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jueves, 20 de enero de 2022

MACDONALD Y MILLAR O LA ANGUSTIA DE VIVIR

Linda Millar
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Podemos aducir sin miedo a equivocarnos que Kenneth Millar (Ross Macdonald) y Margaret Millar (de soltera Margaret Ellis Sturm) fueron la pareja menos colaboradora de entre las más célebres de la historia de la ficción criminal. Y no hay duda de que las tensiones de su matrimonio, que se mantuvo longevo durante cuarenta y cinco años y que incluyó la crianza de una hija, se vieron reflejadas en muchas de las cincuenta y dos novelas que llegaron a producir en total. Los Millar llegaron a confesarles a sus amigos que muchas de las mejores líneas de sus pensamientos de ficción provenían de las discusiones mutuas que con asiduidad  sostenían sobre los acontecimientos que rodearon sus vidas.

Los Millar llegaron a sostener una “competencia amistosa”  que durante muchos años les llevó a emparejar la fecha de  publicación de sus libros. Así, Kenneth fue el primero en imprimir cuentos, poemas, reseñas y artículos para pagar la factura de maternidad del hospital de su esposa allá por el treinta y nueve. Maggie, a su vez, fue la primera en vender una novela de misterio “The Invisible Worm” –publicada en francés bajo el título L´Invisible Ver- en el cuarenta y uno. Kenneth, por su parte hizo lo propio en el cuarenta y cuatro con “The Dark Tunnel”.

Menos amistosas, sin embargo, fueron las disputas que ambos sostuvieron sobre la forma de cómo educar a su hija. Maggie estaba decidida a criar a Linda siguiendo los dictados del “conductismo” que postulaba por que la niña obrara por su cuenta sin contar con el afecto de los padres. Kenneth, por su parte, pensaba que esto era absurdo y dañino para la menor. Los desacuerdos del matrimonio a veces se traslucían en enfrentamientos físicos, algo que aportaba muy poco a la educación de la observadora Linda.

Con el paso de los años Linda se sintió cada vez más fuera de lugar, más arrinconada en su casa. Sus padres siempre estaban ocupados escribiendo y ella desempeñaba un lugar residual en sus quehaceres. Los consejeros de la escuela primaria donde se instruía advirtieron a Kenneth y Maggie sobre la inadaptación social de Linda. Era un secreto a voces que esta se emborrachaba y mantenía relaciones sexuales de forma frecuente. Sus padres no se dieron por enterados y esperaban que la universidad fuera su salvación. Pero todo fue en vano. En 1956, Linda que contaba dieciséis años por entonces, fue acusada de homicidio por un accidente de tráfico con fuga en el que murió un peatón de cuarenta y tres años. Después de tres meses de confinamiento en un hospital psiquiátrico y un intento de suicidio fue declarada culpable por un tribunal de menores y puesta en libertad condicional.

La familia se mudó a Menlo Park en el condado de San Mateo, donde Linda completó la secundaria y fue aceptada en la UC Davis. Sus padres regresaron a Santa Bárbara. Poco tiempo después, en el cincuenta y nueve, Linda se mantuvo ausente del campus de la Davis durante ocho días, tiempo en el que su padre  la buscó con ayuda de detectives privados hasta que dio con su paradero en Reno.

El resto de la vida de Linda se desarrolló de forma relativamente tranquila. Llegó a casarse con un joven estudiante de ingeniería que conoció en UCLA y tuvieron un hijo, pero su vida quedó marcada para siempre por los acontecimientos de su adolescencia, traumas estos que quedaron reflejados en las novelas de sus padres.

Linda murió en 1970 a la edad de treinta y un años dejando un hijo de siete. Su muerte, como no podía ser de otro modo, causó  un vacío emocional en Maggie y Kenneth. Maggie dejó de escribir durante seis años, mientras Kenneth se lo tomó con más filosofía y relajó la producción de sus novelas. Con el tiempo Margaret Millar volvió a lo que conocía bien y produjo sus últimos libros a la vez que a Ross Macdonal se le diagnosticaba la enfermedad de Alzheimer, motivo por el cual se vio obligado a dejar de trabajar.

