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miércoles, 1 de julio de 2015

LA BANDA DE LOS MUSULMANES. (Chester Himes)

LA BANDA DE LOS MUSULMANES (The Real Cool Killers)
Chester Himes
TRADUCCIÓN: Axel Alonso Valle
EDICIONES AKAL, S. A., 2010
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Los clientes de color del Dew Drop Inn de Harlem, entre la calle 129 y Lenox Avenue, se estaban divirtiendo como nunca una fría y despejada noche de octubre. Solo había una nota discordante en este ambiente festivo. Un hombre blanco estaba de pie en mitad de la barra y los miraba con una diversión cargada de cinismo. Cuando la música paró una voz áspera dijo por encima de las jadeantes risas: «M’apetece tajarle’l cuello a algún blanco hijoputa.» Las risas pararon y la sala quedó en silencio. El hombre que había hablado era un peso gallo, bajito y escuálido, que blandía una navaja semiautomática en su mano derecha. Pese a las excusas del hombre blanco el hombrecillo de la navaja le soltó un tajo en el cuello que le cortó limpiamente la corbata roja justo por debajo del nudo. El alboroto trajo consigo la participación del gigantesco barman -Big Smiley-, quien fue obsequiado con un sajo en el brazo, cuyos músculos se abrieron como el mar Rojo al tiempo que la sangre salía a chorros. Big Smiley se echó hacia atrás y metió la mano bajo la barra, de la que extrajo un hacha corta de bombero. El golpe cruzado que recibió el hombre de la navaja le seccionó el brazo justo por debajo del codo. El brazo, con la navaja agarrada, voló por los aires, salpicando de gotas a los espectadores, aterrizó sobre el suelo y se perdió bajo una mesa. El hombrecillo vio a Big Smiley echando hacia atrás el hacha de mango rojo para darle un nuevo hachazo. «¡’Spera, bigardo hijoputa, qu’encuentre mi brazo!. Tié mi navaja´n la mano.»

La acción de “La banda de los musulmanes” se desarrolla en una sola noche, y detalla la investigación del asesinato de un «blanco hijoputa» –evidentemente, no era su noche- perseguido fuera del Dew Drop Inn de Harlem por un asaltante armado con un revólver. Sonny Pickens había estado fumando cigarrillos de marihuana y estaba totalmente colocado cuando salió a la acera del Dew Drop. «¡Eh, tú! –gritó-. Tu eres el tío que ha’stao tirándose a mi mujé.» (Posteriormente, cuando los efluvios de la marihuana comienzan a desaparecer y las cosas se complican para él, reconoce: «Cómo’s posible que perdiera la cabeza por mi mujé, si ni siquiera tengo»). Cuando Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson llegan a la escena del crimen, la resolución del caso parece sencilla...
  
   -¡En fila! –dijo Grave Digger.
   -¡Recuento! –contestó Coffin Ed.

...pero todo se va complicando por momentos. Coffin Ed mata de un disparo en el corazón a un joven miembro de la banda de los Musulmanes Molones por arrojarle agua de colonia a la cara, -«Solo’s perfume», gritó el árabe alarmado- confundido ante la idea de que pudiera ser de nuevo ácido, como ya le sucediera en su anterior aventura. El muerto mantenía relaciones con su hija Sugartit -una negra de piel chocolate y huesos finos- quien también pertenece a la citada banda. Para más inri, el sospechoso, Sonny Pickens, (un negro acharolado a quien el jefe de la banda de los Molones le espeta a la cara sin compasión: «Colega, mira qu’eres negro. Cuando eras un bebé tu madre debía pintarte la boca con tiza pa sabé onde poné la teta»), aprovecha la confusión para escapar. Cuando su arma es encontrada resulta ser de fogueo. La pregunta surge por si sola: ¿quién ha matado al hombre blanco de Harlem?  

Bienvenidos a Harlem. Bienvenidos al gran baile de esta noche. El Apollo Theatre, revestido con el solaz de la nostalgia, ondea sus oriflamas al viento y abre sus añosas puertas para hacerles partícipes del recuerdo de aquella época célebre del guetto negro por antonomasia de la Nueva York del siglo pasado. Harlem baila cada noche en las páginas de las novelas de Chester Himes. Del exotismo de lo prohibido que se desprende de la lectura de sus obras destila la atmósfera decadente, la violencia y el acibarado humor negro que le hicieron famoso. Toda una ristra de personajes estereotipados, desde policías blancos matones y descaradamente racistas, hasta negros entrados en carnes de piel lustrosa de ébano, pasando por mulatos achaparrados de revestimiento claro, le esperan ansiosos para ejecutar ante usted el papel que les ha tocado representar en esta parodia burlesca de la vida que es la ficción negra.

  • «Una mujer saltó de su asiento frente a una mesa como si la música la hubiera pinchado con chinchetas. Era una mujer negra y delgada con un vestido de punto rosa y medias rojas de seda. Se subió la falda y empezó a bailar con ímpetu como si estuviera intentando sacudirse las chinchetas una a una. Su ánimo resultaba contagioso. Otras mujeres bajaron de un salto de sus taburetes y se unieron al baile. Los clientes se rieron y dieron voces y comenzaron también a moverse. El pasillo entre la barra y las mesas se convirtió en una tormenta de cuerpos en movimiento.»

La cultura afroamericana y, sobre todo su música, se puso de moda en Harlem allá por los años cincuenta del pasado siglo. Con el paso del tiempo el barrio fue degenerando hasta que llegó a convertirse en el mítico paraje saturado de incertidumbres y  peligros del que se guarda memoria. En sus calles ruidosas y en sus casas ruinosas, los habitantes de aquél Harlem veían con tono sarcástico y fatalista, como la cruda realidad diaria les aporreaba de frente. Pero una y otra vez, cada noche, trataban de embriagarse de música, alcohol y placeres sexuales para escapar, aunque sólo fuera por un instante, de esa penumbra neblinosa que la América de las oportunidades había creados para ellos.
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