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viernes, 12 de agosto de 2016

LA CELDA DE CRISTAL. (Patricia Highsmith)

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LA CELDA DE CRISTAL (The Glass Cell)
Patricia Highsmith
TRADUCCIÓN: Amalia Martín-Gamero
EDITORIAL ANAGRAMA S. A., 2016
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“No creo que mis libros deban estar en las bibliotecas de las cárceles”, reflexionó, de forma lapidaria, Highsmith  después de recibir en 1961 una carta de un interno de la prisión estatal que había disfrutado de la lectura de su libro «Deep Water». Sin embargo, la correspondencia entre escritora y reo fluyó con normalidad a partir de ese momento, y Highsmith se fascinó con los traumas psicológicos que el encarcelamiento penitenciario era capaz de generar. Así nació una historia real, «La celda de cristal», que combina la preocupante fabulación de Highsmith con una crítica penetrante de la devastación psicológica causada por el sistema penitenciario. Hoy, cincuenta años después, sigue siendo difícil estar en desacuerdo con su pensamiento.

A pesar de que las adaptaciones cinematográficas de las novelas seriamente subestimadas de Highsmith han llegado a un amplio público, (léase «Extraños en un tren» de Alfred Hitchcok, con guion adaptado por Raymond Chandler; «El talento de Mr. Ripley» de Anthony Minghella  y «El amigo americano» de Wim Wenders, entre otras), ninguna de ellas ha sido capaz de capturar el vacío moral que gravita sobre su obra. Hay quien la descarta como escritora de novela negra, mientras que los devotos del género a menudo son perturbados por su falta de interés en todo lo referente al crimen y el castigo. Sus novelas evocan tristes y pequeños mundos lunares llenos de culpa obsesiva y de complicidad, de momentos de violencia banal, mientras que su interés se centra a menudo, como ella misma escribió, en  “mostrar el triunfo inequívoco del mal sobre el bien”. Highsmith es uno de los grandes valores atípicos de la ficción psicológica moderna, y nadie sabe muy bien dónde ubicarla, pero la opción más adecuada, ciertamente, no es en la biblioteca de una prisión.

Afortunadamente, y a pesar de todo, una copia de su obra «Deep Water» terminó en la biblioteca de un centro penitenciario, y la correspondencia de Highsmith con el preso generaría una de sus novelas más inusuales. Publicada por primera vez en 1964, «La celda de cristal» es un retrato crudo, sombrío y persuasivo de la vida diaria en la prisión, y de las consecuencias que se derivan para aquellos que se ven obligados a vivirla; un relato que no ha perdido nada de su fuerza perturbadora en el último medio siglo.

«La celda de cristal»  cuenta la historia de Philip Carter, un ingeniero de treinta años de edad, que cumple una pena de cárcel en el sur de Estados Unidos después de haber sido condenado injustamente por fraude. En la primera mitad del libro Carter es torturado, mutilado, adquiere el hábito de consumir morfina y es atormentado, tanto por las repetidas desestimaciones de sus apelaciones legales como por la idea de que su mujer puede estar teniendo una aventura con su abogado. «Obediente, Carter volvió los pulgares hacia arriba y entonces se dio cuenta, con horror, lo que Moony pretendía hacer. Moony le colocó las correas entre la primera y la segunda articulación de los dedos pulgares y se las ajustó con fuerza... Moony dio una patada al taburete, que fue a parar boca abajo a unos dos metros de Carter. Éste se balanceó. El primer dolor fue prolongado. La sangre fluyó a la punta de los pulgares.»

La segunda sección del libro, tiene lugar cuando Carter es puesto en libertad y se traslada a Nueva York. Drogodependiente, traumatizado y desconfiado, Carter es un hombre cambiado, y sus intentos de reconstruir su vida lo enredan profundamente en una maraña de celos, asesinato y un doble juego con su familia, sus antiguos torturadores y la policía. «El golpe dejó a Sullivan anonadado. En ese momento Carter se cegó, como se había cegado en la cárcel, después de encontrar muerto a Max... Entonces se  quedó parado un par de segundos, para recobrar el aliento, y luego le escupió y le dio una patada que falló.»

Aunque «La celda de cristal» se puede entender como una condena temible de los efectos del sistema penitenciario, al igual que todas las novelas de Highsmith, está menos preocupada por la fabricación del argumento que por el examen de los efectos corrosivos de la sospecha y la culpa. Highsmith leyó a edad temprana «Crimen y castigo» de Dostoievski; «Los falsificadores de moneda» de André Gide y «La mente humana» de Karl Augustus Menninger, lecturas que fueron fundamentales en su obra. A nadie se le ocurriría llamar a Dostoievski un autor de suspense sólo porque haya escrito «Crimen y castigo». Sin embargo, en su manual sobre el trazado y la escritura del suspense de ficción, Highsmith destacó que “la mayor parte de los libros de Dostoievski podrían ser publicados hoy como novelas de suspense”. ¿Fue casualidad, acaso, que ella comenzara su primer relato, «Extraños en un tren», después de leer la obra de Camus «El extranjero»? ¿No está, posiblemente, Bruno Anthony inspirado en el personaje del señor Meursault...? Pero esto, amigos míos, forma parte de otro tratado.

Sus novelas, las novelas de Highsmith, con sus misteriosas incongruencias, sus maridajes y atracciones extrañas y sus momentos de sofocada comedia, tienen un brillo sobrenatural que le es propio. Una frialdad emocional congénita inspiró numerosas imágenes de su ficción y dio vida a personajes que enardecieron la pasión de muchos lectores, despertando el ardor del hombre civilizado por conocer los lados ásperos de la existencia humana. Y así, un tema que se muestra recurrente en toda su obra son las dudas sobre sí misma. “Cada persona lleva dentro un mundo terrible plagado de demonios y de lo desconocido”, escribió en su diario Highsmith, diez años antes de que apareciera su primera novela. Muchos de sus personajes cuando llegan a un punto máximo de tensión son capaces de cometer un asesinato, «Cualquier persona es capaz de asesinar. Es puramente cuestión de circunstancias, sin que tenga nada que ver con el temperamento. La gente llega hasta un límite determinado... y solo hace falta algo, cualquier insignificancia, que les empuje a dar el salto. Cualquier persona. Su mismísima abuela, incluso. ¡Me consta!». Esta idea es recurrente en todo su trabajo, y la lucha para alinear esos polos interiores destruye a muchos de sus personajes. Otros, afortunadamente, como Carter en «La celda de cristal» o el caballero psicópata Tom Ripley, salen, sin embargo, fortalecidos.
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