Macdonald y Millar imaginaron sucesos espantosos durante su carrera literaria pero no es no es menos cierto que también los soportaron, pagando un alto precio por la autenticidad de su ficción, una ficción que nunca pudieron desligar de los avatares por los que se condujo la vida de su única hija.

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La familia Millar hacia finales de los años 50

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sábado, 15 de enero de 2022

HISTORIA DE DIOS EN UNA ESQUINA (Fco. González Ledesma)

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El viejo inspector Méndez, Ricardo Méndez, que mantiene problemas de entendimiento con su casera –vive en una habitación en la parte trasera de un bar de mala muerte del Barrio Chino- se tropieza en uno de sus paseos urbanos con el cadáver de ojos opacos y vacíos de una chiquilla que apenas ha cumplido los trece años en un viejo edificio en ruinas de la avenida Icaria, casi a las puertas del Cementerio Viejo. La historia se complica cuando Gallardo –el padre de la infeliz-, alertado del asesinato de su hija, se fuga de la Modelo con deseos de venganza. 

En este escenario de cosas se suceden las persecuciones y los disparos a través del Barrio Chino, de Poble Sec y el Ensanche. Méndez, tendiendo los brazos mientras sujeta su Colt 45 que data de la Guerra del Catorce y al grito de ¡Policía! ¡Policía! ¡La madre que te parió!, se siente un ser maduro en buen uso y no desdeña hacer frente a todo aquél que con aviesas intenciones se le pone delante. En esas situaciones no le importan ni los reglamentos ni las órdenes ni la madre que parió a la ley.  

En un determinado momento la historia trasciende el ámbito catalán y se traslada a Madrid. Sí, Méndez es destinado en comisión de servicio a Madrid y se aloja nada menos que el Hotel Palace, un hotel donde todo es posible. Desde ser recibido en tu habitación por una dama de cuarenta y tantos probables, en actitud de sacarse el vestido por la cabeza y mostrar toda su desnudez de modelo de entre épocas a tener que vérselas con un contratado de ETA -un eficacísimo profesional- en misión de servicio. 

“¿Se puede saber por qué han montado todo este cristo? No sobreviré”, así discurre Méndez en el momento que se ve abocado a visitar las arcaicas necrópolis faraónicas del antiguo Egipto. Un país islámico, un sitio donde no puede pedir un mísero ron ni algo tan inocente como unos pies de cerdo amenizados con una botellita de gandesa. ¿Qué es lo que provoca tal furor en este superviviente de tantas batallas como para trascender los límites de su Barrio Chino y embarcarse en un crucero de placer por lo desconocido? Hace falta que la inocencia sea burlada con descaro para que la sangre de este malparido con solera, de este ser criado en barrica de roble como se define a si mismo, hierva y simplemente... no perdone.  

“Historia de Dios en una esquina” es una historia de perversión, de justicieros a sueldo, de niños inocentes, de amor, sangre, dinero y de mayores que no aceptan lo que les ha tocado vivir.  También es la historia de Méndez, ese polizonte bautizado en el franquismo y transmutado sin remordimientos a la democracia, desvergonzado, escéptico y con un humor de perros, que deja entrever su ternura con los desvalidos y su compasión con los criminales de poca monta, a la vez que se muestra implacable con pederastas y violadores. Un Méndez, hijo de los barrios bajos, eterno flâneur que cree más en la justicia de la calle que en la de los tribunales, vengador implacable que forma parte ya del acervo de la literatura española.

