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domingo, 29 de noviembre de 2015

EL TALENTO DE MR. RIPLEY. (Patricia Highsmith)

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EL TALENTO DE MR. RIPLEY (The Talented Mr. Ripley)
Patricia Highsmiths
TRADUCCIÓN: Jordi Beltrán
EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2008

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Un huérfano infeliz de 23 años de edad, Tom Ripley, vive en la ciudad de Nueva York intentando evadir una extorsión casual. Sus padres murieron siendo él muy pequeño y Ripley se crió en Boston con su tía Dottie. Ésta, una persona de carácter glacial, tiene a Tom en baja consideración -«¡Es un mariquita! ¡Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual que su padre!»- Una noche, en un bar de la Quinta Avenida, es abordado por Herbert Greenleaf, padre ricachón de un pseudo-conocido, Dickie Greenleaf. Herber está buscando a alguien que pueda persuadir a su hijo de abandonar la vida bohemia que lleva en la localidad italiana de Mongibello, y volver a casa. A Tom la oportunidad se la pintan calva. Una oportunidad que le brinda la posibilidad de dejar atrás una vida llena de problemas. La verdad es que había estado viviendo a salto de mata, sin ahorrar un céntimo y ahora, por primera vez en su vida, se ve obligado a esquivar a la policía. Lo que encuentra cuando localiza a Dickie es algo que no esperaba: una visión de la existencia privilegiada que siempre había soñado.

La lente de Highsmith, sin embargo, no es de color de rosa. La realidad es que Ripley le da una vuelta de tuerca al sueño del expatriado americano. Donde otros pueden apreciar hermosos paisajes, familias felices, o el  capital necesario para un romance, Highsmith ve la duplicidad, el engaño, el fraude, la falsificación, la perversidad, la lujuria y una lucha intratable entre el amor y el odio, que se desvía hacia el asesinato. Así, mientras que Tom podría llegar a apreciar a Dickie, la realidad es que lo llega a asesinar, adoptando posteriormente la identidad de éste. Viste sus ropas, luce sus joyas y adopta sus gestos, con un éxito sorprendente. Más sorprendente aún es observar cómo Highsmith engatusa al lector, animándolo en la confianza de que todo va  a salir bien. De alguna manera nos encontramos con la esperanza de que este psicópata asesino logre salirse con la suya.

En muchos sentidos Ripley no es muy diferente a la propia Highsmith. Ella tuvo la sensación a lo largo de toda su vida que merecía una clase social más alta. Un sentimiento de orfandad la acompañó siempre. Su madre vivió hasta los 95 años, pero siendo Patricia una adolescente le confesó que había tratado de abortarla bebiendo trementina. “Aprendí a vivir muy pronto con un odio profundo hacia quien consideraba una asesina”, manifestó una vez. “Y aprendí, asimismo, a reprimir mis emociones más positivas.” Desde la adolescencia ella se dio cuenta de su atracción por las mujeres. A los 24 años, escribió en uno de sus numerosos diarios: “Me preocupa la sensación de ser varias personas a la vez. Hay una diferencia, cada vez más aguda, entre mi yo interior -que sé que es el verdadero yo- y mis otras caras del mundo exterior”.

Ripley le proporcionó una ventana por la que pudo canalizar toda su rabia. En sus escritos ella buscó venganza por los daños y faltas que sufrió durante toda la vida a manos de los demás. Venganza no sólo por el menoscabo causado por su madre (a quien amó y odió con una fuerte pasión), sino también por aquel causado por sus amantes (a quienes acusaba de no amar, o de amar mal o simplemente de no ser dignos de ser amados), por el gobierno (de imposición injusta), por la sociedad (por ser un lugar en el que la homosexualidad era considerada una enfermedad digna de ser tratada), por su padre biológico (a quien acusaba de abandonarla), por su padrastro (por el «robo» de su madre), por los directores y editores de sus novelas (por rechazarla), y así hasta el infinito. Highsmith, no obstante, dedicó sus libros a sus amantes, ex amantes, y también a su madre. Los rigores de la vida la condujeron al alcohol, pero también fecundaron en ella un fervor que la llevó a escribir sobre las mayores brutalidades imaginables. Y fue Ripley, precisamente, el personaje que encarnó la mayoría.

Al detallar a Ripley, Highsmith le atribuyó muchos de sus propios rasgos y “pequeños hábitos obsesivos”. Y al igual que Ripley, que ocultaba a la vista su verdadera personalidad, tal era el modus operandi de Highsmith. A pesar de que trabajó durante años escribiendo cómics antes de publicar un solo libro, su primera novela «The click of the Shutting», escrita a la edad de 22 años, nunca fue editada. Publicó su única novela “lesbiana”, «El Precio de la Sal», bajo el seudónimo de Claire Morgan. Treinta y tantos años después la reimprimió con el título de «Carol», descubriendo, entonces sí, su verdadera identidad.

Siempre hubo una dicotomía en ella. Fue acusada de misoginia, aunque prefería escribir sobre los hombres debido a que «las mujeres están atadas a la casa, atadas a alguien, no son independientes para viajar y no poseen  fuerza física, en caso necesario». Algunos de sus contemporáneos la tacharon de misantropía y posiblemente no andaban muy desencaminados en ello. Ella siempre se inclinó por la compañía de sus muchos gatos y caracoles y una vez comentó: «Mi imaginación funciona mucho mejor cuando no tengo que hablar con la gente». En última instancia, no fue sólo su vida privada la que estuvo marcada por esa dualidad, sino también su carrera. Tuvo mucho éxito, críticamente y comercialmente, en Europa, donde vivió durante casi toda su vida, pero en su interior albergaba un deseo insatisfecho de ser reconocida en los Estados Unidos, cosa que si logró Ripley. Aunque «El talento de Mr. Ripley» logró el reconocimiento en Francia y en los Estados Unidos, la figura de Highsmith nunca alcanzó una gran significación literaria en América. 

Una estancia suya en Europa le inspiró el personaje del amoral Tom Ripley, cuya primera aparición data de 1955 con esta novela precisamente, «El talento de Mr. Ripley», escrita tras el primer viaje de la escritora al viejo continente; viaje sufragado con los derechos cinematográficos de su primera obra, «Extraños en un tren».

Con este primer relato de la serie de Ripley, Highsmith obtuvo el «Grand Prix de Littérature Policière», estuvo nominada a «The Edgar Awards» a la mejor novela, y fue adaptada al cine en dos ocasiones. El personaje aparecerá en otros cuatro cuentos y se convertirá en uno de los más populares protagonistas de series policiales, aunque -como ya sabemos- no es ni detective ni policía, sino, más bien, un estafador con una inteligencia por encima de la normal. Estafador que suplanta a sus víctimas, al tiempo que opera como ladrón y asesino ocasional, no se somete a la moral establecida y crea sus propios valores. Y, con todo ello, a la gente le gusta Ripley. Y es que hay algo infinitamente intrigante en esos personajes que exteriormente se presentan de una manera, pero que internamente se manejan  por un código que es totalmente diferente, y no del todo escrutable. 
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