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viernes, 9 de septiembre de 2016

EL EJÉRCITO FURIOSO. (Fred Vargas)

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EL EJÉRCITO FURIOSO (L´Armée furieuse)
Fred Vargas
TRADUCCIÓN: Anne-Hélène Suárez Girard
EDICIONES SIRUELA S. A.
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Una mujer de edad, frágil y poseída por el pánico, viaja a París para ver al comisario Jean-Baptiste Adamsberg, el único policía en quien confía, con la intención de solicitar ayuda para la peculiar aflicción a la que se ve sometido su pueblo natal de Ordebec. Su hija ha tenido una visión: unos jinetes fantasmales atacan a las «manzanas podridas», de la sociedad, aquellos que son culpables de alguna fechoría. Uno de estos hombres ha desaparecido, y parece que tres más se encuentran en una situación similar, a menos que Adamsberg pueda hacer frente a  las fuerzas de la superstición que tienen sojuzgado al pueblo.

Adamsberg, acosado por sus propios problemas, se alegra de tener una excusa para escapar de París, aunque no mantenga ningún vínculo real con este caso. Entabla así amistad con una anciana del pueblo que conoce íntimamente al extraño grupo de personajes de Ordebec. Léo, la anciana, es Léone Marie de Valleray, condesa de Ordebec. Cuando Léone es encontrada tendida en las baldosas del comedor de su casa con la cabeza bañada en un charco de sangre, Adamsberg se decide a resolver el caso con la ayuda de su extraño elenco de ayudantes.

«The Times» adorna la portada de este libro de Vargas con la siguiente frase: “Una de las escritoras verdaderamente originales de la novela negra actual: molesta, rebelde, graciosa y hasta poética.” Cada uno de los libros del comisario Adamsberg incluye en su trama una leyenda antigua, espeluznante y, en algunos casos, paranormal. Plagas. Hombres lobo. Un fantasma con un tridente. Una poción mágica. Vampiros... En cada una de estas aventuras Adamsberg ha logrado resolver un crimen secular, la búsqueda de un criminal convencional, sin descartar por completo la presencia de estos extraños fenómenos. Y en «El ejército furioso» vuelve a conseguir lo mismo.

La intriga de Vargas puede resultar asaz graciosa, y hasta poética si se desea. Su héroe, Adamsberg, se niega a adaptarse a cualquiera de los moldes clásicos de los detectives, y su elenco de ayudantes es tan raro y absurdo como sea posible imaginar. La escultural Retancourt y el enciclopédico Danglard, fuente de todo conocimiento oscuro y purista de procedimientos correctos, a la vez que enamorado de las excelencias del vino blanco; el exteniente Veyrenc, con su cabello de color naranja y su inquebrantable amor por la versificación; la omnívora Froissy y su interminable colección de aperitivos y el narcoléptico Mercadet. Y añádase a ésto un colaborador informal en forma de hijo, Zerk, recién descubierto por Adamsberg tras veintiocho años sin tener conocimiento de su existencia.

Vargas tiene una habilidad fuera de lo normal para tejer toda una red sobrenatural sobre sus historias de crímenes sin romper con la credibilidad de la trama. En las novelas anteriores, sus  lectores han tenido que tragar con vampiros, hombres lobo y fantasmas, antes de llegar a una explicación racional de los hechos.

«El ejército furioso» no es una excepción, con su evocación a una terrible leyenda medieval que tiene el poder de conducir a la gente común a cometer asesinatos. «Cuando, hacia mediodía, yo y mi sirviente nos aproximábamos a dicho bosque, él, que me precedía cabalgando rápido para que fueran preparándome el albergue, oyó un gran tumulto en el bosque, como de numerosos relinchos de caballos, fragor de armas y clamor de una multitud de hombres yendo al asalto. Aterrorizados, él y su caballo volvieron hasta mí. Cuando le pregunté por qué había dado media vuelta, respondió: “No he conseguido que avance mi caballo, ni azotándolo ni espoleándolo, y yo mismo he sentido tal terror que no he podido seguir adelante, pues he visto y oído cosas asombrosas». Pero la historia llega más allá: «El bosque está lleno de almas de muertos  y de demonios. Les he oído decir y gritar: “Ya tenemos al preboste de Arques, vamos a prender al arzobispo de Reims”». Sin embargo, nunca queda duda alguna de que esta leyenda está siendo manipulada por un asesino real y mortal que está muy, pero que muy vivo. 

Vargas fuerza al lector a interesarse por Adamsberg -una de las creaciones más atractivas pero extrañamente exasperantes de la novela policíaca moderna-, por Danglard, y por su disparatado equipo. A preocuparse por la pobre Léone, cuya maquinaria corporal permanece en hibernación desde que recibió un golpe en la cabeza, y su hambriento perro Gand, quien reclama todos los días a las seis en punto de la tarde su ración de azúcar, y por los Vendermots, todos ellos locos de atar, -Hippolyte, a quien todos llaman «Hippo», conversa hacia atrás, Martin come nada más que insectos y Antoine cree que está hecho de arcilla-, que requieren un equipo de servicios sociales a toda horas sólo para resolver sus problemas. ¡Y, maldita sea, incluso por la paloma lisiada que duerme en el zapato de Adamsberg!

No es fácil identificarse con los personajes de Vargas; son, simplemente, «muy extraños». La escritora no manipula las emociones del lector, simplemente escribe de forma «diferente». Salta de un pasaje a otro, de la misma forma que lo haría una de las pulgas que pueblan el sucio plumaje de la paloma «Hellebaud»; inconscientemente nos invita a seguir el ritmo de su indisciplina, de su voz cómica y de su poesía. De su anarquía; de su alegre anarquía, diría yo. ¿Pero quién se atreve a romper sus reglas y, al tiempo, hacerlo con tanta brillantez?

Aunque sería maravilloso pensar Vargas es la pionera de la novela negra de este tipo, sospecho que es solo un caso aislado. Ella no es tan prolífica como otros autores negro-criminales, por lo que a veces hay que soportar una espera larga para contar con una de sus aventuras. Vargas misma admite que ésto se debe a que utiliza la escritura como una forma de terapia para relajarse de los rigores de su trabajo de investigación. Sin embargo, «Tiempos de hielo», la 8ª correría del comisario Jean-Baptiste Adamsberg, ya está en las librerías, y pronto la tendremos aquí en «L.B.Confidential». 
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