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viernes, 9 de mayo de 2014

ARUCAS. UNA INVITACIÓN EN NEGRO

ARUCAS. UNA INVITACIÓN EN NEGRO
Excmo. Ayuntamiento de Arucas y Destilerías Arehucas
2013
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Arucas celebra en 2009 el Encuentro de autores de novela negra, con el sugerente título "Sí hay color". Como consecuencia de ello surge la publicación "Arucas. Una invitación en negro".

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Una estampa de Arucas

La llama de una tarde de estío ofrenda sus últimos estertores. Vetas de algodón zigzaguean en el etéreo espacio. La añosa montaña recorta su altiva figura contra un cielo ambarino teñido de rubí. La pétrea cabeza del coloso, cruzada de arrugas, luce escasos cabellos tintados de verde. Una ampulosa corona de piedra ciñe su frente. A ella engarzan dispares miradores, fisgones y curiosos, desde los que se divisa el aceitunado valle. La mirada conmovida de un  fortuito espectador admira el largo abrazo que la luz amarillenta de la tarde despliega sobre la tierra de la ladera. Cubre ésta su cuerpo con un manto cromático estriado de finas arterias. Palmerales y platanares verdean gozosos mientras las casas multiformes se arraciman en núcleos compactos e impenetrables. Eucaliptus y laureles despliegan satisfechos el aroma de sus hojas.  Bastante lejos, allende el dilatado mar, una goleta se balancea al compás del viento que en rápidos soplos ondula olas de blanca cresta.

La tarde es gris y triste. En la ciudad sopla un aire achubascado con el cielo coloreado de añil. La umbría calle Gourié, corta y silenciosa, llora con nostalgia su antiguo nombre de El Reloj. Envueltos por el crepúsculo mortecino de la tarde los farolillos de pálida luz arrojan su brillo misterioso sobre las paredes cuadradas y teñidas de las elegantes y vetustas casas. Violetas curiosas se asoman a los atrevidos balcones, que desafían el vacío y brindan entrechocando sus cornucopias rebosantes de elixir. A lo lejos, la torre del reloj muestra su cuello de cisne, gentil y delicado, ante una fulgida e insinuante luna. La luz cubre de belleza el cuerpo de la arrogante y atildada iglesia. Una ceñida coraza plomiza y esmaltada, estriada y curtida, viste su estiloso cuerpo. Luce el ídolo de piedra en su frente un ojo ciclópeo; un rosetón vidriado y coloreado, adornado y calado, un caleidoscopio de luz que incuba en el interior una cálida y radiante atmósfera. Su boca abierta, inundada de sonrisa, muestra orgullosa dos filas de rollizos pilares, entre los que se acomoda una lengua de  blanda madera. Emana de ella un odorífero aliento a sándalo, a óleo y a perfumado bálsamo. Profusas arterias nervadas confluyen  en la bóveda de su cielo, del que cuelga una luminosa araña. En una de las torres, las campanas cantan un acompasado repique que anuncia el Ángelus de la tarde.

Sobre los jardines municipales, el rayo de una chispeante y refulgente luna brilla en el pálido y mortecino cielo. El viento aúlla en la lejanía. Un portalón, enrejado y bruñido, cierra el paso a un mundo velado, bucólico y de fantasía, donde el polvo de oro que flota en el aire se posa en los espíritus inundados de paz y armonía. Una verja corrida de hierro fundido custodia el misterio, cual Cerbero los infiernos de Dante. Una urdimbre de caminitos domeña el insociable y hosco suelo. La casona canaria con fachada ornada de oriflama, de volumen rectangular y techumbre a cuatro aguas, conserva los secretos de los antiguos señores del lugar. Cuatro cipreses se yerguen enhiestos y alzan su cuello con gallardía. De alguna charca cercana llega el áspero croar de una solitaria rana. Al fondo, el océano y la montaña duermen envueltos en la tupida niebla. Un canario cotilla y jactancioso toca histriónico su violín con la perfección de un Paganini, prendido su nido de la techumbre de un solitario cenador, donde una pareja de amantes, con ojos tiernos y húmedos, conjuga abrazo y beso en una sola oración. El chorro cristalino de una fuente emite un ronco murmullo y cae explosivo en el azur de una transparente alberca. Boscajes de follaje vasto y denso, de sombra refrescante, se abrazan en un cariñoso gesto de hermandad. El descaro brota de las ramas de florecidos barbusanos y tiles canarios, soberbios, leales y francos, que plenos de ancianidad enlazan sus cabellos en lujuriosa concupiscencia. Araucarias, palmas, dragos, alcanforeros, pinos y retamas lucen ufanos, habitados de cantarines ruiseñores. En sus huertos reinan, flamantes, lindas y empapadas de olor, la hortensia, la dombella, el agapanto, la clivia y la flor de gofio. Las plantas trepadoras, asidas a un muro, conversan su amor mientras que los volatineros pájaros rumian en su buche versos de oro.    
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Imágenes de la ciudad de Arucas. Calle Gourié (antigua calle El Reloj, con la iglesia al fondo). Abajo una instantánea del interior de la iglesia.

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A G R A D E C I M I E N T O

Mi afectuosa gratitud a Carla por el obsequio de este libro, su amable y cariñosa dedicatoria, y por la satisfacción que me ha producido su lectura.
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