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domingo, 6 de noviembre de 2016

UNA MUERTE ROJA. (Walter Mosley)

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UNA MUERTE ROJA (A Red Death)
Walter Mosley
TRADUCCIÓN: Susana Lijtmaer
ANAGRAMA
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Walter Mosley fue galardonado el 30 de mayo de 2016 con el «Grand Master» por la «Mystery Writers of America» (MWA). El premio «Grand Master» de la MWA representa el pináculo de los logros para un escritor de misterio y se estableció para reconocer las contribuciones de relevante importancia a este género. Cuando se le dio a conocer su triunfo en el «Grand Master», Mosley comentó: “El premio «Grand Master» es la cúspide de mi carrera como escritor de delito. Es uno de los acontecimientos seminales de mi vida.”

Walter Mosley pasa por ser uno de los escritores más aclamados y prolíficos en el terreno de la novela criminal actual. Empezó a escribir cuando tenía treinta y cuatro años, y desde entonces ha publicado más de cuarenta novelas. Es también el autor de color más exitoso y conocido actualmente en el campo de la novela criminal.

Mosley se dio a conocer al gran público por su serie sobre «Easy Rawlins»; serie que vio la luz con la novela «El demonio vestido de azul» allá por 1990. Ésta obra que fue llevada al cine y protagonizada por Denzel Washington. Mosley también ha escrito otras tres sagas, con  Fearless Jones, Leonid McGill y Socrates Fortlaw como protagonistas. Además, ha cultivado la crítica social, la ciencia ficción, no ficción, ficción para jóvenes, obras de teatro, novelas gráficas, y numerosos cuentos.

La segunda novela de Walter Mosley, «Una muerte roja», confirma que nos encontramos ante un narrador extraordinario. La historia se desarrolla en 1953, el período del macartismo. Cinco años después de su primera aventura acaecida en 1948 -«El demonio vestido de azul»- Ezekiel P. Rawllins, alias «Easy Rawlins», ha utilizado el dinero robado entonces para comprar un par de apartamentos de los que es titular en secreto y que ahora mantiene en alquiler. Él simula trabajar para Mofass, su supuesto manager, y en realidad se hace pasar por conserje de los apartamentos que posee, disfrutando tranquilamente de los frutos del alquiler que tales propiedades le generan. El problema se avecina, sin embargo, cuando un agente del Servicio de Impuestos Internos –IRS-, llamado Reginald Lawrence, le requiere para aclarar el origen de su peculio. Rawlins se ve enfrentado así a la amenaza de prisión.

Como si esto no fuese suficiente, EttaMae y LaMarque, la esposa y el hijo de su antiguo compinche Raymond Mouse, se presentan en su casa de Los Ángeles, procedentes ambos de Houston. EttaMae se ha distanciado de Mouse y quiere vivir con Easy. Rawlins desea a EttaMae, pero sabe que vivir con ella le podría acarrear un enfrentamiento con Mouse. Efectivamente, su implacable y mortal amigo Mouse no tarda en aparecer en Los Ángeles en busca de su ex mujer EttaMae, que ha huido con su pequeño hijo. La solución más fácil es encontrarle un apartamento a EttaMae y LaMarque y distanciarse de ellos.

La situación con el IRS da un giro inesperado tras la reunión de Rawlins con Lawrence. Rawlins es salvado de una acción drástica cuando un agente de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), llamado Darryl T. Craxton le ofrece un trato. Craxton le propone arreglar sus problemas con Hacienda a cambio de su ayuda para desenmascarar a un sospechoso de actividades comunista llamado Chaim Wenzler. Wenzler, de religión judía, está presente en varias iglesias negras, incluyendo una ubicada en el vecindario de Rawlins. Easy sabe que para los negros éste es un mundo muy difícil, sobre todo para los negros pobres que aspiran a algo mejor. Los impuestos le acosan y, para defender sus propiedades, se ve obligado a aceptar el «trato» que le propone el FBI, trato que consiste en infiltrarse en la Primera Iglesia Baptista Africana, espiar a sus pastores y feligreses y, ¡cómo no!, al rojo Chaim Wenzler, un judío superviviente de los campos de concentración nazis, que ahora hace beneficencia para la muy negra iglesia baptista... No transcurre mucho tiempo hasta que un lento barullo de muertes e intereses complican la existencia de Easy Rawlins. Sin embargo, con su gran habilidad y su distanciada causticidad para estos casos, logra encontrar las salidas, destapa los problemas y, como no podía ser menos, vuelve a perder a su chica. Todo al estilo de los detectives del pasado, de aquellos de las películas en blanco y negro.

Walter Mosley ha creado un antihéroe maravilloso, algo descarado y profundamente humano: respeta a los débiles, no se aprovecha de las situaciones fáciles y tiene conocimiento de ser un perdedor, aunque hace justicia, ¡eso sí!, a su manera. Un grupo de fracasados cotidianos –aquellos por los que el autor siente gran comprensión- acompaña al detective continuamente, esbozando a la vez, en evocadores tonos grises, una época ya pasada de la historia de Estados Unidos. El resultado, gracias a su admirable ritmo, es sumamente sugerente, sin que resulten forzados los asomos de pasión, al menos no tan manifiestos como en muchas novelas del género. Los misterios se combinan con los convenios tradicionales de la novela policíaca, con elucidaciones sobre las desigualdades raciales y la injusticia social que han acompañado a través de la historia a los afroamericanos y otras personas de color. Mientras Mosley recupera el tono de Hammet, Chandler y Macdonald, con quienes ha sido comparado y de quien él mismo se siente continuador, Rawlins sigue claramente la tradición de Sam Spade, Philip Marlowe y Lew Archer, de quienes se diferencia en que Rawlins es un investigador privado sin licencia, sin formación o capacitación en la aplicación de la ley.

Mosley ha escrito diez novelas y una colección de historias cortas, protagonizadas todas ellas por «Easy Rawlins», su personaje más popular. «Una muerte roja», su segunda entrega, sólida y entretenida, es brillante en el retrato de un tiempo y un lugar indeleble a la realidad de Easy Rawlins, un hombre negro en un mundo que todavía no está preparado para aceptarlo. Mosley, con su talento único, ha creado un clásico del género. 

Reconfortan, por último, las declaraciones de propio Mosley: «Lo que admiro en escritores como Charles Dickens o Mark Twain es que son accesibles para todos y que elevan a la gente». Algo así consigue su libro, en un género distinto.
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