditación elegantemente escrita y, por momentos, oscuramente cómica sobre el mal y la culpa. Frederick Chales St. John Vanderveld Montgomery, un profesor universitario de estadística, se encuentra en la trena  por asesinato y listo para contar su historia. Su relato comienza describiendo las condiciones de la prisión, una prisión a la que él llama hogar, mostrando su experiencia como animal capturado: «Deberían dejar pasar a las masas para que me viesen: el devorador de la muchacha, esbelto y peligroso, andando de aquí para allá en mi jaula, mientras mis terribles ojos verdes parpadean más allá de los barrotes...». Montgomery dibuja los ruidos y olores de la cárcel pero se niega a hablar de la oscuridad a la que tanto él como sus compañeros de cautiverio se ven sometidos. Freddie (así es conocido en su pequeño círculo familiar) describe su vida con Daphne, su esposa, en una isla mediterránea instantes antes de regresar a Irlanda. Una vida de lujo que deja a las claras que está viviendo más allá de sus posibilidades. Allí (¿Ibiza? ¿Isquia? ¿Acaso Mikonos?) conoce a un traficante de drogas que responde al nombre de Randolph y Freddie le extorsiona con un préstamo bajo la amenaza de revelar sus actividades criminales. Randolph obtiene el dinero de un tal Aguirre, un usurero. Sin embargo, Freddy no paga el préstamo y recibe en contrapartida un paquete por correo, cuidadosamente envuelto en papel de estraza, con la oreja de Randolph. Una amenaza de Aguirre, sin duda. «Quien la hubiera sajado había hecho una chapuza y, a juzgar por el borde dentado, había utilizado algo semejante a un cuchillo para cortar pan. Doloroso». Con su esposa e hijo retenidos como rehenes, Freddie regresa a Irlanda para recaudar el dinero que debe a Aguirre y así obtener la seguridad de su familia. 
    
Ya en Irlanda Freddie se pone en contacto con su madre, Dolly, en Coolgrange y entabla una conversación incómoda con ella, algo que pronto deriva en pelea. Freddie queda sorprendido de la relación íntima que su madre mantiene con una joven veinteañera, Joanne, una joven que aquella tiene contratada como moza de cuadra de unos ponis originaros de los montes de Connemara, unas bestias feísimas que adquirió con la renta que le proporcionó la venta de la colección de cuadros de su marido, cuadros que Freddie esperaba rentar para liquidar la deuda con Aguirre. Dolly había traspasado las cuadros a un tal Helmut Behrens, un conocedor de arte. Y hacia su casa se dirige Freddie en busca de su destino...

Las referencias a ilustres predecesores son innegables en «El libro de las pruebas». Así el Meursault de «L´Étranger» -la   primera novela de Albert Camus publicada allá por 1942-, un ser indiferente a la realidad por resultarle absurda e inabordable, también se vio involucrado –como Freddie- en un asesinato sin sentido, un asesinato que ni la avaricia ni la envidia llegan a justificar, un asesinato accidental como el que quizás todos incubamos dentro. Al igual que Meursault, Freddie se siente un extraño en este mundo y no encuentra las respuestas apropiadas que justifiquen su existencia. La vida no tiene ningún sentido fuera de uno mismo, la confianza en fuerzas externas le produce una sensación de caída al abismo de lo incierto. Para Freddie y personas como él la búsqueda de la felicidad no se halla en la confianza depositada en una sociedad cuyos mecanismos y leyes son desconocidos para el individuo, la felicidad se encuentra en uno mismo, en la seguridad de la propia existencia, en la conciencia de existir. Un ser así, un ser como Freddie, jamás se manifestará contra su ajusticiamiento ni mostrará sentimiento alguno de injusticia, arrepentimiento o lástima. La pasividad y el escepticismo frente a todo y a todos guía su comportamiento, su vida está marcada por un sentido apático de la existencia y aún de su propia muerte. «La comunidad  humana... ¿cuándo formé parte de esa tribu?». El espíritu oscuro del Raskolnikov de Fiódor Dostoievski -el joven estudiante de San Petesburgo protagonista de Crimen y Castigo, que decide asesinar a una anciana usurera por considerarla un ser humano inútil para la sociedad, un piojo que sólo puede entorpecer a quienes le rodean-, también impregna la confesión de Freddie: «Me sentí como el héroe lúgubre en una novela rusa».

