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jueves, 21 de agosto de 2014

Viaje retrospectivo por la novela negra norteamericana

UNA MIRADA AL PASADO
(Antología 1920-50)

  INTRODUCCIÓN
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La novela negra y la novela policial clásica no comparten los mismos postulados. Existe una diferencia importante entre ellas. La novela policial clásica es un tipo de relato en el que se  narra la historia de un crimen, cuyo autor se desconoce y en el que a través de un procedimiento racional, basado en la observación y la indagación (llevadas a cabo, normalmente, por un detective), se logra descubrir al culpable o culpables. Este tipo de literatura se centra en el ladrón, el criminal, en definitiva en el autor, y reserva para los restantes personajes los papeles secundarios. El misterio crucial consiste en responder a las preguntas: ¿quién lo hizo?, ¿por qué lo hizo? La novela clásica explota el deseo del lector de que se haga justicia, de que la verdad triunfe. En contrapartida, el término  “novela negra” se aplica a un género narrativo que surge en Norteamérica a comienzos de los años 20 del pasado siglo, y en el que sus autores tratan de reflejar, desde una conciencia crítica, el mundo del gansterismo y la criminalidad organizada, producto de la violencia y la corrupción de la sociedad capitalista de la época. Aunque estos relatos siguen el esquema de la novela policíaca (presencia de un crimen, investigación del mismo por un detective, descubrimiento y persecución de los culpables), se diferencia de aquella en que el interés primordial no radica tanto en la resolución del enigma cuanto en la configuración de un cuadro de conflictos humanos y sociales, además de un amplio y profundo estudio de caracteres. La novela negra, más emocional que racional, centra la atención en la psicología del personaje; el pensamiento interior del delincuente se valora más que sus propios apetitos oscuros. Además de todo ello, la novela “negra” norteamericana se ha convertido, gracias a sus grandes maestros, en un género narrativo de indudable prestigio literario, que ha sido exportado al mundo entero.

 EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES
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En “The Postman Always Rings Twice” (1934) –“El cartero siempre llama dos veces”- de James M. Cain, el narrador es Frank Chambers, un vagabundo musculoso que se presenta una día en un restaurante de carretera, en algún lugar anónimo de California y no pierde el tiempo a la hora de seducir a la aburrida y joven esposa de su propietario, un griego viejo y vulgar. La presencia de Frank evoca al vagabundo de la década de 1930 -cuando los hombres recorren sin rumbo fijo las solitarias carreteras americanas- el ejemplo más sugerente lo tenemos en “The Grapes of Wrath”, 1939 -(Las uvas de la ira)- de John Steinbeck: “Me tiraron del camión de heno cerca del mediodía.” Cora, la mujer fatal que trama con Frank matar a su marido griego, está obsesionada con las cuestiones de la inferioridad racial y la movilidad social. Su mayor temor es que su tez oscura haga que sea confundida con una mestiza y cuando Frank la invita a salir a la carretera con él y vivir la vida fácil, ella se resiste. La muerte del griego, en lugar de resolver sus problemas, es la puerta que les da paso a su propio infierno. Una cornucopia de pasiones, codicia, sospechas, dudas, chantaje, engaño y el infranqueable destino, tan característico de la novela negra, es puesta al servicio del lector en ésta obra mayor del género.

  ¿ACASO NO MATAN A LOS CABALLOS?
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Horace McCoy en “They Shoot Horses, Don't They?” (1935) –“¿Acaso no matan a los caballos?”- nos muestra a otra pareja de forasteros condenados por el sistema, Robert y Gloria. Durante la época de la Gran Depresión, en los EE.UU., se organizan espectáculos que consisten en hacer bailar a parejas de forma continuada, día y noche, con pausas mínimas. Gana aquella pareja que resiste bailando más tiempo, recibiendo por ello un premio en metálico. Robert y Gloria, extras de Hollywood, que no pueden obtener trabajo porque no se ajustan a los perfiles exigidos, se inscriben en el maratón, en el que el autor recrea una metáfora del desenfrenado capitalismo. McCoy reconstruye a través de situaciones angustiosas y de personajes apenas perfilados pero precisos, las continuas humillaciones a que son sometidos los concursantes por parte de especuladores sin principios, ávidos de codicia y sensacionalismo, que se sirven de ellos como reclamo publicitario frente a un público tan desengañado y perdido como los propios participantes; un espectáculo malévolo, una cuenta atrás hacia la destrucción, que dará lugar a un final trágico.

 LADRONES COMO NOSOTROS
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Edward Anderson, con su obra “Thieves Like Us” (1937) -“Ladrones como nosotros”- cosecha un resonante éxito de público y crítica, pero la obra es su “tocata y fuga”, su testamento literario. Nadie -ni amigos ni biógrafos- ha podido, hasta la fecha, proporcionar una explicación mínimamente plausible sobre ésta tan extraña como inesperada decisión. Ni siquiera los redundantes elogios de Raymond Chandler - quién, en carta fechada en el año 1954, y dirigida a su editor inglés, se refiere a Anderson como un autor injustamente olvidado que ha escrito una de las mejores novelas sobre delincuentes de todos los tiempos- logran que el escritor tejano rompa su silencio. “Ladrones como nosotros”, publicada en 1937 es, con mucho, la más franca y la más triste, de las novelas de la época. El calificativo de la misma hace referencia a una acusación: los delincuentes protagonistas consideran que políticos, jueces, abogados y policías, son tan ladrones como ellos. En armonía con esta disposición el desarrollo del relato se orienta a una conclusión análoga, más aún en cuanto el área concerniente a los transgresores de la ley enmarca una romántica historia de amor. Son víctimas del sistema,  víctimas abocadas a caer en el mundo del crimen, entrando de lleno en esa colección de personajes al estilo de John Dillinger y Bonnie and Clyde que fueron idealizados por la sociedad estadounidense sumida en la Gran Depresión como herederos de los legendarios forajidos del salvaje y lejano oeste, los Jesse James, Billy el Niño y compañía. Testimonio directo de la Depresión y de los atracadores en zonas rurales, “Son ladrones como nosotros” resulta una obra fundamental en el correspondiente período de la novela negra.