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miércoles, 29 de diciembre de 2021

DAVID GOODIS, UN ESTILISTA CRIMINAL SUTIL Y ELEGANTE

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David Goodis llevaba tres años trabajando como guionista en Hollywood cuando de repente, en diciembre de 1945, tuvo su gran oportunidad. Vendió su historia “Dark Passage” a la Warner Brothers por 25.000 dólares. Al año siguiente, The Saturday Evening Post la serializó y posteriormente fue publicada como un libro. La película de 1947 dirigida por Delmer Davis y que reunió a Humphrey Bogard y Lauren Bacall resultó un éxito. Pero todo fue un espejismo, porque el éxito fue pasajero y pronto le dio la espalda a Goodis e hizo que su caída se convirtiera en todo un notición. Ya las primeras líneas de Dark Passage nos ponen en alerta sobre la visión pesimista del autor:

Fue un trance duro, Parry era inocente. Además, era de esa clase de tipos decentes que jamás molestan a la gente, y que desean vivir una vida tranquila. Pero había demasiado en favor de la parte fiscal, y de la suya prácticamente no había nada. El jurado decidió que era culpable. El juez lo sentenció a cadena perpetua y fue recluido en San Quintín.

El corto matrimonio de Goodis con Elaine Astor se vino abajo y la producción de sus guiones cayó en picado. La verdad es que en ningún momento Goodis fue considerado un escritor “serio” y, tal vez, ese sea el motivo por el cual un mal día de 1950, triste y melancólico, resolvió regresar a Filadelfia y, a sus 33 años  guarnecido de sus oscuridades y aversiones, recluirse en casa de sus padres, generando novelas brillantes a la vez que sombrías, atormentando a amigos y familiares con su acibarado humor, y dedicando gran parte de su tiempo al cuidado de un hermano con padecimientos mentales. Fue, paradójicamente, en ese  entorno rural donde, durante los siguientes siete años, Goodis dio a la luz las novelas que definen su estilo.

La vida de Goodis es fiel reflejo de la de sus personajes. En las 17 novelas que escribió, el tema predominante es el infortunio, la mala suerte, el desamparo y la tristeza. La imagen del personaje central de Goodis es el de un hombre herido, pesimista, sin fuerzas, un hombre derrotado que siente que nunca alcanzará su objetivo, un ser que se mueve en un mundo sin salida rodeado por un paisaje que rebosa de cielos oscuros, vientos helados, nieve, callejones estrechos y calor empalagoso. Sus héroes no son hijos de un dios y una diosa, están marcados  desde su nacimiento y a los que nada ni nadie pueden derivar del curso de sus destinos. Destino que en ningún momento ve la luz. Destino sinónimo de muerte, desolación, envilecimiento, pecado, incapacidad, fracaso y dolor.

Si algo hay que destacar en la producción de Goodis es la frescura de su narrativa, la penetración psicológica de sus personajes, el dominio del diálogo, de la trama y de los ambientes. También es justo reseñar esa atmósfera peculiarmente intensa, sus arrebatos de elocuencia y su sentido trágico de la vida. Sus mejores libros disfrutan de una poesía única de soledad y miedo. Así que, no todo es desesperanza en Goodis, su literatura está dotada de un estilo preciso, un estilo que rechaza las metáforas, un estilo que desdeña toda retórica, que siempre opta por la frase corta. Un estilo, al fin, sutil y elegante.

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sábado, 25 de diciembre de 2021

"LA CAMARERA" O EL SANTO GRIAL

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El Santo Grial para los fanáticos de la ficción criminal, así fue considerado allá por 2013 el descubrimiento de “The Coctail Waitress” –La camarera, en español-, la novela póstuma de James M. Cain. 

“La camarera” nos habla de una hermosa viuda joven que acepta un trabajo en un bar de cócteles después de la muerte de su esposo en extrañas circunstancias. Fue esta la última novela escrita por Cain antes de su muerte en 1977, novela que nunca llegó a publicarse en vida del escritor. Charles Ardai, el fundador de la editorial estadounidense Hard Case Crime fue alertado de la existencia de la obra y se pasó nueve años rastreando el manuscrito original y asegurando los derechos de la novela. 

