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viernes, 30 de septiembre de 2016

EL ESTAFADOR. (James M. Cain)

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EL ESTAFADOR (The Embezzler)
James M. Cain
TRADUCCIÓN: Manuel Barberá

EDITORIAL BRUGUERA. LIBRO AMIGO
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Bruguera, en su colección «Club del Misterio», publicó en 1981 y en su número 9 la narración conjunta de «El cartero siempre llama dos veces» y «El estafador», ambas originales del escritor americano James Mallahan Cain, con cubierta de Isidre Monés e ilustraciones interiores con la firma, nada menos, que de Carlos Freixas. Posteriormente sería la propia editorial Bruguera quien reeditaría «El estafador», en la colección «Libro amigo», en el año 1985. «El estafador» fue un relato que salió originalmente a la luz por entregas allá por el año 1938, en «Liberty», bajo el título «Money and the Woman», para acompañar posteriormente a «Double Indemnity» en su edición en formato de libro. «Money and the Woman» fue llevada al cine en 1940 por William K. Howard, con Jeffrey Lynn y Brenda Marshall como protagonistas.

Dave Bennett, vicepresidente de una corporación bancaria de California, es trasladado a la pequeña y cercana sucursal de Glendale con la misión de realizar una tarea de control y supervisión de las operaciones de ahorro impulsadas por el empleado Charles Brent. Desde ese mismo momento, planteado ya en las primeras páginas con la vertiginosidad propia de Cain, un torbellino de suspense y turbulentas pasiones se desata sobre cada uno de los protagonistas de esta aventura. Cuando Brent, un hombre oscuro y taciturno, cae gravemente enfermo y es hospitalizado para sufrir una operación de úlcera de duodeno, su esposa Sheila Rollison se las agencia para ocupar su puesto en la entidad bancaria, y Dave pronto se enamora de ella. En el transcurso de su investigación, Dave descubre un desfalco en las cuentas de Brent, y debido a su amor por Sheila retiene la información y asume la responsabilidad de los 9.000 dólares que se requieren para equilibrar las susodichas cuentas. En secreto Sheila y Dave depositan el dinero en las cuarenta y siete cuentas de ahorro adulteradas con el fin de ocultar a las hijas de aquella el conocimiento que su padre es un estafador. Sin embargo, ésta solo será la primera y la menor de toda una larga serie de pesadillas que acompañarán a Bennett a lo largo de toda la obra.

En «El estafador» es posible encontrar algo del más genuino Cain. La novela forma parte de una trayectoria creativa de imborrable brillantez que alcanza –en diferentes momentos- un atractivo escurridizo, una poesía conmovedora, una capacidad de desasosiego que, afirmada en la violencia y en el suspense, crearon un estilo inimitable y señalaron con firme olfato, el camino definitivo para la por entonces recién nacida novela negra.

En este breve relato de Cain son de nuevo los amores peligrosos el desencadenante de todo tipo de infortunio, testimonio fiel de unas flaquezas humanas rebosantes de realismo. “Algunos de mis libros tratan acerca de cosas que todo el mundo sabe pero nadie reconoce”, declaró Cain poco antes de morir en una entrevista, que suena como un diálogo con guion, realizada por el periodista David Zinsser para la conocida revista literaria «The Paris Review», y que apareció intitulada como «James M. Cain, El arte de la ficción Nº 69».

Cain pertenecía a ese grupo de escritores de los años 1920, 1930 y 1940 conocido como «hard-boiled», o simplemente «duros». Ellos escribieron cuentos concisos, morbosos y violentos sobre el crimen y la desesperación, con paisajes poblados de lumpen-proletarios y anti-héroes que farfullaban continuamente en su propia jerga. Algunos de estos escritores, como Dashiell Hammett («Red Harvest», «The Maltese Falcon») y Raymond Chandler («The Big Sleep», «Farewell, My Lovely»), escribieron novelas policíacas. Otros, como Horace McCoy («They Shoot Horses, Don't They?»), «No Pockets in a Shroud») y Cain, abordaron el mismo asunto desde el punto de vista de aquellos que cometieron los crímenes. El crítico Edmund Wilson llamó a estos últimos escritores «Los poetas del asesinato» y, de ellos, James M. Cain siempre ha sido considerado el más destacado.

Pocos escritores han recibido estimaciones tan increíblemente variables por su trabajo como James M. Cain. Él se basó en su sentido rítmico del diálogo y la comprensión de la psicología humana y el contexto social para contar sus cuentos; cuentos que tratan sobre la mujer depredadora, los hombres de voluntad débil obligados a cometer un crimen horrible, y el sentido general de la sed de sangre que acecha bajo la superficie del sueño americano. A nadie se le oculta que uno de los temas que caracterizan su narrativa es el de la culpabilidad compartida: dos personas que se involucran en un mismo acto delictivo y se ven imposibilitadas de revelar su terrible secreto y vivir juntas. Sin embargo a mí me parece que el tema que ronronea en el viejo motor de los mejores trabajos de Cain («El cartero siempre llama dos veces», «Mildred Pierce», «Perdición» o «Serenade») es la proposición que predica que «El amor es algo peligroso». Para él, para James M. Cain, cuando las relaciones sentimentales comienzan a aflorar, se produce una fatiga de la actividad cerebral. Cain no es un hombre de relaciones significativas y contratos matrimoniales, según él, al igual que consideran los psicoanalistas, la libido es el impulso fundamental de toda energía vital. 

Cuando la gente piensa en Cain, piensa en el cine negro. ¿Y por qué no? «El cartero siempre llama dos veces», «Perdición» y «El estafador» nos remiten a las obras maestras de los pulp de 1930, repletas de adulterio, homicidio conyugal y fraude de seguros, que una vez admitidas a la pantalla por los censores de la «Hays Office» de la década de los 1940 se convirtieron en verdaderas plantillas para un asombroso número de películas noir. Este uso, o tal vez el uso excesivo, de la «plantilla de Cain» se extendió más allá de la desaparición de la película original de la era negra en la década de 1950. En cuanto a él, Cain, no fue lo que se dice muy amigo del cine. En 1948 abandonó Hollywood y se instaló en su Maryland natal, donde siguió escribiendo novelas. Su imagen nos es devuelta a través de los retratos posteriores como una persona terca y cascarrabias, pero fiel a su vocación y alejado completamente de la homogeneización literaria que había sostenido su obra en los momentos de su apogeo. 
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