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sábado, 9 de agosto de 2014

Toda la verdad sobre el caso "EVA MARLOW"

EVA. (Eve)
James Hadley Chase, 1945 
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La otra cara de "Eva"
“Eva nunca supo la verdadera dimensión de su poder sobre mí, y de haberla sabido, no le habría importado. Su arrogante indiferencia fue lo más duro que tuve que soportar”. Con estas descarnadas palabras describe Clive Thurston el acibarado desdén que  Eva le profesa.

Thurston es un hombre equívoco y descarado en extremo, “la mayoría de los hombres tiene dos vidas, como se dice: una vida normal y otra secreta”. Las dos mujeres entre las que fluctúa su existencia tienen, a su vez, un carácter alegórico y absorbentemente contradictorio. Carole es el refugio y el amor tranquilo, Eva, al contrario, es un mujer fatal, insensible y desinteresada. Carole hace gala de una agradable conversación, pero Thurston prefiere la identidad de las piernas de Eva. La desea desde que la conoce por vez primera, la codicia con un anhelo febril, calenturiento, con un amor enfermizo.

René Babrazon Raymond se sirve a lo largo de su vida de dispares pseudónimos, el más conocido de los cuales responde a James Hadley Chase. En seis semanas compone su primera novela, la clásica y genial y no por ello menos violenta y directa, “No hay flores para Miss Blandish”. Hadley Chase forja sus crímenes americanos desde Inglaterra. A lo largo de su vida pone los pies en Estados Unidos en solo dos ocasiones. Sus raíces beben de las enciclopedias, de los mapas, de los diccionarios de jergas y de su poderosa imaginación.

“Eva” germina y madura en el marco y bajo el temperamento ambiental del Hollywood de la época. Al comienzo de su narración Thurston confecciona un proemio autobiográfico en el que deja constancia de su proceder abyecto y sus aviesas maquinaciones. Es un farsante. Se apropia de la inventiva ajena y se granjea una fama literaria que está muy lejos de detentar. Sobre su conciencia pesa la requisa de un título con sus derechos de autor. No obstante, no nos llevemos a engaño, en “Eva” no vamos a encontrar una confesión afligida del ignominioso Thurston, más bien al contrario, “Eva” es un pozo oscuro colmado de maldad, vicio, flaqueza, celo, engaño y mezquindad.

Es notorio, ya desde sus inicios, que la novela utiliza una perspectiva femenina muy maniquea. Eva representa para el lector la destrucción, la ruina y el infortunio. El final esconde una predecible derrota de los argumentos de Thurston, que ya se presiente por la forma triste, melancólica y escéptica con que éste se expresa. Sí bien hay que poner de manifiesto el hecho de que se redime al final, al menos, por la vía de la vergüenza, no es menos cierto que éste se considera un hombre por encima de todos, pero en lo más recóndito de su ser es el diablo de la perversidad, es la autodestrucción en sí misma. Eva no supone para él más que un capricho, una veleidad, que termina en imagen sin secretos. Ella es presa de ese abominable comercio que los hombres consideran agradable, y que para las mujeres es el más atroz de los sufrimientos. Pero ya sabemos que la línea que separa el odio del amor es muy estrecha. “¡Ya sé lo que buscas! Eres el peor de todos ¡Quieres tenerme gratis! ¿Así que quieres llevarme contigo? ¡Vamos, caracol, tengo hombres con más dólares que tus centavos, que quieren casarse conmigo!”. Es imposible apreciar algo tras los ojos secos y la cara inexpresiva de Eva. Sólo deja traslucir en una ocasión, secretamente y a oscuras, unos ligeros sollozos. A la luz, por el contrario, emana un halo de alejamiento y, a la vez, de obsesión. Adentrarse en su verdad es complicado en asaz, salvo que se llame usted Clive Thurston.

“Por lo menos sabrá, si llega al fin de la historia, que he penetrado más profundamente en su vida de lo que se imagina y que, al arrancarle algunos de sus disfraces, también me he desenmascarado a mí mismo”.

Así, sin ambages, la realidad de Thurston aflora a la luz. Es embustero, embaucador, taimado y dañino en exceso. Entre estas dos sentencias solo transcurren unos segundos: “Sé, que sin Carol, Hollywood va a ser un lugar odioso. Ahora me doy cuenta de cuánto significaba ella para mí. Es bastante frecuente que lo que uno más valora en la vida, no sepa apreciarlo hasta que lo pierde”. “Aunque han pasado dos años desde que vi a Eva por última vez, sigo pensando en ella”. Ante tal descaro e impudicia solo cabe preguntarse, ¿está usted seguro de que la verdad es una e indivisible? La verdad es complicada, versátil y paradójica. ¿No es la mentira la que tiene dos caras?
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