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martes, 24 de enero de 2017

NO APAGUES LA LUZ. (Bernard Minier)

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NO APAGUES LA LUZ (N´eteins pas la lumière)
Bernard Minier
TRADUCCIÓN: Dolors Gallat Iglesias
SALAMANDRA BLACK
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Si algo caracteriza al género negro actual en Francia es la cantidad y diversidad de talentos existentes. Bernard Minier es uno de ellos. Nacido en 1960 en la ciudad de Béziers pasó su infancia en Montréjeau, al pie de los Pirineos. Trabajó un tiempo en la administración de aduanas y publicó su primera novela -«Glacé» (Bajo el hielo)- en 2011, con la que obtuvo un gran éxito. «Llevo escribiendo muchos años. Incluso en esos tiempos cuando todavía no publicaba, ya era más escritor que funcionario de aduanas. No tenía el valor de publicar porque pensaba que ya había demasiadas novelas publicadas que no tenían que haberlo sido, que no lo merecían... Y pensaba que las mías no tenían la dignidad suficiente». Su segunda novela, «Le Cercle» (El Círculo), aparece en octubre de 2012, con el mismo protagonista que la anterior. «N´éteins pas la lumière», traducida al español de forma literal como «No apagues la luz», es la tercera novela de Bernard Minier.

En «No apagues la luz» nos tropezamos con un comisario Martin Servaz convaleciente de una depresión severa y de un estado acusado de soledad, de los que trata de salir en una casa de reposo, tras el asesinato de Marianne, la mujer de su vida. Marianne, a quién halló desnuda y destripada en una cabaña. Su némesis, Julian Hirtmann, le envió su corazón en una cajita. Servaz es un policía culto, brillante y frágil, que ama la literatura, la poesía y la música clásica y que siente una fascinación particular por Gustav Mahler. Ésto le da al personaje una profundidad rara vez alcanzada en la larga lista de investigadores existentes en la ficción francesa.

Julian Hirtmann, ex fiscal de Ginebra reconvertido en asesino en serie, un ser brutal, inteligente y abrumador, es el contrapunto de Servaz. Es un depredador puro. En los pasillos rojos de su mente hay muchas puertas. Una abre la cripta que alberga la memoria de las cuarenta mujeres que asesinó. Otra segunda conduce a la música de Mahler, en especial «Canciones para niños muertos», que escuchó el día que mató a su esposa. Curiosamente comparte esta pasión por la música del compositor austríaco con Servaz. Una extraña similitud que resalta una peligrosa proximidad espiritual. «Hirtmann no es un monstruo, no está desconectado de la realidad. Tiene muchos puntos en común con Servaz. Él mismo lo dice: no hay una membrana que separe el bien del mal. El mal circula por todas partes y lo que me interesa es que el mal, los asesinatos, son creación y resultado de la sociedad tal como es, de su fascinación por la violencia.»

Martin Servaz sólo sale de su pozo de aislamiento cuando recibe por correo una invitación para acudir a una habitación de hotel el día siguiente de Navidad. Una habitación en la que una artista fotográfica, Célia Jablonka, se suicidó un año atrás a los acordes de la ópera «El buque fantasma» de Richard Wagner. Su curiosidad, la curiosidad de Servaz, es más fuerte que su depresión y mientras trata de entender lo que pasó, otra joven, Christine Steinmeyer, presentadora de Radio 5, -una estación importante en el Midi Pyrénées-, ha conocido a los padres de su prometido Gérald por primera vez. Es la víspera de Navidad. Poco antes ha descubierto en su buzón una carta anónima, una misiva que le anuncia un suicidio que tendrá lugar esa noche. Christine cree que la carta no va dirigida a ella, que se trata de un error. Sin embargo, al día siguiente, el hombre que llama en vivo a su programa de radio, con una voz cálida, profunda y vagamente sibilante, parece estar convencido de lo contario. Ella se pone en contacto con la policía y a partir de ahí su vida cae, se rompe gradualmente y se convierte en un infierno. Un infierno que alguien intenta alimentar. Pronto los incidentes  se multiplican, como si alguien hubiese tomado el control de su vida. Ya decía Orwell que «el poder radica en la facultad de destrozar el espíritu humano». Una fuerza invisible, invencible, está destruyéndola. ¿En qué momento se desató? Alguien quiere volver a recrear el drama de Célia Jablonka. ¿Pero quién? ¿Y por qué? ¿Y si nuestros seres queridos no son lo que creemos? ¿Y si algunos secretos oscuros se niegan a morir? Aguarde, no apague la luz, amigo, y prepárese para lo peor...

«No apagues la luz», con un punto de partida estremecedor, tiene escenas angustiosas, tiene ritmo y, además, un profundo análisis de lo más oculto de los personajes. Los caminos de Minier son angostos y claustrofóbicos. Cómo confluyen las dos tramas, la de Christinne y la de Servaz, cómo Minier juega con lo conocido y lo ignorado, lo cierto y lo discutible, es algo que queda para fruición del lector. Minier nos enseña a través de Servaz que nada es lo que parece, que la visión que tenemos de la policía está llena de tópicos. Servaz odia la injusticia, la mediocridad, los deportes televisados, la tecnología, la velocidad y la acción. «Mi preocupación era hacer de mi personaje alguien común. He intentado recrear una persona normal que fuera policía. Era mi intención inicial, pero me he dado cuenta de que Servaz no es normal en absoluto; un policía que cita frases en latín todo el tiempo no debe ser muy habitual. No quería que Servaz viera la vida como un policía, pero he llegado a la conclusión de que muchos policías no ven la vida como policías y realmente éste es mi papel, el trabajo del novelista: hacer sentir que las cosas son más complejas de lo que parece.»

Ésta no es una novela corta, aunque se sienta como tal. Una vez sumergido en ella, es imposible dejarla de lado. Minier, maestro de la manipulación, se muestra aquí a sus anchas. Por un lado Christine lucha contra el mal de su adversario invisible, que cambia continuamente añadiendo más confusión a la trama. Por otro, Servaz está cada vez más convencido de quién es ese adversario, pero el lector no lo está tanto y al final no queda claro quién de los dos tiene la razón.

En la serie de Servaz, Minier muestra su maestría en la construcción de thrillers extremadamente complejos. Los libros son extensos, con muchos personajes entrelazados y con tramas intrincadas. La psicología de la victimización impregna este libro, en el que Christine ocupa el centro del escenario, y la falta de claridad con respecto a la víctima y al agresor hace la trama intensamente atractiva e increíblemente preocupante. 

Sólo queda decir que Minier ha añadido su nombre al de autores tan importantes como Fred Vargas, Pierre Lemaitre o Franck Thilliez, que han sido los responsables de un resurgimiento del polar y del thriller francés de primerísima calidad.
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