Freddie es todo un personaje, un ser cohibido y observador, un  sujeto que devora sin mesura la ginebra de su amigo Charlie y el excelente burdeos de su finado padre. Una figura medrosa que odia a los perros y desea a su esposa Daphne en la misma medida que a la mejor amiga de ésta, Anna. Es rencoroso y propenso a burlarse de todo y de todos: «Estaba avergonzado. No puedo explicarlo. Es decir, podría. Pero no lo haré». Tiene destellos de humor sardónico, especialmente en las que escenas de enfrentamiento directo con su madre, escenas que le provocan un «ardor de estómago filial». En su afán de culpar de todos sus males a su madre, se queja: «¿Es de extrañar que haya acabado en la cárcel?». Bajo el escrutinio de Freddie el concepto del mal se evapora, para él la maldad es solo una palabra: «Me pregunto si es posible que la cosa misma –la maldad- no exista, si esas palabras extraordinariamente difusas e imprecisas no son más que un ardid, una especie de compleja cobertura del hecho de que no hay nada».
Para capturar el espectro completo de los estados de ánimo lunáticos de Freddie Montgomery, John Banville se apoya en una prosa flexible y fluida. El escritor es un «pintor literario» de paisajes. La pieza central de la novela es el asesinato de la criada, una joya horrible que es transmitida por Banville con una precisión lapidaria: «Al darle el primer golpe esperaba oír el chasquido duro y definido del acero sobre el hueso, pero fue más parecido a machacar barro o masilla endurecida... Pensé que bastaría con un buen intento, pero como demostraría la autopsia, tenía el cráneo extraordinariamente fuerte». Y como siempre en Freddie el humor alivia la negrura: «Se llevó una mano a la cabeza en el preciso momento en que volvía a atizarla y cuando el martillo le dio en la sien sus dedos estaban en medio, oí que uno crujía, hice una mueca de desagrado y estuve a punto de pedirle disculpas». El asesinato fue solo un desencadenamiento de la ira primaria. No hubo plan: «la maté porque podía». Banville apostó que sería capaz de escribir una historia fascinante sobre un monstruo, y simplemente lo ha conseguido.
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jueves, 15 de febrero de 2018

PROBARÉIS EL FRÍO ACERO DE MI VENGANZA. (Pascual Ulpiano)

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PROBARÉIS EL FRÍO ACERO DE MI VENGANZA
Pascual Ulpiano
EDICIONES 66rpm
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En esta nueva aventura de Palop –Florentino, por obra y gracia de su cachondo padre- éste es contratado por La Agencia, en la que trabajó y de la que salió a su manera hace ya muchos años, para cargarse –así literalmente- a un tal Micalizzi (Darío, para más señas), un espagueti de lengua floja. Para ello se traslada a Milán acompañado de Salvador Cortázar, un antiguo pistolero vinculado a grupúsculos de extrema derecha como los Guerrilleros de Cristo Rey, quien parece conocer bien el paradero del italiano. Una vez en Milán, alguien que responde al nombre de Genaro se las juega. Acompañados de unos tales Massimo y Diego acuden a un pueblo industrial perdido en el corazón de la Lombardía, a unos veinte kilómetros de la capital. Allí, en un edificio que se cae patéticamente a trozos, los espera Micalizzi acompañado por otros cuatro. Llevan gorras que impiden que se les reconozca, pero también fusiles ametralladores. Cuando los supuestos italianos huyen, Palop logra alcanzar a uno en el antebrazo y éste grita: ¡¡Josdeputaaaa!! Palop se acuclilla a su lado y le saca la gorra: «¿Palop?». Y como no puede ser de otra forma la reflexión de Palop es de auténtica sorpresa: «Ahora ya puedo decir con todas las letras del puto abecedario que no entiendo nada, pero absolutamente nada de lo que está pasando».

«Probaréis el frío acero de mi venganza» es la historia de una huida, una huida que se genera al darse cuenta Palop de que alguien se la ha jugado en Italia. Este hecho le obliga a reencontrarse con su pasado familiar, un pasado del que lleva años huyendo. Un pasado que recoge la muerte de su madre, Pili, inquilina del cementerio de Pueblo Nuevo desde hace ocho meses y a la que ha tenido la «deferencia» de visitar solamente una vez. Su repentina muerte –un cáncer se la llevó en cuestión de semanas- le produjo una profunda tristeza pero al mismo tiempo el alivio de encontrarse solo en el mundo. Un pasado que demanda la presencia del imbécil de su hijo Simón, ahora en Madrid estudiando arquitectura. Unos estudios financiados por el pichafloja de su padrastro, algo que a Palop le duele en el alma. Y un pasado, en fin, ligado al fantasma de su excompañero Ruypérez, ese «traidor cabrón con pinta de galán de segunda y cara de Carlos Larrañaga de mierda» que no duda en visitarlo no se sabe bien si para incordiar por haber sido él quien le mandó a la tumba o como forma de decirle cosas que no le gustaría oír: «Llevas mucho odio dentro, Palop. ¿Estás seguro de que no te estás consumiendo?»