Autor de novelas policiales clásicas como “Mildred Pierce” y “Double Indemnity”, Cain está considerado hoy en día -junto con Dashiell Hammett y Raimond Chandler- como uno de los tres mejores escritores de ficción criminal que haya existido jamás. El hallazgo, pues, de “La camarera” es algo así como el descubrimiento de “el Santo Grial”  para los fanáticos del crimen, según palabras del propio Ardai.

Tras el fallecimiento de su marido Ron en un extraño accidente automovilístico la joven y hermosa viuda Joan Medford se ve obligada a aceptar un empleo como camarera en Garden of Roses  sirviendo copas. Necesita dinero para pagar deudas y recuperar a su hijo Tad, de tres años, que vive con la obsesiva y perversa cuñada Ethel. Su trabajo le permite conocer a dos hombres: uno, Tom, joven, apuesto y soñador y otro, Earl, anciano y rico, que le da grandes propinas y le hace una inusual oferta de matrimonio.

El uso de la narración en primera persona no era el plan inicial del autor y su empleo constituye un acierto y a la vez una trampa. Como ocurre con los todos los grandes narradores en primera persona de la historia de la literatura se establece un pacto con el lector y, así, nos creemos todo lo que Joan -que es quien cuenta la historia- dice. En determinado momento esta se cuestiona: ¿Por qué estoy haciendo esto? Y ella misma se responde... con la esperanza de borrar mi nombre de los cargos realizados en mi contra, cargos que pasan por ser una mujer fatal que conoce formas hábiles de matar a un marido, formas que no se pueden probar.

Unos meses antes de morir, James M. Cain declaró que estaba trabajando en lo que consideraba una historia bastante buena y animada. “En un principio cometí un error pensando que el pequeño de tres años era la motivación de Joan para, confabulada con su cuñada, despachar a su marido. Fue un error. Ellos, Joan y Ron, no son los verdaderos amantes de la historia. Los verdaderos amantes son Joan y el hombre que un día entró en el bar de cocteles y del que ella se enamoró. Cometí el error de considerarlo un medio para conseguir un fin, el fin de conseguir un hogar para el niño. Así que solo procede rehacer la historia.

Lo de “solo” es un decir porque Hard Case Crime declaró que las notas escritas a mano que aparecen en los márgenes de numerosas páginas del manuscrito son la prueba fehaciente que Cain estuvo trabajando en la revisión de la novela hasta el final de sus días. Ardai señaló a New York Times en 2013 que estaba tratando de conciliar las diferentes versiones del trabajo dejado por Cain e intentando descifrar algunas notas. “Cain no era médico pero escribía como tal”. Lo cierto es que "La camarera" permaneció en el baúl de los recuerdos veinte y tantos años y que hoy, afortunadamente, tenemos la suerte de disfrutarla. 

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viernes, 24 de diciembre de 2021

MAJ SJOWALL, LA MADRINA DEL NORDIC NOIR

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Hace año y medio, el 29 de abril de 1920, fallecía en Landskrona (Suecia) a los 84 años de edad, Maj Sjowall, pionera de la novela negra nórdica. Con su compañero Per Wahlöö, la señora Sjowall escribió diez novelas protagonizadas por Martin Beck, un detective reservado e informal. La causa de su muerte fue una enfermedad pulmonar. Sjowall pasó sus últimos años en Venn, una pequeña isla frente a la costa suroeste de Suecia.

Allá por 1965 la pareja Wahlöö-Sjowall publicó su primera novela, “Roseanna”, una aventura que centra sus esfuerzos en la resolución de la muerte por estrangulamiento de una joven turista y donde dieron a conocer a Martin Beck, un detective de homicidios tenaz y melancólico que labora en Estocolmo. Sobre Martin Beck, Sjowall llegó a declarar que “no es una persona heroica, es una especie de James Steward, un buen tipo que intenta hacer su trabajo”.

