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jueves, 8 de diciembre de 2016

LA VÍCTIMA. (David Goodis)

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LA VÍCTIMA (Somebody´s Done For)
David Goodis
TRADUCCIÓN: Floreal Mazía
BRUGUERA - COSECHA ROJA
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Esta obra, «La víctima», fue la última en la carrera de David Goodis, el más sombrío de los escritores del llamado género negro estadounidense. Fue a finales de los años 30 cuando el escritor de Filadelfia comenzó a escribir la primera de sus 18 novelas, novelas que reflejan su camino personal y los ámbitos por donde merodeó hasta su prematura muerte. Al comienzo de la década de los cincuenta Goodis se trasladó a Hollywood donde trabajó como guionista, para regresar con posterioridad a su Filadelfia natal en lo que supuso un vagabundeo por los antros de los bajos fondos de la ciudad. Ya en los años sesenta, y tras un dilatado período de escritura casi ininterrumpida, entra en un silencio de años cuyo último gesto es esta historia, «La víctima», compendio de todas sus obsesiones y pesadillas, publicada póstumamente en enero de 1967. Goodis había estado escribiendo prácticamente lo mismo desde el principio, una única y espesa novela contada sin parar. Sólo restaba el cierre. Y el cierre es este «Somebody´s Done For», o como la conocemos en español, «La víctima», nada más preciso para describirla.

En las novelas de Goodis la víctima no se muestra al principio ni al final de la narración, en sus novelas la víctima ya viene incorporada, «ya lo fue». La herida, el crimen, la marca de la desgracia es anterior al comienzo de la narración; la novela se limita a narrar los esfuerzos del pobre infeliz por dejar a un lado su carácter de «víctima», un carácter que no es ocasional, ni fortuito, sino que forma parte de su ser, es intrínseco a su personalidad. Si en las novelas de Goodis hay suspense, si hay tensión, éstos vienen motivados por los esfuerzos del personaje por solucionar su caótica situación. De ahí dimana el aliento trágico que desprende su obra, esa dimensión existencialista, ese clima de lucha desigual contra un destino que, por mucho que trate de evitarse, ya está escrito.

En «La víctima», curiosamente, no hay una víctima. Lo novedoso y patético aquí es que todos los personajes –la joven Vera; Thelma, su madre; Hebden, su padre; Gathridge; Renziger; (éstos tres últimos expresidiarios fugados de una cárcel de alta seguridad), y hasta el publicista Cattersby- participan de esa condición de víctima. Los personajes sobre todo hablan, se amenazan, recelan unos de otros, ocasionalmente se golpean. La tensión se manifiesta constantemente a flor de piel y las armas siempre están preparadas para ser disparadas, mientras que aquellos van revelando su pasado, poniendo al descubierto su herida, el motivo de su esclavitud. Al comienzo del relato, Calvin Jander se halla al borde de la muerte por asfixia, desnudo, intentando mantenerse a flote en las aguas del Delaware. Se encuentra allí por un accidente fortuito ocurrido un sábado de pesca. La tormenta que se levantó volcó su bote e inesperadamente se encontró realizando un enorme esfuerzo para mantener la cabeza fuera del agua. Es un hombre común, un perdedor, un personaje a secas, atrapado en aguas profundas. Las aguas de un destino que nunca podrá deshacer. Su intento de huida es todo un gesto desesperado, el símbolo de la impotencia.

Por allí pasan por casualidad en un bote Hebden y Renziger, dos personajes duros e insensibles, que como mismo vienen se van. No hay esperanza posible para un perdedor. No obstante, el pequeño regalo de Renziger en forma de salvavidas permite a Jander llegar a la orilla, donde es ayudado por Vera. Hay en Jander una potencia oculta que está esperando poder manifestarse, que busca la oportunidad de liberarle de su cárcel particular. Para Jander esa posibilidad tiene un nombre: Vera. Y a ese recuerdo se aferra. Jander la conoció en un momento anterior de su vida cuando acudió con su jefe, Cattersby, a un club nocturno donde Vera, promocionada en un gran cartel como «La inimitable Vera», trabajaba de bailarina. Allí todo era color púrpura. No hace falta decirlo, el color del dolor. «Además del piano y el bajo, la orquesta tenía una flauta y un cuerno francés. Los hombres afinaron sus instrumentos, y Jander vio que trabajaban sin partitura. Tocaban una especie de jazz ultramoderno. No tenía melodía, y poco a poco se volvió sombrío y finalmente lúgubre; el cuerno francés decía que no había esperanza y la flauta gorjeaba una especie de delirio suplicante.» El deseo de alcanzar lo inalcanzable es el peor de los sufrimientos. Y al final queda la herida, la herida púrpura, el color de la magulladura, para describir la marca dejada en él por Vera. 

Y hablando de cárceles, las de Goodis son múltiples. Una de las habituales es la prisión física, el lugar de acogida para los criminales. De allí parten Hebden, Renziger y Gathridge en busca de la libertad. Hebden condiciona la necesidad de huir a la posibilidad de hundirse en el aislamiento opresivo que simboliza la institución familiar: «de la prisión a la familia, es la consigna de Hebden». El propio Calvin Jander tiene su cárcel particular. Vive con y por su madre viuda y una hermana divorciada a quienes mantiene y soporta. «-Y entonces escuchó la voz de su hermana parloteando, injuriándole, con algunos hipos que indicaban que había estado bebiendo cerveza». Es obvio que la asfixia de Jander en el Delaware es una manifestación simbólica de ese lazo social que lo tiene prisionero.

Nada es fácil en el mundo de Goodis. Cada víctima tiene en él su cruz. «Este hombre se está destrozando. Y no puedes decirle nada que le haga las cosas más llevaderas. Si lo intentaras le harías un flaco favor. No quiere que le faciliten las cosas. Lleva un rótulo que dice “penitente” y quiere estar a solas con él y hacer lo posible para llevarlo.» En Goodis todo el estímulo reiterado y hondo termina convirtiéndose en dolor, un dolor de color púrpura.

Goodis nunca fue considerado un escritor “serio”. Tal vez por éso este hombre serio y melancólico decidió regresar a Filadelfia en 1950, a sus 33 años, donde comenzó a ganarse la vida como periodista y autor de novelas basura para los libros de bolsillo. Su vida nada tiene que envidiar a la de sus personajes. En las 18 novelas que escribió el tema absoluto es el fracaso. La mala suerte como entidad ontológica, la soledad y la tristeza. «La víctima», como no podía ser menos, no despertó en su momento ni una pizca de interés por este solitario y amarrido escritor.  
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