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jueves, 15 de octubre de 2015

ALGODÓN EN HARLEM. (Chester Himes)

ALGODÓN EN HARLEM (Cotton Comes to Harlem)
Chester Himes
TRADUCCIÓN: Facundo Piperno
R. B. A. Libros S. A. , 2012
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Regreso a África. 1.000 dólares por familia, sin importar cuán numerosa sea. 2.000 hectáreas de tierra fértil en el continente negro. Mula, arado y toda la semilla que necesiten. Vacas, cerdos y gallinas a coste mínimo. Ésto es lo que ofrece el joven  reverendo Deke O´Malley a toda aquella comunidad negra dispuesta a sembrar en África sus cosechas y vivir en casas cálidas y soleadas. Sin embargo Nueva York no es un buen lugar para publicitar una colecta de esta envergadura. Unos atracadores blancos y enmascarados irrumpen en el solar escogido cerca de las vías del tren, en un furgón de reparto de carne y, armados hasta las cejas, roban los 87.000 dólares de la colecta. En medio de una gran cantidad de disparos y dejando atrás a un hombre muerto, los ladrones escapan con el dinero.

La investigación iniciada con el fin de encontrar a los asesinos requiere la intervención de “Grave Digger” Jones y “Coffin Ed” Johnson. Ambos sospechan que todo el «Movimiento de regreso a África» es una tapadera que tiene por objeto ocultar algún tipo de estafa. El reverendo O´Malley no es lo que todo el mundo piensa que es, no en vano salió hace diez meses de la prisión federal de Atlanta, donde residió con su verdadero nombre de Deke O´Hara, tras haber traicionado a sus antiguos jefes e implicado a trece miembros del sindicato ante el Gran Jurado.

Tío Bud, un recolector de basura, un personaje sin hogar, encuentra una bala de algodón caída del camión de los atracadores blancos, bala que termina vendiendo a un depósito de chatarra dirigido por un tal Goodman. La reubicación de los negros parece estar de moda y así el coronel Robert L. Calhoun inicia su «Movimiento de regreso al Sur» abriendo una oficina en Harlem y pidiendo a los negros su inscripción para trabajar en la recolecta de algodón. La guerra entre ambas facciones está servida.

O´Malley utiliza a uno de sus secuaces para concertar una reunión con el coronel Calhoun, que por alguna razón desconocida publicita la búsqueda de una bala de algodón. Josh, un empleado del depósito de chatarra de Goodman, pone al coronel sobre aviso de la existencia de la bala que el viejo Tío Bud vendió a su jefe. Está de acuerdo en entregar el fardo al coronel a altas horas de la noche, eso sí, a cambio de una suculenta remuneración. En la reunión nocturna todo va mal, los tres secuaces del coronel son asesinados, Josh es encontrado muerto y de la bala de algodón no queda ni rastro.

El engaño sexual es uno de los aspectos recurrentes a lo largo de ALGODÓN EN HARLEM. El reverendo O´Malley no tiene reparos en usar su poder espiritual para seducir a Mabel. Poco después de la muerte de su esposo -un hombre que trabajó bajo las órdenes de O´Malley para el «Movimiento de regreso a África»- Mabel recibe la visita de Deke en su casa. Él ve su oportunidad cuando ella se encuentra en su momento más vulnerable, y no deja pasar la ocasión de llevársela a la cama. Un reverendo consolando a una mujer recientemente viuda no es algo que pueda ser considerado normal, a pesar de que Deke solo la visitara con el propósito de utilizar su casa como base de operaciones. Iris -la esposa del reverendo- tampoco se queda atrás, y utiliza su encanto femenino para engañar a un oficial de policía blanco y escapar así del acoso al que la pasma la tiene sometida. Mientras que las órdenes de aquél son mantener la vigilancia sobre Iris, ella decide “pasar un buen rato” con él.  Manipula al policía y lo hace sentirse incómodo acerca de su masculinidad, su aspecto y su virilidad. Usa su cuerpo para conseguir lo que quiere -una vía de escape para encontrar a O´Malley- de quien sabe que la engaña sexualmente con Mabel. El personaje que Iris representa en ALGODÓN EN HARLEM es sumamente interesante. La supervivencia de una mujer en una época en que la sociedad se encuentra totalmente dominada por los hombres es complicada, pero a pesar de ello Iris sobrevive. Es fuerte, lucha sin denuedo hasta que no puede más, e incluso entonces todavía lo intenta. Posee una personalidad independiente, una de ésas que no se prodigaban en exceso en la década de los 60, especialmente si hablamos de mujeres y, para más inri, de piel negra.

“Harlem es la ciudad de las personas sin hogar”. El barrio era una comunidad eminentemente blanca, hasta que a comienzos del siglo XX se produjo un desplazamiento masivo de gente afroestadounidense –«La Gran Migración Negra»- desde los estados meridionales hacia las zonas más industrializadas del país, en parte en una huida desesperada del racismo y en parte a la búsqueda de trabajo en las pujantes ciudades industriales. A estos negros se les da cobijo, sin más, en viviendas baratas. En Harlem todo el mundo debe pagar, los criminales por los crímenes que cometen y los ciudadanos por los arreglos de sus albergues; albergues que, literalmente, se caen a cachos. La pobreza de la ciudad se manifiesta no sólo en las condiciones de vida de las personas, sino también en el número y la “calidad” de los delitos que se cometen. Los ladronzuelos son gente que no tiene reparos en robar las bolsas impermeables en que las ingenuas mujeres conservan sus ahorros y que guardan suspendidas de su cintura. Para ello llegan al extremo de entretenerlas con un incesante e insustancial parloteo, al tiempo que una segunda persona conchabada se entretiene en la labor de cortar la parte trasera del vestido de la ingenua víctima, hasta dejar al descubierto sus nalgas negras embutidas en bragas tintadas de rosa, y todo ello para conseguir lo que hoy día se podría considerar como una mísera cantidad de dinero que apenas da abasto para subsistir.  Éstas miserias sociales solo se pueden entender en una sociedad y en una época donde el segregacionismo preside las relaciones entre razas. Véase si no como el coronel y sus amigos blancos poseen el dinero suficiente para costear los gastos de su «Movimiento de regreso al Sur» mientras que O´Malley y los suyos tienen que improvisar para mantenerse. Muy lejanos están aún los  tiempos en que la brecha que separa a blancos y negros pueda ser reducida; no obstante, éso no impide que cada uno luche por defender sus creencias.
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