Florent..., digo, Palop («Llámame Palop a secas») es un contumaz hijo de puta al que La Agencia, muy cercana a las Fuerzas de Seguridad del Estado, contrata para aquellas ocasiones en que debe realizarse un trabajo sucio, o en otras palabras cuando hay que quitar a alguien de en medio sin mucho escándalo. Un sicario que recibe sobres más o menos abultados de los fondos reservados del Estado para, según palabras del propio escritor, «llevar a cabo toda aquella mierda cuya tifa no debe impregnar las páginas del BOE ni, mucho menos, las de los medios de desinformación». Un personaje que carece en absoluto de glamour, un  personaje que se odia a sí mismo con todas sus entrañas. «-No has entendido nada de esta película ¿verdad Ruypérez?... -¿Qué es lo que tendría que entender, Palop?... -Que es precisamente toda la ceguera de este odio, toda esta sed que nunca acaba, toda esta bilis que bulle en mi estómago, toda esta corrosiva saliva en mi boca, lo que me mantiene con vida». Todo un gentleman este Palop.

Pascual Ulpiano es el alter ego utilizado por el periodista Alberto Valle exclusivamente para este proyecto en memoria y como homenaje a toda una generación de escritores que afirmaron la literatura popular de este país. Todos ellos dados a conocer con tornasolados pseudónimos tales como Curtis Garlan o lo que es lo mismo Juan Gallardo Muñoz, fallecido en el 2013 y muy estrechamente ligado a Bruguera; Silkver Kane, nada menos que Francisco González Ledesma, quien bajo este nombre publicó más de 1000 novelas, la mayoría de ellas del oeste; Frank Caudett o Francisco Caudet Yarza, un catalán de dilatada y exitosa trayectoria en el sector de la novela de evasión y Lem Ryan, otro catalán, que vino al mundo bajo el nombre de Francisco Javier Miguel Gómez, que se inició en las novelas «de a duro» a temprana edad y que ahí sigue dando guerra. Todos ellos escritores que en un momento de sus vidas se ganaron el pan con el que alimentar a sus familias con aventuras imaginarias concebidas a velocidad de vértigo con un ingenio y una imaginación extraordinarios. Toda una generación olvidada y nunca bien entendida.

Así, con esta justificación, es como el periodista Alberto Valle decidió reivindicar hace tres años el género pulp y los clásicos bolsilibros de antaño. Un producto popular, éste, de acción trepidante, rico en adjetivos, de portadas coloridas y a un precio asequible a cualquier bolsillo. Aquellos de entonces eran superventas de verdad. Libros que se podían encontrar en cualquier quiosco de cualquier lugar perdido de la España rural.  Valle, que bebe en las mejores fuentes de la novela negra, actualiza y da un impulso al género. Si detrás del pseudónimo de Pascual Ulpiano se encuentra la firma del escritor Alberto Valle, tras la ilustración de las portadas se encuentra Berto Martínez un ilustrador barcelonés de estilo desenfadado que destaca por su gran talento para el dibujo y especialmente para los retratos. Valle no tuvo duda alguna a la hora de apostar por Martínez: «Berto Martínez es el hombre. Desde que coincidimos en Ràdio Ciutat Vella tuve clarísimo que era él y no otro quien debía firmar las portadas de Palop. Su trazo, su talento, su infinita cultura gráfica, le convertían en el único candidato posible y que sea él el portadista es condición sine qua non a la hora de encarar la publicación de una aventura del hijoputa de la HK Mark 23. Creo que no me equivoqué, porque los libros han gustado a unos más y a otros menos, pero las portadas han encantado a todo el mundo.»

En «Probaréis el frío acero de mi venganza» hay tiros a tutiplén, situaciones rocambolescas, cadáveres, jodiendas y también acción, mucha acción. Trepidante, diría yo. Con descripciones (las justas) y metáforas acertadísimas y todo ello para disfrutar a tope y de una sentada. 
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jueves, 8 de febrero de 2018

LAS FLORES NO SANGRAN. (Alexis Ravelo)

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LAS FLORES NO SANGRAN
Alexis Ravelo
EDITORIAL ALREVÉS
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Es muy complicado encontrar un plan más absurdo que el de secuestrar a la hija de un poderoso empresario en una isla tan pequeña como Gran Canaria, una isla, como toda aquella que se precie, rodeada de agua por todas partes. Un secuestro exprés en Gran Canaria: el plan criminal más estúpido del mundo. Sin embargo esa es la movida que propone Eusebio el Zurdo a sus colegas. El Zurdo ejerce de chófer particular para Isidro Padrón Afonso, el gran hombre, el Yunque de Tafira, el que se puso las botas con la importación de carne, el que fundó Islocasa y ahora, junto a su amigo Marcos Perera, el Martillo de Tejeda, mete las narices en todo aquello que huela a negocio, sobre todo a negocio «podrido». Ese que deja dinero. El Zurdo tiene conocimiento de primera mano (no en vano ejerce como su chófer particular) de los trapos sucios que se trae entre manos Padrón con un ruso que se pasea por ahí sin nombre. Unos cambalaches que cada tres meses le reportan al tal Padrón una pasta calentita que entra sin esfuerzo alguno y de la que se llevan (el Yunque y el Martillo) una nada despreciable comisión. Un dinero que proviene de la compra de drogas, sexo, armas o cualquier otra inmundicia y que ellos no tienen más que lavar. 
  