En prosa escueta y ágil la pareja escribió nueve libros más sobre el personaje, incluido “El policía que ríe”, que en 1971 se hizo acreedor al premio Edgar a la mejor novela de misterio y que posteriormente fue llevada al cine, con Walter Matthau en el papel de Beck.

Wahloo, Per Wahlöö, murió poco antes de que se publicara la décima aventura de Beck, “Los terroristas” en 1975 y la Sra. Sjowall nunca volvió a dar vida al personaje.

Wahlöö y Sjowall ayudaron a conceptualizar la ficción criminal, aportando el carácter irregular, cortante y empático de su personaje. Una celebrada aportación al paraíso de sabuesos literarios donde cohabitan entre otros Marlowe, Spade y Hammer.

La influencia de Wahlöö y Sjowall en los escritores escandinavos de misterio posteriores es evidente. Entre ellos en Hennig Mankel y Jo Nesbo. Este último, en la introducción a una edición inglesa de 2009 de la tercera aventura de Beck “El hombre del balcón”, postuló que “Sjowall y Wahlöö tienen hombros para  sostener a todos los escritores escandinavos de crímenes de hoy. Y todos estamos allí.”

Maj Sjowall nació 25 de septiembre de 1935 en Estocolmo y se crio en el último piso de uno de los hoteles que administraba su padre. Fue madre soltera a los 21 años, su novio la abandonó antes de que naciera su hija Lena Sjowall. Luego se casó y se divorció de dos hombres mayores, hasta que conoció a Wahlöö, un periodista y novelista de izquierdas, allá por el 62.

La Sra, Sjowall fue directora de arte de una revista y los dos, Walöö y Sjowall, trabajaron para diferentes publicaciones propiedad del mismo editor. “Queríamos mostrar hacia donde se dirigía Suecia, hacia una sociedad capitalista, fría e inhumana, donde los ricos cada vez lo eran más a la vez que los pobres se volvían cada vez más desdichados”.

Después de la muerte de Wahlöö (ambos nunca se casaron), la producción literaria de Sjowall frenó en seco. Llegó a colaborar con Tomas Ross, un escritor holandés, en la elaboración de “La mujer que se parecía a Greta Garbo” y tradujo al sueco alguna de las novelas del detective Spenser de Robert B. Parker.

El útimo libro de Martin Beck, “Los terroristas”, se publicó hace 46 años y Sjowall nunca dejó de sorprenderse que sus historias siempre estuvieran presentes en la memoria de sus lectores. “Nunca pensé que los libros durarían toda mi vida”.    

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martes, 21 de diciembre de 2021

CHESTER HIMES, SIMPLEMENTE POR AMOR A IMABELLE

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CHESTER HIMES, EL ESCRITOR NEGRO DE NOVELA NEGRA

La escritora Ana Ballabriga nos habla en este vídeo de Himes, de Chester Himes, el escritor americano que fue condenado a veinte años de cárcel cuando apenas contaba 19 abriles y cuya vida estuvo marcada por la cuestión racial. Himes desarrolló diversos oficios hasta que en 1945 llegó a publicar su primera novela, “Si grita déjalo ir”, con la que consiguió un cierto renombre social y que le sirvió para convencerse de que lo suyo era la escritura. Huyendo del racismo pasó largas temporadas en Europa, hasta el punto que allá por 1956 decidió establecerse en París.

Sus mejores libros son aquellos que sitúa en Harlem, libros que le llevaron a postularse como uno de los grandes de la novela negra, heredero de Chandler y Hammett. Murió en Morerira, en Alicante, a donde había llegado en busca de un clima propicio a su salud.

