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sábado, 5 de septiembre de 2015

EL GRAN SUEÑO DE ORO. (Chester Himes)

EL GRAN SUEÑO DE ORO (The Big Gold Dream)
Chester Himes
TRADUCCIÓN : Axel Alonso Valle
EDICIONES AKAL, S. A., 2010
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¡La fe es una roca! ¡Es como un sueño de oro macizo! Así se expresaba Sweet Prophet Brown, un predicador local, ante el reluciente mar blanco que formaban sus seguidores congregados sobre el asfalto, frente a las deterioradas fachadas de ladrillo de la calle 117, a la espera del multitudinario bautizo de masas que allí se iba a llevar a cabo. Gente de piel negra, café y mulata abarrotaba las aceras, se apiñaba en las ventanas de los edificios, se apretujaba en los malolientes portales, se agarraba a los postes de las farolas y se subía a los cubos de la basura para ver la actuación de tan fabuloso personaje. Entre los conversos, Alberta Wright, vestida con su ceñido uniforme blanco de empleada doméstica, miraba con adoración el rostro negro de Sweet Prophet. Alberta se sentía en éxtasis, y tal delirio resultaba contagioso. Había depositado su confianza en el Señor y Éste le había correspondido con un sueño millonario de 36.000 dólares. Cuando los fieles diáconos que sujetaban las mangueras antiincendios abrieron las espitas para dar comienzo al bautizo, los conversos entraron en un arrebato incontrolable. Bailaban, chillaban, gritaban y gemían, llevados por la emoción. Cantaban, rezaban y jadeaban y se ahogaban en un exultante frenesí. Las lágrimas bajaban a chorros por el estoico rostro de una anciana desdentada. «Aprisa, Dios, llévame mientras soy pura –rogó.»

Cuando Alberta dio enérgicos y largos tragos al agua de la botella bendecida por el profeta, se apoderó de ella un alborozado ardor. « ¡Le tengo dentro de mí! Tengo a Dios dentro de mí. Puedo sentirle en mi tripa.» De pronto las caras en su campo de visión se volvieron borrosas; los ojos comenzaron a salírsele de las órbitas y se le formaron perlas de sudor en toda la cara. Después se bamboleó y cayó al suelo, quedando tendida sobre la calzada mojada, de la que había comenzado a emanar vapor.

Durante el período de tiempo que Alberta Wright permanece oficialmente muerta, varios buscavidas se sitúan tras la pista de sus 36.000 dólares: Sugar Stonewall, el «hombre» actual de Alberta; un navajero llamado Susie, y Dummy, un ex-peso pesado sordomudo, «soplón» de la policía y aspirante a chulo de poca monta. El judío Abie Finkelstein, especulador mobiliario, primero, y Rufus Wright, marido de Alberta -a quién ésta no ha visto en casi un año- después, son asesinados. Los problemas no hacen sino comenzar para los maleantes y el trabajo se acumula para Coffin Ed y Grave Digger.

Himes fue un profesional tenaz, un hombre que siempre hizo su trabajo y que siempre tuvo una perspectiva aguda de la sociedad. Todo lo que escribió tiene un sello indiscutible, y sus novelas sobre Harlem son un género literario en sí mismas. Su voz singular, la exacta economía de imágenes y descripciones, la correcta adecuación de sus caracterizaciones y la velocidad que imprimía a sus relatos son constantes en su narrativa.

En «El gran sueño de oro» Chester Himes se reitera en su imagen de Harlem –más bien, de su respuesta a Harlem- como un lugar mísero, sombrío, condenado a la violencia y al crimen, donde la gente más honrada debe ir provista de una navaja para protegerse de los maleantes. Cuchillos y pistolas son objetos corrientes, en un lugar donde el asesinato es un acto frecuente y muchas veces llevado a cabo sin justificación alguna. Harlem es un paraíso para los drogadictos, chivatos, putas, chulos, timadores y estafadores, que se valen de la inocencia y la ignorancia de sus semejantes para su provecho personal. El «Profeta» encarna una figura recurrente en la novelística de Himes, la figura del embaucador, aquél cuyo negocio es «pescar a los pecadores», y que se aprovecha de la devoción religiosa de los demás para amasar una fortuna personal considerable. El caso de Sweet Prophet es aún más ofensivo si se tiene en cuenta que recurre incluso al hipnotismo para sablear a sus fieles. 

Aunque las novelas de Harlem se desarrollan claramente en la línea de la novela policíaca moderna establecida por Hammett y Chandler, nunca fueron auténticas obras de género. Cumplían muy pocos de los requisitos tradicionales y se fueron alejando cada vez más de las ideas preconcebidas sobre la novela negra. En las primeras entregas se resolvían algunos crímenes, pero hay un movimiento progresivo hacia el disfrute de la propia escena -de Harlem- como vehículo para retratar a los personajes y a la sociedad. Así, en «El gran sueño de oro», Chester Himes sorprende por su profundo conocimiento de los bajos fondos y de los negocios clandestinos, tráfico éste que abarca las loterías ilegales -de cuyo funcionamiento ofrece una detallada descripción- y las diversas técnicas de los carteristas y otros rateros, amén de la viva estampa, explícita y realista, que desarrolla del mundo de la droga -opio, marihuana y alcohol-.

Las novelas de Chester Bomar Himes sobre «Harlem» poseen una fuerza obvia. Emocionan enormemente al tiempo que envuelven por completo. Se significan por su gran contenido social, personal y simbólico. Ocultan en sus páginas una tragedia humana desoladora plagada de un fuerte humor popular. Cierto es que, a lo largo de los años, la narración ha sido acusada de carecer de orden, pero es en ese desorden precisamente donde radica su punto fuerte. 
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