Una licenciatura, un máster, tres idiomas, alta capacidad en relaciones Internacionales e hija del todopoderoso empresario y mafioso local Isidro Padrón. Ésa es Diana Padrón Castellano. Una fruta muy apetecible. Sobre todo para quien no tiene nada que perder y sí mucho que ganar. Una fruta que pretenden el Marqués y su compañera Lola, el Salvaje y el Flipao, unos pobres diablos acostumbrados a timos cortos y a trabajos rápidos que no dan mucho beneficio y para quienes la proposición del Zurdo de raptar a Diana y pedir como rescate la pasta que Padrón recibe cada tres meses por blanquear el dinero del Ruso colma todas sus aspiraciones.

No es mi propósito arruinarles la lectura de esta novela pero no descubro nada nuevo si les digo que la empresa no termina bien. Cuando los planes nacen torcidos... Y es que ya desde la página de apertura Ravelo nos suelta así de pronto y sin anestesia lo siguiente: «Ahora que las cosas se van aclarando, ahora que todos los muertos tienen nombre y él comienza a entender cómo, por qué y, sobre todo, quién mató a quién, Serrano se pregunta algo que nadie le ha pedido que averigüe y que no acabará constando en los expedientes... ¿cuándo se había iniciado realmente la cadena de hechos que había finalizado con todas aquellas muertes absurdas?» Pues bien, eso es lo que ustedes van a descubrir si deciden meter sus narices en una aventura que respira coraje, compasión y hasta violencia pero que también es capaz de arrancarles una sonrisa, aunque sólo sea de conmiseración por este grupo de fracasados con un plan estúpido y a los que todo les viene grande.

«Las flores no sangran» es un relato rico en expresiones que alterna con eficiencia la narración de los hechos con el interrogatorio policial a Marcos Perera dos semanas después de que aquellos estallen. Ravelo ha conseguido aquí compilar lo mejor de su mundo en una novela que es una geografía literaria del señorío, la miseria, la ambición y las bajas pasiones.

La empatía hacia sus personajes, la tensión derivada de un  ritmo impecable, la concurrencia con su sentido de la justicia social y la zozobra derivada del modo en que el autor refleja como la realidad puede auparse a lomos de la existencia de un grupo de individuos derrotados son algunos de los secretos que sostienen el éxito de Ravelo. Tales virtudes reinciden en «Las flores no sangran», una novela que remonta la memoria hacia «La estrategia del pequinés», aquella con la que el escritor alcanzó el Hammett, y que al igual que todas sus obras es singular e irrepetible. Y es que los relatos de Ravelo están presentados con una sencillez no exenta de estilo, algo a lo que aspira todo escritor. Ya señalaba al respecto  Chandler con gran acierto que «lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo».

La novela negra posee como ningún otro género literario el inmenso poder y la prodigiosa capacidad de describir con gran realismo los males de nuestro tiempo. No es, por supuesto, el único camino para acercarse a esa realidad, pero tiene sus ventajas. Y esas ventajas las sabe explotar eficientemente Alexis Ravelo. Ravelo debió de pensar cuando decidió inmiscuirse en estos menesteres que no hay que trasladarse muy lejos para retratar la inmundicia que nos rodea y así no para en mientes a la hora de situar a sus golfos y perdedores en su Gran Canaria natal. Una Gran Canaria que él conoce en profundidad, no en vano, como digo, nació aquí. Y no solo nació aquí sino que maneja como nadie el lenguaje de la calle, un lenguaje que redunda en unos diálogos impecables que recuerdan a los clásicos del hard boiled americano, aquellos que pueblan las novelas de Hammett y Chandler, de Thompson y Woolrich.

Pienso que el camino recorrido por Alexis Ravelo no ha debido de resultarle nada fácil. Lo cierto es que dedicarse a esto sabiendo que la literatura canaria es la gran marginada dentro del contexto cultural del estado español tiene sus riesgos. Si por un lado el mar ya aísla, el escritor canario es víctima del desconocimiento y de un injusto menosprecio, un desconocimiento y un menosprecio que se palpan tanto dentro como fuera del archipiélago. Sin embargo, lo cierto es que en los últimos años los escritores canarios se han decantado por situar la acción de sus relatos aquí, en las islas, pese a la adversidad geográfica y al silencio de algunos medios de comunicación. Así, pues, lo logrado por Alexis Ravelo tiene un mérito añadido, y de justicia es reconocérselo.

