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miércoles, 22 de julio de 2015

LA LLAVE DE CRISTAL. (Dashiell Hammett)

LA LLAVE DE CRISTAL (The Glass Key)
Dashiell Hammett)
TRADUCCIÓN: Luis murillo Fort
RBA EDITORES, Junio 2015
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Ned Beaumond no es un detective privado; al menos, no como los hemos conocido hasta ahora. Ned Beaumond es un «parásito político», un inveterado fumador, un jugador compulsivo y un avezado bebedor de whisky de centeno. Es un aventurero que posee una enfermiza debilidad por el dinero y las mujeres. A su vez es alto, de planta erecta, delgado, con ojos oscuros y diáfanos y luce un probado bigote. A todo esto hay que añadir que es un obseso del honor personal; más de un bromista ha sugerido que él es, en muchos sentidos, el mismísimo Hammett y, probablemente, no anden completamente desencaminados quienes así piensen.

Puede que no sea muy lúcido, pero Beaumont, sin duda, comparte más de uno de los atributos de los demás héroes de Hammett (y del mismísimo Hammett en persona), entre ellos y quizás el más importante, un sentido estricto de la lealtad. Así como el «Agente de la Continental» está sometido a las disposiciones de la Agencia de Detectives en la que trabaja, y Sam Spade no duda en vengar la muerte de su compañero Miles Archer (a pesar de que no le guardaba mucha simpatía), también Beaumond es capaz de arriesgar su propio cuello en nombre de la amistad. Para exculpar a su amigo Paul Madvig -un político corrupto- de un cargo de asesinato, Ned llega al extremo de tomarse la justicia por su mano. En el trasfondo de la novela subyace una rica reflexión sobre la subsistencia de la amistad en el inframundo del hampa.

Es año de elecciones en una ciudad cualquiera estadounidense geográficamente cercana a Nueva York, y algunos pueden perderlo todo, incluso la vida. Cuando el poder, los intereses personales y el dinero entran en juego no tarda en aflorar el lado más oscuro del ser humano. Una noche cualquiera de un día cualquiera, en fecha no muy anterior a los comicios electorales, poco antes de las diez y media, Ned Beaumont encuentra en China Street, sin proponérselo, el cuerpo sin vida de Taylor Henry, de veintiséis años, hijo del senador Ralph Bancroft Henry. El senador es un hombre sin escrúpulos al que únicamente le interesa hacerse con las elecciones:

  • —Afortunadamente— prosiguió Beaumont—, el senador no nos dará mucho que hacer. No se preocupa por nada, ni aun por usted ni por el hijo muerto; lo único que le interesa es ser reelegido, y sabe que sin Paul no lo conseguirá.

La muerte de Taylor se debió –según posteriores investigaciones forenses- a la fractura de cráneo y la conmoción cerebral resultantes del impacto de su nuca con el canto del bordillo de la acera, tras haber sido golpeado en la frente con una porra u otro instrumento romo. Paul Madvin, de cuarenta y cinco años, alto como Beaumont pero con unos veinte kilos más, de facciones marcadas y cutis rubicundo, apoya al senador Henry en las elecciones, y desea casarse con su hija Janet, motivo por el que se cuestiona cómo frustrar la investigación que el fiscal pretende seguir. Beaumont, por el contrario, quiere «hundir» al senador Henry, a quien considera un político corrupto.

Beaumont acude a la ciudad de Nueva York con poderes de la fiscalía de Baltimore para arrestar a Bernie Despain -un fullero estafador, presunto responsable de la muerte de Taylor Henry-, y al tiempo cobrar una deuda de juego que asciende a 3.200 dólares que Despain mantiene con él. Mientras sus investigaciones en Nueva York  transcurren por la vía de las borracheras y las peleas, alguien envía una carta al fiscal del distrito de la ciudad y condado y al propio Beaumond, dando a entender que Madvig  es el asesino. Las sospechas de Baumond se centran en la hija del propio Madvig –Opal-, que era novia de Taylor Henry en vida.

