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lunes, 7 de septiembre de 2015

¿POR QUÉ EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES?

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Con la ingenua frase -«A eso del mediodía me arrojaron del camión de heno»- James M. Cain aprovechó la redacción de «El cartero siempre llama dos veces» para trazar en la arena una línea de separación entre lo que, por entonces, se consideraba ficción negra y lo que representaba cualquier otro género literario. A diferencia de lo que aportaban relatos anteriores «El cartero siempre llama dos veces» impuso una voz populista y salvaje allí donde reinaba la sensibilidad cultural más elevada. ¡Nada se puede considerar más americano! Cain es una figura importante en el panteón de la ficción estadounidense, panteón que incluye a escritores de la talla de F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y John Steinbeck así como a William Faulkner, Henry Miller y Thomas Pynchon. El de mayor éxito comercial, Cain, también fue espiritualmente el más sombrío, aquel a quien la búsqueda de su vocación tardía sacó de las profundidades de la depresión después de una carrera irregular como periodista. «El cartero siempre llama dos veces» (1934) fue una sensación y un escándalo en su época, posiblemente en éso compartió galones con la polémica que generó «Las uvas de la ira» (1939); Tom Joad pudo haber viajado también en ese camión de heno, pero fue a Frank Chambers a quien arrojaron fuera.

Frank conoció a Cora en la fonda “Los Robles Gemelos”; una de las tantas que colmaban la California profunda de aquellos tiempos; una de ésas que contaba a un costado con una estación de servicio y media docena de cobertizos que servían de estacionamiento. «Tenía una mirada hosca, y los labios salidos de un modo que me dieron ganas de aplastárselos con los míos» fue la primera impresión de un Chambers subyugado por el atractivo irreal de Cora. No nos situemos en un escalón tan superior como para arrogarnos el derecho de argüir que lo que Frank y Cora sentían no era amor. Era el único amor que tenía sentido para ellos; era un amor incendiario; un sentimiento capaz de hacer valer el lenguaje del asesinato una vez agotado el lenguaje del deseo. Cuando Frank y Cora prescindieron violentamente del marido de ésta, se vieron invadidos por una furia erótica, un deseo incontrolado del uno por el otro. Mientras Cora lloraba a los pies del cadáver de su esposo, los instintos animales de Frank se encontraban a flor de piel, sentía la lengua hinchada dentro de la boca y la sangre le latía en las sienes. «Empecé a rasgarle la blusa y a arrancarle los botones, para que pareciese maltrecha. Ella me miraba y sus ojos no parecían azules, sino negros. Podía sentir su respiración agitada. De pronto se inclinó hacia mí. ¡Desgárramela! ¡Desgárramela! Lo hice. Introduje una mano bajo su blusa y di un tirón. El cuerpo de Cora quedó al descubierto desde el cuello hasta el vientre.» Incluso los compañeros que más renegaban de Cain se sorprendieron. Raymond Chandler, inmerso en problemas de suicidio y despedido por embriaguez de su trabajo como ejecutivo de nivel medio en el negocio del petróleo, que se encontraba en esos momentos terminando la adaptación cinematográfica de «El sueño eterno», hizo un aparte en sus quehaceres y llegó a comentar: «Siempre me irritó que me comparan con Cain. Cain es un escritor que me disgusta especialmente.»

Cain era un enamorado de la ópera hasta el punto de llegar a plantearse el debutar como cantante profesional. Cuando ese sueño se frustró, se alejó de la música tanto como pudo. En el momento en que escribió «El cartero siempre llama dos veces» se encontraba en Los Ángeles, después de haber huido de su ciudad natal en la costa este. Allí trabajó durante un tiempo como editor del «The New Yorker». En 1932 firmó con «Paramount Pictures» como guionista, pero pronto chocó con la burocracia de los estudios y los productores que reescribían sus textos sin la más mínima consideración a su trabajo. Sin embargo Hollywood fue para él solo un eufemismo; Los Ángeles era su hábitat natural. En aquellos momentos Los Ángeles era un enjambre de desamparados, desencantados y embrutecidos, entre los cuales se encontraban los prófugos del holocausto hitleriano. Cuando el interés de Hollywood derivó de sus guiones a sus novelas, la ironía no le pasó desapercibida. Hollywood respondió con adaptaciones casi instantáneos de tres de sus narraciones, entre ellas «El cartero siempre llama dos veces», una década y media después de su publicación. Para entonces la Segunda Guerra Mundial acababa de terminar, y  América se encontraba sumida en la confusión moral generada por películas noirs tales como «Retorno al pasado», «Gilda», «El desvío», «Criss Cross», «En un lugar solitario» y la definitiva «Perdición», basada en su segunda novela. Pero mientras que las convenciones morales de la década de 1940, finalmente permitieron la química de John Garfield y Lana Turner como Frank y Cora, la gloriosa expresión: «¡Desgárramela! ¡Desgárramela!» no tenía ni la más remota posibilidad de ser aceptada.

