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domingo, 28 de agosto de 2016

LA GRAN AVENTURA DE VERA CASPARY

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Vera Louise Caspary nació en Chicago un 13 de noviembre de 1899. Su madre, Julia (de soltera Cohen), contaba ya más de cuarenta años cuando ella nació y tenía otros tres hijos mayores; su padre, Paul, laboraba en el departamento comercial de una tienda. Pertenecían  ambos a una familia secular de inmigrantes judíos de segunda generación. Caspary decidió convertirse en escritora cuando siendo aún niña conoció a la tía de un amigo, una autora publicada. 

Después de su graduación en la escuela secundaria, en 1917,  Caspary decidió renunciar a la universidad y buscar trabajo. Su padre la inscribió en un curso de seis meses en una escuela de negocios, y en enero de 1918, encontró acomodo como taquígrafa. Pasó por una serie de ocupaciones de baja categoría, en busca de una en la que pudiera escribir en lugar de tomar dictado de las personas con mala gramática. Cuando hubo ahorrado lo suficiente, renunció a este cometido con el fin de quedarse en casa y escribir “algo significativo”. El resultado fue una novela que nunca publicó.

En el momento que murió su padre, en 1924, Caspary contaba con el pleno apoyo de su madre, que estaba impresionada al ver como su hija podía ganar dinero con sólo golpear las teclas de una máquina de escribir. Pero los ingresos procedentes de la escritura de Caspary eran apenas suficientes para mantenerse a sí misma y a su madre, así que a mediados de la década de 1920 aceptó un trabajo en la ciudad de Nueva York, como redactora  para el «Dance Lovers Magazine´s». Tomó un estudio en Greenwich Village, y se deleitó en la vida bohemia. Allí conoció a su amigo de toda la vida y colaborador, Samuel Ornitz, entonces editor de «Radio Lovers Magazine». Una vez más dejó su trabajo para escribir su propio material, y así nació su primera novela «Ladies and Gents», que no sería publicada hasta dos años más tarde. Mientras vivía en Greenwich Village se inspiró para escribir «The White Girl», publicada en enero de 1929.

En marzo de 1933, un editor de la Fox se interesó por su trabajo. Caspary pasó ese verano en Hollywood, escribiendo para la Fox y trabajando en una obra de teatro con Samuel Ornitz. Al poco tiempo había vendido tres historias a los estudios y conseguido un contrato de quinientos dólares a la semana. 

Caspary nunca se encontró en una posición desahogada cuando llegó la «Gran Depresión». A otros, sin embargo, les fue peor. Mientras, ella, con aire de culpabilidad, observaba como gran parte de la población se hundía en la miseria. En esos momentos se interesó por las causas socialistas y se unió al Partido Comunista bajo un alias. Una de las últimas cosas que su madre hizo antes de morir fue regañarla por asociarse con los rojos. En abril de 1939, Caspary usó las ganancias de la venta de una de sus historias para viajar a Rusia, en un intento de confirmar sus creencias. Sin embargo el pacto de Stalin con Hitler terminó por desilusionar a muchos miembros del Partido, incluyendo a la propia Caspary. Ella renunció a su afiliación, y siguió ayudando con dinero para apoyar las causas proletarias. 

Cuando en junio de 1941 Alemania atacó a Rusia Caspary comenzó a interesarse por la ficción criminal, pero, en lugar de producir una historia original para la gran pantalla, se animó a convertirla en una novela. Ésta fue terminada en octubre y cuando Estados Unidos declaró la guerra a Alemania y Japón, a principios de diciembre, Caspary se despidió de los estudios cinematográficos y volvió feliz a su proyecto literario. Fue durante la Navidad de 1941, cuando ella escribiría “The End” en la última página de «Laura».

El psico-thriller «Laura» es una historia detectivesca de tono perfecto que maneja magistralmente los tropos del género para explorar la clase social, el crimen y la política sexual. Los giros de la trama son ingeniosos, los personajes dibujados por una mano experta, y el estilo de la prosa de Caspary tan refinado como el mejor de Raymond Chandler. Contada desde el punto de vista de múltiples narradores, el argumento gira en torno al brutal asesinato de Laura Hunt, una ejecutiva de publicidad de gran éxito, querida y respetada por todos. Durante el proceso de investigación, el adusto detective Mark McPherson termina enamorándose de una mujer muerta. Apoyándose en una narración de perspectivas múltiples, Caspary conduce al lector por callejones oscuros, a través de las amenazas y los riesgos a los que debe enfrentarse una mujer en su trayecto por un mundo poblado de hombres.

Caspary terminó indignada con la caracterización que, en la versión cinematográfica, un todavía desconocido Otto Preminger realizó de Laura, diseñándola como como una inocente criatura cuyo poder residía en su atractivo con los hombres. Preminger llamó a la Laura de Caspary “una nulidad sin sexo”. Para ella, sin embargo, la Laura que recreó Gene Tierney fue más notable por su magnificencia que por sus otros encantos. “Mi Laura sabía amar, disfrutó de más de un amante y lo hizo vigorosamente”. El pleito culminó, décadas después, en una infame pelea a gritos entre el director y la escritora en el Stork Club.