La base política de Madvig comienza a fragmentarse cuando se niega a soltar a uno de sus seguidores –Tim Ivans-, quien descansa en una celda de la cárcel municipal, detenido y sin fianza, a la espera de ser juzgado por homicidio tras arrollar «accidentalmente» a Norman West ocasionándole la muerte. El hermano de Tim Ivans -Walt- acude al jefe de la mafia local, Shad O'Rory, con la solicitud de que elimine a Francis –a su vez hermano de Norman y testigo del homicidio de Tim-. Beaumont tiene conocimiento del asesinato de Francis West a su regreso de Nueva York, mientras lee un periódico en un taxi que lo conduce de la estación a Randall Avenue. Madvig declara la guerra a O'Rory –decide aplicarle lo que él llama «el tratamiento del torpedo»-, mientras O´Rory le ofrece 10.000 dólares a Beaumont para que acuda al periódico local –el «Observer»- y les ponga al tanto de todas las trapisondas en las que se encuentra metido Madving. Beaumont se niega y se despierta en cautiverio en una habitación lúgubre, donde es golpeado continuamente, dando lugar a algunas de las escenas más inhumanas de la narración.

Hammett consideró «La llave de cristal» su mejor libro, y, más tarde, Ross Macdonald coincidió en la misma opinión. Hammett posee una manera de narrar que tiene mucho en común con el cine, donde los capítulos se suceden como si de diferentes fotogramas cinematográficos se tratase y donde solo conocemos aquello que tiene que ver con la acción principal, aquello que al escritor le interesa que sepamos, suprimiéndose cualquier preámbulo y todo análisis que pueda llevarnos a juzgar antes de tiempo tanto a los personajes como a la situación descrita.

Las páginas de «La llave de cristal» nos transportan al mundo que cohabita detrás de la realidad; un mundo en el que la violencia es la llave perfecta para llegar al poder, allí donde la corrupción está presente en cada estamento de la sociedad; un mundo en el que la dignidad humana se pisotea de forma continua. Un universo que está a caballo entre el honor personal y la corrupción, entre la oportunidad y la fatalidad, y todo ello a pesar de que nos tropecemos con la figura de un detective con un código de valores muy personal que sabe cuál es el lugar que ocupa en este cosmos, y con personas cuyo deseo es despertar del sueño americano.

«La llave de cristal» tematiza la pérdida de suerte, al igual que algunas novelas posteriores a la Gran Depresión, tales como «El cartero siempre llama dos veces» (1934), de James M. Cain, y «Acaso no matan a los caballos? (1935), de Horace McCoy. En este universo, la supervivencia puede estar influenciada por la razón y la capacidad, pero es sobre todo resultado de la suerte: «El problema es perder, perder y perder. ¿Lo entiendes Paul? Es superior a mí. Y luego cuando ya pensaba que había dejado atrás el gafe, va ese granuja y me la juega», comenta Beaumont. Corren tiempos difíciles en lo económico, tiempos que han reducido a los hombres a lo más esencial. Y cuando la suerte, por mera casualidad, detiene la vista en una persona, su mutación se hace notoria: «Al bajar del tren que lo había llevado de vuelta de Nueva York, Ned Beaumont era un hombre alto, de porte erguido y ojos diáfanos. Solo sus pectorales planos podían ser indicio de alguna debilidad constitucional. Tanto de color como de rasgos, su cara se veía saludable. Su zancada era larga y elástica.»

«La llave de cristal» fue publicada por Hammett, en cuatro entregas en la revista Black Mask, entre marzo y julio de 1930, poco después del éxito obtenido con «El halcón maltés», y fue recibida sin excesivo entusiasmo por parte de la crítica. Sin embargo hoy, está considerada como su mejor obra. La acción, movida por la crueldad, la fuerza bruta y el instinto criminal, es en extremo violenta; sin embargo, los comportamientos desinteresados y los sentimientos nobles, aunque apenas presentidos, están latentes a lo largo de todo el relato. Bajo la crudeza y el sarcasmo exteriores, el sutil arte narrativo de Hammett consigue devolver toda su complejidad y ambigüedad a las motivaciones y caracteres humanos. La esperanza no se ha perdido del todo...
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