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martes, 15 de mayo de 2018

¿POR QUÉ YO? (Donald Westlake)

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¿POR QUÉ YO?
Donald Westlake
TRADUCCIÓN: Alberto Cardín
EDICIONES JÚCAR
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La serie de este ladrón profesional, pesimista y malafortunado, comenzó allá por 1970 con un Dortmunder tratando de robar la misma esmeralda una y otra vez para terminar alejándose cómicamente de su objetivo. ¿Y si esta vez Dortmunder se hace con una joya singularmente famosa sin ni siquiera proponérselo, sin tener conocimiento alguno de que lo ha hecho hasta que la situación deviene en demasiado tarde? ¿Cuáles serían las complicaciones derivadas de intentar devolverla? Esto es lo que debió plantearse Westlake cuando dio vida a esta disparatada aventura. La idea promete y en realidad funciona, pero pienso que el resultado hubiera estado más en consonancia con una novela corta. Para “estirarla” el autor tiene que recurrir a todo un repertorio de subtramas y personajes secundarios, algunos más exitosos que otros, que, en muchos de los casos, terminan en el olvido. Westlake tiene sus problemas cuando intenta juegos malabares con varias bolas a la vez. Ocurre a veces en las aventuras de Dortmunder que Westlake comienza con una propuesta central de poco calado para terminar con más ideas periféricas de las que posiblemente podría usar. Éste es uno de esos momentos. Esta gema, no hay duda, tiene defectos, pero sigue siendo una gema.

Es esta la quinta entrega de la serie creada por Donald Westlake para el infortunado ladrón John Archibald Dortmunder, un personaje torpe y simpático y gafe como el solo. En esta ocasión a Dortmunder no se le ocurre otra cosa mejor que atracar una pequeña joyería de Queens justo después de que un equipo de ladrones internacionales esconda allí un inestimable rubí conocido como el Fuego Bizantino, rubí que se encuentra en viaje  de regreso a Turquía. Lo cierto es que la tal joya es un magnífico y antiguo pedrusco que atesora una enorme importancia histórica, política y religiosa para los turcos, los griegos y otros grupos mediterráneos afines. La joya fue robada del JFK por un grupo de griegos chipriotas que ahora utilizan al joyero de Queens (también griego) para sacarla clandestinamente del país antes de que el gobierno estadounidense pueda cederla generosamente a Turquía. Sin conocimiento de causa Dortmunder termina apropiándose de la piedra más caliente de la ciudad aunque, curiosamente, él piensa que es bisutería. Y una vez se da cuenta de su situación, intenta devolverla, cosa harto imposible, principalmente porque cada ladrón de la ciudad está ayudando a la policía a encontrarla para sacudirse de encima la presión que ésta ejerce sobre ellos. Lo cierto es que Dortmunder nunca llega a tener conocimiento de la existencia de ese batiburrillo de griegos, turcos y chipriotas que anhelan la joya porque, simplemente, esta subtrama desaparece sin dejar rastro... Y así se puede concebir el libro como una suma de partes fascinantes, más que un todo coherente.

De lo que no adolece esta historia es de personajes, personajes en la línea Westlake. El inspector Mologna (Maloney, como le gusta que le llamen) es un profesional curtido, inteligente, divertido, pragmático, astuto y defensor de la moral como el que más. Mologna no tiene un pelo de tonto y no tarda en darse cuenta que el robo del rubí ha sido cometido por un ladrón de poca monta, alguien que no es consciente de lo que tiene hasta después de tenerlo en sus manos, mientras que los federales, algo más desorientados en sus ideas, derivan sus investigaciones hacia la intriga internacional. Cuando Dortmunder se pone en contacto con él, con Mologna, para arreglar la devolución de la joya, éste le cuelga el teléfono. Es policía y los policías atrapan ladrones. Para él Dortmunder es un ser sin el más mínimo sentido del honor. Mologna quiere la gema y a Dortmunder a un tiempo, todo en orden y bien empaquetado. Otra medalla, otro titular halagador, otro ascenso, eso es lo que desea. Así que, tras colgar, intenta rastrear la llamada, cerrar la red. Pero no ha contado con Kelp, el amigo de Dortmunder, quien frustra el rastro por medio del uso de sus amados artefactos telefónicos. Y esto enfurece tanto a Mologna, que no está acostumbrado a ser engañado por su presa, que cuando contacta con Dortmunder le grita amenazándolo con un mes de cárcel una vez lo atrape. Luego se pasa el resto del libro tratando de compensar este error inexcusable.

Una de las tantas subtramas que pueblan el libro hace alusión a las facciones extranjeras que andan detrás del pedrusco robado. Éstas se sienten tan frustradas por su falta de éxito que unen sus fuerzas bajo la única condición que no sólo se debe encontrar el rubí sino asimismo al ladrón que se lo agenció. Westlake disfruta enormemente con la ironía de verlos expresar su desprecio compartido por el mundo de habla inglesa hablando inglés. ¡El lenguaje de los imperialistas! Es esta una valiosa adición a la historia que aporta razones a la visión satírica de Westlake sobre la política. Lo que no tengo claro es si el párrafo fue escrito demasiado rápido o si se hizo bajo presiones del editor. Lo único cierto es que la subtrama vence aquí sin más explicaciones.

La policía ha estado interrogando a todo aquel que pudo haber robado la joyería de Queens de la que se sustrajo el Fuego Bizantino. Los delincuentes de Nueva York no están contentos con estos interrogatorios, es más, se encuentran seriamente enojados con el cabrón que se llevó el maldito rubí. Y ninguno lo está más que Tiny Bulcher, una amenazante masa de malignidad que toma para sí el liderazgo de las operaciones conducentes a la captura  del ladrón. Es así como un soplón de la policía a tiempo parcial, que responde al nombre de Benjy Klopzik, sugiere a Bulcher que los delincuentes deberían unirse y encontrar a esa amenaza social que los ha llevado a una situación tan degradante, ya que la policía no está preparada para ello.

Una de las subtramas más cortas del libro retrata a Tony Costello, el reportero especializado en temas policiales del noticiario de las seis, irlandés de pura cepa con sonoridad italiana, que no es santo de la devoción de los policías irlandeses porque estos ignoran su procedencia. Para más inri, Costello no puede hacer públicos sus orígenes porque la mafia irlandesa que domina el departamento de Policía lo hace impensable. Como resultado de ello, las mejores exclusivas, los chismes internos y los informes bajo cuerda van a parar al hijo de puta de Mackenzie, un escocés al que todos creen irlandés.   

No es esta una de las farsas de Dortmunder más imaginativas, es cierto, pero hay un par de escenas invaluables (recuérdese el momento en que interrogan a Dortmunder mientras sostiene el Fuego Bizantino en la palma de la mano). Algunos de los diálogos son clásicos de Westlake, un Westlake que juega con un argumento irresoluble para dar con un final original y estiloso. Es esta combinación de tensión y humor la que hace de las novelas de Dortmunder algo único dentro del género negro.    
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