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miércoles, 2 de septiembre de 2015

JAMES HADLEY CHASE, ¿IMITADOR, CÍNICO O SIMPLEMENTE ROMÁNTICO?

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La muerte del escritor británico James Hadley Chase, ocurrida en Corseux-sur-Vevey (Suiza) el 6 de febrero de 1985, a los 78 años, puso fin a una misteriosa leyenda, o al menos éso creemos. Durante sus últimos años Chase vivió totalmente aislado de admiradores y periodistas; todo un complejo sistema de vigilancia se levantó alrededor de su residencia en la citada localidad suiza. Quienes le trataron en los últimos momentos de su vida aseguran que ésta se redujo a una permanencia inamovible y continua frente a su mesa de trabajo. La prensa llegó incluso a teorizar sobre la posibilidad de que sus últimas novelas fueran obra de otra persona y que su presunta muerte hubiese sido convenientemente ocultada.

Las leyendas en torno a Chase proliferaron en el pasado a borbollones como si poseyesen la virtud de regenerarse cual cabeza de hidra. Hay quien llegó a sostener que el autor formaba parte de la cuadrilla de escritores norteamericanos asentados en la élite de la novela negra. El propio James Hadley Chase había contribuido a alimentar tal especulación en sus inicios literarios. Su célebre «No hay orquídeas para Miss Blamdish» surgió en el verano de 1938, tomando como reflexión el «Santuario» de William Faulkner, y como báculo una serie de mapas detallados y un diccionario de términos norteamericanos.

James Hadley Chase no solo domicilió gran parte de sus novelas en Estados Unidos sino que llegó a imitar con maestría el estilo de los más entendidos escritores norteamericanos de serie negra. Su atrevimiento estilístico y su dependencia temática fueron tan grandes que algunos de los más afamados maestros norteamericanos del género llegaron a verlo con malos ojos. James M. Cain,  autor de «El cartero siempre llama dos veces», lo denunció por plagio y, lo que es peor, le ganó el pleito. Asimismo en 1943, el autor de novela negra anglo-americano Raymond Chandler declaró que Chase había incluido secciones completas de sus trabajos en «No hay orquídeas para Miss Blandish». El editor de Chase en Londres, Hamish Hamilton, obligó a éste a publicar una disculpa en The Bookseller.

Chase, con un ritmo de escritura casi febril y una habilidad poco frecuente para mezclar humor y violencia, fue siempre un escritor notable pero nunca un artista. Su escritura, despojada y directa, tiende a acercarse más al estilo de Dashiell Hammett que al de Raymond Chandler.

En las historias de Chase el protagonista trata de adquirir un estado de bienestar cometiendo un crimen, un fraude o un robo. Sin embargo, el proyecto suele fallar degenerando a su vez en un homicidio y su posterior investigación y creándose una situación en la cual el personaje llega al convencimiento de que nunca tuvo la más mínima oportunidad de saldar sus problemas. Las mujeres que callejean por sus novelas pueden, sin el menor remordimiento, ser calificadas de fatales -hermosas, inteligentes y traicioneras son capaces de matar sin piedad si tienen que ocultar un crimen-. Los argumentos de sus obras envuelven a familias disfuncionales, y el final suele justificar el título del libro. Unas veces, el autor teje simplemente un típico armazón de suspense, pero otras, logra caracterizaciones notablemente sólidas de los personajes, caracterizaciones que conducen la trama a senderos bucólicos y románticos.

Junto con «No hay orquídeas para Miss Blamdish», hay que incluir entre las obras más exclusivas y seductoras de James Hadley Chase la dramática historia de amor «Eva», novela escrita en 1945. En ella, Eva Marlow narra en primera persona el camino de autodestrucción que recorre Clive Thurston desde que se conocen, y la posterior caída de aquél desde los altares de la fama hasta los terrenos pantanosos del alcoholismo, el juego, los celos, el engaño y la mezquindad.

En el terreno literario cabe evocar aquellas novelas que combinan la consideración hacia los escritores norteamericanos considerados «duros» con los hallazgos poéticos del autor, léase «Una corona para tu entierro» (1940), «Con las mujeres nunca se sabe» (1949) y «Un loto para Miss Quon» (1961).

Dos de los adjetivos que mejor se adaptan al estilo de Chase, la «crueldad» y la «doblez»  emulsionan en los momentos de mayor brillantez del novelista y generan románticas delicadezas y auténticos testimonios sociales. No cabe duda que, si alguien llegó a acercarse sin rubor a las formas externas de la novela negra norteamericana, ése fue Hadley Chase, y ahí radica la auténtica razón de su éxito y de su leyenda.
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