Querría terminar con las palabras que se recogen en la contraportada del libro y que rezan así: «Mézclese este meollo con ron canario (y si es de Arucas, mejor), agítese bien y el lector tendrá como resultado un bebedizo torrencial, explosivo y tronchante de efectos balsámicos». Así pues, amigos, pasen, lean y disfruten.  
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lunes, 22 de enero de 2018

MALAS NOTICIAS, ES PALOP. (Pascual Ulpiano)

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MALAS NOTICIAS, ES PALOP
PASCUAL ULPIANO (ALBERTO VALLE)
EDITORIAL BASE 

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Malas noticias, es Palop. Sí. Y no se ha movido ni un ápice de donde lo dejamos en su anterior aventura, ante la tumba de un compañero de fatigas que tuvo el detalle de cascarla sin previo aviso y que ahora tiene la mala costumbre de aparecérsele en los momentos más inoportunos, cual conciencia reprobatoria, para recriminarle sus ignominiosas relaciones familiares. Ante la tumba de ese compañero lo dejamos y ante su tumba lo encontramos, charlando amistosamente con el difundo, y consumido por la ansiedad de seguir trasegando combustible y largando lágrimas. Y es que Ruypérez, su amigo, quien con «su cara de Carlos Larrañaga de mierda» le ventiló en vida a Laura, su mujer, se ha propuesto convertirse en su conciencia. Una conciencia que, al tiempo que le felicita por sus avances con su hijo, no tiene reparos en vanagloriarse por haberse beneficiado a Laura a sus espaldas: «He venido a felicitarte por varias cosas. La primera por el valiente paso que has dado con tu hijo y con lo que le has dicho a Laura. -¡Ah, Laura!-. Para Palop no importa lo que está bien o está mal. Lo único que le importa es que «simplemente está». Y por estar él está en tierra firme y Ruypérez anida un trocito de terreno que precede a su lugar de reposo eterno. «La vida es cruel, ¿verdad Ruypérez? Tú, comido por los gusanos. Yo, ingiriendo octanos de alcohol».   

Malas noticias, es Palop. Sí. Y en esta ocasión sus pesquisas derivan hacia la pornografía infantil y su misión es la de ayudar a un compañero de La Agencia (una organización parapolicial encargada de eliminar a individuos sucios que forman parte de la sociedad sin que ésta se entere de sus repugnantes actividades) a vengar los abusos que ha recibido su hijo adolescente de diez años. Unos descerebrados lo raptaron a la salida del colegio, lo metieron en un coche y... y el pequeño no recuerda gran cosa más, aunque tiene conciencia de que algo horrible le ha pasado. Palop tiene sed, sed de sangre, de dolor y de reventarle la cabeza a hostias a esos malnacidos que abusan   de menores. La Agencia no le ha vuelto a encargar nada serio desde la muerte de Ruypérez. El Chimpancé, el mandamás de La Agencia, un cretino con cráneo de monosabio, le tiene cariño y lo contrata cuando la organización necesita un trabajo realizado con discreción. Y éste es el caso.

Malas noticias, es Palop es la segunda entrega que Editorial Base hace de la saga Palop, una serie escrita por Pascual Ulpiano, nombre que esconde tras de sí al periodista barcelonés Alberto Valle. Este libro, con poco más de ciento cincuenta páginas y una magnífica portada de Beto Martínez, recrea una pavorosa historia que discurre entre Barcelona, Oporto y México Distrito Federal. Es la historia del «almacén de los niños», algo así como un centro de provisión por el que pasa todo el material audiovisual relacionado con la pedofilia que se genera en la ciudad. A partir de que Palop mete las narices dentro de sus cuatro paredes, los cadáveres se suceden sin interrupción y la sangre fluye a mansalva.

Malas noticias, es Palop, el relato, es un pretendido pulp a la española que va más allá de lo que propone este género y que roza los límites de la novela negra. Con ella, su autor, Alberto Valle, pretende rendir homenaje a toda una forma de hacer literatura sin pretensiones, una literatura de entretenimiento, violenta y ruda, heredera en línea directa del cómic, el cine y el relato testosterónico. «Pero además de reivindicar algo menos de pretenciosidad, Palop es también mi manera de echar de menos a gritos un concepto de libro a buen precio, accesible para todo el mundo, que se pueda leer en cualquier lugar y que entretenga». No es esta, sin embargo, una historia sencilla de esas que nos atrapan desde las primeras páginas y se limita a hacernos pasar un rato agradable. Malas noticias, es Palop, va algo más allá y nos propone una reflexión que nos ayude a comprender la horrible realidad de la infame miseria a la que, de forma incomprensible, se ve sometida a veces y sin motivo aparente la condición humana.

