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sábado, 11 de marzo de 2017

SÓLO LOS MUERTOS. (Alexis Ravelo)

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SÓLO LOS MUERTOS
Alexis Ravelo
Anroart Ediciones, S. L. 
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Aprovechando el tirón del género negro en España, a finales del siglo pasado comenzaron a despuntar en las islas algunos escritores prestos a referir la crónica negra, irrigando sus casos de corrupción, asesinatos, organizaciones criminales, tráfico de drogas, desapariciones y otros asuntos turbios que ponen de manifiesto que no es precisamente una suerte vivir aquí. El seguro de sol maravilla, pero no oculta las sombras que envuelven a una compacta  y a la vez compleja urdimbre económica y social cuya ley es la del silencio.

El escenario donde se desarrollan sus novelas, las novelas de Ravelo, es la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, («ciudad que amo y odio a un tiempo», según el propio autor), a la que éste reviste con lugares supuestos para desplazarla al terreno de la ficción sin dejar por ello de lado la evidencia. No tiene el habitante de Las Palmas de Gran Canaria la sensación de habitar una ciudad especialmente violenta, pero basta leer una novela de Ravelo para entender algo que distingue al buen escritor: lo que cuenta, aunque no haya pasado, es factible de hacerlo, porque personajes e impulsos para ello los hay en estas islas.

«Héctor Fuentes tomó un avión en dirección a Gran Canaria y después se lo tragó la tierra». Con estas palabras comienza «Sólo los muertos», la segunda entrega de la serie de Eladio Monroy ideada por el escritor grancanario Alexis Ravelo. Ravelo es un sustancioso descubrimiento literario originario de las islas, (me niego a aplicarles el calificativo de «afortunadas»), que tiene una forma muy peculiar de escribir que nos traslada a los clásicos del género, Ledesma y Madrid. Sus novelas han sabido crear un universo particular y creíble, un microcosmos entrañable, (sobre todo para los que somos de aquí), donde la  Gloria y su carácter zampón, el senegalés Dudú y su pequinés Mecánico, el Chapi y sus porros de media mañana, el tuerto Casimiro, (Polifemo en miniatura según Ravelo) o el fofo y aburrido comisario Déniz y su promiscua Paloma son ejemplos vivos de la fauna dispar que puebla las islas.

En las novelas de Ravelo los arquetipos urbanos, aquellos que son reclamados por la trama, emanan de la personalidad de  Monroy: «En los libros de Eladio Monroy, lo que mejor describe la ciudad no es un espacio o una calle concreta, sino el carácter de Eladio: me di cuenta de que este personaje era la ciudad. Por este motivo, la personalidad de Eladio es un mosaico de claroscuros y contrastes: es un tipo sentimental y violento, duro pero tierno, superviviente y perdedor. Su vestimenta campechana se alterna con un  perfecto dominio de internet y, luego suele emplear un lenguaje soez mientras, a un tiempo, lee a los mejores literatos. Eladio representa a esa ciudad de los portuarios que, de repente, se ha metido en la globalización.»

Eladio Monroy reside en la calle Murga número 15, en las inmediaciones de la Mayor de Triana, tres pisos por debajo de su atractiva vecina Gloria y su voraz apetito. Todos los días Monroy se pregunta qué hacer al tiempo que se responde que casi nada. Sentado en su mesa habitual del bar Casablanca, en la calle León y Castillo, hojea el periódico del día mientras degusta el café que le sirve el tuerto Casimiro, multitareas del bar. Eladio Monroy es un antiguo jefe de máquinas de la marina mercante, divorciado y a la vez jubilado por obra y gracia de José González (don José para sus pacientes, “Pepita” para los amigos), en su día inspector médico de la Casa del Marino y hoy dedicado a sus aficiones para matar el rato. Monroy vive de los pequeños rituales que tejen la rutina diaria de toda persona.

Este «Philip Marlowe de garrafón», como le adjetiva el propio escritor, contacta con Carlos Molina, empleado en una agencia de investigación, quien le propone la búsqueda de Héctor Fuentes, un ejecutivo homosexual que huye a Gran Canaria con los secretos de una multinacional por equipaje. Amante de la buena literatura Fuentes, participante en foros literarios en internet, frecuenta la librería Ei2, una de las tantas que pueblan la calle de Triana, donde es controlado por Gloria, encargada de la venta de libros. Monroy localiza a Fuentes entre los estantes de la librería y le persigue hasta el monumento a Juan Negrín, en la bifurcación de Triana con San Pedro. Allí, en la terraza El Mordisco, traba conversación con él y toma conocimiento de su intención de vivir una vida sabática con su pareja, un cocinero  asturiano de alto standing, que responde al nombre de Nico. La historia se complica cuando Fuente aparece muerto en su casa por «causas naturales», o al menos ésa es la conclusión a la que llega el comisario Déniz cuando se tropieza con un fiambre con un par de puñaladas en el pecho y otra en el cuello. Y la verdad es que razones no le faltan para pronunciarse así. Lo cierto es que Monroy se ve involucrado en un caso que le viene algo grande. No es la primera vez que se mete en líos. Pero quizás ésta sea la última...

Ravelo, que en su blog «Ceremonias / pequeñas píldoras para leer rápido y pensar despacio», bromea consigo mismo etiquetándose de “escritorzuelo” y “escribidor” afirma que el texto no es más que escritura hasta que la mirada del lector lo convierte en literatura. Presume de un estilo rápido, supedita la estética al desarrollo del argumento, con constantes juegos lingüísticos y conceptuales. Los males de la globalización, la opresión de los menos privilegiados, la homofobia y la violencia de género tienen cabida en sus novelas, con fidelidad a las constantes del género negro y con frecuentes guiños a la tradición literaria canaria. Así, en sus narraciones están presentes la crudeza del escritor surrealista tinerfeño Agustín Espinosa (Ravelo no se cansa de reivindicar “Crimen” como una de sus obras de referencia) y la ironía amarga de Alonso Quesada. «Llegué a la novela negra por casualidad. Había escrito ya un par de cuentos de corte fantástico y varias obras de teatro, también novelas de corte psicológico que tuve el buen gusto de tirar a la basura. Así que más por divertimento que para demostrarme nada en concreto, me planteé un ejercicio de estilo consistente en escribir una historia hard boiled que estuviera ambientada en la ciudad en la que vivía y en la que, no por ello, cambiara ninguna de la constantes del género. Y, fíjate, creo que en esto había algo de las reflexiones de Pedro García Cabrero y Agustín Espinosa en torno a nuestro paisaje, pues tuve que reflexionar mucho sobre mi entorno, mistificarlo en una ficción verosímil, por decirlo de alguna manera. Al final hice una concesión: el protagonista no es un detective, sino una especie de rufián. Por lo demás, las constantes del género estaban ahí, los críticos no la trataron mal y los lectores le hicieron el boca a oreja, lo cual me dijo que no iba por mal camino.»

La novela policiaca, o “negra” como la denominan los franceses, cuenta desde hace años con acento canario gracias al trabajo de unos narradores a los que no debemos perder el rastro. Entre ellos, Alexis Ravelo, con una obra sólida y consistente, seria y libre, se encuentra en la punta de lanza del género. Y como vulgarmente se dice “llegó para quedarse”: «No he huido de la novela negra. Solo huyo de la policía antidisturbios, de la otra no porque no tengo motivos. Todavía.»
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