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domingo, 14 de febrero de 2016

«LA CIUDAD EN NOIR»

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En la actualidad es aceptada la idea que aquello que mide el rédito, el verdadero valor de una novela es la forma que el escritor adopta a la hora de usurpar la realidad que lo rodea. Ante una declaración tan sutil y anfibológica como ésta cabe preguntarse cuáles son los ingredientes necesarios para confeccionar una historia criminal exitosa y convincente. Es ésta una cuestión que ha abrumado durante años la mente de todas aquellas voces literarias que han derramado su mirada sombría sobre la realidad y el desorden moral del novelesco noir. Dar respuesta categórica a una pregunta así no es, en absoluto, una cuestión fácil, ni baladí. No son pocos aquellos  que argumentan que toda obra que ambicione pertenecer a la flor y nata de la literatura criminal debe contar con un delito, a ser posible sorprendentemente original. Otros, en cambio, abogan por la presencia de un villano, que permanezca oculto hasta el desenlace final de la historia o, ¿por qué no?, la de un héroe que nos conmueva con su ingenio y su valor. Es indudable que todos estos ingredientes son preciados a la hora de dar formato a un relato noir, pero yo tengo por seguro que el componente esencial de toda novela negra original, positivista y concluyente es el espacio en que ésta se desarrolla, la localización que da cobijo a los hechos y que toma forma corpórea en la figura de «la ciudad».

Los asiduos lectores de las novelas policiales no necesitan grandes descripciones para reconocer el ambiente urbano asociado a esta categoría literaria, ambiente que sin la menor duda son capaces de vincular a las imágenes cinematográficas de las películas del mismo género. Tanto Times Square, el corazón de neón de la mitificada Nueva York, como la mirada diferente que propone el Empire State o la alternativa a la selva de cemento que nos brinda Central Park, son instantáneas inconfundibles en toda mente soñadora, mil veces representadas en nuestra imaginación por su provocador embrujo.

La literatura criminal, traviesa y juguetona y no por ello menos despiadada, nunca ha dejado de establecer firmes vínculos entre sus lectores y los lugares narrados. Siempre ha intentado situar en un estado de cotidianidad monótona a sus personajes, al tiempo que ha trasladado a los lectores a los sitios que le son ya familiares para posteriormente y, sin la menor compasión, arrojarlos a ambos al cieno de la ignominia.

La ciudad, escenario conveniente donde solazar nuestra remozada imaginación, lugar simbólico de nuestras aprensiones y desasosiegos más profundos, es el instrumento que ha servido de candileja con que alumbrar la historia narrada y que con el transcurrir de los años se ha transformado en condicionante para que los sucesos germinen y se perfeccionen. Sus calles sombrías, sus estrechos callejones y sus edificios dotados de poliédricas geometrías son escondrijos perfectos para los ladrones que succionan nuestras miserias, los predadores que roban la inocencia de nuestros hijos, y los psicópatas que torturan y asesinan por razones que sólo ellos comprenden.

En el ideario del «noir» la ciudad no comparece como un mero estereotipo, antes al contrario, adopta formas caprichosas e inquietantes, formas que le confieren una apariencia inhumana tras la que, como manifestaba Chandler, «late un corazón de piedra». La ciudad es un ente dinámico, imbuido de su propia identidad y provisto de proteicas intenciones. En esta «jungla de asfalto», como la bautizó W. R. Burnett, el sino de cada individuo se fusiona con el de la propia ciudad, y alma y  espacio se amalgaman para crear una sola entidad, un inmanente diformismo, un tenaz acomodamiento que responde como nadie a las singularidades de la dimensión urbana y la dimensión humana y que interpreta de forma declarada la ontología de la propia ciudad. Es en este amasijo de hormigón donde trajinan los humanos; aquí donde surgen nuevas versiones de los laberintos, las cavernas y los antros. Una exégesis  que retoma para si la escritura negra, la escritura urbana por excelencia.

Seres y lugares, tiempos y miradas. Torbellino desordenado de voces y ruidos inarmónicos. Desesperación singular extirpada de un sueño amargo. Duplicidad oculta tras la belleza... Calles henchidas de tinieblas, confusión y vacío; aceras saciadas de masas humanas irreconocibles; grafitis tornasolados que acicalan solares con rejuvenecidas pinturas rupestres; hogares anónimos y parques entoldados de verde; bosques umbríos y malaventurados rincones; olas que va a morir a playas de arena de azúcar, donde el mar ronronea como gata en celo. Ésto es la ciudad, «la ciudad en noir».
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