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viernes, 16 de agosto de 2013

LIBERTAD CONDICIONAL (Jim Thompson)

No puedo negar mi admiración por la obra de Jim Thompson. Siempre he intentado ligar el valor de una novela a la habilidad del autor en el diseño y caracterización de sus personajes. Y en ésto Thompson es un maestro. Todo un mundo de psicópatas y de sociópatas van desfilando por sus obras trasluciendo maldad y dejando una visión sombría y cruel del ser humano a la vez que una imagen caótica de la sociedad en la que viven.
Thompson plantea sus obras en primera persona. Y en Libertad Provisional la primera persona es un sorprendido Patrick H. Cosgrove, preso número 11587 de la Penitenciaría Estatal de Sandstone, que tras cumplir quince años de condena por atraco a un banco, ve como un alma generosa le avala en la consecución de la libertad condicional. Hasta ahí nada nuevo. A partir de aquí, Thompson riza el rizo y convierte al delincuente en víctima. La sociedad, representada aquí por un psicólogo titulado que no ejerce, un abogado y un senador, expresa su satisfacción por la puesta en libertad del delincuente, hasta llevarlo a declarar:
- Otro más. ¿Cuántos?. ¿Cuánto?. ¿Por qué?.
Como no podía ser menos, en una novela negra, nada es lo que parece. El propio Thompson resumió su arte de novelar en una afortunada frase: "Hay 32 maneras de escribir una historia y yo las he usado todas, pero solo hay una trama: las cosas no son lo que parecen". El psicólogo no es tal psicólogo, es un revertido en persona con influencia en las altas esferas. El abogado y el senador le secundan en sus trapisondas. Porque como ya el lector habrá adivinado, la puesta en libertad de Cosgrove es sólo un eslabón más en una cadena de actos delictivos que deben confluir en la la estafa de 100.000 dólares de la época a una empresa de seguros. 
Excelente y lleno de tensión es el capítulo en el que J. Thompsom narra como Cosgrove, con el cadáver del detective Eggleston en las manos, se ve sorprendido por un policía  en la entrada del edificio donde aquél tiene su oficina:

"... 
El agente estaba mirando algo en la calle en el momento de situarse en la puerta y seguía con la cabeza girada en esa dirección. Me detuve en seco, momentáneamente paralizado por el anonadamiento y el miedo. Y entonces cuando el policía empezó a volver el rostro hacia mí, actué. Hice lo único que podía hacer.
Fui corriendo hacia él y le eché el cadáver encima.

Thompson maneja las herramientas de la novela negra como ningún otro. En una obra corta, alrededor de doscientas páginas, con un lenguaje económico en la expresión, verbo rápido y fluido, va diseñando sus personajes, psicópatas depravados y corruptos, a la vez que presenta una cosmovisión sombría de la sociedad que le rodea.