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miércoles, 4 de enero de 2017

SÓLO UN ASESINATO. (Jim Thompson)

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SÓLO UN ASESINATO (Nothing more than Murder)
Jim Thompson
TRADUCCIÓN: Iris Menéndez Sallés
EDICIONES B(LIBRO AMIGO)
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Thompson recurrió a la ficción criminal a una edad relativamente tardía, los cuarenta y tres años, con la publicación de «Sólo un asesinato». La primavera de 1933 marcó un hito en la vida del escritor. En el tiempo que le quedaba libre entre cuidar de su padre y vender sus artículos, consiguió completar el borrador de una novela ambientada en el cine de Big Springs. Tras sufrir numerosas revisiones en el transcurso de los siguientes dieciséis años («con la determinación alcohólica de demostrar que tenía razón y que los editores de la nación estaban equivocados») la novela evolucionaría hasta convertirse en su primera obra criminal.

A primera vista «Sólo un asesinato» parece seguir el clásico esquema triángulo amoroso/fraude a la aseguradora propio de James M. Cain. Pero más que tomar prestados elementos de «El cartero siempre llama dos veces» y «Pacto de sangre», lo que hizo Thompson fue trasponerlos, volviendo a Cain del revés mediante una serie de inversiones sexuales.

Joe Wilmot es un pequeño empresario que, después de haber eliminado a la competencia, posee junto con su esposa Elizabeth, la única sala de cine de Stoneville. Ellos no se llevan bien. Elizabeth Barclay, que le saca sus buenos diez años a Joe, es hija de una familia local que en su momento llegó a tener una relativa importancia. Por su parte, Joe ha ascendido en la vida desde su puesto de repartidor de películas desde una ciudad sin nombre hasta los diversos cinematógrafos de las pequeñas urbes de los condados circundantes. Joe se crió en un orfanato, residió un período corto de tiempo en un reformatorio por vagancia y su visión del mundo es cínica. El pragmatismo forma parte de su «modus operandi». Más que un matrimonio lo que comparten Joe y Elizabeth es un acuerdo comercial. Joe firmó los papeles porque Elizabeth necesitaba ayuda para sacar adelante el cine heredado de su familia, y se volcó implacablemente en el trabajo hasta convertir el Barclay en una  sala moderna. «Si eres como yo probablemente habrás visto a lo largo de tu vida a un millar de  parejas que habrán hecho que te preguntes cómo y por qué diablos acabaron juntas. Y si eres como solía ser yo, probablemente lo hayas atribuido al licor y a las escopetas.»

Elizabeth recluta a la joven estudiante Carol Farmer como empleada doméstica, aunque parece obvio que los Wilmot, que no poseen hijos, no tienen necesidad de una interna. Carol no es precisamente una belleza, pero su erotismo salvaje pronto seduce a Joe, quien es descubierto por su esposa en el momento de besarla. Él necesita el sexo y su esposa necesita el dinero; de hecho ambos necesitan dinero, pues una crisis de liquidez llama a las puertas de la familia y los «tiburones» no dejan de rondarlos. Todo el mundo hace presión sobre Joe: sus empleados, la unión de proyectistas de películas, los distribuidores, una gran cadena de cines de la competencia, sus compañeros empresarios de Stoneville..., incluso su maldita esposa que quiere marcharse, y que si no lo ha hecho es porque no tiene en sus manos su parte de la póliza del seguro que comparte con Joe.  

Así pues, Elizabeth se compromete a desaparecer si Joe le proporciona 25.000 dólares. Los tres deciden asesinar a una mujer joven desconocida, dejarla en el garaje de la casa y luego prenderle fuego. En el trato Elizabeth debe desaparecer y esperar que el seguro de vida pague la prima de Joe que asciende a esos 25.000 dólares. Todo parece ir bien hasta que el investigador del seguro se queda en la ciudad más tiempo del esperado. Para colmo de males, Carol no parece estar del todo segura de los sentimientos de Joe hacia ella. Él no es una persona romántica y tiene otros problemas que resolver.

Comparado con iconos sexuales como Frank Chambers («El cartero siempre llama dos veces») y Walter Huff («Pacto de sangre»), Joe no pasa de ser un icono de hojalata, un torpe y emasculado estafador de poca monta que confunde autocompasión con deseo y cuya mujer lo trata como a un perro.

Los antecedentes de Joe como huérfano, pasando por una sucesión de hogares de acogida para terminar en el reformatorio y la cárcel le han dejado inseguridades acerca de su inteligencia y su estatus social. La máscara afable y campechana que pone cada vez que tiene que visitar a los distribuidores de películas sólo consigue camuflar su alma petrificada. Tras el incendio, entumecido por la culpa y la sospecha, su identidad se desgaja en una psicosis. «No pueden ahorcarme. Ya estoy muerto. Llevo muerto mucho tiempo».

¿Y qué decir de su “femme fatal”? Carol parece cualquier cosa menos eso. «Tenía un aspecto lamentable. Parecía un saco de salvado incapaz de decidir hacia qué lado desplomarse... Aquella ligera bizquera le daba una expresión coqueta y su manera patituerta de caminar provocaba que, de algún modo, los cachetes de su trasero se desplegaran formando un pequeño valle bajo la falda.»

Con «Sólo un asesinato», Thompson hizo realidad su ambición de crear una obra de ficción popular. El personaje de Joe Wilmot le permitió dramatizar la vergüenza, la autocompasión y la resignación frente al infausto destino y el fracaso que parecen el punto flaco de sus autobiografías. Cuando Joan Khan, legendaria editora de las novelas de crímenes y suspense de Harper, preguntó a Thompson si su tratamiento de la industria del cine en «Sólo un asesinato»  podría suponerle a Harper algún pleito por difamación éste contraatacó con una andanada de datos. Lo cierto es que la novela no atrajo ningún pleito, sólo sus mejores críticas hasta la fecha. El Saturday Review balbuceó: «Macabra... ¡pero muy buena!». Reeditada en rústica, «Sólo un asesinato» acabaría vendiendo 750.000 ejemplares a lo largo de la siguiente década.
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