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viernes, 10 de julio de 2015

VIDAS DIFÍCILES. (James Sallis)

VIDAS DIFÍCILES (Difficult Lives: Jim Thompson-David Goodis-Chester Himes
James Sallis
TRADUCCIÓN: Alberto de Satrústegui
POLIEDRO
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«La oscuridad y yo»

Este pequeño ensayo de James Sallis –pequeño en extensión y a la vez grande en intenciones y contenido- trata sobre Himes, Goodis y Thompson. No pretende Sallis con ello hacer una reivindicación sobre sus obras como literatura perdurable, su interés se centra tanto en los fracasos o incapacidades de estos personajes como en sus logros.

La novela de Himes, siempre según Sallis, imita la tradición del disimulo mediante el cual generaciones enteras de negros mantuvieron una vida paralela a la de la cultura dominante, la cultura del hombre blanco. Goodis escribió el mismo libro una y otra vez codificando su propia caída de escritor promisorio a recluso y Thompson pobló sus novelas de psicópatas risueños cuyos ojos atraen al lector a un enorme vacío.

La cultura americana tiene la desafortunada costumbre de abandonar todo aquello que tiempo atrás amó profusamente. Y así, los libros de estos tres escritores, pese a los esfuerzos de sus agentes literarios, estuvieron a punto de perderse con el devenir de los tiempos. Sus cubiertas desgarradas enmohecían por la humedad en sótanos y buhardillas y sus páginas amarilleaban en estantes polvorientos. Sólo en Francia donde sus libros siguieron editándose más o menos sin interrupción, y tuvieron una aceptación parecida a la de Hammett, McCoy o Cain, la obra de estos escritores perduró.
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Jim Thompson nació y fue registrado en Anadarko, Oklahoma en 1907. Su padre era sheriff, abogado de facto y buscador de petróleo por cuenta propia. Conoció la riqueza y la pobreza y vivió su juventud sin acomodarse al orden social. Cuando en 1946 publicó su segunda novela comentó: «Desde que tengo memoria nunca he querido hacer otra cosa que escribir, y la mayor parte de mi vida me la he pasado haciendo otras cosas.» Cuando Jim Thompson murió el 7 de abril de 1977, tras más de cincuenta años trabajando como escritor profesional, todas y cada  una de sus veintinueve novelas estaban descatalogadas.

El mundo de Thompson es incansable, incorregible, más allá de la redención. En todas sus novelas, al margen de la disparidad temporal, de la complejidad de ambientes y de las particularidades de sus protagonistas, nos enfrentamos a un mundo en disolución y sin dios. Todo en él es sinónimo de violencia, a veces implícita, a veces manifiesta; matrimonios grotescos que empiezan con alcoholismo y acaban en asesinato; una madre asesina; un vendedor a puerta fría; un trabajador de un periódico o de un pozo petrolífero; un sheriff de un trozo de tierra atrasado y olvidado de la mano de Dios que se arroga la redención de sus conciudadanos; un psicópata ayudante de sheriff, sardónico y «encantador», que convierte la violencia en una cualidad propia de los reptiles:

   «Y la golpeé en el vientre con toda la fuerza de que fui capaz.
   Mi puño llegó a la espina dorsal, y su carne se cerró sobre él. Di un tirón –tuve que hacerlo- y ella se dobló hacia delante, como si tuviera una bisagra.
   Se  le cayó el sombrero, y su cabeza se venció de pronto hasta tocar el suelo. A continuación, se volcó sobre si misma completamente, como un chaval que diera un salto mortal. Quedó tendida sobre la espalda, con los ojos saltándosele de las órbitas y con la cabeza rodando de un lado a otro.
   Llevaba una blusa blanca y un traje de color beige claro; nuevo, creo, porque no recordaba habérselo visto antes. Metí la mano en la pechera de la blusa y se la arranqué hasta la cintura. De un tirón le saqué la prenda por encima de la cabeza, volvió a sacudirse  y se echó a temblar. Emitía un extraño sonido, como si tratara de reír.
   Y entonces vi el charco que se iba extendiendo debajo de ella.
  Me senté y procuré leer el periódico. Intentaba no apartar los ojos de él. Pero no había mucha luz; no la suficiente para poder leerlo, y ella seguía moviéndose. Daba la impresión de que le era imposible estarse quieta.»
(EL ASESINO DENTRO DE MÍ. Jim Thompson)
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David Goodis nació en 1917 en Filadelfia. Tuvo dos hermanos que murieron de meningitis. Sus primeros escritos datan de su época universitaria, donde comienza a escribir artículos para algún periódico e historias pulp. Pocas vidas son tan extrañas como la suya. En 1950, a la edad de 33 años, después de una prolífica carrera en Nueva York, en la que se incluye un contrato de seis años con la Warner, volvió a Filadelfia para vivir como un prisionero en casa de sus padres, en un voluntario y sigiloso descenso al olvido, hasta su muerte en 1967.