Malas noticias, es Palop, un Palop sediento de sangre, que no escatima esfuerzos a la hora de enfrentarse a «aquellos bastardos que mejor están criando malvas».  «Tenemos un plan y tenemos el alma lo suficientemente sufrida y corrompida para llevarlo a cabo sin pestañear. Por nuestras venas, una corriente de oído ácido ardiente e imparable que termina martilleando en nuestras cabezas. En nuestras bocas, saliva que quema y afila nuestros dientes para masticar la carne muerta de nuestros enemigos, tragarnos sus almas, sus sueños, sus porvenires, sentir el aterciopelado tacto de la sangre correr gloriosamente por nuestros victoriosos gaznates y engordar nuestras entrañas con sus gritos y sufrimientos. Y satisfacer la sed. Nuestra sed. Mi sed. Ésa que no se apaga nunca. Que cuanto más bebes, más se intensifica». Párrafos como este, de un realismo escalofriante acompañan escenas de una acción descarnada y cruel. La lectura resulta confortable y, pese a tratar un tema tan comprometido   como el abuso de menores, su exposición es tolerante. Palop surgió, según palabras de su creador, doce años atrás, cuando Valle vivía en Milán. En esos momentos escribió parte de la primera entrega, «Palop juega sucio», unos folios que quedaron olvidados en su ordenador hasta que años después fueron recuperados con la decisión de darle vida al personaje. Un personaje al que acompaña todo un elenco de individuos secundarios que no tienen desperdicio alguno y que van desde Ignacio Galvao y Pere Sunyent quienes fueron los cachorros de Palop cuando este trabajaba en La Agencia, hasta Eusebio Muñoz, el Chimpancé, su exjefe, un tocapelotas que le tiene un cariño especial, pasando por la señora Paquita, a quien le quedan pocos años para jubilarse, que le hace las veces de secretaria y que le sirve de consuelo en sus momentos más depresivos. 
   
¡Ah!, y si Malas noticias es Palop comenzó con un saludo de bienvenida de Palop a su amigo Ruypérez, termina con otro de despedida, no menos afectuoso y en la misma guisa: «Me bajo  la bragueta, luego el calzoncillo y con los dedos índice, medio y corazón de mi mano derecha me la saco. Apunto bien, y un cálido y reconfortante chorro de olorosa y amarillenta orina centra su retrato mohoso de Carlos Larrañaga de mierda. Bingo y que te aproveche, hijo de perra». 
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martes, 16 de enero de 2018

MUERTE EN ABRIL. (José Luis Correa)

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MUERTE EN ABRIL
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL, S. L. U.
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A Mario Bermúdez, un tipo pusilánime y de pocas palabras, nadie lo conocía bien, así que nadie lo echó de menos cuando desapareció un viernes florido de abril. Tras tres días descomponiéndose en la tina de su cuarto de baño, dio «señales de vida» un lunes santo, muerto y bien muerto, envuelto en olores putrefactos y engalanado con un sostén de encaje color teja y bragas y liguero a juego, lo que hacía pensar que había tenido un final movidito, ¡una muerte bien dulce, vamos! Pero la cosa no terminó ahí, el problema cobró dimensiones escandalosas cuando el viernes siguiente -Viernes Santo para más señas- apareció otro cuerpo, el de un enfermero de El Perpetuo Socorro, un tal Carlos Ventura, con síntomas de asfixia y engalanado de la misma guisa, esta vez con un canesú, una especie de camisón azul añil que le confería al cadáver un aspecto burlesco. No es preciso apuntar que la prensa comenzó a correr el bulo de la existencia de un psicópata que atacaba a solteros de mediana edad, y que el terror arraigó rápido entre la gente. La clave de todo este misterio parecía radicar en una joven que requirió los servicios de Blanco para que este demostrase su inocencia. Pero, ¿la inocencia de qué?, se preguntarán ustedes. Su nombre era Lola y estudiaba en la Escuela de Comercio Exterior. Y, ¡cómo no!, cuando Lola apareció en escena estaba muy, pero que muy asustada. Conoció a Bermúdez en una cafetería de León y Castillo y aceptó hacerse cargo del adecentamiento de su casa un par de veces a la semana para costearse los estudios. Por eso, casi le dio un yuyo cuando encontró el cadáver doblado en la bañera con la mirada puesta en ella.
   
Y aquí, en este presente, comienza la ardua labor de Joaquín Blanco. Blanco tiene una oficina en la que trabaja, la Agencia de Detectives Blanco y Moyano, situada en el número 57 de la calle Triana. Es ahí donde recibe a sus clientes, ahí donde recibe a Lola. Es en este universo donde el detective reflexiona sobre sus casos, donde bucea en su ordenador intentando atar los cabos mal anudados. Comparte esta labor con su secretaria Inés, quien en realidad -y esto que quede entre nosotros- se llama Patricia Inés. «Como se te ocurra contárselo a alguien te doy una tollina de palos que te espabilo», advierte la propia interesada. Esta oficina, la Blanco y Moyano, está descrita en las novelas de Correa de forma adocenada, es pequeña pero con espacio suficiente para un sillón de cuero donde el detective suele echar sus cabezadas de mediodía en aquellos momentos que  se inclina por comer cerca en lugar de hacerlo en casa. La entrada está dividida en dos por un biombo chino y sirve de despacho a Inés y de sala de espera. «Nuestra oficina es un habitáculo que se compone de dos cuartos, un baño y una encimera de mampostería, que, gracias a la cafetera eléctrica  y a una neverita que recibí como pago de mi primer caso, hace las veces de cocina. Con eso (y un balconcillo que da a Triana, en el que Inés ha logrado, de un modo incomprensible, que crezca un hermoso palo del Brasil) se acabó lo que se daba».