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POR AMOR A IMABELLE
(Chester Himes)
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lunes, 20 de diciembre de 2021

LA DAMA DE CACHEMIRA (Francisco González Ledesma)

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Méndez, el policía más señalado de los bajos fondos de la novela negra española, peregrina las calles de Barcelona a la búsqueda de una silla de ruedas, artilugio este que utiliza un salvaje asesino para engañar a sus víctimas. El primer inmolado de este innoble y falaz personaje es Paquito Balmes, representante de bisutería él, un individuo poco propenso al trabajo y que no mantiene buenas relaciones con el dinero. ¡A saber que vio el criminal para poner sus ojos en semejante pieza! Lo cierto es que una noche de mal fario, oscura y sombría, Balmes se da de bruces con la silla de ruedas. Sí, exacto, con la del asesino. Quieta en la acera y con el sujeto encima esperando que alguien le ayude. ¿Le ayude a qué, se preguntarán ustedes? Pues muy sencillo... pero será mejor que sea el propio Paquito quien cuestione al personaje:  

- ¿Qué hace usted aquí? ¿Le pasa algo?
- Si usted pudiera ayudarme a cruzar la calle por si a la mitad el semáforo se pone en rojo… 

Paquito, cual discípulo aventajado de San Juan de Dios, y a indicaciones del carnicero, empuja la silla de ruedas hacia un sombrío callejón y entonces sucede todo, entonces el tajo brutal del asesino se lleva por delante el cuello inmaculado del bisutero. Así comienza una historia que conjuga desaliento con grandes dosis de humor, un relato incisivo, sarcástico y tierno a la vez. 

Un relato que discurre en el Pueblo Seco barcelonés, en el viejo barrio del Paralelo, en la zona de El Molino. El Paralelo…”esa avenida tan grande con sus tiendas tan pequeñas, los estancos para gente pobre donde solo se expendió un Montecristo una vez, los quioscos tronados que parecen hechos para vender no el periódico de hoy, sino el de ayer, las corseterías para mujeres antiguas casadas a perpetuidad y las perfumerías para niñas modernas casadas a prueba” Es ahí donde un casero se devana los sesos pensando como aligerar los trámites para sacar de su propiedad un bulto que un día fue humano, pero que ahora es sencillamente un residuo municipal, y conseguir así la vacuidad, disponibilidad y pertinente transformabilidad de la propiedad, donde un asesino cabalga una silla de ruedas y monta una tramoya que hace pensar en todo menos en un crimen por encargo, donde una viuda maltratada por la vida pasa sus ratos acompañada por un gato siamés obsesionado por ocupar en la cama el sitio vacío que ha dejado el difunto marido, donde unos homosexuales maduros, enamorados como adolescentes, se juran un amor hecho de tardes de colegio y de calles compartidas y donde una mujer que fantasea con viajar se fabrica un mundo de sueños a su medida para hablar de él y dormir con él.  

Una trama original con un título evocador y unos personajes bien definidos, así es como Francisco González Ledesma consigue una obra redonda, una obra que allá por 1986 se hizo acreedora del Premio Mystère a la mejor novela negra, prueba irrefutable de que, aunque hayan pasado treinta y cinco años, el tiempo no ha hecho mella en esta maravilla. Porque las novelas de verdad nunca envejecen. 

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miércoles, 25 de agosto de 2021

UN RASTRO DE SIRENA (José Luis Correa)

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UN RASTRO DE SIRENA
José Luis Correa, 2009
ALBA EDITORIAL, S. L. U.

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José Luis Correa explora por primera vez el crimen organizado en “Un rastro de sirena”, su cuarta novela de Ricardo Blanco. En esta ocasión el detective se tropieza con el cadáver descuartizado de una muchacha en la playa de La Laja. “¿Usted conoce La Laja, eso, la arena es negra y tiñosa, pues le juro por mi madre que se volvió blanca y gris de tanta gaviota que había, todas bregando por la carroña”. La carroña, es triste decirlo, es la parte superior del cuerpo de lo que en mejor momento fue Susana, una joven guapa y de una risa esplendorosa. La parte superior porque donde debían estar las piernas de la chica no había nada, ni piernas estilizadas ni cola de sirena. Sí, en esta aventura tenemos la mitad de un cadáver, así que no ha de extrañarnos que también tengamos la mitad de un tatuaje. Un tatuaje que de no haber sido quebrado le hubiera dado al culo de nuestra atractiva sirena un encanto muy especial... 