Durante un tiempo Frank y Cora parecían haberse salido con la suya. Y aunque «el cartero» ya les había dado su primer aviso no pudieron alejarse de su propia podredumbre: «Mira, Frank: nosotros no somos más que dos despojos. Dios nos besó en la frente y nos dio todo lo que dos personas pueden tener en esta vida. Pero no éramos de la pasta de los que pueden tenerlo. Teníamos todo ese amor y no supimos defenderlo. El amor es como un poderoso motor de avión, con el cual uno puede volar hasta lo más alto de la montaña; pero si ese motor, en lugar de colocarlo en un avión, lo pones en un Ford, lo despedaza en unos segundos. Y nosotros no somos más que eso, Frank: un par de Fords. Dios se estará riendo de nosotros desde allá arriba.» Por última vez, Frank y Cora se devoraron entre sí. «Empecé a arrancarle la blusa. ¡Arráncamela, Frank! ¡Arráncamela como aquella noche!» Pero, ¡oh! curiosa fortuna, el diablo jugó muy bien sus cartas en ese momento y Cora quedó embarazada. Como otros tantos nihilistas profesos, Cain era un moralista después de todo, y «Dios» y «podredumbre» son sólo otros nombres con que bautizar al «destino». «Estábamos a unos tres kilómetros de Santa Mónica, ciudad en la que había un hospital. A toda marcha alcancé un camión. Toqué la bocina lo más fuerte que pude, pero siguió por el centro del camino... Desvié hacia la derecha y aceleré a fondo. No había visto la cañería. Oí un espantoso estruendo y después no supe nada más. Cuando recuperé el conocimiento me encontré encajado al lado del volante, de espaldas al frente del coche... Oí algo espantoso que me hizo gemir. Era la sangre de Cora que goteaba sobre el capot, a donde su cuerpo había ido a parar después de atravesar el parabrisas... estaba muerta.» El cartero llamaba de nuevo a las puertas del infierno; ¡nunca deja de llamar hasta que alguien responde!

James M. Cain salió de Los Ángeles a finales de 1940 y su ficción nunca volvió a ser la misma. La causa de ello no radicó  en el hecho de que él perteneciera a Los Ángeles; en realidad Los Ángeles era una ciudad para las personas que no pertenecían a ninguna parte. Por supuesto siguió manteniendo las mismas ambiciones y delirios de cualquier autor serio. Sus libros experimentaron los caprichos del comportamiento humano con tanta seguridad como los probaron Frank y Cora. Incluso, cuando sus novelas aspiraron -como sucedió con «Mildred Pierce»- a un estatus más dinámico, se pudo constatar como en el tiempo que empleó Herbert Pierce -marido de Mildred- en rastrillar las hojas de los árboles de su jardín de Glendale, en el capítulo inicial, Frank y Cora ya se habían conocido, almorzado, razonado y dado los primeros pasos hacia una sesión de sexo frenético.  Cain siempre fue consciente de esta desigualdad. No obstante, Hollywood hizo una ficción noir de «Mildred Pierce», apoderándose de su hija Veda -el descendiente más horrible de la literatura moderna- y obligándola, en contra de los postulados de la propia novela, a cometer el asesinato de  Monty Beragon. Por mucho que Cain estuviera fuera de lugar cuando se fue de Los Angeles, su literatura siempre mantuvo ese ambiente sórdido que la caracterizó. En 1977 James M. Cain desapareció de la escena literaria estadounidense, de la que fue maestro indiscutible, pero sus obras siguieron poseyendo a lo largo de los tiempos la frescura de antaño.  
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