Ricardo Blanco vive en un piso de Mesa y López en apariencia tranquilo, aunque en ocasiones se vea trastornado por el ruido exterior y las discusiones de unos vecinos por momentos  bullangueros. A pesar de ello la casa del detective es un territorio apacible, donde Blanco disfruta de sus ratos de soledad y a donde orienta a alguna de sus esporádicas novias. No parece, sin embargo, que Blanco sea un personaje muy ligado a su casa, su labor se desarrolla fundamentalmente en la calle, sin horarios fijos, por lo que es frecuente verlo disfrutar de bares y restaurantes y dormir fuera. La casa es su espacio protector,  aunque en esta novela, «Muerte en abril», la asesina transgreda dos veces su umbral: la primera mientras el detective duerme y la segunda cuando se encuentra presente su novia Malena. Una Malena que tras pasarlas canutas en esta aventura termina, con gran dolor de su corazón, por aceptar que «somos un sueño imposible que amando se muere, y que lo siente y que a partir de allí nada más que eso somos, nada más».

Tanto la oficina en la que trabaja como la casa en la que habita conforman los espacios estables del detective, estabilidad  esta, que se contrapone a la inseguridad de los escenarios donde se desarrollan sus investigaciones. La constante colaboración entre Blanco y el inspector Álvarez permite que la comisaría sea otro de los espacios recurrentes en las novelas de Correa. No obstante Álvarez prefiere reunirse con el detective en bares -como el Café de Vegueta-, donde el policía cita a Ricardo Blanco para poner en hora sus averiguaciones. «Daba gusto ver almorzar al inspector cuando no tenía moscas en la sopa». En espacios como este, Blanco y Álvarez evitan la oficialidad que supone citarse en la comisaría al tiempo que se permiten tomar algunas copas y algo de comer mientras sostiene una conversación coloquial y amistosa. «...por lo que veo, tienes un plan, ¿verdad?, anda, cuéntamelo, y pásame ese plato de bonito si no te lo vas a comer». No es de extrañar, pues, que estos lugares desempeñen un papel importante en la obra de Correa; el propio escritor ha confesado en varias ocasiones que acostumbra a escribir en las terrazas de bares y cafeterías. Según sus propias palabras «Las Palmas tiene terrazas como para una boda».

El restaurante es un espacio conveniente para la realización de hechos criminales. Pablo Ferrera, el amigo del inspector al que este convence para que acuda a una cita con la presunta asesina, está a punto de morir cuando aquella lo envenena en un restaurante vegetariano detrás de la Catedral de Santa Ana y posteriormente intenta estrangularlo en un portal. Y ¿qué decir del bar Deenfrente?, un local situado, pues eso, enfrente de la comisaría y en el que Álvarez suele tomar un plato rápido mientras trabaja. Se trata, más bien, de un bar modesto pero allí Álvarez se siente como en su casa e incluso puede saltarse la dieta a la que le tiene sujeto su mujer, Susana: «Álvarez tenía siempre la misma sensación al entrar allí, la de estar en casa».

«Muerte en abril» se lee de un tirón, y es que José Luis Correa tiene un estilo ágil capaz de provocar la curiosidad del lector. Su lenguaje es directo, plagado de ironías y sutilezas y así nos conduce por los pueblos de la isla y las calles de la capital en un viaje en el que no existen los imposibles. Seguiremos leyendo a Ricardo Blanco, eso seguro.
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martes, 2 de enero de 2018

MUERTE DE UN VIOLINISTA. (José Luis Correa)

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MUERTE DE UN VIOLINISTA
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL, S. L. U.
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«Aaron Shulman se sintió indispuesto. Comenzó a sudar.  Palideció. Dejó caer su instrumento que destrozó el silencio del teatro. Se apagó lentamente. Como una vela, en el último instante, pareció refulgir. Pero fue un espejismo. Una cruel quimera. Lo último que vio el rubio judío de Manhattan fue la preciosa lámpara del techo. La lámpara en forma de araña plateada. La lámpara de lágrimas que, esa noche, lloró sólo por él». Así describe José Luis Correa la muerte del concertino de la Filarmónica de Nueva York durante su visita al Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria. La trascendencia internacional del caso y la necesidad de ser discretos hace que la policía recurra a los servicios de Ricardo Blanco para investigar lo que, en un primer momento, tiene todos los síntomas de ser un asesinato. Las sospechas recaen inmediatamente en Juliette Legrand, viola de origen canadiense que se encuentra sustituyendo a Rebecca Adam, la titular, que ha permanecido en Nueva York aquejada de una extraña dolencia. Treinta días llevan hurgándole el cuerpo con rabia a la Adam sin haber dado con el problema. Lo cierto es que a medida que la acción se desarrolla, Blanco se ve irremediablemente atraído por la canadiense, hecho este que le acarreará no pocos problemas.

