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miércoles, 18 de mayo de 2016

EL PSICOANALISTA. (John Katzenbach)

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EL PSICOANALISTA (The Analyst)
John Katzenbach
TRADUCCIÓN: Laura Paredes
EDICIONES B, S. A.
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«El psicoanalista» (The Analyst), la novela más exitosa de John Katzenbach, escritor norteamericano nacido en Princenton (New Jersey), fue editada originalmente en 2002. Katzenbach tiene actualmente dos nominaciones a los premios Edgar por «Al calor del verano» (In the Heat of the Summer, 1982) y «La Sombra» (The Shadow Man, 1995), así como el dudoso honor de ocupar un lugar en la lista de «bestsellers» del New York Times. Sus libros incluyen entre otros: «Retrato de sangre» (The Traveler, 1987), «Juicio final» (Just Cause, 1992), «El profesor» (What Comes Next, 2010) y «El estudiante» (The Dead Student, 2014).

El psicoanalista que da título a este relato es el Dr. Frederick («Ricky») Starks, un viudo sedentario, de carácter totalmente introspectivo, y yo me atrevería a decir que poco atractivo para el lector. A sus cincuenta y tres años de edad, Starks pasa los días oyendo a la gente quejarse de su madre. Unas madres, según ellos, desconsideradas, crueles y sexualmente provocativas. Todos sus clientes, sin excepción, dedican sus sesiones a echar pestes contra las mujeres que les han traído al mundo. La monotonía de escuchar a sus pacientes, a quienes desagrada, solo se ve rota por la proximidad de unas vacaciones en su residencia de verano de Cape Cod. Sus planes, sin embargo, se tuercen cuando encuentra una carta dejada en la sala de espera de su consultorio por una persona que se hace llamar a sí misma «Rumplestiltskin». La carta comienza así: «Feliz cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo, por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya. Al principio pensé que debería matarlo para ajustarle las cuentas, sencillamente. Pero me di cuenta de que eso era demasiado sencillo. Es un objetivo patéticamente fácil, doctor. Acecharlo y matarlo no habría supuesto ningún desafío. Y, dada la facilidad de ese asesinato, no estaba seguro de que me proporcionara la satisfacción necesaria. He decidido que prefiero que se suicide.» Como condición para librarse de semejante desatino, Rumplestiltskin le impone a Starks la penitencia de adivinar su verdadera identidad. O eso, o la alternativa de quitarse la vida en un plazo de quince días. De no acceder a ello pende sobre Starks la amenaza que uno de sus parientes –cuya lista abarca el cuantioso número de cincuenta y dos- pase a disfrutar el sueño de los justos. Como prueba de su buena fe e intenciones, el Sr. R. informa a Ricky que un mensaje ya ha sido entregado a una de esas personas.

El mensaje, entregado a una joven de catorce años de edad, sobrina nieta del médico, es suficientemente desagradable y Ricky decide tomarse la carta en serio. Igualmente la muerte de uno de sus pacientes, un aparente suicidio pero asesinato a los ojos de Starks, le impulsa aún más a creer la palabra de los dos subordinados de Rumplestilskin que se presentan ante él. Una mujer joven y bella, que se hace llamar “Virgil”, le comunica a Ricky que será su guía al infierno. Más tarde, un supuesto abogado, que responde al nombre de “Merlin”, obsesionado en presentar un caso de mala conducta profesional contra el médico, comunica a Ricky que va a destruirlo.

Ricky Starks no tarda en descubrir que ha sido despojado de casi todos sus activos, así como de su reputación. Mientras los días pasan inexorablemente, se mantiene en contacto con su torturador a través de una serie de anuncios publicados en la portada del New York Times. Starks busca la ayuda del hombre que fue su mentor, aquél que lo formó en su profesión y fue su guía en sus comienzos, pero finalmente se da cuenta que no hay alternativa a la muerte. Y así, una noche de luna llena, después de prender fuego a su casa de verano en Wellfleet, conduce con cuidado y sin pausa hasta una playa que le es conocida desde hace años y, desnudo como el amanecer, camina despacio hacia el agua embravecida.

Katzenbach atesora una dilatada trayectoria como reportero especializado en temas judiciales, quehacer que ha desarrollado en los rotativos «The Miami Herald» y «Miami News». Por esta labor, que ha sabido amalgamar cuidadosamente con la escritura, es razonable suponerle una disposición a reducir el número de palabras al mínimo, siempre con una inversión en cada palabra capaz de producir el máximo impacto posible. Sin embargo «El psicoanalista» es una obra densa y bendecida con la longitud de una enciclopedia.

Mucho se ha hablado sobre la fragilidad que destila a veces la personalidad. El libro hace de ello acopio de largo alcance y nos invita a apreciar cómo dejar atrás los patrones predecibles de una antigua vida y cómo desarrollar una nueva identidad a través de un largo viaje de venganza y redención. Coexisten en «El psicoanalista» muchos acontecimientos impresionantes, todos ellos provistos de una inmoderada descripción y seguidos  de consideraciones cercanas al mundo del psicoanalis. Se hace complicado sentir simpatía por el doctor Starks, aunque más complicado es aún sentirla por sus perseguidores. Asimismo no es fácil entender como un personaje, cuyos hábitos sedentarios están cimentados a través de años de largas y duras sesiones sentado tras un diván escuchando a sus pacientes, en un hábitat que no incluye ningún tipo de formación física y cuyas articulaciones cabe suponer anquilosadas, es capaz de recorrer miles de millas sin ningún esfuerzo obvio. Asimismo Starks se permite ser atrapado en una situación incómoda por no atreverse a contactar a tiempo con la policía y, cuando lo hace, es recibido con una rudeza insensible así como con gran incredulidad. ¿Es digno de crédito que una institución tan americana como la policía tenga miembros que se comporten de este modo?

Si bien es cierto que la increíble -y uso el adjetivo apropiado- longitud de «El psicoanalista» podría ser recortada en cientos de páginas y su trama obligada a seguir caminos menos tortuosos, también lo es que algunos de sus puntos culminantes, como el fino sentido del ritmo, las curvas imprevisibles y las frescas caracterizaciones, eclipsan sus fallos menores. 
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