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sábado, 4 de febrero de 2017

TATUAJE. (Manuel Vázquez Montalbán)

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TATUAJE
Manuel Vázquez Montalbán
EDITORIAL PLANETA, S. A.
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La primera novela en que Carvalho, la creación atípica de Manuel Vázquez Montalbán, ejerce como investigador privado en solitario es «Tatuaje». Publicada en 1974, esta obra pone los cimientos de lo que vendría a ser una relación abisal y pertinaz con los lectores que se prolongaría durante más de dos décadas, hasta la repentina muerte del escritor en 2003.

En 1997 Vázquez Montalbán declaró a «El País», en una entrevista de Xavier Moret, lo siguiente: «A principio de los setenta vivíamos en una dictadura literaria: o escribías como Juan Benet o no eras nadie. A los jóvenes se les exigía que escribieran el “Ulises”. El resto eran subliteraturas. Un día en plena euforia competitiva con mi amigo José Batlló nos burlábamos de la literatura de vanguardia y el me desafió a escribir una novela de guardias y ladrones. Acepté el reto y escribí “Tatuaje” en 15 días. La crítica la recibió fatal y me acusaron de lanzarme a un suicidio profesional, a una operación comercial. Hacer una novela de detectives en el “rigor mortis” de la cultura española de la época era horroroso. Para mí, sin embargo, era una novela experimental, ya que Carvalho no era un detective al uso. Vivía con una puta, quemaba libros, era ex comunista y ex agente de la CIA.» 

Pepe Carvalho, de origen gallego, ex agente de la CIA y ex marxista, como manifiesta su autor, vive y trabaja en Barcelona –habita una casa en Vallvidrera, en las rampas del Tibidabo- y mantiene una estrecha relación con una prostituta de nombre Charo. «Para aquel hombre alto, moreno treintañero, algo desaliñado a pesar de llevar ropas caras de sastrería del Ensanche, pasear morosamente entre los puestos era una de las escasas juergas que permitía a su espíritu cada tarde que abandonaba los barrios de Charo para volver a su madriguera, en las laderas del monte que preside la ciudad.»

Comienza a correr la década de los 70 cuando un hombre joven y desnudo aparece muerto, flotando en la playa de Vilasar, con el rostro desfigurado. Sobre su piel un tatuaje reza: «He nacido para revolucionar el infierno». El propietario de una peluquería del barrio chino contacta con Carvalho, y a su cuenta éste inicia el proceso de identificación del fallecido. Las investigaciones de Carvalho lo llevan a Amsterdam y a las mafias del tráfico de drogas y allí conoce a dos emigrantes españoles, bajos, recios y acuarentados, que han ido a trabajar y a ahorrar «unas pesetas para volver a España» y que si se permiten mirar los escaparates del Barrio de las Luces Rojas es simplemente porque es gratis. Éstos le facilitan el nombre del ahogado y, tras recibir una espeluznante paliza, regresa a Barcelona donde comunica a su cliente la información obtenida. No satisfecho con la terminación del caso, animado a encontrar la verdad oculta tras la muerte del joven ahogado, sigue la pista de los amoríos del tatuado y tropieza con una atractiva mujer perteneciente a la alta burguesía catalana. «Sin la caricaturesca melena, Teresa recuperaba una identidad incuestionable de hija de la alta burguesía, con las facciones bien cultivadas por la buena alimentación, la higiene regularizada y una libertad de expresión que presta al rostro la serenidad del acróbata que trabaja con red. La Charo trabajaba sin red desde que había nacido y Carvalho le adivinaba a veces el rictus canalla de quien se defiende matando o el miedo de quien teme las caídas. El esquematismo del rostro proletario es el de las cariátides: o la risa o el llanto. El rostro de la Marcé tenía la placidez lógica de toda materia que se sabe homologada en todo tiempo y lugar.» Sus actuaciones, las actuaciones de Carvalho, terminan por destapar un caso con implicaciones mayores de las previstas que obligan a la policía de Barcelona a peinar el barrio chino, -lugar de acogida de prostíbulos y locales de baja estopa, frecuentado por prostitutas, proxenetas, timadores, buscavidas y toda clase de matones de baja calaña-, a clausurar locales y hacer arrestos masivos.

Manuel Vázquez Montalbán fue un escritor y periodista de prestigio, dramaturgo y a la vez gastrónomo, que militó en el Partido Comunista y padeció prisión por su actividad política. Su genio literario abarcó todos los géneros: poesía, teatro, novela, prólogo de libros, artículos periodísticos, ensayos... Vázquez Montalbán fue una persona de vasta cultura y gran inteligencia. Durante el franquismo publicó con varios pseudónimos. Ganó entre otros el Premio Nacional de Narrativa en 1991 y el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1995. De personalidad casi inabarcable, Montalbán se definió a sí mismo como «novelista, periodista, poeta, ensayista, antólogo, prologuista, humanista, crítico, gastrónomo, culé y prolífico en general», campos todos ellos en los que destacó.

Significa en la vida de Vázquez Montalbán su confesa afinidad con el comunismo así como su no menos confesa erudición culinaria, hecho que le transfiere una condición sibarítica al ambiente de sus libros y novelas. El autor se permite detenerse en los pasajes referidos a la gastronomía, con descripciones casi poéticas de las sensaciones que brinda el placer de la comida: «Se aplicó sobre el gigot ya sin restricciones sicológicas. Una carne bien cocida es ante todo un placer táctil que agradece la cueva del paladar. El gigot braseado es el menos historiado de todos los gigots que uno puede comer. No tiene la campechanía patatoide y ajudiada del gigot a la paisana, pero tampoco el trompeteo tantas veces falsificado del gigot de corzo o el paisajismo del gigot con espinacas. Un gigot braseado es ante todo carne bien cocida y bien aromatizada. El Borgoña, aplastados sus aromas contra la delicada pielecilla del paladar, convertidos en humo avinado que embotaba las narices de Carvalho, parecía un terciopelo fluido que le secaba las llagas abiertas por el roce de la carne.»

Fuera cual fuese el género que tratara, las páginas de sus libros, las páginas de los libros de Montalbán, inciden machaconamente en cuestionar el desorden del mundo desde una perspectiva galaicocatalana. Su obra es una estampa cáustica de la sociedad española de la época. «Tatuaje» no es más que una expresiva y vívida imagen del barrio chino, con sus meublés, hoteles de habitaciones por horas, y sus chulos que explotan a una o dos mujeres a un tiempo. De las redadas policiales a gran escala. Del crecimiento inmobiliario incontrolado que crearía barriadas enteras al amparo del cinturón industrial. De la actividad política subterránea, con los partidos aún en la clandestinidad o de la imagen subdesarrollada y tercermundista que España ofrecía al resto de Europa y que queda en evidencia en el viaje que Carvalho realiza a Amsterdam. En definitiva, «Tatuaje» es un libro ligero y relativamente sencillo, que sabe a poco para todo lo que esta saga ha aportado, que es mucho. 
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