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lunes, 20 de febrero de 2017

EL AMIGO AMERICANO. (Patricia Highsmith)

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EL AMIGO AMERICANO (Ripley´s Game)
Patricia Highsmith
TRADUCCIÓN: Jordi Beltrán
EDITORIAL ANAGRAMA, S. A.
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En «El juego de Ripley» una esporádica fiesta social en Fontainebleau pone a Ripley en contacto con un enmarcador de cuadros llamado Jonathan Trevanny, quien le ridiculiza en público, haciendo un comentario desagradable ante él. «-¿Trewbridge? ¿Trewbridge?– había dicho Trevanny con un tono casi despreciativo: ¡Ah, sí, ya he oído hablar de usted.» Resentido con éste, Ripley lo postula como sicario a su amigo Reeves Minot, el mafioso, cuando éste le solicita un nombre desconocido para asesinar a un competidor en sus oscuros negocios. El mafioso se pone en contacto con Trevanny para ofrecerle el trabajo -para que asesine sin más al mafioso italiano Salvatore Bianca-, facilitándole a cambio otra opinión médica sobre la grave enfermedad que padece en una clínica de Hamburgo y, siendo asimismo munificente con el pago, unas cuarenta mil libras o su equivalente en dólares, noventa y seis mil. Una oferta tentadora, sin duda...

No hay mejor persuasión que el dinero. Así Trevanny, un sujeto rígido, reprimido y esencialmente decente asume su papel de matón sin ningún remordimiento. «No sentía la menor piedad por el mafioso al que iba a matar (o al menos eso esperaba). Se dio cuenta de que tampoco sentía piedad por sí mismo. La muerte era la muerte. Aunque por motivos distintos, su vida y la de Bianca ya no tenían ningún valor. El único detalle interesante era que a Jonathan le iban a pagar por matar a Bianca».

Sin embargo, el asesinato del competidor de Reeves tiene consecuencias y el mafioso insiste de nuevo con Trevanny para que acabe con otro hombre, en éste caso un tal Vito Marcangelo. Ripley se había dicho que probablemente Jonathan haría una chapuza y, como él le había metido en el asunto, pensó que le correspondía a él ayudarle a salir del apuro. Así pues, Ripley  aparece en el tren encargándose del trabajo y ayudando a Trevanny, totalmente desquiciado, a regresar a su casa. El asunto de los mafiosos lejos de arreglarse se complica más tarde, llegando los vengadores hasta la casa de Ripley en el momento en que éste se encuentra sentado ante el clavicémbalo tocando una de las “Variaciones Goldberg”.

Simone, la esposa de Jonathan Trevanny -el hombre a quien Ripley convierte en un asesino- no tiene dudas en cuanto al calificativo a aplicar a aquél que sedujo a su marido: «el monstruo». Materialista, sin escrúpulos y manipulador, Ripley no es lo que se dice «un buen tipo». Vive del robo y la falsificación. En el transcurso de «El juego de Ripley» mata a cinco personas, uno por «garrotte» -un cordón delgado, silencioso, ¡un lazo en definitiva!, al que sólo hay que apretar para que se convierta en un arma mortal-, otro a culetazos, un tercero a golpes con un  leño y dos más a martillazos. Y todo ello sin ningún tipo de vacilación ni remordimiento. También corrompe la inocencia de Jonathan Trevanny. Sin embargo, es el propio Trevanny quien reacciona ante el horror de su esposa con el pensamiento: «En realidad Tom no era tan malo. Pero ¿cómo explicárselo.»

El ocasional asesino a tiempo parcial de Highsmith es descrito generalmente como un antihéroe. Sin embargo su figura no entra dentro del arquetipo del clásico oponente, Ripley genera más simpatía que odio. Él toma posesión de la narración sin ninguna oposición efectiva. En cualquier relato que siga los esquemas cásicos los villanos aparecen como opositores de los buenos. En la gran mayoría de los casos existe un sinvergüenza a quien derrotar. Sin embargo no hay nadie capaz de derrotar a Ripley. Nadie. Excepto, quizás, el propio lector.

Curiosamente el primer pensamiento que sostiene Ripley en esta novela es autocrítico. Se lamenta de hablar con un asociado criminal: «Tom se aburría. Paseaba arriba y abajo por delante de su gran chimenea, en la que ardía un fuego pequeño pero acogedor. Tenía la impresión de haber hablado de forma grandilocuente, pontificado. Pero lo cierto era que no podía ayudar a Reeves y así se lo había dicho ya.» Abundando en su personalidad simpática Ripley resuma sinceridad y no es nada pretencioso. Tiene valores que parecen éticos...

Su jugada, la jugada de Ripley, es psicológicamente aguda al utilizar su conocimiento de la enfermedad terminal de Trevanny para explotarlo. Al igual que la mayoría de los antihéroes Ripley tiene discernimientos en lugar de principios. Él es un buen conocedor del arte, la belleza y la buena comida. Vive en un castillo impecablemente amueblado. Aprecia la música clásica. Está dotado del sentido de la probidad. Desaprueba el juego y la prostitución. En realidad odia a la mafia, odia sus sucios negocios de préstamos, sus chantajes, su condenada iglesia, su cobardía al delegar los trabajos sucios en sus subordinados, para que la ley no pueda echarles el guante a los mandamases, no pueda meterlos entre rejas salvo por evasión de impuestos o alguna trivialidad por el estilo. Se siente seriamente preocupado en que Trevanny reciba la totalidad de su paga por llevar a cabo sus ejecuciones. Sugiere en broma a su amigo Reeves que la redacción de un informe médico falso en el que se indique que Trevanny está al borde de la muerte puede ayudar a asegurar su cooperación. Pero luego se da cuenta de que está equivocado. «Tom pensó que Reeves no entendía en absoluto a los tipos como Trevanny. Si a éste le pagaban todo lo convenido, haría el trabajo o devolvería la mitad del dinero.» Por un instante nos tropezamos con que la mente de Ripley se debate ante el rechazo a un esquema que él mismo ha trazado.

Un monstruo extraño, pues, este Ripley. En parte un antihéroe capaz de romper tabúes. «El amigo americano», o más propiamente «El juego de Ripley», cuestiona como un hombre básicamente decente (según las propias palabras de Ripley) puede ser persuadido para cometer un asesinato. Ya nos tropezamos con algo parecido en «Extraños en un tren». Sin embargo, Highsmith también plantea un propósito moral, ha inventado un personaje carente de conciencia. 
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