En 1942 Caspary ocupó su tiempo, con George Sklar, en una dramatización de «Laura», y mientras esperaba por algún trabajo significativo procedente de la Oficina de Información de Guerra trató de unirse al ejército, pero fue rechazada. Ella acababa de conocer a su futuro marido, el productor de cine austriaco Isadore “IGEE” Goldsmith. Aunque el éxito de «Laura» había quintuplicado su salario, Caspary era infeliz en Hollywood sin “IGEE”, así que interrumpió sus labores en la redacción de una nueva novela y se trasladó a Londres hacia el final de la guerra para estar con él. A pesar de su situación y de tener una esposa anterior abandonada mucho tiempo en Inglaterra, en 1948 “IGEE” estaba ansioso por casarse con Caspary. Después de tres años de separación física de su ex-esposa, “IGEE” obtuvo el divorcio ese mismo año por motivos de abandono. Mientras se gestionó el asunto del divorcio, “IGEE” visitó a su hijo en Suiza y, estando allí, compró a Caspary un pequeño chalet en los alrededores de Annecy. Después de vivir juntos durante siete años, a la edad de cincuenta, Caspary se casó con “IGEE”, el amor de su vida, y distribuyó su tiempo entre Europa y California.

El Hollywood de 1951 fue un campo de cultivo para el «Comité de Actividades Antiestadounidenses», organización que propició una rabiosa investigación anticomunista que enfrentó entre sí a los residentes de la meca del cine. “IGEE” y Caspary se disponían a partir para Europa, cuando aparecieron citados en la lista negra de dicha organización. Siguiendo el consejo de un abogado la pareja abandonó el país tan pronto como le fue posible. Se quedaron en Europa, “IGEE” transitando de un estudio a otro, tratando de financiar nuevos proyectos o rehacer los antiguos y Caspary escribiendo una comedia musical, «Wedding in Paris». Fue mientras trabajaban en Austria cuando Caspary tuvo conocimiento que había sido añadida a la lista negra. La pareja regresó a Hollywood a principios de enero de 1954, pero se encontró con que el clima en la ciudad había empeorado, habiendo pasado de frío a gélido. Después de seis meses de residencia abandonaron de nuevo el país. En 1956, Caspary e “IGEE” regresaron de nuevo a Hollywood cuando el Comité finalmente había perdido interés en sus actividades. Un trabajo la estaba esperando; un viejo amigo de Sol Siegel había adquirido los derechos del libro «Les Girls», y estaba ansioso porque ella la adaptara a la gran pantalla. Sin embargo la «Metro Goldwin Mayer» no estaba dispuesta a emplearla, a menos que escribiera una carta en la que se pronunciara sobre su no pertenencia al Partido Comunista. Bajo coacción Caspary claudicó y escribió la carta. 

La pareja distribuyó su tiempo entre Hollywood y Europa. Caspary ya no podía trabajar con la intensidad y el fervor de su juventud, pero todavía lo necesita para ganarse la vida y pagar sus deudas. Ella incluso rompió un voto de veinte años y realizó un trabajo con el siempre irascible Harry Cohn para «Columbia Pictures». Volvió a trabajar en una idea que había comenzado en Austria y que había sido rechazada en Londres, y para su sorpresa la «20th Century Fox» le ofreció 150.000 dólares por ella. La querían para Marilyn Monroe. El acuerdo se realizó, el contrato se firmó y se envió el primer pago, pero la película nunca se llevó a cabo. 

La agradable sensación de ser financieramente seguros por primera vez en mucho tiempo se perdió cuando a “IGEE” le fue diagnosticado un cáncer de pulmón. Entre las cirugías y los ataques propios de la enfermedad, la pareja viajó a Grecia, Las Vegas, Nueva Inglaterra y todos aquellos lugares que había tenido intención de visitar en el pasado. “IGEE” murió en 1964 mientras se encontraban en Vermont. 

Caspary volvió a Nueva York después de la muerte de su esposo, donde publicó ocho libros más. Hacia el final de su carrera, había escrito dieciocho novelas, innumerables historias, obras de teatro, guiones, y los tratamientos para veinte y cuatro películas, entre ellas «Carta a tres esposas» (1949) de Joseph Mankiewicz, «La gardenia azul» (1953) de Fritz Lang, y «Les Girls» (1957) de George Cukor. Ella es, sin embargo, más recordada por su vinculación con «Laura», la inmortal película noir de 1944 dirigida por Otto Preminger y basada en su novela homónima.

Tras el éxito de «Laura», Caspary escribió más noir, incluyendo «Bedelia» (1945). «Bedelia» retrata la personalidad de un ama de casa frustrada que se convierte en una figura amenazadora, atrapada e insatisfecha y que deviene en psicótica. Como en gran parte de la obra de Caspary -que transmite la idea de que algo no funciona en las relaciones entre los sexos- «Bedelia» hace hincapié en la necesidad y el derecho de la mujer a la independencia intelectual y financiera. El tema recurrente de Caspary, ya sea en una novela de misterio, drama o comedia musical, fue la mujer trabajadora y su derecho a llevar su propia vida, a ser independiente. En su autobiografía, «Los secretos de los adultos», publicada en 1979 por McGraw Hill, la Sra. Caspary escribió: «Este ha sido el siglo de la mujer, y me felicito a mí misma por haber formado parte del proceso». «Para los que vengan después de nosotros puede resultar más fácil de afirmar la independencia de la mujer, pero se perderán la gran aventura de haber nacido en este siglo de cambios».

Vera Caspary murió en el «St. Vincent´s Hospital» de la ciudad de Nueva York, el 13 de junio de 1987. Ella contaba 87 años y vivía en Greenwich Village.
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