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viernes, 21 de octubre de 2016

DÍAS CONTADOS. (Juan Madrid)

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DÍAS CONTADOS
Juan Madrid
ALIANZA EDITORIAL, S. A.
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«Días contados» no es una novela negra. Juan Madrid deja de lado en esta obra el género policíaco para desmitificar una década que no es tal como nos la han descrito. Aquí no nos encontramos con asesinatos ni con sus subsiguientes investigaciones, aquí nos tropezamos con un relato convulso y fascinante, —se pregunta uno si se podía esperar otra cosa de Juan Madrid—, agridulce y a la vez brillante, sobre los desechos generados por una quimera. 

«Días contados» es la historia de un viaje a la parte virtual del espejo en el que se reflejaba la familia socialista, contada con el arte y la experiencia de un autor muy experimentado en el género de la novela criminal. «Días contados» es una novela social, una doctrina sobre la ciencia de la conducta, sobre el amor, sobre los efectos de la política en la gente corriente, y sobre el Madrid de la década de los 80. «Soy periodista de sucesos desde hace 20 años, y en mi trabajo diario viví lo que luego conté en mis historias. Pero me equivoqué, porque en España no existe un lector específico de novelas de género negro. Además, cada escritor tiene derecho a sacar a la luz sus obsesiones, y la mía sigue siendo la política.»

«Días contados» se sostiene sobre dos líneas argumentales de sustancial importancia: por una parte, una triste historia de amor, lastimosamente corriente, complicada en su desarrollo y muy bien concebida en cuanto a su tratamiento; y un ajuste de cuentas entre un policía y un traficante de drogas, contado todo ello al más puro estilo de su autor, Juan Madrid, no en vano uno de los máximos exponentes de la novela negra española y europea. A esto hay que añadir un componente documental muy profundo, que permanece ligado a la narración y que, a veces, se arroga las formas de una crónica informativa.

La historia de «Días contados» gira en torno a la figura de Antonio. Antonio es un fotógrafo madrileño que se traslada a vivir al barrio de Malasaña, un barrio pobre donde proliferan la prostitución, las drogas y la delincuencia. Su objetivo es realizar un reportaje fotográfico de los efectos de la «Movida madrileña» de los años ochenta, todo ello con el objetivo de realizar una guía de la misma dirigida a la clase social alta que acuda a Madrid atraída por la Capitalidad Europea de la Cultura 1992. La relación de Antonio con las gentes del barrio de Malasaña es el fundamento en el que Juan Madrid se sostiene para desplegar su retrato histórico de la sociedad madrileña de principios de aquellos años noventa, contemplando dos realidades sociales manifiestas. Por un lado la sociedad medio-alta y por otro los estratos más bajos y el submundo donde malviven los marginados, submundo éste en el que palpitan los personajes de la novela. De ambas realidades, siempre con Antonio como vínculo de conexión, se contrastan sus códigos de funcionamiento, sus relaciones sociales, sus espacios de ocio, sus posibilidades laborales, sus estructuras familiares y la forma que tienen de expresarse en el amor, en el sexo... Con Antonio y su cámara transitamos por las buhardillas del barrio de Malasaña, los pomposos despachos del Paseo de la Castellana, los tugurios de copas, los conciertos al aire libre y las calles del distrito centro. Y de esta forma nos codeamos con incondicionales de la coca y el caballo, camellos, chivatos de la policía, maoistas frustrados, policías corruptos, antiguos abogados laboralistas reconvertidos en empresarios adinerados, jóvenes predispuestas a ofrecer su cuerpo por quince segundos de gloria en la tele y, mucha, mucha gente solitaria.

En «Días contados» las alusiones a tiempos pretéritos están a la orden del día, en un intento de justificar la situación actual de los personajes. Es ésta una época en la que los avances en el mundo de las comunicaciones y la imagen son espectaculares, pero, infelizmente, estos progresos no revierten en la mejora de la calidad de vida de los individuos. Y los personajes de la novela son conscientes de ello, incluso los de las clases altas, como los directivos de la “Guía de la Movida”, para los que trabaja Antonio. Ellos saben que deben cuidar las apariencias porque la realidad social que se esconde detrás es, de todo punto, indecorosa.

Cada uno de los personajes que aparecen en la novela simboliza un fragmento de la realidad ideológica de la década que quiere representar el autor. Antonio realiza su deambular por el mundo marginal de la mano de Charo, una joven drogadicta y hetera que, tras muchas vacilaciones, acaba por convertirse en su amante. Charo, Vanessa y Rosa trabajan como prostitutas para altos empresarios; Lisardo es un camello y un chivato de la policía que vive a expensas de un padre explotador dedicado a turbios negocios urbanísticos; Ugarte es un joven en busca de futuro, que ha debido conformarse con breves ocupaciones en empresas de trabajo temporal. Las clases sociales más altas tampoco presumen de una vida muy decorosa: los policías entran en los domicilios particulares sin orden judicial alguna, realizan sus propios ajustes de cuentas, manipulan a los chivatos... Los empresarios, especuladores inmobiliarios de nuevo cuño, requieren los favores de prostitutas para sus celebraciones de alto standing. Todos comparten, eso sí, un pasado del que no han podido desprenderse. Los más desgraciados, alimentados con la violencia de género,  arrastran familias pobres, afines al machismo. Son nihilistas existenciales condenados al fracaso, aquellos que no pudiendo encontrar la salida de su personal carretera al infierno apuntan a una ciudad llamada «Esperanza». Son personajes que nacieron para no triunfar y solo les queda soñar. «Ayer soñé que era una princesa, es para mondarse, ¿no?», reza Vanessa con las pupilas dilatadas por las pastillas, el alcohol y el chute que se ha dado.

A pesar de la diferencia existente entre estas dos clases sociales, ambas se manifiestan como dos seres que se necesitan. Ambas convienen en su deseo de progresar, hasta que al final de la novela el protagonista, Antonio, descubre que la verdadera realidad de la década de los noventa es la de la clase marginal. «Después de que vuestro Franco muriera, después de la democracia, ésto es lo que queda. Chicas podridas por la droga que tienen que prostituirse para sobrevivir, gente que no sabe qué hacer ni adónde ir, atrapados en sus sueños vanos. Personas que morirán enseguida. Estas fotos son un documento espeluznante del final de una época, Pascual. La nuestra. Nuestro tiempo.»
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