Tras haberse dedicado a varios oficios y haber iniciado tres carreras universitarias -carreras que, por cierto, nunca llegó a terminar-, Blanco, el atípico y genial investigador de La Isleta creado por Correa, aceptó en su momento la propuesta de su amigo Miguel Moyano y, ambos de la mano, abrieron una agencia de detectives: la Agencia Blanco & Moyano, una agencia que en la actualidad cuenta con un solo investigador, una agencia que económicamente sustenta Moyano y operativamente Blanco. Y es que los ruinosos negocios de Ricardo Blanco no dan para más. Su personaje, el personaje de Correa, no es un arquetipo amañado al marco de la isla de Gran Canaria, sino que los rasgos tópicos  del detective han sido transformados por las exigencias del espacio y las características propias del personaje. Correa crea a Blanco como un narrador en primera persona, lo que le permite a éste justificarse ante sí mismo y defender ante el lector sus gustos cultos: la buena literatura, el jazz (es ferviente devoto de Charlie Parker, Miles Davis y Oscar Peterson) y el cine negro. («¿Qué quieren? Soy así desde chiquillo. Un viejo prematuro. A veces me siento capaz de cualquier cosa con tal de mantener ante el mundo una reputación de tipo duro que me queda grande como chaqueta de payaso. Pero no pienso renegar de Charlie Parker, ¿estamos?, eso ni de coña»).

Las novelas de Correa se caracterizan por un humor socarrón, una ambicionada renovación formal –sobre todo en lo concerniente a los diálogos, diálogos que el escritor incorpora a la narración-, un lenguaje poético y el empleo de formas gramaticales y expresiones propias de las islas. Su obra se encuentra a caballo entre la novela policíaca clásica y la novela negra estadounidense. Correa tiene el honor de ser el autor de la primera saga criminal ambientada en Canarias, por lo que fue pionero a la hora de configurar la capital de Las Palmas como una ciudad concerniente al género, es decir con los espacios propios de la novela criminal y la adecuación de otros nuevos. No obstante, es importante destacar que Las Palmas no es una ciudad insana ni está considerada como una urbe excesivamente violenta, su compromiso con la causa no va más allá de unos cuantos tiros perdidos y unos hechos delictivos inherentes a toda aglomeración humana, y todo ello a pesar del quilombo literario final que plantea aquí Correa, más propio de ciudades con una dosis superior de peligrosidad. Las características del género aportan a Las Palmas, eso sí, una serie de elementos que ayudan a provocar el aumento de la percepción por parte del lector del peligro inherente a la ciudad. Los acontecimientos criminales no convierten a la población en un espacio inseguro con un ambiente irrespirable, son sucesos puntuales, motivados gran parte de ellos por situaciones emocionales.

Los hoteles son un lugar recurrente en las novelas de Blanco. En «Muerte de un violinista» gran parte de la acción transcurre entre el Mencey, el emblemático y lujoso hotel de Santa Cruz de Tenerife, y el Reina Isabel de la capital grancanaria, donde residen los miembros de la Filarmónica de Nueva York durante su estancia en Canarias. Y es que el hotel, en la literatura, es un lugar de tránsito donde nadie conoce a nadie, donde todo el mundo pasa desapercibido. Este espacio pasa por ser un lugar hostil. Es ahí, en el Reina Isabel, donde secuestran a Juliette Legrand, la viola canadiense de la que se enamora el  detective. La violencia asociada al género afecta a lugares como estos, en apariencia tranquilos, pero que llevados por los acontecimientos se vuelven peligrosos. El hotel como el hospital, donde Blanco es ingresado en dos ocasiones, es retratado como un paraje  triste, ajeno y frío, un lugar de tránsito en el que es necesario conservar el anonimato para que no trascienda la labor que el investigador está desarrollando y que otro no entendería.

El mar es otro de los elementos siempre presentes en las novelas de Correa, y es que Las Palmas es una ciudad portuaria que cuenta con importantes playas, siendo el transporte de mercancías y de pasajeros -el turismo a fin de cuentas- el elemento en que basa su desarrollo económico. El mar de La Puntilla simboliza para Blanco la memoria de su abuelo, la costa en la que recompone sus chalanas Colacho y a donde él acude a visitarle cada semana. La relación entre ambos, abuelo y nieto, es tardía pero terriblemente profunda. El anciano y su padre se distanciaron en su día y su madre, claro, eligió a su marido. El viejo, todo sea dicho, no movió un dedo para reconquistar el amor de su hija. Y así pasaron diez años. «Durante esos diez años me nació la afición al jazz, al cine y a la lectura. No es difícil de explicar: si la realidad no te gusta, te inventas una propia. Y yo me refugié en la música negra. En las películas en blanco y negro. Y en cualquier libro sin distinción de color». 

Los lectores que han sido fieles a Ricardo Blanco en las dos  novelas anteriores reconocerán aquí algunos de sus rasgos ya familiares: su desastrosa vida personal, su educación culta y refinada, su tendencia al enamoramiento, su desinterés por el dinero. «Muerte de un violinista» es una buena excusa para descubrir nuevos datos sobre su pasado y preparase preparar el ánimo para lo que viene a continuación. 
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