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jueves, 24 de septiembre de 2015

BLANCO NOCTURNO. (Ricardo Piglia)

BLANCO NOCTURNO
Ricardo Piglia
EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2010
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«Blanco nocturno», publicada en 2010, es una propuesta narrativa reflexiva, seria y bien lograda; es una invitación a contemplar, a través del caleidoscopio del relato policial y la novela negra, todo un mundo de seres pervertidos, abyectos y sombríos encadenados en una atmósfera amarga colmada de embusteras esperanzas.

Las primeras páginas del libro son una avanzadilla de lo que promete ser un relato típicamente policial, un relato que recoge ingredientes asociados a los estereotipos narrativos consustanciales a esta clase de historietas. El motivo que origina la narración es un crimen no resuelto cuya solución es competencia de un policía local y su ayudante. «Soy de aquí –dijo de pronto el comisario como si hubiera despertado- y conozco bien el pelaje de los gatos y no he visto nunca uno que tuviera cinco patas, pero me puedo imaginar perfectamente la vida de ese muchacho. Parecía venir de otro lado –dijo sosegado Croce-, pero no hay otro lado. Miró a su ayudante, el joven inspector Saldías, que lo seguía a todos lados y aprobaba sus conclusiones-. No hay otro lado, todos estamos en la misma bolsa.» Sin embargo, unos capítulos más adelante, el relato comienza a eclipsarse, pierde esa euritmia y tiesura científica que son inherentes a la novela policial y, sin apenas darnos cuenta, de todo ello emerge una novela negra, complicada, brutal y tenebrosa, en la que la resolución está asociada a métodos imaginativos y sagaces en detrimento de aquellos más deductivos. Es a partir de ese momento, -cuando los personajes embrutecen, adquieren la categoría de sospechosos y se sienten realmente amenazados-, que el universo ficcional de «Blanco nocturno» se demuestra habitado por sujetos sentenciados, adulterados y fuera de lugar, envueltos todos ellos en un investigación inagotable. Al final son «las percepciones íntimas» del viejo Croce, -un hombre legendario, muy querido por todos, una especie de consultor general, «un poco tocado», según dicen algunos, capaz de ver cosas que los demás mortales no pueden ver, según aseguran todos-, quienes conducen al desenlace del misterio.

El relato está estructurado en torno a dos itinerarios narrativos claramente diferenciados, sobre los que gravita toda la disposición argumental: uno primero rastrea la misteriosa muerte de Tony Durán y las murmuraciones, versiones y conjeturas que ésta despierta en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires –literalmente: «tanto en las casas, como en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga»-, y otro segundo gestiona las miserias de la familia Belladona y la relación que Tony sostiene con las hermanas Ada y Sofía. «Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona». Tony tenía clase y habilidad para seducir a las mujeres. Siempre las contradecía y las toreaba, sin dejar de tratarlas con una caballerosidad heredada de sus abuelos españoles. Hasta que una noche, a principios de diciembre de 1971, en Atlantic City, conoce a las mellizas argentinas. A partir de aquí, estas dos historias confluyen, rivalizan y terminan uniéndose en la construcción de un espacio ficcional donde todas las aspiraciones personales terminan por hundirse en el infortunio o en el desinterés más absoluto.

Los espacios en «Blanco nocturno» adquieren un valor sustancial tanto en la transmutación de los personajes como en el tránsito de la narración desde sus inicios como relato policial a su madurez ulterior como novela negra. Una atmósfera desagradable y opresiva se manifiesta de forma ostensible y persistente sobre los tres lugares en que se desarrolla la acción de la novela. Lugares que contemplan un pequeño pueblo al sur de la provincia de Buenos Aires; un lugar fundado al azar, sin ninguna condición de genealogía; un campo desierto que tuvo el atributo de fortín militar y asentamiento de tropas en la época de la guerra contra el indio; un caserío situado a orilla de las vías del tren, junto a un ramal; un pueblo anónimo, sin vida, embrutecido por el aburrimiento y el vacío. «Las viviendas y las casas se alzan divididas en capas sociales. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; a continuación, en una franja de ocho cuadras, está el llamado centro histórico, con la plaza, la municipalidad, la iglesia y la calle principal con los negocios y las casas de dos pisos; por fin, al otro lado de las vías del ferrocarril, están los barrios bajos donde vive y muere la mitad más oscura de la población.» Otra buena parte de la acción se desarrolla en la fábrica de la familia Belladona, en la que vive aislado Luca, el menor de los hijos varones del ingeniero Cayetano Belladona. «A lo lejos, en la línea del horizonte, como una sombra en la llanura, estaba el alto edificio de la fábrica con su faro intermitente que barría la noche; desde los techos una ráfaga de luz giraba alumbrando la pampa. Los cuatreros se guiaban por ese resplandor blanco cuando alzaban una tropilla antes del alba. Había habido quejas y demandas de los ganaderos de la zona.» El edificio es un caserón abandonado, sobre el que gravita el espíritu del hundimiento y la expropiación. «Luca se endeudó, hipotecó la planta, pero no dejó que le vendieran la fábrica. Levantó la quiebra, empezó a hacer lo que podía hacer...». Los departamentos destrozados y abandonados, los lóbregos pasadizos y el aislamiento de la fábrica no son más que otra manera de ver la gravedad de los problemas existenciales que castigan la vida de los personajes. El contraste de la luz que se filtra por las descerrajadas ventanas con la oscuridad que invade todo el edificio es indicativo del ambiente aciago que preside todo tipo de iniciativa humana. Y un tercer escenario aglutina las dependencias de un manicomio, ¡tal como suena!, -estos pueblos pueden no tener escuela, pero siempre tienen un manicomio-, donde cada tanto se retira Croce para pasar un tiempo descansando, como si de un hotel en las montañas se tratara. El recinto está ocupado por dos internos varones tan disparatados como él y, tan inofensivos allí adentro como agresivos y vidriosos pudieran serlo de haberlos tropezado afuera. «El manicomio estaba lejos del pueblo y ocupaba una construcción circular que en su origen había sido un convento. Se veía aislado, al final del camino que llevaba a las barrancas, cerca de la laguna y de los campos sembrados del oeste. Un muro de piedra con vidrios rotos en la parte superior y una alta puerta de hierro con lanzas se alzaban sobre la loma, como un espejismo en el desierto.» El manicomio es una insinuación de lo disparatado que llega a ser el ostracismo y la mortificación a que son sometidos ciertos seres alocados e íntegros por el simple hecho de perseguir la verdad y la justicia.

«Blanco nocturno» es una obra repleta de alegorías. El Nautilus -máquina aérea inventada por Luca Belladona, es una construcción cónica, de seis metros de alto, de acero acanalado, sostenida sobre cuatro patas hidráulicas y pintada con pintura antióxido de color ladrillo oscuro- simboliza las grandes ilusiones y el trágico final al que se ven sometidos los protagonistas. Precisamente esta imagen de falsas esperanzas y violencia gratuita es la que sobrevive en la mente del lector al concluir la novela.
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