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martes, 1 de abril de 2014

JIM THOMPSON: La profunda soledad de un escritor

Cuando un derrame cerebral debilita su raciocinio, Thompson piensa que ha caído en el terrible infierno que él reserva a los personajes de sus novelas.  Aunque llega a recuperar cierta capacidad de comunicación verbal, tiene que afrontar el padecimiento de unas cataratas en ambos ojos que afectan su visión hasta acercarlo a la ceguera. Su penitencia se recrudece con una artritis en sus dedos que le inhabilita para sostener siquiera el bolígrafo. Ésto, para una persona cuyo razón de ser es el lenguaje y la palabra, simboliza un ignominioso golpe en su ego personal. Postrado en cama, impotente ante lo que le rodea, no se ve capaz de escribir de nuevo. Corre abril de 1977. Tiene setenta años. Su vida se apaga. Su padecimiento es infinito. La añada de coqueteo con el alcohol pasa su postrera factura.



Su muerte no causa ningún menoscabo a las letras. En esos momentos es una figura olvidada. Roto en su caída no pierde la esperanza de que un día venidero su obra alcance el reconocimiento que él le otorga. Así se lo comunica a su esposa. El paso de los años justifica el carácter profético de su premonición.

Veinte años después de su deceso, Thompson, nacido en Oklahoma, entra por derecho propio en el Olimpo de los escritores de crimen más ilustres de América. Su nombre es pronunciado hoy con la misma veneración que los legendarios Raymond Chandler O James M. Cain. 

La década de los noventa contempla un encendido interés de los lectores en su obra. Por ese entonces ya en Francia es considerado un genio del género negro. Con el paso del tiempo sus virtudes han sido reconocidas. Su obra, incluso, ha despertado el interés de Hollywood y así varias de sus novelas han merecido la adaptación al celuloide. Es el caso de "Los timadores" en 1990 y un remake de "The Getaway" en 1994.

Jim Thompson crea un mundo de ficción que responde a la visión sombría que el escritor tiene de éste. Su universo es irreal. Las imágenes se muestran distorsionadas. En el firmamento de Thompson nada es lo que parece. Las madres degeneran en amantes ("Los timadores"), los representantes de la ley en asesinos ("El asesino dentro de mí"). En el mundo invertido del escritor, el lector ve y siente a través de los ojos de criminales, perdedores, pervertidos y todo aquel ignorante que se ve impulsado a la actividad delictiva por las circunstancias. Los "héroes" en la fantasía de Thompson son aquellos seres menospreciados por la literatura, matones de ocasión, vendedores ambulantes, timadores oprimidos. Sus libros están poblados por alcohólicos, depredadores, psicópatas y perdedores de toda clase. Los personajes sienten en lo más profundo el desencanto por la sociedad que les rodea y reaccionan ante ello con una brutalidad sádica. La querencia a esta conducta dimana de los acontecimientos vividos en el pasado, de sus traumas infantiles. Lou Ford, en "El asesino dentro de mí" revela haber sufrido atropellos sexuales en su niñez. Aunque en la imaginación de Thompson el sexo y el dinero son razones más que suficiente para exculpar las atracciones fatales entre las personas, la mentira y el engaño representan el ingrediente propulsor de su obra.

Thompson posibilita al lector sumergirse en la mente del individuo y experimentar su pensamiento deformado y su desamparo ante el universo que le rodea. Lou Ford ("El asesino dentro de mí"), Carl Bigga ("La noche salvaje"), "Dolly" Dillon ("Una mujer endemoniada") comparten en primera persona la soledad de la muerte con el lector. Esa soledad que el escritor experimenta en sus postreros días y de la que tan bien supo impregnar a sus personajes.