En el mundo de Goodis todo está relacionado, todo se mueve en círculos, todas las calles llevan a un mismo punto sin salida. Ningún escritor, antes o después, ha padecido de forma tan plena una obsesión «por las sombras arrojadas por la víctima, el fracaso, el abandono, el nunca más». Para los personajes de Goodis no hay escapatoria, sólo más trampas inevitables, más prisiones mentales:
  
   «Fellsinger estaba completamente cubierto de sangre; había sangre en el suelo. Charcas y arroyos de sangre, Coágulos, grandes coágulos junto a Fellsinger, y pequeños coágulos, cada vez más pequeños a medida que se alejaban del cuerpo. Había motitas de sangre en todos los muebles y sugerencias de ella por las paredes... era negra cuando se coagulaba en las cavidades del cráneo y luminosa y pálida cuando manchaba la bocina de la trompeta que yacía junto al cuerpo. La bocina estaba ligeramente mellada. Los botones de madreperla de sus válvulas se habían vuelto de color rosa por las salpicaduras de sangre.
   Fellsinger estaba de bruces en el suelo pero tenía la cara vuelta hacia un lado. Tenía los ojos completamente abiertos, con las pupilas vueltas hacia arriba y mucho blanco debajo. Era como si intentara mirar hacia atrás. Tal vez quisiera ver hasta qué punto estaba malherido, o ver quien le golpeaba el cráneo con la trompeta. Tenía la boca entreabierta y la punta de la lengua caía sobre una de las comisuras.
   Sin sonido, Parry dijo:
-Hola, George.
   Sin sonido, Fellsinger dijo:
-Hola, Vince.
-George, ¿estás muerto?
-Sí. Lo estoy.
-¿Por qué estás muerto, George?
-No lo sé, Vince. Me gustaría decírtelo, pero no puedo.
-¿Quién ha sido, George?
-No lo sé, Vince. Mírame. Mira lo que me ha pasado. ¿No te parece horrible?
-No he sido yo, George. Lo sabes.
-Pues claro, Vince. Claro que no has sido tú.
-George, no creerás que lo he hecho yo, ¿no?
-Sé que no lo hiciste.
-Dirán que te he matado yo.
-Sí, Vince. Es lo que dirán.
-Pero no he sido yo, George.
-Lo sé Vince. Sé que no lo hiciste. Sé quién lo hizo, pero no puedo decírtelo porque estoy muerto.
-¿Puedo hacer algo por ti, George?
-No, nada. Estoy muerto. Tu amigo George Fellsinger está muerto.»
(SENDA TENEBROSA. David Goodis)
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Chester Himes nació el 29 de julio de 1909, en Jefferson City, Missouri y creció en esta ciudad y en Cleveland, Ohio. Sus padres pertenecían a la clase media. Himes asistió a la Universidad de Ohio durante algún tiempo hasta que fue expulsado gracias a una pelea en un bar clandestino. Después de dos condenas por supuesto robo y emisión de cheques sin fondo, en 1929 fue sentenciado a una condena de entre 2o y 25 años de trabajos forzados en la Penitenciaría de Ohio. Allí empezó a escribir. Los años que siguieron a su libertad bajo fianza fueron difíciles, y finalmente se unió a la riada de negros que tenían por destino Los Ángeles con objeto de trabajar en la industria bélica.

Sallis admira la voz singular, la exacta economía de imágenes y descripciones, la extravagante adecuación de las caracterizaciones y la velocidad que Himes imprimía a sus relatos. Sin embargo, para Sallis, lo más admirable no es Harlem en si, sino la creación de un mundo propio, la respuesta que Himes da a Harlem. La variedad de violencia infligida por los negros a los negros, representada tanto por los policías Sepulturero Jones y Ataúd Ed Johnson como por los criminales  a quienes persiguen, se convierte en el tema recurrente de las novelas de Harlem:

   «Se celebraba una gran gala en la sala Savoy, y la gente hacía cola alrededor de una manzana de Lenox Avenue para comprar las entradas. El famoso equipo de policías de Harlem, Ataúd Ed Johnson Y Sepulturero Jones, habían sido asignados para mantener el orden.
   Ambos eran altos y como descoyuntados, vestían descuidadamente y sólo parecían dos negros no muy oscuros. Sin embargo, sus armas no eran corrientes. Llevaban unos revólveres niquelados, de cañón largo, del 38, fabricados por encargo, y en aquel momento los tenían en la mano.
   Sepulturero se encontraba en el lado derecho del principio de la cola, a la entrada del Savoy. Ataúd Ed, en el lado izquierdo y al final. Sepulturero apuntaba con su arma hacia el sur, siguiendo la acera en línea recta. Ataúd Ed, al otro lado, apuntaba con la suya hacia el norte, también siguiendo la acera en línea recta. Entre las dos líneas imaginarias trazadas por sus revólveres había suficiente espacio para que dos personas pudieran estar de pie y pegadas una junto a otra. Cada vez que alguien se salía de su línea, Sepulturero gritaba «¡Métase p´a dentro!», y Ataúd Ed le coreaba «¡Empiezo a contar!». Si el infractor no se introducía de forma inmediata en la cola, uno de los policías disparaba al aire. Las parejas que hacían cola se apretaban como si estuvieran comprimidas por dos muros de cemento. La gente de Harlem creía que Sepulturero Jones y Ataúd Ed eran capaces de matar de un tiro a un hombre por no mantenerse dentro de la cola.»
(POR AMOR A IMABELLE. Chester Himes)
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