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viernes, 23 de octubre de 2015

A VUELTAS CON EL GÉNERO: LA SENDA DEL PERDEDOR

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La visión que tiene el protagonista noir del universo que le rodea es casi siempre nihilista, pero ciertamente el mundo en el que él (o ella) opera no lo es. ¿Cómo se  explica ésto?  El «nihilismo» es una condición filosófica que niega los dogmas. Sostiene que la existencia humana no tiene, de manera objetiva, ningún propósito esencialmente superior. Por eso se opone a todo aquello que predique un pensamiento que no pueda ser demostrado. Los nihilistas sueñan con abandonar las ideas preestablecidas y llevan una vida lúdica, con opciones de realización que no están vinculadas a cosas que consideran inexistentes. El nihilismo no está asociado al pesimismo o a la falta de creencias, sino que, al negar todo dogma, es una posición abierta a opciones infinitas. Aunque el término fue popularizado por el novelista ruso Iván Turguénev en su novela «Padres e hijos», allá por 1862, para describir las visiones de los emergentes intelectuales radicales rusos, la palabra «nihilismo» pronto se convirtió en una expresión de burla para las generaciones más jóvenes perdidas y radicales, aquellas donde predominan las ideas de contenido negativo, más o menos delirante. Pues bien, es en este último sentido que una vez que el protagonista noir cruza toda línea moral –ya sea por la puesta en escena de un asesinato, la traición, la cobardía, o algún otro acto que no pueda ser perdonado- está condenado irremisiblemente al fracaso. Su sentencia no puede conducir a su muerte –en todo caso podría traducirse en su desintegración física o psíquica o, quizás, en algún otro destino aún más terrible-, pero lo que sí se hace evidente es que más le valdría estarlo. 

¿Qué impulsa a estos protagonistas noir a deseos tan sombríos como la lujuria, la codicia, la obsesión y los impulsos violentos? Posiblemente la explicación sea tan sencilla como que se trata de individuos simplemente dañados, que luchan desesperadamente por mantener oculta su enfermedad, como ocurre en el caso del Lou Ford de «El asesino dentro de mí», obra del genial Jim Thompson, quizás la historia escrita en primera persona más escalofriante y creíble de una mente criminal deformada con que me he tropezado.
¿Cuál es el motivo, a su vez, por el que estas novelas noir son tan fascinantes? No me cabe duda que la respuesta reside en la forma en que abren la psique humana y dejan al descubierto los impulsos oscuros que conducen a un sujeto a hacer lo impensable. Lo que las convierte, por otra parte, en estimulantes e induce al lector a devorarlas es el hecho de contemplar como todo protagonista noir es arrastrado a su particular infierno, sin perder en momento alguno la esperanza de escapar del abismo que le espera, a sabiendas de que no hay huida posible.
¿Se puede considerar entonces que Raymond Chandler y Dashiell Hammett escribieron «noir», ya que este término se asocia a menudo a sus obras? Si somos coherentes con lo anteriormente expuesto, la respuesta es «no». Hay una sutil diferencia entre «negra» y «noir». Ambos, Hammett y Chandler, escribieron novela negra pura y dura, y si bien hay una ostensible oscuridad en sus libros y cuentos, nada de eso es noir. En el caso de Chandler su Philip Marlowe es capaz de poner al descubierto los pecados capitales cometidos por otros personajes, pero él no es un ser derrotado, siempre sobrevive para emprender la lucha al día siguiente. En cuanto a Hammett las historias del agente de la «Agencia de detectives Continental» de San Francisco -«Op» de «Operator», para quienes estén familiarizados con el personaje-, que sin duda gozan de una sensación muy cercana al noir, son clásicos de la ficción negra. Mientras que Op, muchas de las veces roza su propia condenación, nunca cruza esa línea, y como Marlowe, siempre sobrevive. Las cinco novelas negras de Hammett, desde «Cosecha roja» hasta «El hombre delgado», pasando por «La maldición de los Cain», «La llave de cristal» y «El halcón maltés» son brillantes en si mismas, cada una de ellas goza de una sólida naturaleza negra, son ficción dura, pero no son noir. Si «El halcón maltés» hubiese sido escrita desde el punto de vista de Brigid O'Shaughnessy, entonces no habría duda que sería literatura noir, pero como su héroe existencial reside en la figura de Sam Spade, es -y eso no se le puede discutir- una de las más grandes «novelas negras» de todos los tiempos, pero no es una narración «noir».
Lo único cierto, aunque sea ingenuo de por sí, es que la mayoría de los lectores quieren leer libros con un héroe «simpático», y la verdad es que no hay héroes de esa clase en el noir. Los protagonistas noir pueden ser fascinantes, pero por lo general no se puede decir que sean muy agradables. Por mucho que los grandes editores quieran encubrir la etiqueta noir en sus libros debido a la frialdad que de este género desprende, lo cierto es que se publica muy poco noirDe vez en cuando suele uno tropezarse con alguna «rara avis», como «Galveston», el debut como novelista de Nic Pizzolatto, -creador de la exitosa serie «True Detective»-, un relato sórdido y poético, violento y lírico, salvaje y conmovedor a la vez, una novela que supone un salto adelante y que rompe con los moldes de lo establecido, una historia trepidante, ambientada en paisajes desolados y protagonizada por personajes que huyen pese a saberse condenados, antihéroes que lo han perdido todo excepto la dignidad. Si usted desea leer noir al más puro estilo, noir no adulterado, libre de cualquier dictado pro-social, entonces debe recurrir a la prensa independiente.
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