Con medio tatuaje y un collar como únicos elementos válidos para desentrañar el crimen, Blanco se ve forzado a adentrarse en el mundo de la trata de blancas, la prostitución y el tráfico de drogas de la isla. Un mundo controlado por la mafia rusa que en pocos años ha tomado asiento en la Gran Canaria. Un mundo en el que todo aquel que estorba tiene los días contados. Un mundo habitado por unos tipos capaces de seccionar a una persona en dos, capaces de abrir fuego contra gente inocente en una discoteca, capaces, en fin, de borrarle la sonrisa a una muchacha llena de vida con un pico de botella. Es esta una historia donde, una tras otra, van cayendo sin compasión todas aquellas piezas incómodas conformando una aventura que, en número de víctimas, no tiene nada que envidiar a “Cosecha roja”, la primera novela de Dashiell Hammett. 

Para contar su historia José Luis Correa maneja una serie de técnicas que se amparan en el dinamismo y la destreza textual. Estructura temporal, frases breves y concisas, verbos de movimiento, diálogos insertos en párrafos cortos así como interrogaciones retóricas que funcionan como reflexiones mentales que el detective se hace mientras lleva a cabo la investigación. Destaca sobremanera la capacidad del autor para retratar detalladamente los espacios, los ambientes en los que se desarrollan las andanzas de la narración. Las descripciones naturalistas de los garitos nocturnos donde se cuece el negocio mezquino en que descansa la trama son de una fidelidad incontestable. “Si las habitaciones de un hotel cualquiera siempre me han parecido tristes y desabridas, con esa decoración insulsa y esas sábanas frías, las de un hotel de putas son la alegoría de la tristeza. Había un camastro con una colcha oscura, acartonada, grisácea, para ocultar el rastro de anteriores encuentros.” No se quedan atrás las descripciones de la ambientación popular del carnaval donde el juego de la realidad y la apariencia simbolizan una metáfora de la vida de las chicas doblegadas por la prostitución. “...sobre las once no cabía un alfiler en el parque Santa Catalina. La ciudad se había echado a la calle a despedir a la sardina. Era una noche en la que nadie hacía rehenes, en la que todos echaban el resto porque no habría otra igual de bullanguera hasta el siguiente carnaval... Un velatorio en el que nada faltaba: el obispo, con su cohorte de curas y monaguillos portando hisopos, daba la extremaunción a una sardina de papel maché; cuatro porteadores llevaban el cadáver sobre unas parihuelas de caña; la cúpula militar de los tres ejércitos honraba a la muerta; y una docena de viudas con bigote y voz aguardentosa, tiradas en la acera, lloraban su pérdida de un modo histriónico.” 

Las novelas de José Luis Correa son una semblanza de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, de su gente, de sus calles y de sus costumbres. Ya apuntó el propio escritor que “la novela negra no puede existir sin el espacio, sin la ciudad, sin el puerto, sin el terreno que pisas.” Y es que la novela negra no deja de ser sino una literatura urbana donde la ciudad se convierte en telón de fondo para la representación de la violencia y los conflictos sociales. De la Isleta al Refugio y al Muelle Grande decía Néstor Álamo... de la testaruda y vieja casa de Colacho Arteaga al viejo puerto de Las Palmas para terminar, tras un viaje al sur, en un complejo residencial donde los cadáveres se acumulan. ¿Pueden imaginar ustedes el desenlace de una historia tan sangrienta en un lugar denominado Bahía Feliz? ¿Quién dijo que el suspense solo puede darse en lugares tan distantes como Los Ángeles? Esto es ficción, amigos.

No debe dejarnos indiferente el interés de José Luis Correa por el embellecimiento del lenguaje, un motivo más que justificado  para acercarnos a su obra.

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