④ LA VENTANA INDISCRETA
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“Rear window” (1942) -“La ventana indiscreta”- de Cornell Woolrich  es una pieza maestra del thriller y la novela de misterio, una especie de cruce entre la novela gótica y  la novela negra policial, en la que el suspense es el eje motriz de la acción. La teórica clasificación de ésta obra es un asunto menor en comparación con lo evidente, que es la singularidad de la narrativa de este escritor. Su modo de proceder es muy peculiar; expone una situación de lo más inocente y paulatinamente la va convirtiendo en desesperada. Cuando el lector se recupera y juzga, a medida que avanza el relato, que sus previsiones se van cumpliendo y considera que de nuevo tiene el dominio de la situación; entonces ocurre algo quizá previsible que, a pesar de todo, le sorprende y cuando está convencido de haber alcanzado el clímax, es Woolrich quien lo alcanza a él.

Un personaje convaleciente se encuentra con la pierna enyesada atisbando, de puro aburrimiento, a sus vecinos por la ventana. Le acompaña  un criado, Sam, que labora por horas en la casa. En ese momento y una vez presentada la situación, Woolrich hace un guiño al lector insinuándole: “si supieras lo que está pasando en la casa de enfrente…” La suma de obstáculos que ha de superar el personaje procede del riesgo al que lo empuja su curiosidad; no se trata de un hombre inocente que de pronto se encuentra envuelto en un delito que lo acusa sino de un aburrido mirón al que su apatía le va a jugar una mala pasada y lo va a poner en manos de un asesino; no es una víctima de inicio sino que se convierte en víctima gracias a su insensatez y, el lector se encuentra con el relato de una imprudencia; una imprudencia, por cierto, en la que lo de menos es saber si el hombre de la casa de enfrente ha asesinado o no a su esposa, el verdadero suspense está en la propia acción, sea cual sea el resultado. 

 EL GRAN RELOJ
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En “The Big Clock” (1946) –“El gran reloj”- de Kenneth Fearing, George Stroud,  brillante editor de una revista de un gran grupo editorial vive la vida rodeado de todos los placeres que le brinda su posición. Padre de familia orgulloso, buen marido, buen jefe y mejor subordinado. Pero también disfruta de los placeres del riesgo: el alcohol y las mujeres son sus más apreciados vicios, los cuales retoma después de unos meses de redención obligada. Es por culpa de sus licencias amorosas por lo que se ve envuelto en un suceso escabroso que le mantiene alerta durante un tiempo: el asesinato de la atractiva amante de su jefe, con la cual él mantiene un encuentro momentos antes de que ocurra el homicidio. Su futuro gira en torno a cómo resuelva el trabajo que le han encargado sus superiores, que no es otro que el de buscar al enigmático hombre con el cual es vista por última vez la asesinada, o lo que es lo mismo, debe encontrarse a sí mismo. Novela modélica que viene a confirmar, una vez más, la capacidad de la narrativa negra, cuando se recurre a ella con ideas y talento, para delinear personajes, épocas, paisajes y sociedad. “El gran reloj” está considerada como una de las obras mayores del género. 

 EL ASESINO DENTRO DE MÍ
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En “The Killer Inside Me” (1952) –“El asesino dentro de mí-, historia ambientada en el oeste de Texas a principios del año 1950, Jim Thompson hace desfilar ante el lector a Lou Ford, un ayudante de sheriff de un pueblo rural. Ford aún vive en la casa donde se crió. Por las noches, toca el piano clásico, lee los libros de la biblioteca de su padre y reproduce grabaciones de ópera. Su voz nos habla con inocencia, cuenta con el respeto y el afecto de su jefe alcohólico, el sheriff Bob Maples, y es infaliblemente tranquilo y agradable. Sin embargo, Ford es un enfermo. Cuando él nos invita a entrar en su mente y conocer lo que llama su “enfermedad”, descubrimos que padece un trastorno del que disfruta, que vive intensamente, a la vez que paradójicamente, lo destruye. Ford es racista, misógino y está ávido de violencia; su deseo es destruir a todos los que lo rodean de la manera más visceral. Es un excelente lector que se inyecta medicamentos para sentirse eufórico y aumentar su agresividad. En Lou Ford, se vislumbran imágenes fragmentadas de abuso sexual infantil. Sin embargo, el asesino no es él, él no posee ningún control sobre sí mismo y, no hay duda, que lamenta sinceramente sus crímenes.

¿Qué quiso plasmar Thompson en el carácter de Lou Ford? Es un psicópata, un intelectual sin ninguna comprensión del bien y del mal. Asesina a la gente a la que cautiva, mientras que, al mismo tiempo, los quiere, y no tiene idea de por qué. La idea del porqué parece limitada al título. Hay un asesino dentro de mí.
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